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Aulas sin niñas

Escuelas comunitarias: el exitoso modelo egipcio
Malak Zaalouk, jefa de la Sección de Educación del UNICEF en El Cairo.
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Aula de una escuela comunitaria egipcia.
Doscientas escuelas instaladas en comunidades pobres del Alto Egipto, que hacen de niñas y mujeres el centro de una nueva experiencia, están revolucionando el sistema de educación nacional.

Cuando las escuelas comunitarias aparecieron en 1992 en los «ezbah» –villorios a orillas del Nilo que parecen islas en medio del árido paisaje desierto– eran prefabricadas y carecían de todo servicio. Si bien en algunas regiones de Egipto se impone un severo aislamiento a mujeres y niñas, la razón fundamental que impedía su escolarización era la pobreza. Las familias quieren que todos los niños vayan a la escuela, pero no pueden pagar; tampoco quieren dejar viajar solas a sus hijas.
El porcentaje de niñas escolarizadas oscila entre 50 y 70% en las zonas rurales, frente a un 90% a nivel nacional.
En los casos extremos, sólo hay 12 niñas escolarizadas por cada 100 varones. El gobierno trató de cambiar esas conductas en 1970 instalando pequeñas escuelas con varios grados, pero el aumento de la población, una difícil situación económica y las escasas calificaciones de los maestros, provocó el fracaso de la iniciativa.
En este caso se trata de un esfuerzo compartido por las comunidades y el Ministerio de la Educación. Las comunidades facilitan el terreno, se aseguran de que los niños vayan a clase y administran las escuelas. El Ministerio paga a los docentes y proporciona libros, mientras que UNICEF se encarga del desarrollo del programa educativo.
Suprimir los obstáculos económicos fue el primer paso: las escuelas están a un paso de las casas; los horarios son flexibles y se evita todo costo. El otro aspecto fundamental es la calidad. Para que las niñas vayan a la escuela, es necesario demostrar a los padres que la experiencia merece la pena.

Aprendizaje activo
Nuestro modelo se basa en el aprendizaje activo: utilizando el programa gubernamental, nuestras maestras –mujeres escogidas en la región con diplomas de enseñanza media– saben cómo transformar contenidos en actividades, como cartas, juegos, etc. Tratamos de hacer más interesantes los programas oficiales con temas de interés local y fomentar las actividades independientes.
Una gran cantidad de programas nacieron en el terreno con el tiempo, prestados por doce meses al Centro de Desarrollo de Programas de Estudios. El Centro invitó a nuestras maestras a que le ayudaran a preparar guías de matemáticas y árabe para primero, segundo y tercer grados. Esos libros se distribuirán en unas 3.500 escuelas multigrado de zonas rurales que el gobierno ha puesto en marcha, basándose en el modelo de las escuelas comunitarias.
Ahora estamos preparando con el gobierno, una formación específica para maestros, e impartiéndola nosotros mismos: dentro de poco comenzaremos a formar un cuerpo completo de profesionales de la docencia en esta nueva pedagogía del “aprendizaje activo”. También estamos negociando gradualmente con las escuelas ordinarias para que evalúen los avances de sus alumnos con instrumentos que no sean los exámenes regulares.
Si estamos abriendo camino, es también porque, desde el principio, la iniciativa fue para nuestros planificadores una contribución a la reforma de la educación nacional. Desde 1995, un Comité de Innovaciones en Educación viene trabajando para incorporar nuevas pedagogías. Y, además de alcanzar a las niñas, este modelo está mostrando el camino para modificar la experiencia escolar para todas las mujeres.
Desde el inicio del programa, conseguimos llegar a unos 6.000 niños. El obstáculo principal consiste después en que las niñas puedan proseguir su educación —aún cuando las encuestas demuestran que nuestras graduadas pasan los exámenes oficiales con las mejores notas. La primera dama en persona, ardiente defensora de la educación, ha otorgado premios a graduadas de escuelas comunitarias. En todo caso, dentro de esas comunidades, las escuelas son catalizadores de cambios más profundos: hay maestras que afirman que sólo se casarán con un hombre que las deje seguir trabajando, y niñas de 12 años que convencen a sus padres para que retrasen su boda hasta que se hayan graduado.

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