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Un hijo de dos culturas

Chinua Achebe: un incómodo exilio
Entrevista realizada por Amy Otchet, periodista del Correo de la UNESCO.
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Achebe busca nuevos significados recónditos en el cuento africano.





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Electores nigerianos durante los comicios presidenciales de 1999.







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Fiesta tradicional de máscaras y espíritus en Nigeria.




Un hijo de dos culturas

El arte verdadero es universal. Esta idea parece anticuada y un tanto pretenciosa hasta que uno lee las obras de Chinua Achebe. Nacido en Nigeria en 1939, en sus obras no esboza grandes teorías que permitan crear una civilización universal; cuenta historias enraizadas en la filosofía igbo, que han sido fuente de inspiración para todo tipo de lectores. Los mismos libros que ayudaron a Nelson Mandela durante su largo encarcelamiento son estudiados como clásicos por estudiantes de todo el mundo. Considerado fundador de la novela africana, Achebe ha sido objeto de más estudios y artículos que ningún otro autor del continente. Su obra, que incluye unos 20 libros, numerosos ensayos y colecciones de cuentos africanos, ha sido traducida a 50 idiomas.
Achebe fue el primer escritor en dar una visión africana sobre el colonialismo y actualmente trata con la misma objetividad los problemas que acucian a Nigeria, como la extrema corrupción de sus dirigentes. En su último libro, Home and Exile (Patria y exilio, Oxford, 2000), Achebe analiza el estado actual de la literatura postcolonial basándose en su propia experiencia. Celebra su suerte por haber formado parte de una “generación que participó de dos culturas”: la cultura tradicional igbo que le inculcaron de niño los ancianos de su pueblo, y la educación moderna y la embriagadora época de la independencia de Nigeria, que le proporcionaron el distanciamiento necesario para respetar y criticar a su sociedad sin juzgarla.
En la actualidad Achebe se encuentra en una encrucijada más dolorosa: un accidente de auto le mantiene en una silla de ruedas desde 1990. Al no poder recibir los cuidados médicos que necesita en Nigeria, reside en una casa rodeada de bosques en Bard College, al norte de la ciudad de Nueva York, donde él y su mujer dan clases.
“En mi época dorada,” dice Achebe, “siempre sospechaba que los problemas son fuente de enriquecimiento. Pero hasta mi accidente no tenía ninguna experiencia personal en la que basarme. Recuerdo que una persona que vino a visitarme al hospital me dijo con la mejor intención del mundo ‘¿Por qué le pasó a usted?’ Yo le contesté ‘¿Por qué no me iba a pasar a mí? ¿A quién tenía que haberle ocurrido?’”.
Su apacible sabiduría esconde una amarga ironía: el mismo hombre que suplicó a los artistas africanos que se quedaran en su país vive exiliado lejos del lugar al que más quiere y donde más se le necesita: Nigeria. “La vida interior es fundamental y no sólo depende de dónde se encuentra uno. Como se ve en muchas de nuestras historias, uno hace lo que puede con lo que la vida le brinda”, afirma Achebe.







“Los ancianos son los que más saben del pasado, son los libros de consulta de un pueblo.”
En silla de ruedas y lejos de su Nigeria natal, el pionero de la literatura africana en inglés se siente tan cerca de su país como en sus años de estudiante, cuando la rebeldía lo incitó a escribir.

En su último libro recuerda que tardó decenios en entender el significado de las conversaciones de familiares y amigos que escuchaba de niño en el patio de su casa. Hoy, con 70 años, ¿le siguen dando vueltas en la mente?
Sí, en particular la importancia que daban a los cuentos. No conocemos ni una décima parte de los cuentos que existen. Sin embargo, si uno quiere entender la historia, la sociedad y la vida de un pueblo, debe referirse a sus cuentos. Me interesa siempre el momento en que un cuento antiguo revela repentinamente un significado nuevo.
Lamento mucho no conocer a personas como las que iban a casa de mi padre. No eran excepcionales, en realidad no lograron nada relevante en su vida, pero, ahora que no están, me doy cuenta de que eran más importantes de lo que creía.

Con 25 años empezó a escribir su primer libro, Things Fall Apart, (Todo se derrumba), uno de los primeros clásicos africanos publicados en inglés (1958). Según cuenta, ese libro fue el resultado de una “rebelión histórica”, en la que sus compañeros de estudios retaron abiertamente el racismo latente en Mister Johnson, escrito por un autor británico y venerado por los profesores de la colonia. En aquel entonces, ¿se imaginaba usted las consecuencias que iba a tener esa revolución?
Mister Johnson no me hizo escritor. Yo nací escritor. Pero sí me abrió los ojos y me hizo ver que mi patria estaba en peligro. En realidad era más que mi casa o mi ciudad, era la historia naciente en la que los primeros fragmentos de mi propia existencia empezaban a ser coherentes y a tener sentido.
Me pareció que cualquiera tenía derecho a contar su propia historia, y mis amigos y compañeros de clase fueron los primeros en compartir ese punto de vista. Pensaron: ’Si Chinua puede hacerlo, nosotros también.’ Luego se unieron las mujeres. Incluso los escritores británicos que anteriormente habían tratado de escribir sobre nosotros cambiaron de actitud y dejaron que los protagonistas contáramos nuestra propia historia.
Este concepto no dejó de extenderse, al punto de que en la séptima edición de la Norton Anthology of English Literature, que acabo de recibir, Things Fall Apart aparece como una obra relevante del siglo XX.

Hoy los autores reivindican no sólo el derecho a contar su propia historia, sino a hacerlo en su propio idioma. Usted debe de entender esa frustración, ya que Things Fall Apart ha sido traducido a cerca de 50 idiomas, pero nunca al igbo, su lengua materna.
Por supuesto que comparto esa frustración. Sin embargo, prefiero que se escriba una novela sobre el pueblo igbo en inglés a que no se escriba ninguna. Uno nunca puede esperar a que se presenten las circunstancias ideales para actuar. Hace cuanto puede cuanto antes y no espera 15 o 50 años, porque nunca sabe qué le reserva el futuro.
Hace unos meses volví a casa por primera vez en diez años. El objetivo del viaje era dar una conferencia en igbo sobre la problemática del idioma y de la imposición de un dialecto estándar por parte de los misioneros coloniales. Fue una de las cosas más increíbles que he hecho en mi vida. Miles de personas reunidas en un estadio al aire libre reaccionaron muy calurosamente a mis palabras. La situación del igbo es muy importante para mí y siempre trabajo en ello. Things Fall Apart trata de dar a conocer el pueblo igbo al mundo. Ahora debemos hallar el modo de contar en nuestro propio idioma esa misma historia y muchas cosas más a nuestros hijos e incluso a nosotros mismos. No se trata de elegir una lengua u otra, sino de combinar ambas posibilidades.

Sus historias se centran en las debilidades de sus protagonistas. Como escribió en alguna ocasión, “no me impresiona que personajes abominables provoquen destrozos, sino que lo hagan hombres corrientes”. Pero los críticos occidentales no suelen apreciar su ironía. Prefieren que las historias tengan un héroe, y, en sus críticas, reflejan una visión esencialista del africano bueno y el malo.
Me parece muy apropiado el término esencialista. No sé de dónde viene ese concepto erróneo del arte, aunque creo que es más propio de Occidente que de África, porque para nosotros los igbo el arte, lejos de ser excluyente, incluye a la gente corriente y sus vidas. Un ejemplo es una ceremonia que llamamos Mbari en la que durante meses gente normal se retira con artistas profesionales para trabajar con ellos.
Todo, es decir personas y cosas, queda incluido en el proceso creador. Cualquier cosa nueva que aparezca, sea una nueva religión o la bicicleta de un misionero, forma parte de la historia. Es una forma de familiarizarse con lo nuevo, lo extranjero. Cuando alguien lleva algo nuevo a su casa, lo vigila. Se trata tanto de hospitalidad como de un sentido práctico para garantizar la propia seguridad.
La diosa que rige el festival Mbari, a quien los igbo llamamos Ani, no sólo es la divinidad del arte y la creatividad, sino también de la moralidad. Siempre hay una frontera entre el bien y el mal y por eso mismo el arte no puede utilizarse para justificar la destrucción o la visión esencialista de un pueblo. Esto no significa que nuestros héroes sean ángeles, son humanos como todos los demás, con un lado bueno y otro malo.
En cambio, en Occidente el mensaje moral del arte se ve como una debilidad. Una novela tachada de ’política’ no se considera buena. A veces los críticos escriben cosas como: ’A pesar de su mensaje político, la novela es buena,’ lo que de por sí constituye un planteamiento político, ya que significa ’el mundo está bien como está; no se necesita ningún enfoque superfluo ni político de la historia.’

Buscando una metáfora que reflejara la literatura postcolonial, usted pensó primero: “Hasta que los leones creen a su propio historiador, la historia de la caza sólo glorificará al cazador.” Finalmente, optó por unas palabras de Salman Rushdie: “El imperio contesta.” ¿Por qué?
La metáfora del león era demasiado tremenda. Daba lugar a que se planteara el problema de la fuerza del león y su capacidad de vencer al enemigo. En cambio, “El imperio contesta” me recuerda a la primera oficina de correos de mi pueblo. Cuando era niño, vi cómo se construía el edificio y me interesé por las transacciones que iban a realizarse allí. Cuando aprendí a escribir, observé a los empleados que traían y llevaban sacos de cartas
en bicicleta. Fueron sustituidos por la camioneta azul del Royal Mail, el correo británico. Los niños la llamábamos Ogbuakwu-ugwo, es decir, El-asesino-que-no-paga-sus-deudas. Fuimos testigos de la integración paulatina del país en el imperio… La frase de Rushdie carece de la violencia incluida en la imagen del león, incita al debate y a la persuasión.

Desde muy joven se rebeló contra la larga tradición de literatura colonial que sirvió originalmente para justificar la trata de esclavos. En su opinión, la actual actitud de los medios de comunicación, que consiste en hablar únicamente de la miseria de África, refleja el mismo planteamiento. El último capítulo de esta historia consiste en incitar a mirar a África de un modo crítico, haciéndola la única culpable de los problemas que padece. ¿A qué se debe este exceso de “fanatismo”?
Supongo que se debe al sentimiento de culpabilidad derivado del imperialismo y la esclavitud. La esclavitud es todavía la espina que más le duele a Occidente. Y creo que a ese grupo de fanáticos el descubrimiento de la esclavitud en el África actual les hace sentirse mejor. No puede negarse que la pobreza fomenta el abuso de los niños; que los padres hacen trabajar a sus hijos porque no ganan lo suficiente para sobrevivir. Ante situaciones así, no faltan occidentales bienintencionados que exclaman: “¡eso es esclavitud!” Pero utilizar la palabra esclavitud para referirse a cualquier tipo de abuso o malos tratos no ayuda en nada al debate sobre los 300 años de comercio transatlántico de esclavos.

En una entrevista que le hicieron hace veinte años describía el “experimento que es Nigeria” como dar dos pasos adelante y uno hacia atrás. ¿En qué etapa se encuentra hoy el país?
Para Nigeria, el fin de la dictadura militar supuso un avance extraordinario. Sin embargo, los militares habían tenido tanto poder durante tanto tiempo que parecía imposible que un gobierno civil tuviera éxito. Por lo tanto, Olusegun Obasanjo, un general retirado elegido presidente en 1997, parecía ser la persona ideal. En 1987, había sido el único dirigente militar en dar cierto poder a los civiles. Además, padeció el terrorismo de Abacha y tiene suerte de estar aún con vida. Su gestión ha sido más que satisfactoria. Pero devolver la normalidad, por no decir la prosperidad, a Nigeria es mucho más difícil de lo que nadie se imagina. No parece factible que en este primer mandato se logren grandes cambios. Sin embargo, el mero hecho de que sigamos debatiendo y preguntándonos cómo deberíamos actuar es en sí un gran paso hacia adelante. Mi temor en la actualidad proviene de los rumores según los cuales el próximo presidente podría ser Ibrahim Babangida, el dictador militar anterior a Sani Abacha. Sería un suicidio permitir a los generales vinculados a nuestro terrible pasado que volvieran al poder.

“En Occidente, el mensaje moral
del arte se ve como una debilidad.”

Un tema central de su trabajo ha sido concebir una forma adecuada de representación política. ¿Sigue pendiente la solución?
Encontrar la forma no es difícil, al menos sobre el papel. Pero sí lo es cuando el pueblo está inmerso en una pobreza tan grande que no se puede esperar de él que ejerza un control sobre sus dirigentes; de hecho daría su voto a cualquiera a cambio de unos cuantos dólares. El nivel de pobreza es fundamental para medir el éxito de cualquier tipo de representación política. Y los líderes más cínicos y despiadados lo saben perfectamente. Por eso saquean al Estado y cada vez que hay elecciones utilizan el dinero para asegurarse la victoria.

Los informes occidentales sobre la transición democrática en Nigeria casi siempre evocan el espectro de un conflicto étnico. ¿Es una amenaza real?
El problema étnico es real, pero la violencia no es inevitable. Existen diferencias idiomáticas, culturales e históricas, aunque es importante recalcar que los grupos étnicos son todos autóctonos, no hay ninguno importado. Los contactos entre grupos aumentan, y nadie es considerado un intruso. Por lo tanto, si hasta ahora han sido capaces de vivir como vecinos más o menos cercanos, no hay motivos para temer un estallido.
Si surge algún problema, éste se debe a que alguien utiliza las diferencias entre la gente para servir a un objetivo concreto. Lo vimos de forma patente al principio de nuestra vivencia nacionalista, cuando los británicos planeaban una salida discreta de Nigeria. Fomentaron los enfrentamientos de unos grupos contra otros para que lucháramos entre nosotros en vez de hacerlo contra ellos.
Nuestros líderes heredaron esa habilidad para sembrar discordia. Los peores ejemplos se dieron durante nuestra guerra civil, en Biafra. Hoy, los vemos con la imposición de la sharia (ley islámica) en varias partes del país. Lo que tenemos es un problema de liderazgo a todos los niveles.

Una vez dijo en una entrevista: “¿Cómo se puede transmitir a los nigerianos una cultura nacional si no es a través de la imaginación?” ¿No le parece que les pide una responsabilidad excesiva a los artistas?
Desde luego. Pero con poco se puede hacer mucho. Le voy a poner un ejemplo: en 1987, el líder de uno de los principales partidos del Norte musulmán, me pidió que me presentara a diputado. Me sorprendió mucho y acepté sólo para demostrar a la gente que, siendo del Este de Nigeria, es posible aliarse con un partido del Norte liderado por un molá.

Por lo tanto, considera que el escritor tiene un liderazgo que desempeñar.
Sí, pero también creo que nadie tiene respuestas para todo. Cuando digo que tenemos un problema de liderazgo, no excluyo a los seguidores, es decir, al resto del pueblo. Todo el mundo quiere ser líder hasta que se da cuenta de las responsabilidades que ello conlleva. Esto se ve claramente en una sociedad como la mía, donde la edad, por ejemplo, se venera. Pero no se venera porque sí. Los ancianos son los que más saben del pasado, son los libros de consulta de un pueblo. Y una responsabilidad así mantiene despierta la mente de un hombre.

¿Cuándo volverá a su país para desempeñar ese papel?
Tengo muchas ganas de volver a casa. Pero desde que estoy en silla de ruedas lo tengo muy difícil, ya que necesito vivir cerca de algún hospital y poder disponer de antibióticos en caso de necesidad.

¿Qué es lo que más echa de menos?
El trabajo auténtico y estar en la misma onda que la gente. El otro día, el ayuntamiento de mi pueblo me pidió que participara en el proyecto de una nueva biblioteca. Aquí en Nueva York nadie me dice ’queremos construir una biblioteca, ¿nos puede ayudar?’ Echo de menos estar donde más se me necesita.


Principales obras: Things Fall Apart (Todo se derrumba, Alfaguara 1986. Desde su publicación por Heinemann en 1958, se han vendido más de ocho millones de ejemplares). Entre sus obras en inglés, destacan: No Longer At Ease (1960), Girls at War and Other Stories (1972), Anthills of the Savannah (1987), The Voter (Viva Books, 1994)..

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