
Uno
de los pacientes del Borda junto a la mesa de grabación de La Colifata.
|
Las
sociedades han de reconocer y promover el voluntariado como una actividad valiosa.
Y facilitar el trabajo de los voluntarios alentando su acción dentro y fuera
de sus países.
Kofi
Annan, Secretario General de las Naciones Unidas (1938-)
|
“Tratamos de que esto trascienda, pero no por nuestro esfuerzo personal, sino porque
funciona y crece.” |
En
Buenos Aires, el tesón de un joven psicólogo brinda a los internos
de un hospital psiquiátrico una antena de comunicación con el exterior.
"Te extraño, te
extraño, padre, lo sé. ¿Cómo estarás en Rosario?”.
“Ése se llama Rosario”, recita, micrófono en mano, Perrota, uno de
los más de 900 pacientes del Hospital Neuropsiquiátrico José
T. Borda de Buenos Aires. Todos los sábados actúa como columnista en
Radio La Colifata, la señal que durante cinco horas transmite la palabra
de los internos desde una mesa instalada en uno de los jardines del hospital. Colgado
de un árbol, un pizarrón enumera los programas de la tarde: “Visitas”,
“Rock”, “Conflictos de la juventud”, “Mundo deportivo”, “Afónico hasta morir”.
Cerca de 30 personas —internos que no participan, visitas, columnistas— escuchan
con atención “Momento romántico”. Perrota cuenta su historia familiar,
la de su enfermedad, la de una amiga que le prestó su ayuda incondicional,
lo difícil que puede ser conseguir un trabajo, volver “afuera” una vez otorgada
el alta psiquiátrica. “Yo lo que quiero es irme. Esto es pasajero para mí...
para todos. Mi idea es irme. Todos estamos con la esperanza de irme.”
Un joven de rulos que maneja la consola de sonido toma un micrófono. Le explica
que, dentro de dos meses, van a estar listos los discos con grabaciones de La Colifata,
y que, entonces, su experiencia como vendedor, además de colaborar en el crecimiento
de la radio, le volverá a dar trabajo. El anuncio disipa un poco la angustia
de Perrota. Pero, especialmente, pone en evidencia el proceso de maduración
de una aventura que comenzó diez años atrás, cuando Alfredo
Olivera, el hombre de rulos, era un estudiante de psicología con ganas de
colaborar.
Por entonces, existían en el hospital talleres artísticos semanales,
“que trabajaban con los pacientes que estaban deambulando por ahí”, recuerda
Olivera. “Estuve nueve meses dando vueltas entre taller y taller, pero veía
que lo que se hacía nacía y moría allí mismo”. Y lo que
él quería, en cambio, era “trabajar hacia afuera, con la comunidad”.
Es que, no es novedad, los neuropsiquiátricos no sólo tienen una prensa
malísima, sino que, en tanto instituciones, hacen honor a esa fama. Aún
hoy el Hospital Borda es, tanto en el imaginario social como en su realidad física,
un lugar vinculado con lo no deseable, lo temible y temido. Ubicado a treinta cuadras
del centro político y financiero de la Argentina, es un espacio en el que
el tiempo se ha detenido. Algunos de los pacientes, una vez internados, no vuelven
a pisar la calle; otros no ven más a sus familias; hay quienes llevan allí
dentro más de la mitad de su vida... son cientos de personas repartidas en
pabellones tan inmensos como olvidados. Y los médicos, como suele suceder
en la salud pública argentina, no son suficientes. En todo esto pensó
Olivera mientras daba vueltas a la idea de devolver a esos enfermos algún
contacto con el exterior.
“Conocí a un locutor de la radio comunitaria FM SOS de San Andrés que
me pidió que contara mi experiencia en el Borda en un programa sobre la locura,
pero yo le propuse que fueran los propios pacientes los que explicaran sus problemas.”
El sábado siguiente, Olivera llevó a los internos la idea y un grabador
de periodista, no sin insistir en que “eso después salía al aire y
era un modo que tenían de hablar con la gente de afuera”.
“Entonces, uno de ellos dijo ’a mí me gustaría tratar por qué
la mujer es un bichito raro’, ’Yo quiero contar chistes’, dijo otro; otro más
quería dibujar, y así. Y empezaron a hablar, y fue maravilloso.”
Olivera se entusiasma al recordar esa primera grabación. Cuenta que, a partir
de ese sábado, las reuniones siguieron, que finalmente el programa de radio
lo convocó, que él llevó un pequeño fragmento (editado
de manera artesanal en un equipo con doble casetera) de unas charlas sobre la locura
y los manicomios, “y empezamos a alentar a los oyentes a llamar y hacer preguntas
a los internos”.
La columna de los pacientes del Borda se convirtió así en una sección
fija de la radio comunitaria de San Andrés, que se emitía todos los
miércoles.
“Colifato”, define un diccionario de lunfardo1, es alguien “tocado, medio loco, algo
perturbado”. Ése fue el nombre que, de una lista confeccionada por los internos,
votaron los oyentes para reconocer la existencia de la palabra de éstos.
Poco a poco, mientras repartía el tiempo entre la facultad y su trabajo estable,
Olivera fue consiguiendo que otras radios transmitieran pequeñas muestras
de lo que sucedía en eso que creció hasta convertirse en la radio de
los internos. Gracias a ese esfuerzo, y sin ningún tipo de apoyo institucional
(ni operativo ni económico), actualmente La Colifata es retransmitida
por 50 emisoras, fue invitada al Congreso Mundial de Comunicación que la UTPBA
—Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires— organizó en 2000
y va por su segundo año consecutivo en la Feria del Libro. Gracias a las gestiones
de un oyente aficionado a la onda corta, ha sido retransmitida en Miami o la Antártida.
Y, prueba de que funciona como cualquier otra radio, sus cronistas tienen plaza fija
en la tribuna de prensa del estadio de fútbol de los Boca Júniors.
Pero su gestor, un psicólogo de 30 años que no da abasto a los pedidos
de asesoramiento y que ya perdió la cuenta de las conferencias que ha dictado
al respecto, sobrevive con lo que gana como encuestador. Rechaza, sin embargo, de
plano que su trabajo sea visto como un apostolado. Comenzó, sí, como
voluntariado, y todavía lo es; de hecho, La Colifata continúa
funcionando gracias a que él y otras nueve personas trabajan ad honorem y
a un sentido social de la solidaridad que todavía existe. “Unos oyentes se
enteraron por una revista de que cada semana trasladábamos los equipos en
tren y colectivo desde mi casa al Borda y del Borda a mi casa. Nos llamaron y nos
regalaron un Citroën usado.”
Poco después, los colifatos iniciaron una campaña para recolectar donaciones
para chicos de la calle y el vehículo se convirtió en una especie de
unidad móvil: “Cuando alguien no se animaba a traer su donación al
hospital, yo iba con el auto y dos internos a tocar a su puerta. Así, ellos
ya no eran los pobrecitos necesitados, sino que tenían su medio, la radio,
y lo utilizaban para ser solidarios con otros.” Otro oyente, esta vez de Bariloche
(1.500 km al suroeste de Buenos Aires), hizo un verdadero esfuerzo para regalarles
unas vacaciones, para algunos, la primera salida en años. “Transmitieron desde
el centro cívico de Bariloche ante 300 personas. No volvieron igual, fue magnífico.
Después hubo otro viaje a la Patagonia, donde conocieron el mar. Eber, un
interno boliviano, nunca lo había visto.” La solidaridad también se
materializó en equipos y en la antena que actualmente transmite, en el 100.1
de FM, los programas en el interior del hospital y en el barrio que lo rodea, en
donaciones de discos, en visitas.
Habida cuenta de que cada uno de los internos que participa tiene su patología
particular y diferenciada, para Olivera el trabajo en la radio ha significado también
un aprendizaje de su profesión. Cada una de sus intervenciones en antena tiene
un fin terapéutico, sabe por qué dice qué a quién; y
actualmente atiende por un honorario simbólico a un paciente que ha conseguido
la externación.
Pero de ahí a que alguien lo sindique como algún tipo de héroe,
dice, hay una distancia enorme. “Ésa es, en general, la mirada social que
se hace sobre este tipo de experiencia: santifican a dos o tres anónimos,
y dicen ’qué buenos que son, qué suerte que exista gente tan valiosa’.
Y ahí queda. Nosotros tratamos de que esto trascienda, pero no por nuestro
esfuerzo personal, sino porque la herramienta es útil, porque funciona y crece.
Ésa es la apuesta: que dentro de 30 años se acuerden de que quedó
un modelo digno de ser imitado para trabajar con gente marginalizada debido a sus
problemas psíquicos.

colifata@elsitio.net |