Alfredo
Olivera, un joven psicólogo argentino creó Radio La Colifata
para devolver la palabra a los internos de un psiquiátrico de Buenos Aires
(p.18-19).
No lo guiaba la sed de aventuras insólitas, sino que, como millones de otros
voluntarios en todo el mundo, quería ser una de las manos que reparan el tejido
social roto por la exclusión y la violencia. Como subraya el Año Internacional
de los Voluntarios que celebramos en 2001, el voluntariado aporta una riqueza que,
aunque invisible, sobrepasa el valor puramente económico (p. 20-21).
Una riqueza, además, que no cesó de aumentar en el siglo XX (p.
22-23).
Los voluntarios no ven su actividad como una donación, sino como un intercambio
(p.
26).
Jóvenes estudiantes eslovenos atienden una línea telefónica
para escuchar a otros adolescentes con dificultades (p. 27).
En Brasil, trabajadores y empresas se movilizan más que nunca para paliar
la crisis del Estado (p.
28).
En Filipinas, Carmen Reyes Zubiaga ayuda a quienes, como ella, viven en una silla
de ruedas, a conseguir trabajo para valerse por sí mismos (p. 30-31).
También las mujeres indias maltratadas aprenden a desenvolverse solas (p.
31-32).
Estudiantes sudafricanos pasan las vacaciones en campamentos de trabajo de las regiones
más desheredadas del continente (p. 33-34). Y, como todas
las edades son buenas para trabajar por los demás, cientos de jubilados británicos
reparan herramientas en desuso para enviarlas a artesanos africanos (p. 34).
El tercer sector está pues en plena expansión, junto al Estado y al
mercado. Aunque no hay que sobrestimar su potencial: el voluntariado debe combinarse
con ambos, no tratar de sustituirlos (p. 36-37). |