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Acabar con un legado sangriento

Como una bola de nieve

Algo más que la verdad
Priscilla B. Hayner, fundadora del “International Centre for Transitional Justice”, Nueva York, y autora de Unspeakable Truths: Confronting State Terror and Atrocities (Routledge, 2000).
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En Sudáfrica, el testimonio de una víctima de la tortura.



Como una bola de nieve

En los últimos años, más de 20 comisiones de la verdad han trabajado, sobre todo en África y América Latina, con el fin de promover la reconciliación de sociedades gravemente afectadas por las dictaduras o las guerras civiles.
La primera comisión de este tipo fue establecida en 1974 por el dictador ugandés Idi Amin, presionado por la comunidad internacional y las asociaciones de defensa de los derechos humanos. Pero, como era de esperar, el régimen nunca accedió a publicar sus conclusiones ni a aplicar sus recomendaciones.
Otras comisiones establecidas en los años 80 tuvieron más éxito. En Argentina, el informe Nunca Más, redactado por la Comisión Nacional para los Desaparecidos (CONADEP) tuvo una difusión masiva y permitió el enjuiciamiento de varios militares de alto grado. Más tarde, el juez español Baltasar Garzón utilizó las conclusiones de la Comisión Verdad y Reconciliación, dirigida en Chile por el senador Raúl Rettig en 1990-1991, como base de su orden de detención contra el dictador Augusto Pinochet en octubre de 1998. La Comisión de Esclarecimiento Histórico de Guatemala (1997-99) y la Comisión Verdad y Reconciliación de Sudáfrica (1995-2000) ayudaron a los ciudadanos de ambos países a superar los traumas del pasado.
Más recientemente, se han creado Comisiones en Nigeria, Panamá, Timor Oriental y Sierra Leona. Otros países estudian la posibilidad de crearlas.

Las comisiones encargadas de establecer la verdad pueden desencadenar un proceso de arrepentimiento y perdón, pero no son la única manera de afrontar los crímenes del pasado.

Cuando los países pasan de un régimen brutal y represivo a una democracia, el Estado y la población suelen recibir un legado de violencia, penas y amargura. Como no es posible procesar a cientos o miles de personas —sobre todo cuando el sistema judicial carece de recursos o está políticamente comprometido—, muchos gobiernos nuevos han creado mecanismos ajenos al sistema judicial para afrontar los horrendos crímenes del régimen anterior.
Cada vez se recurre más a las comisiones encargadas de establecer la verdad, y se ha comprobado que cumplen una función muy distinta de la de las pesquisas judiciales y los procesos. Esas comisiones permiten abarcar un panorama más amplio en el que tienen cabida muchos millares de víctimas, mientras que los juicios (que son también importantísimos) se centran por definición en delitos concretos y en los autores de los mismos. Estas “comisiones de la verdad” podrían definirse como unos mecanismos oficiales y temporales creados para investigar una serie de pasadas violaciones de los derechos humanos o del derecho humanitario internacional. Como instrumento de la transición les corresponde investigar delitos y dar cuenta de ellos, así como recomendar reformas. A lo largo de ese proceso, sirven para que se reconozcan oficialmente pasados atropellos, silenciados o negados en su día.
Tal vez la más conocida y polémica de todas estas comisiones sea la Comisión Sudafricana de Verdad y Reconciliación (1995-2000), hasta hoy la única facultada para conceder amnistías individuales. El carácter público de las audiencias y las declaraciones de los acusados ante las cámaras de televisión permitió a todo el país reflexionar sobre su historia y forjarse una nueva visión de su pasado.
Para poder tener derecho a esa amnistía, los acusados debían pedirla por escrito para crímenes concretos, confesar toda la verdad sobre el hecho y probar que la motivación era política. No se trataba, pues, de una amnistía total. Ésta también podía ser denegada, si se comprobaba que el solicitante no había dicho toda la verdad o que la motivación había sido de carácter personal y no político.

Los limites de la verdad
Aunque la comisión tuvo un gran efecto positivo, permitió apreciar también las limitaciones de un órgano así. Es frecuente que el tiempo con que cuenta la comisión para hacer su trabajo sea insuficiente, como en Sudáfrica, donde fue imposible llegar a ninguna conclusión sobre los miles de denuncias presentadas. Desde el principio se habían depositado en la Comisión unas esperanzas desmesuradas. La experiencia de Sudáfrica enseña que no hay que pensar que con la verdad van a quedar resueltos todos los problemas. Es un proceso que lleva varias generaciones.
No existe un modelo único de comisión de la verdad. Mozambique, por ejemplo, país vecino de Sudáfrica, vivió la transición prácticamente al mismo tiempo, pero aquí no interesaba remover el pasado, ya que la población estaba harta de la guerra y no quería ni oírla mencionar. Cada país debe establecer comisiones que correspondan a sus necesidades específicas y crear mecanismos adaptados al contexto político y cultural local. De hecho, puede haber comisiones que celebren audiencias públicas, como en Sudáfrica, y otras que lleven a cabo sus pesquisas a puerta cerrada.
Existen ciertos requisitos básicos para juzgar si una comisión puede dar lugar a resultados creíbles. Las comisiones de la verdad deben disponer de fondos suficientes y gozar de independencia en su funcionamiento, pero deben contar a la vez con el necesario apoyo político y gubernamental en caso de fuerte resistencia.
Es muy posible que en el futuro estas comisiones tengan más poder, a medida que las lecciones de las pasadas experiencias se vayan incorporando a modelos nuevos y más inventivos. Así, la nueva comisión de Timor Oriental hace gala de imaginación y recurre a las costumbres locales y las prácticas indígenas para tratar de que cicatricen las heridas. En lugar de ocuparse de los acusados de los delitos más graves (que serán sometidos a juicio), la comisión procura facilitar el regreso de los delincuentes menores a sus respectivas comunidades, entre ellos los milicianos no implicados en matanzas, violaciones ni organización de actos de violencia, aunque puedan haber participado en incendios y saqueos. La costumbre local permite no vengarse de ellos siempre y cuando hayan reconocido sus delitos, hayan pedido perdón y hayan aceptado realizar un trabajo para la comunidad impuesto por ésta. También en Sierra Leona la comisión recurrió a jefes religiosos y dirigentes indígenas para que facilitaran localmente su labor, y fomenta ciertas prácticas, como las ceremonias de purificación, para reconocer y honrar hechos pasados.
Por el contrario, cuando la población recurre a sus propias prácticas autóctonas para abordar un conflicto pasado, la creación de una comisión de la verdad podría incluso resultar inoportuna. Es el caso de Mozambique, donde existen mecanismos tradicionales que permiten a la gente tratar a su manera los conflictos y el dolor. Al regresar los combatientes, por ejemplo, solían someterse a un ritual por el que, según sus creencias, quedaban lavados sus pecados.

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