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Algo más que la verdad

Jean Hatzfeld: “¡Que las víctimas clamen su dolor!”

Acabar con un legado sangriento
Jacob Finci, presidente de la comunidad judía de Bosnia y Herzegovina y del Comité Nacional de Coordinación para una Comisión Verdad y Reconciliación.

El costo humano
de la guerra (1992-95)

Población (1992): 4,4 millones
(2000): 4 millones
Número de muertos: 200.000
Refugiados y desplazados:
(1995): 2,2 millones
(2000): 782.200
Fuentes: ACNUR,
Le Monde.

Seis años después del término de la guerra, se sigue inculcando el odio a los niños de Bosnia. Para salir de esa situación, algunos miembros de la sociedad civil reclaman una relectura del pasado.

Cuando las Comisiones Verdad y Reconciliación nacieron en algunos países de América Latina, como Argentina, Chile y El Salvador, respondían a una urgencia bien precisa: revelar y lograr que se admitiera una verdad negada por sistemas de opresión que se esforzaban por disimular sus tropelías. Las torturas se practicaban en secreto, y las “desapariciones” debían borrar toda huella.
En Bosnia la misión de una comisión de este tipo es totalmente diferente. Su objetivo no será desenmascarar una verdad oculta, sino “verdades” múltiples, de inspiración étnica. Los nacionalistas de las tres comunidades que se enfrentaron durante la guerra propagan su propia versión de la historia, atribuyendo el papel de víctima exclusivamente a la comunidad a que pertenecen y tildando a sus adversarios el de monstruos sanguinarios. Tres comisiones de investigación sobre los crímenes de guerra, dominadas respectivamente por bosnios, croatas y serbios, se concentraron en el hecho de que su propio bando había sido la víctima de la guerra.
Esta actitud se debe en buena medida al legado del comunismo. Los habitantes de Bosnia y Herzegovina estaban habituados a recibir pasivamente directivas desde arriba. Esta mentalidad recién empieza a disiparse y los ciudadanos han mostrado que están dispuestos a enfrentar el pasado para evitar la repetición de los mismos dramas. Los esfuerzos actuales para constituir una Comisión Verdad y Reconciliación son la señal más elocuente de este cambio.
Todo empezó en enero de 2000, cuando se celebró en Sarajevo una conferencia sobre este proyecto. Congregó a 80 personalidades de la sociedad civil, procedentes tanto de la Federación Croato-Musulmana como de la República Serbia de Bosnia. Representantes de las asociaciones de víctimas, de grupos de vigilancia de los derechos humanos, de las congregaciones religiosas, de las universidades, de los partidos políticos, de los movimientos juveniles explicaron por qué una comisión de esta índole les parecía indispensable para instaurar una paz duradera. Los medios de comunicación independientes retransmitieron íntegramente las ocho horas de debates. Desde entonces, esta amplia coalición dio origen a un Comité Nacional de Coordinación para una Comisión Verdad y Reconciliación. Se trata de una etapa crucial del proceso de democratización y reconciliación en Bosnia. Hasta la fecha, más de un centenar de ONG y de responsables civiles, políticos y religiosos han firmado la petición que exige la creación de esta comisión.

Evitar una nueva guerra
Uno de sus objetivos prioritarios es permitir a los historiadores escribir una historia única del país. Hoy cada bando defiende su propia versión de la historia y enseña a los niños que el vecino es un enemigo. Si esa situación perdura, en los próximos 20 años habrá una nueva guerra.
Algunos pretenden que sería prudente esperar que el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia, que funciona en La Haya1, haya concluido su misión. Ello significa que, en el mejor de los casos, un proceso que muchos consideran esencial para la reconciliación tendrá que esperar cinco años. Cinco años durante los cuales las interpretaciones nacionalistas del pasado seguirán impregnando las conciencias. Los muchachos que tenían diez años al iniciarse el conflicto (en 1992) habrán llegado a la edad del servicio militar. Durante todo ese tiempo habrán crecido oyendo los mismos argumentos: la diabolización del otro y la negativa a reconocer sus sufrimientos. Hay otro punto en el que todos concuerdan: si los 32.000 hombres de la Fuerza de Estabilización de la Otan (SFOR) se retiraran mañana del territorio del país, habría un nuevo baño de sangre. La instauración de una Comisión Verdad y Reconciliación es una etapa indispensable para preparar esa partida.
Para impedir un nuevo ciclo de enfrentamientos y de crímenes, nuestra sociedad debe hacer frente al legado de rivalidades sangrientas entre vecinos. Ha de identificar las instituciones –políticas, legislativas, constitucionales– que, por sus insuficiencias, han permitido que se desencadene la violencia, e iniciar la lenta y difícil reparación del tejido social. Aplazar este proceso durante varios años sería un error táctico y, sobre todo, moralmente censurable.


1. Creado en 1993 por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, es competente para juzgar a los presuntos autores de graves violaciones a los derechos humanos en el territorio de la ex Yugoslavia desde 1991.

Jean Hatzfeld*: “¡Que las víctimas clamen su dolor!”

No confío demasiado en la eficacia de los tribunales internacionales. Los procesos celebrados lejos del lugar del crimen no contribuyen para nada a la reconciliación. En el poblado de Nyamata (Rwanda), donde pasé seis meses, la gente oye en la radio que “Fulano ha sido condenado a veinticinco años de cárcel” en Arusha (Tanzania), sede del Tribunal Penal Internacional para Rwanda. Y a ellos, ¿qué les importa? Los que se salvaron del genocidio no asisten como testigos ni como acusadores. Las palabras que allá se digan, ante un juez extranjero, les resultan indiferentes.
Evidentemente, es impensable que NO se haga justicia. Pero después de una guerra civil o un genocidio, la función primera de la justicia, más que castigar, es proclamar la verdad y reconocer el sufrimiento de las víctimas. ¡Que todo se sepa, se diga, se reconozca! ¡Que las víctimas puedan proclamar su dolor! Sólo entonces podrá iniciarse el luto, etapa indispensable en la vía hacia la reconciliación. Y esto sólo puede acontecer en presencia de los que han sufrido, que han de verlo y oírlo.
Se oye decir en Sarajevo, como en las colinas de Rwanda, que “los culpables tienen que ser juzgados aquí y por nosotros”. Ese deseo es tanto más fuerte cuanto que muchos no aceptan que los occidentales, que hemos asistido impávidos a esa guerra y a ese genocidio, nos erijamos ahora en jueces de los culpables. Recuerdo la frase tremenda de Claudine, una de las supervivientes: “Los extranjeros suelen mostrar una compasión demasiado comparable hacia personas que han sufrido desgracias que no son comparables, como si la compasión fuera más importante que la desgracia.”
El tiempo actúa en ambos sentidos. Mucho hay que darles a los supervivientes. Lo necesitan para volver a la normalidad. Sin embargo, para la comunidad hutu, que vive aterrorizada, el tiempo apremia. En las cárceles de Rwanda se apiñan 125.000 presos. ¿Qué se hace con ellos? ¿Y con los que han salido gracias a una denuncia, a una justicia expeditiva? Hay que poner fin a la era de la sospecha, y que la justicia se pronuncie, para que los presos puedan al fin volver a integrarse en la sociedad.
¿Están los rwandeses en condiciones de celebrar juicios? De momento no, pero se los puede preparar formando a jueces y procuradores. Preguntarse “quién va a juzgar y cómo”, garantizar que parte de los jueces sean hutus, es ya un principio de diálogo. Dejemos el tiempo necesario para que resuelvan estos problemas los propios afectados, en lugar de remitirnos a tribunales emblemáticos establecidos por Occidente para prevenir nuevas guerras y nuevos genocidios, pero que en nada contribuyen a la reconciliación, a no ser la de Occidente con su propia conciencia.
De momento, hutus y tutsis no se hablan en las colinas. El genocidio permanece oculto, disimulado, culpable, vergonzoso. Este silencio es lo que está matando a Rwanda. ¿Hay que perdonar para reconciliarse? No lo creo. Primero, porque no se puede perdonar a quien ha tratado de exterminarlo a uno y a su gente, de erradicarlo de la faz de la tierra. Esto no se perdona. Sin embargo, pese a todo, los supervivientes saben que la vida ha de seguir su curso. Ya me lo dijo Francine: “Tienen que volver los maestros a las escuelas.”

*
Autor de Dans le nu de la vie (Seuil, 2000), serie de estremecedores testimonios de supervivientes del genocidio rwandés, planificado por el “poder hutu”, en el que cientos de miles de personas, tanto tutsis como opositores hutu, perecieron entre abril y julio de 1994.

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