
Cerca de 90% de los menores que trabajan son niñas y, de ellas, son muy pocas
las que pueden ir a la escuela.
Eximir
de los gastos
escolares no permite suplir la valiosa
contribución de las niñas a las labores domésticas y a las faenas
agrícolas. |
Millones
de muchachas no asisten a la escuela, pese a un consenso internacional favorable.
¿Qué es lo que falla?
En Etiopía, suele
raptarse a niñas de apenas ocho años para que contraigan matrimonio.
En África Occidental, las familias rurales de escasos recursos ceden a sus
hijas para el servicio doméstico en las ciudades de la costa o en los países
vecinos. En Sudáfrica, un informe reciente de Human Rights Watch denuncia
que la violencia y los abusos sexuales obstaculizan el acceso de las niñas
a la educación. Y en Afganistán, el régimen de los talibán
las ha eliminado lisa y llanamente de las aulas.
Tradiciones, pobreza, temor y violencia: las jóvenes representan aún
60% de los cerca de 113 millones de menores no escolarizados en el mundo. En su mayoría,
viven en África Subsahariana y en Asia Meridional. En 1990, frente al deterioro
de la educación en numerosos países, los principales organismos de
desarrollo y los gobiernos de 155 países dieron la alarma en la conferencia
celebrada en Jomtien, Tailandia. Tras lanzar el programa llamado Educación
para Todos, se fijaron metas ambiciosas, en particular escolarizar a todos los niños
en un plazo de diez años, destacando que “la prioridad más urgente”
era garantizar a las mujeres el acceso a la educación y mejorar la calidad
de la enseñanza que se les imparte. Diez años después, en Dakar,
la comunidad mundial tuvo que reconocer que “la discriminación basada en el
sexo sigue impregnando los sistemas de educación” y que “se ha avanzado muy
poco en cuanto a la participación de las niñas en educación
básica”. Esta vez fijaron 2015 como la fecha en la que todos los niños,
y en especial las niñas, deberían recibir “una educación gratuita
y enseñanza primaria obligatoria de buena calidad”. Y, lo que era más
audaz, se comprometieron a eliminar “las disparidades basadas en el género
en la enseñanza primaria y secundaria en 2005”.
Para Christopher Colclough, profesor del Instituto de Estudios sobre el Desarrollo
(IDS), con sede en Sussex (Reino Unido), no hay la menor posibilidad de cumplir la
meta fijada para 2005. En algunos lugares de África Subsahariana, donde dirigió
un proyecto de investigación1, la diferencia entre los índices de matrícula
en la enseñanza primaria de niñas y varones han aumentado. “Los gobiernos
reconocen que la educación de las jóvenes es extraordinariamente importante,
pero su voluntad política para hacer frente a la situación suele ser
insuficiente”, afirma Colclough.
Cambiar las cosas no es tarea fácil. En muchos países agobiados por
el endeudamiento, esa meta parece aún más inaccesible: “Muchas jóvenes
abandonan los estudios o no son enviadas a la escuela debido a la pobreza de sus
padres”, afirma Peninah Mlama, directora ejecutiva del Forum for African Women Educationists
(FAWE, Foro de Educadoras Africanas), que participó en el estudio del IDS.
“Los comportamientos culturales tradicionales todavía son muy fuertes, especialmente
en las zonas rurales. Se estima que los escasos fondos de que los padres disponen
para enviar a sus hijos al colegio constituyen una inversión demasiado grande
como para arriesgarla en una niña.”
Sida
y prejuicios
Por si fuera poco, la pandemia de sida está diezmando a una generación
de adultos jóvenes; en Swazilandia se calcula que tres a cuatro maestros mueren
de sida cada semana. Y, si alguien en la familia está enfermo, lo más
fácil es impedir a las niñas ir a escuela para que se hagan cargo de
él.
Aunque el dilema no puede resolverse con una varita mágica, las razones de
la exclusión de las niñas están bien claras, empezando por el
factor número uno: la pobreza. “Sin embargo, no debe subestimarse el papel
que las sociedades dan a la cultura. Incluso en las más conservadoras, como
el Yemen rural, la mayoría de las familias desea enviar a sus hijos a la escuela,
y lo harían si fuese más barato”, afirma Carolyn Winter, del Banco
Mundial. El problema reside en la compleja imbricación de “fuerzas sociales
y económicas que se conjugan y se potencian unas a otras”, destaca Colclough.
Por ejemplo, eximir de los gastos escolares no permite suplir la valiosa contribución
de las niñas a las labores domésticas y a las faenas agrícolas,
ni eliminar los profundos prejuicios existentes en algunos países. Tampoco
significa reconocer los costos ocultos de la escolaridad, que van del vestuario a
los libros de texto. La contratación de más personal docente femenino,
que tiene una influencia sumamente positiva, sólo es realmente beneficiosa
si se informa a los padres de la presencia de estas maestras y si se revisan los
manuales escolares para eliminar estereotipos. En todos los países donde trabajaron,
los equipos de la IDS descubrieron que los maestros pensaban que los varones eran
más inteligentes… Y cuando había que cumplir ciertas labores de rutina
como barrer la sala de clase, se esperaba naturalmente que lo hicieran las niñas.
“Si hemos aprendido una lección, es que no existe una solución única”,
afirma Mary Joy Pigozzi, asesora de educación del Unicef. Para ella, ha quedado
demostrada la importancia de por lo menos dos cosas: la colaboración de los
padres y de la comunidad con las escuelas, y la mejora de la calidad de éstas.
Y, lo que es más importante: “la calidad tiene que pensarse en términos
basados en el sexo” con un enfoque de “discriminación positiva” que tenga
en cuenta de dónde viene el alumno: “Hay que entender que es posible que las
jóvenes consuman menos proteínas que los muchachos, que las comunidades
las eduquen en la idea de que han de tener ambiciones diferentes. Es preciso observar
la calidad del entorno educativo para abordar aspectos como la seguridad y el acoso
sexual, así como el proceso de enseñanza y aprendizaje en su conjunto.”
Entender cuáles son los aspectos que es preciso cambiar es una parte de la
historia, la otra es cómo proceden los países a modificar su acción.
“Prácticamente todos los documentos normativos mencionan la educación
de las jóvenes; casi como si fuera el lenguaje políticamente correcto
que hay que emplear”, afirma Mlama. “Pero los gobiernos no están capacitados
para actuar en ese ámbito ni realmente dispuestos a hacerlo.” Por ejemplo,
muchos ministerios de educación han creado unidades responsables de la educación
de las niñas, pero “dotadas de uno o dos funcionarios que no tienen ni la
cualificación ni la capacidad indispensables para influir en la política
global de educación”.
No es que la presión exterior sea infundada: educar a las niñas tiene
repercusiones innegables en la disminución de la pobreza. Entre sus efectos
benéficos cabe mencionar un descenso de los índices de fertilidad y
de mortalidad, una higiene y una nutrición de mejor calidad, un aumento de
la productividad y mayores posibilidades de que la generación siguiente también
reciba una educación apropiada. Pero es muy posible que sacudir las estructuras
burocráticas y patriarcales sea la tarea más difícil de todas.
Voluntad
política
Constituyen
prácticas acertadas las que logran eludir las lentitudes burocráticas
y los intereses creados. En la India, por ejemplo, el estado de Uttar Pradesh aprovechó
una ley de apoyo a las instituciones caritativas para crear una estructura “paralela”
con personal competente. Las mujeres de la comunidad acompañan a las niñas
a la escuela, las asociaciones de padres y maestros y los directores de establecimientos
se ponen en contacto con los hogares que no han matriculado a los niños, y
grupos locales explican insistentemente a las madres que la escolarización
es un derecho fundamental reconocido por la ley.
Estrategias tan perfeccionadas sólo pueden dar frutos si los países
están dispuestos a dar el primer paso y a atacar prejuicios profundamente
arraigados de sus sociedades. Los gobiernos comprometidos, los partidarios declarados,
pueden empezar a invertir la tendencia aplicando medidas que van de la obligatoriedad
de la enseñanza al retraso de la edad en que es posible contraer matrimonio,
pasando por la toma de conciencia de la realidad del trabajo infantil.
De otro modo, dentro de diez años, millones de niñas seguirán
ausentes de la aulas y la rueda infernal de la pobreza no habrá dejado de
girar.
1. Alianza para
la Planificación Estratégica de los Recursos destinados a la Educación
de las Jóvenes en Africa, que funciona bajo los auspicios del FAWE y con la
colaboración de los gobiernos nacionales y del Instituto de Estudios sobre
el Desarrollo, Sussex (Reino Unido). También participan los gobiernos de Noruega
e Irlanda, la Fundación Rockefeller y el Banco Mundial.

www.id21.org, Servicio de información
en línea sobre educación a cargo del Instituto de Estudios sobre el
Desarrollo.
www.unesco.org/education, Para mantenerse al
tanto de las iniciativas internacionales.
www.fawe.org: Para saber más
sobre el trabajo infantil y cómo combatirlo.
www.girlseducation.org: Para informarse sobre
una nueva asociación entre diversas organizaciones que defienden la educación
de las niñas. |