
En Sudáfrica, el testimonio de una víctima de la tortura.
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Como
una bola de nieve
En los últimos
años, más de 20 comisiones de la verdad han trabajado, sobre todo en
África y América Latina, con el fin de promover la reconciliación
de sociedades gravemente afectadas por las dictaduras o las guerras civiles.
La primera comisión de este tipo fue establecida en 1974 por el dictador ugandés
Idi Amin, presionado por la comunidad internacional y las asociaciones de defensa
de los derechos humanos. Pero, como era de esperar, el régimen nunca accedió
a publicar sus conclusiones ni a aplicar sus recomendaciones.
Otras comisiones establecidas en los años 80 tuvieron más éxito.
En Argentina, el informe Nunca Más, redactado por la Comisión Nacional
para los Desaparecidos (CONADEP) tuvo una difusión masiva y permitió
el enjuiciamiento de varios militares de alto grado. Más tarde, el juez español
Baltasar Garzón utilizó las conclusiones de la Comisión Verdad
y Reconciliación, dirigida en Chile por el senador Raúl Rettig en 1990-1991,
como base de su orden de detención contra el dictador Augusto Pinochet en
octubre de 1998. La Comisión de Esclarecimiento Histórico de Guatemala
(1997-99) y la Comisión Verdad y Reconciliación de Sudáfrica
(1995-2000) ayudaron a los ciudadanos de ambos países a superar los traumas
del pasado.
Más recientemente, se han creado Comisiones en Nigeria, Panamá, Timor
Oriental y Sierra Leona. Otros países estudian la posibilidad de crearlas.
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Las
comisiones encargadas de establecer la verdad pueden desencadenar un proceso de arrepentimiento
y perdón, pero no son la única manera de afrontar los crímenes
del pasado.
Cuando los países
pasan de un régimen brutal y represivo a una democracia, el Estado y la población
suelen recibir un legado de violencia, penas y amargura. Como no es posible procesar
a cientos o miles de personas —sobre todo cuando el sistema judicial carece de recursos
o está políticamente comprometido—, muchos gobiernos nuevos han creado
mecanismos ajenos al sistema judicial para afrontar los horrendos crímenes
del régimen anterior.
Cada vez se recurre más a las comisiones encargadas de establecer la verdad,
y se ha comprobado que cumplen una función muy distinta de la de las pesquisas
judiciales y los procesos. Esas comisiones permiten abarcar un panorama más
amplio en el que tienen cabida muchos millares de víctimas, mientras que los
juicios (que son también importantísimos) se centran por definición
en delitos concretos y en los autores de los mismos. Estas “comisiones de la verdad”
podrían definirse como unos mecanismos oficiales y temporales creados para
investigar una serie de pasadas violaciones de los derechos humanos o del derecho
humanitario internacional. Como instrumento de la transición les corresponde
investigar delitos y dar cuenta de ellos, así como recomendar reformas. A
lo largo de ese proceso, sirven para que se reconozcan oficialmente pasados atropellos,
silenciados o negados en su día.
Tal vez la más conocida y polémica de todas estas comisiones sea la
Comisión Sudafricana de Verdad y Reconciliación (1995-2000), hasta
hoy la única facultada para conceder amnistías individuales. El carácter
público de las audiencias y las declaraciones de los acusados ante las cámaras
de televisión permitió a todo el país reflexionar sobre su historia
y forjarse una nueva visión de su pasado.
Para poder tener derecho a esa amnistía, los acusados debían pedirla
por escrito para crímenes concretos, confesar toda la verdad sobre el hecho
y probar que la motivación era política. No se trataba, pues, de una
amnistía total. Ésta también podía ser denegada, si se
comprobaba que el solicitante no había dicho toda la verdad o que la motivación
había sido de carácter personal y no político.
Los
limites de la verdad
Aunque la comisión tuvo un gran efecto positivo, permitió apreciar
también las limitaciones de un órgano así. Es frecuente que
el tiempo con que cuenta la comisión para hacer su trabajo sea insuficiente,
como en Sudáfrica, donde fue imposible llegar a ninguna conclusión
sobre los miles de denuncias presentadas. Desde el principio se habían depositado
en la Comisión unas esperanzas desmesuradas. La experiencia de Sudáfrica
enseña que no hay que pensar que con la verdad van a quedar resueltos todos
los problemas. Es un proceso que lleva varias generaciones.
No existe un modelo único de comisión de la verdad. Mozambique, por
ejemplo, país vecino de Sudáfrica, vivió la transición
prácticamente al mismo tiempo, pero aquí no interesaba remover el pasado,
ya que la población estaba harta de la guerra y no quería ni oírla
mencionar. Cada país debe establecer comisiones que correspondan a sus necesidades
específicas y crear mecanismos adaptados al contexto político y cultural
local. De hecho, puede haber comisiones que celebren audiencias públicas,
como en Sudáfrica, y otras que lleven a cabo sus pesquisas a puerta cerrada.
Existen ciertos requisitos básicos para juzgar si una comisión puede
dar lugar a resultados creíbles. Las comisiones de la verdad deben disponer
de fondos suficientes y gozar de independencia en su funcionamiento, pero deben contar
a la vez con el necesario apoyo político y gubernamental en caso de fuerte
resistencia.
Es muy posible que en el futuro estas comisiones tengan más poder, a medida
que las lecciones de las pasadas experiencias se vayan incorporando a modelos nuevos
y más inventivos. Así, la nueva comisión de Timor Oriental hace
gala de imaginación y recurre a las costumbres locales y las prácticas
indígenas para tratar de que cicatricen las heridas. En lugar de ocuparse
de los acusados de los delitos más graves (que serán sometidos a juicio),
la comisión procura facilitar el regreso de los delincuentes menores a sus
respectivas comunidades, entre ellos los milicianos no implicados en matanzas, violaciones
ni organización de actos de violencia, aunque puedan haber participado en
incendios y saqueos. La costumbre local permite no vengarse de ellos siempre y cuando
hayan reconocido sus delitos, hayan pedido perdón y hayan aceptado realizar
un trabajo para la comunidad impuesto por ésta. También en Sierra Leona
la comisión recurrió a jefes religiosos y dirigentes indígenas
para que facilitaran localmente su labor, y fomenta ciertas prácticas, como
las ceremonias de purificación, para reconocer y honrar hechos pasados.
Por el contrario, cuando la población recurre a sus propias prácticas
autóctonas para abordar un conflicto pasado, la creación de una comisión
de la verdad podría incluso resultar inoportuna. Es el caso de Mozambique,
donde existen mecanismos tradicionales que permiten a la gente tratar a su manera
los conflictos y el dolor. Al regresar los combatientes, por ejemplo, solían
someterse a un ritual por el que, según sus creencias, quedaban lavados sus
pecados. |