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Como un ave
fénix
Sara
Schechner, conservadora de la colección de Instrumentos Científicos
Históricos de la Universidad de Harvard, Estados Unidos.
Desde tiempos inmemoriales,
los seres humanos contemplan maravillados el cielo nocturno en busca de respuesta
a preguntas muy profundas. ¿Qué son los cuerpos celestes? ¿Qué
los mueve? ¿Cómo influyen unos en otros? ¿Dónde están?
¿Cómo nos afectan?
Para el astrónomo moderno, las respuestas más aceptables proceden de
la física. Pero si yo pudiese apuntar mi telescopio no sólo hacia el
espacio exterior, sino también hacia tiempos pasados, diría que las
respuestas modernas siguen inspirándose en valores culturales muy arraigados.
La religión, las prácticas sociales y la observación astronómica
se han conjugado siempre en la elaboración de las teorías cosmológicas.
Los antiguos egipcios observaban el curso de ciertas estrellas y establecían
así no sólo su calendario agrícola y civil, sino también
sus ritos religiosos. Tras dos mil años de observaciones, los sacerdotes-astrónomos
babilonios fundaron la astronomía planetaria matemática, que sirvió
a algunos filósofos griegos, como Aristóteles, de base para sus modelos
físicos del cosmos. El cosmos aristótelico estaba estructurado y jerarquizado,
era finito y compatible con los dogmas del Cristianismo, el Judaismo y el Islam.
En el siglo XVII, el cosmos de Aristóteles dio paso a la concepción
newtoniana del mundo. Observando un universo infinito, Isaac Newton demostró
que el movimiento de todas las estrellas, planetas y cometas obedecía a la
gravitación universal. Para él, los cometas transportaban espíritus
vitales y combustible a las estrellas, pero también podían chocar contra
los mundos, provocando extinciones masivas y destrucción general..
En 1755, Immanuel Kant formuló una teoría física en la que describía
cómo las fuerzas universales de atracción y repulsión, al actuar
sobre la materia difusa en el espacio, habían dado lugar a inestabilidades
en el caos que generaron la complejidad de la física y la química.
Debido a la gravitación, las regiones más densas atrajeron a las menos
densas, mientras que, bajo la acción de las fuerzas de repulsión, la
materia caía girando en torno a los centros de densidad. Con el tiempo, estos
torbellinos chocaron para convertirse en galaxias con soles, planetas y cometas.
Así, la Creación surgió de un punto central del caos y puso
en movimiento la región entera del espacio infinito. Pero Kant observó
que “todo lo que tiene un principio y un origen lleva en sí la marca de su
naturaleza limitada; debe perecer y tener un fin”. Cuando el sistema-mundo agotó
las múltiples variaciones que su estructura podía contener, pereció
en una violenta explosión. Según Kant, el universo era “un ave Fénix
que arde para revivir con más fuerza de sus cenizas, a través de una
infinidad de tiempos y espacios”.
La obra de Kant fue uno de los primeros intentos de explicar el origen y la evolución
del cosmos por acción de leyes naturales universales. Antes de Kant, la creencia
común era que la creación era inmutable y que el universo se mantenía
en un estado constante. ¿De dónde procedían las modernas ideas
evolucionistas de Kant? De la cultura popular, tal y como la había recreado
Newton.
Hasta el siglo XVII, se pensaba que los cometas eran señales divinas que presagiaban
cambios inminentes en el mundo. Newton se apropió de esta creencia popular
al describir a los cometas como agentes naturales enviados por Dios para crear, renovar
o destruir cuerpos celestes, mezclando así las creencias populares con la
física. Este nuevo planteamiento abrió la vía a los que mantenían
que las fuerzas materiales habían creado sistemas solares nuevos y que el
universo evolucionaba según las leyes naturales.
Si las creencias populares contribuyeron tanto al desarrollo de la cosmología
moderna, ¿debemos preocuparnos porque sigan interviniendo en la ciencia actual?
En modo alguno. Deberíamos, por el contrario, celebrar cómo la diversidad
de nuestros patrimonios culturales va configurando nuestras investigaciones científicas. |
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