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Un trencito
llamado deseo
Sylvia
Treudl, escritora, editora e investigadora en ciencias políticas en Viena
(Austria). |

Esplendor del paisaje otoñal en Kalte Rinne.

Inauguración de la estación de Glöggnitz, en 1842. Oleo de Anton
Fisher.

Austria |
El
ferrocarril que atraviesa el paso del Semmering, en Austria, está inscrito
en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO. Este trencito, además de
ser una proeza, acarrea toda la melancolía de un mundo desaparecido.
No hay que ir al paso
del Semmering cuando se está triste, a menos que se esté realmente
muy triste. Si de todos modos se hace el viaje, hay que coger la antigua vía
de ferrocarril del Semmeringbahan. Ella circunda la montaña pero brinda mucho
más: un paisaje de novela rosa o de leyendas que dan escalofríos. Höllental
(el valle del infierno), Bärensattel (la silla del oso), Eselstein (la roca
del asno), Adlitzgräben (los fosos de Adlitz), Kalte Rinne (la acequia fría)…
Siempre he preferido cruzar el Semmering en ese trencito y no cómodamente
instalada en un tren expreso.
Antes observaba el paisaje encaramada en mi moto: el valle del Höllental era
frío y húmedo, las curvas para llegar al paso sembradas de surcos arenosos.
¿Qué es lo que, agazapado en el verdor de los bosques, arranca una
última lágrima y permite al alma recuperar su alegría? Tal vez
sea yo la que elige siempre la mala estación del alma para ir al Semmering…
Cuando la neblina roza la roca con sus jirones de desdicha y se desliza sobre las
verdes llanuras, cuando los jardines, que desfilan bajo las ventanillas del tren,
estallan en mil colores, sólo deseo una cosa: resplandecer por última
vez y ejercitarme a desaparecer elegantemente, antes del invierno. ¡Esta montaña
y este paisaje me causan tanta tristeza! Afloran viejos recuerdos, no los míos,
sino los que otros me han contado, por haberlos oído a su vez en algún
lado. Sin embargo, me emocionan. Y siempre conjugo el Semmering en pasado, como al
comienzo de un cuento: “había una vez…”
Había una vez, entonces, un país en vísperas de una revolución
cuyo emperador se proponía conquistar una montaña. Al hacerlo, recurría
a una estrategia moderna consistente en distraer a la población de sus problemas
del momento. En medio de las angustias de la revolución de 1848, decidió
enviar obreros de la construcción a la frontera entre la Baja Austria y Estiria
para ocuparlos en un proyecto muy audaz. Mataba así dos pájaros de
un tiro. Una parte del proletariado revolucionario, empobrecida y desesperada, era
alejada de Viena y obligada a realizar una ardua tarea; el Estado, por su parte,
obtenía provecho de una empresa espectacular y valiente, en todo caso para
Austria: construir un ferrocarril que desafiaba la montaña. Se colmaron las
grietas de la roca; se tendieron viaductos por encima de valles y acantilados. Y
el resultado fue majestuoso. Incluso hoy, los arcos casi góticos que se recortan
en algunos lugares contra el cielo y las montañas, parecen estar allí
sólo para embellecer el paisaje y no para sostener el movimiento estrepitoso
de esas toneladas de hierro que parecen consumar la capitulación de la naturaleza
frente a las conquistas de la industria.
Lo
más alto
Fue
un tal Carlo Ghega, un veneciano de nacimiento conocido en la historia de la arquitectura
y de la política austríacas como el “caballero Karl von Ghega”, quien
llevó a buen término esta aventura. Una traviesa tras otra, un riel
tras otro, al parecer doblegó con sus propias manos este paisaje rebelde,
en una soledad heroica. Es al menos lo que cuenta la leyenda que se mantiene viva
y que llegó a inspirar un billete de banco austríaco (hoy desmonetizado).
En cambio, los que se consumieron trabajando las paredes rocosas con el pico y la
pala apenas son recordados. Así se escribe la historia.
La obra fue concluida en 1854. La estación del Semmering representaba entonces
el punto más alto de la Tierra al que podía llegarse por ferrocarril.
Igualmente “alta” pasó a ser su clientela. Mansiones suntuosas y hoteles de
lujo, con una imponente decoración art nouveau, se levantaron con la misma
soberbia que sus congéneres de la Ringstrasse, la arteria elegante de Viena.
Atrajeron a las grandes fortunas y a los personajes de fines del siglo XIX.
Aristócratas, banqueros, burgueses acaudalados, pintores, escritores, filósofos,
todos se sentían irresistiblemente seducidos por el Semmering. La elegancia,
el lujo, la belleza que alternaban con una buena porción de decadencia y de
narcisismo invadían poco a poco los pastizales de la montaña. En caso
de urgencia, Viena no estaba lejos y el viaje en tren era mucho más agradable
que en carruaje. En verano, la región rivalizaba con el Mediterráneo.
En invierno, se daba cita allí un grupo selecto de personas que se conocían.
Este universo, que ahora parece tan remoto como la Atlántida, estaba vedado
a los que no pertenecían al círculo exclusivo de las finanzas, la política
o la cultura… ¡Shhh! ¿No es la sombra del escritor Arthur Schnitzler,
detrás de ese alto pino? ¿No lleva en sus manos pálidas el manuscrito
de un melodrama? Abajo, sobre ese tapiz de musgo, ¿no es Sigmund Freud, un
poco enfermo, sumido en sus pensamientos? Más lejos, donde comienza el bosque,
¿se trata de un ciervo que se sacude o del poeta Peter Altenberg que avanza
con paso enérgico? Siluetas de un mundo desaparecido… Sólo los árboles
se acuerdan todavía de esos paseantes alegres, amorosos o dolientes, bajo
la bóveda de las hojas y las ramas espinosas.
No veo ninguna silueta femenina, como si las mujeres no hubieran existido jamás.
Sin embargo, Wanda debe de haber vivido una temporada aquí. O a lo mejor le
faltó dinero para pasar un verano en Semmering… Sin lugar a dudas, se habría
sentido perfectamente a gusto si hubiera podido procurarse un vestido presentable.
Y, quién sabe, tal vez el curso de su vida hubiese cambiado si hubiera podido
dejar en casa a su insoportable marido el Sr. Leopold von Sacher-Masoch. Pero sólo
se trata de suposiciones, pensadas en condicional.
Ecos
de un pasado kitch
Las
señoras, que acompañaban a los señores al Semmering, iban a
hacer una cura y cambiar de aires. Venían a charlar y a mostrar sus encantos
o, en cambio, si se habían ajado, a aburrirse. Todas desaparecieron con su
siglo, sin dejar rastros, de manera que bajo sus fotos las leyendas se reducen a
comentarios anodinos: “Señoras de la nobleza en una fiesta de beneficencia,
frente al quiosco de champaña en el parque de Reichenau, probablemente con
motivo del quincuagésimo aniversario del ferrocarril del Semmering, en 1904.”
¿Por qué este paisaje me impide entonces vivir con mi tiempo, me induce
a la melancolía, me proyecta hacia un pasado totalmente ajeno a mis deseos,
un pasado kitch y sin esperanzas, que se sigue agitando en las viejas cajas de películas
de las cinematecas? El emperador dedicado a la caza mayor, la joven emperatriz disfrazada
de Romy Schneider, a menos que sea al revés; Austria representada como un
costurero, repleto hasta el borde de aristócratas seguidos por sus servidores.
Sólo un puñado de lavanderas afanadas, de cazadores honrados y de cazadores
furtivos con mirada desconfiada —en un decorado de montañas y prados— les
dan la réplica.
La
amenaza del hormigón
¿Por
qué surgen en mí estas viejas historias? ¿Es el paisaje o mi
pasión por las palabras? ¿O acaso la negra melancolía que me
inspira el Semmering? Nunca lo veo a la luz del día, incluso cuando el sol
brilla en su cenit. Este paisaje me cuenta una tragedia, aunque sea de una belleza
deslumbrante. Por mucho que piense en los campesinos, los carboneros, los obreros
metalúrgicos, los pequeños propietarios que lo pueblan, no logro disipar
esta impresión lúgubre. La vida es dura en las montañas.
Dejemos el pasado, miremos hacia el porvenir. Senderistas, alpinistas, turistas,
deportistas, amantes de los ferrocarriles constituyen lo esencial de la población
ocasional del Semmering. Por pertenecer a este último grupo, sigo atentamente
el acalorado debate en torno a la perforación de un túnel bajo el Semmering.
Un proyecto que sólo me inspira desconfianza y repulsión. Si el túnel
se construye (lo que depende de decisiones políticas), adiós a mis
magníficos viajes llenos de spleen.
Ese túnel permitirá a los expresos anónimos avanzar a través
del vientre de la montaña y ahorrar los veinte minutos que tanto me gusta
perder en las curvas. Como ciudadana del siglo XXI podría felicitarme de la
eficacia del progreso. Pero no es así. Me escandaliza que se usurpe, se cubra
de hormigón y se dañe este lugar a la vez salvaje y civilizado. ¿No
es el temor de que desaparezcan esos sueños insondables que, en cada uno de
mis viajes al Semmering, me invaden sin ton ni son? Vagabundean como gatos errantes,
se deslizan a través del paisaje, se ocultan en él, temerosos, libres
e indomables como pesadillas.
Admiro esta región, pero no quisiera vivir con ella.
Sólo hay que ir al Semmering si uno está preparado para la tristeza.
A menos de ser realmente muy feliz. |
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En
perfecta armonía con el paisaje
La línea
de ferrocarril del Semmering, en Austria, está inscrita en la Lista del Patrimonio
Mundial de la UNESCO desde 1998. Forma parte de esos “paisajes culturales” a los
que se abrió el Patrimonio Mundial a partir de 1994. Esta línea, que
atraviesa 41 kilómetros de montaña entre Gloggnitz y Mürzzuschlag
—y une Viena a Trieste—, dio origen a la primera estación turística
totalmente artificial del mundo.
Las 57 garitas de piedra y ladrillo, edificadas más o menos cada 700 metros
a lo largo de la vía, las suntuosas mansiones y los hoteles de lujo que jalonan
el trayecto, constituyen un ejemplo notable de integración armoniosa de la
arquitectura en el marco natural. El ferrocarril franquea el formidable paso del
Semmering a 895 metros de altura. Atraviesa 14 túneles (de una longitud total
de 1.477 metros), 16 viaductos (de la misma longitud acumulada), cuatro de ellos
en dos niveles, y más de un centenar de pasos abovedados. Esta realización
anunciaba la era moderna de aprovechamiento turístico de los Alpes.
Las obras se iniciaron en junio de 1848. La línea se dividió en 14
tramos, cada uno a cargo de una empresa diferente. 1.007 hombres y 414 mujeres fueron
los primeros en usar la piqueta. Seis años más tarde, al término
de los trabajos, se había llegado a emplear hasta 20.000 personas.
Las dificultades del terreno, la falta de un explosivo potente y las limitaciones
técnicas de la época tornaron la tarea particularmente ardua. Carlo
Ghega, jefe del proyecto, no sólo tuvo que efectuar un estudio completo de
la zona, a falta de un mapa fidedigno, sino incluso concebir un nuevo instrumental.
A lo largo de la historia, la línea del Semmering fue objeto de importantes
obras de reconstrucción, a causa, fundamentalmente, del aumento del peso y
la velocidad de los trenes. Su apariencia fue modificada sobre todo de 1957 a 1959,
cuando se electrificó la vía férrea. Pero esas adaptaciones
necesarias no alteraron la armonía, casi única en su género,
allí existente entre la naturaleza y la arquitectura.
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