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Sydney: el vicio y la belleza
Fotos de Trent Parke; texto de David Marr. Trent Parke es un fotógrafo australiano. Durante cinco años retrató las calles de Sydney y luego publicó con ellas el libro “Dream Life.” David Marr es periodista de The Sydney Morning Herald y autor de una biografía del escritor australiano Patrick White.

¿Qué sucede cuando uno vive en una ciudad que para las agencias de viajes es un lugar de ensueño? Termina por mirarse con ojos de turista, a menos que abra su paraguas y siga los pasos de uno de los habitantes. Entonces, el ánimo cambia, pero la ciudad no pierde su magnetismo.
Sydney no es la ciudad donde brilla el sol que todo el mundo se imagina. Es oscura. Es una ciudad portuaria, húmeda, con violentos chaparrones y nieblas matinales. Veranos enteros pueden transcurrir bajo un cielo gris y lluvioso. Los inviernos son breves pero desagradables.
Cuanto dicen los folletos turísticos sobre cielos esplendorosos y veranos cálidos es cierto, pero, como si fuera una tía de malas pulgas, Sydney puede presentar violentos altibajos de carácter. Los céfiros invernales cortan la piel como cuchillos. No se ve el sol durante días. Llueve a cántaros.
Aparecen entonces los paraguas. Aún más que Londres, Sydney es una ciudad de paraguas porque es todo lo que necesitamos cuando llueve. Los abrigos serían algo magnífico en esas pocas semanas de frío, pero en Sydney un buen sobretodo es un lujo. Incluso los impermeables no son realmente necesarios. Uno puede vivir y morir sin ellos. En la ciudad nos refugiamos bajo el más australiano de los emblemas urbanos: las marquesinas de las tiendas. Pero todos tenemos paraguas.
A los que se han criado aquí no les llama la atención el humor sombrío y contradictorio del lugar. Pero algo ha cambiado desde la llegada de los turistas. Primero nos preguntábamos qué venían a ver. Ahora, gradualmente, nos observamos a través de su mirada comercial. Los chaparrones son la violación de una promesa. El frío es una vergüenza cívica. La pobreza y la corrupción han de ocultarse al mundo exterior que nos visita durante unos días.
Sydney fue una ciudad corrompida desde el decenio de 1790 cuando los soldados que vigilaban a los presidiarios hacían venir cargamentos de ron de Calcuta. En los primeros años de la colonia el alcohol era la moneda más corriente. Desde entonces, las flaquezas del ser humano —la bebida, el juego, las drogas, la prostitución— han favorecido la corrupción. El vicio ha alimentado tanto el comercio como las religiones en la ciudad.

Cuanto dicen los folletos turísticos sobre cielos esplendorosos y veranos cálidos es cierto, pero, como si fuera una tía de malas pulgas, Sydney puede presentar violentos altibajos de carácter.

Una de las contradicciones más sorprendentes de este cuasi edén es el poder de los predicadores y de sus amenazas de castigo eterno y apocalipsis. Temen que la belleza del paraje corrompa nuestras almas. De vez en cuando, surgen profetas de las tinieblas con mensajes de temor y esperanza. Pintan sus consignas en los muros. El Paraíso y el Infierno se encuentran a la vuelta de la esquina. La luz de Sydney contribuye a este clima de Antiguo Testamento: el sol deslumbrante, bajo los nubarrones que anuncian la tormenta, o que imprime reflejos dorados en el asfalto al atardecer.
La belleza puede corromper. Nada es tan característico de Sydney como la constante incitación comercial a obtener una tajada de puerto: un atracadero comercial, una playa o una vista sobre el mar que vale un millón de dólares. Desde el comienzo de la colonización de los blancos, las autoridades han tratado de vender el puerto. Sydney ha perfeccionado todas las formas posibles de transformar la belleza en dinero efectivo.
Para los habitantes de esta ciudad, el Puente y el Teatro de la Ópera tienen un significado especial. Son conocidos en el mundo entero: un puente de acero británico que data de 1932 y una fantasía escandinava concebida a comienzos de los años cincuenta que se han convertido en los símbolos de una metrópoli del Pacífico Sur. Sin embargo, para la población de Sydney se trata de dos excepciones espectaculares y tranquilizadoras a la regla según la cual todo lo que se construye en el puerto es feo, obedece a motivos inconfesables y es indigno de una bahía que podría ser la más bella del mundo.
No es que pasemos nuestras vidas extasiados ante ellos. Así como los parisinos conviven con el Louvre y los habitantes de Ciudad del Cabo con la Montaña de la Tabla, nosotros lo hacemos con el Puente y la Ópera con un orgullo sereno. Dejar que los turistas se extasíen nos parece bien e incluso nos enorgullece. Pero basta cruzar el puente un día de invierno soleado, o llegar a la Ópera una noche de otoño cuando la luna se refleja en el agua, para que el lugar cobre una belleza insospechada.
Pero tengan confianza en Sydney, semejante estado de ánimo no dura, gracias a Dios. ¿Quién querría vivir en un paraíso para turistas? El Sydney auténtico, en cambio, es irresistible: oscuro, feo, contradictorio, lleno de espectáculos sorprendentes y voces inesperadas. Cuando escribo estas notas, en las primeras horas de una mañana de invierno, está lloviendo a chuzos. Tengo que partir al trabajo. Me olvidé el paraguas no sé dónde. Me voy a empapar.

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Las sombras avanzan por la Avenida Eddy.


Jugadores de croquet indiferentes a la lluvia.



El Teatro de la Opera evoca un navío con las velas desplegadas.

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photo Cuando la lluvia de verano azota, los paraguas florecen.




photo Es difícil aprender a conducir en terreno resbaladizo.


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Australia


Ciudad olímpica

Fundada en 1788 cuando 11 barcos de la primera flota británica, que transportaban penados, llegaron de Inglaterra para crear la colonia en New South Wales, Sydney sólo pasó a ser oficialmente una ciudad en 1842. Hoy es una pujante metrópoli multicultural, que acoge a 4 millones de habitantes de más de 200 nacionalidades. Más de la cuarta parte de sus residentes son nacidos en el extranjero –alrededor de 28% proceden de Asia, 16,5% de Gran Bretaña e Irlanda, 16% de Europa meridional y 8,5% del Oriente Medio, y cuenta además con un 20% de hijos de inmigrantes.
En los Juegos Olímpicos de 2000, celebrados entre el 15 de septiembre y el 1º de octubre, Sydney y su puerto emblemático ocuparon el primer plano de la actualidad mundial y atrajeron a casi cuatro millones de visitantes y 11.000 atletas. Además 3.500 millones de televidentes siguieron los Juegos, proclamados los “mejores nunca vistos” por el presidente del Comité Olímpico Internacional.

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