
Un doctor voluntario de la ONG Casa Alianza examina a niños de la calle
en Guatemala.
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¿Qué
es el voluntariado?
Para algunos,
la palabra voluntariado evoca imágenes de personas que socorren a los menos
afortunados –brindando ayuda a los niños, los enfermos, las personas mayores
o los ciegos. Para otros, significa participar en campañas en favor del cambio
–sumándose a acciones locales de defensa del medio ambiente o apoyando un
movimiento mundial para eliminar las minas terrestres. Para otros aún, está
ligado a la lucha por la supervivencia –y consiste en trabajar con amigos y vecinos
para procurarse los productos esenciales para el sustento diario.
Cualquiera que sea la forma que adopte, la actividad voluntaria se diferencia del
trabajo remunerado y del esparcimiento en tres aspectos. Primero, su finalidad primordial
no es obtener una retribución pecuniaria. Segundo, se efectúa libremente
y sin ningún tipo de coacción. Tercero, el voluntariado ha de beneficiar
a la comunidad, aunque puede procurar a quien lo practica una gratificación
que no se expresa en términos materiales. Aunque en algunas sociedades abunda
el trabajo voluntario más que en otras, no debemos emplear un enfoque estrictamente
aritmético para medir esta actividad. Dada la diversidad de formas que adopta,
corremos el riesgo de exagerar las diferencias entre países industrializados
—que quizás sean más ricos en voluntariado oficial— y los países
en desarrollo, donde la tradición informal de ese tipo de actividad suele
ser más fuerte.
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La
historia es sólo voluntad del hombre.
Jorge
Guillén, poeta español (1893-1984)
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Los
gobiernos empiezan a entender las ventajas económicas y sociales del voluntariado,
pero no deberían apoyarse en él como un recurso transitorio para eliminar
los males de la sociedad.
Como un reconocimiento
elocuente del papel del voluntariado en la sociedad, la Asamblea General de las Naciones
Unidas se reunirá en diciembre para debatir la forma en que los gobiernos
pueden prestar un apoyo más eficaz a aquéllos que contribuyen al bienestar
de sus comunidades sin una retribución financiera, justa culminación
del Año Internacional de los Voluntarios que ha despertado una intensa movilización
en 130 países.
No es de extrañar que los gobiernos del mundo empiecen a tomar conciencia
de los beneficios económicos y sociales del voluntariado. En el Reino Unido,
por ejemplo, la contribución de los voluntarios a la economía se evalúa
en 64.000 millones de dólares, en tanto que en Canadá el valor económico
de ese aporte se cifra en 16.000 millones de dólares. Un estudio comparativo
reciente entre 22 países llegó a la conclusión de que, calculado
en horas, el trabajo de los voluntarios equivale al de 10,5 millones de empleados
de jornada completa.
Pero es peligroso tener en cuenta solamente la justificación económica
del voluntariado, aunque puede ayudar a la valorización de éste. Los
gobiernos pueden sentir la tentación de reemplazar a los trabajadores remunerados
por voluntarios para ahorrar dinero. En primer lugar, desconocen así el hecho
de que el voluntariado requiere una inversión y una formación para
dar beneficios: un estudio realizado recientemente en Europa estimaba que cada dólar
invertido en voluntariado redituaba ocho.
El
capital social
Lo que es más importante es que cada vez más elementos acreditan que
el voluntariado es beneficioso para la sociedad. Los especialistas han elaborado
la noción de capital social para describir los vínculos y conexiones
que se crean entre los individuos gracias al voluntariado. Según algunos estudios,
en una sociedad rica en capital social se observarán índices más
bajos de criminalidad, niveles más reducidos de abandono escolar y de conflictos
interraciales e índices más elevados de desarrollo económico.
Si bien este capital tiene un papel que cumplir en la creación de comunidades
vigorosas y activas, sólo puede dar el máximo de rendimiento si se
cumplen ciertas condiciones. El voluntariado funciona mejor en un contexto en que
el sector público es sano y dispone de recursos suficientes. No es un substitutivo
de los servicios gubernamentales, sino más bien un complemento esencial que
añade valor a los servicios prestados por profesionales remunerados. Por tratarse
de un componente esencial de las sociedades sanas y democráticas, a los gobiernos
ha de interesarles fomentarlo, incluso cuando los voluntarios participen en campañas
que se opongan abiertamente a políticas estatales.
Los beneficios para los propios voluntarios no han de subestimarse. Solía
afirmarse que el voluntariado suponía una relación basada en la noción
de dádiva. Actualmente la mayoría lo considera como un intercambio,
en el que tanto el que da como el que recibe se benefician. Y los voluntarios no
dejan de citar una larga lista de ventajas que van de la posibilidad de hacer amistades
a adquirir una capacitación útil y una perspectiva diferente para mirar
la vida.
El voluntariado resulta particularmente útil para quienes son víctimas
de la exclusión social. Los incapacitados que participan en este tipo de actividades
pueden contribuir a la integración social y destruir el estereotipo negativo
que los considera beneficiarios pasivos de cuidados. A los jóvenes, el voluntariado
les ofrece oportunidades de superación personal y de afrontar riesgos, así
como un valioso aprendizaje de la ciudadanía. Para los ciudadanos de más
edad, puede favorecer el proceso de “envejecimiento activo” –¡algunos investigadores
han llegado a afirmar que es bueno para la salud! En resumen, el voluntariado es
una típica situación en la que todos ganan.
No
siempre es fácil
Sin embargo, persisten ciertos obstáculos: en algunos países no existe
la libertad de asociación, mientras que en otros la legislación se
opone a la actividad de ciertos grupos, como los desocupados. Asimismo las organizaciones
suelen no estar en condiciones de sufragar los gastos de viaje de los voluntarios,
lo que perjudica a los de ingresos más modestos. Por último, ciertas
actitudes, como la de quienes consideran al voluntariado antiguo y pasado de moda,
pueden representar un obstáculo, al igual que ciertas barreras institucionales:
la reticencia de algunas organizaciones a dar a los voluntarios la oportunidad de
participar.
En la eliminación de esos obstáculos, los gobiernos pueden cumplir
un papel decisivo, brindando una base —legal, fiscal e institucional— que permita
la actividad voluntaria. En este sentido, el gobierno de los Países Bajos
ha decidido examinar detenidamente toda nueva legislación a fin de que tenga
el máximo de impacto favorable en el voluntariado. La acción de los
gobiernos será también un elemento clave al financiar la organización
o la infraestructura de tecnologías de la información indispensables,
en los planos nacional y local, para que el voluntariado pueda florecer. Como principales
empleadores, a los poderes públicos les cabe también incitar a su personal
a participar decididamente en actividades de la comunidad a que pertenecen. Teniendo
en cuenta la conciencia creciente de las ventajas del voluntariado para la moral
del personal, la constitución de equipos y la imagen de los negocios, son
cada vez más los empleadores —en el sector público y en el privado—
que incitan a su personal a incorporarse a actividades de esta índole.
Por ejemplo, la Compañía de Gas de Osaka (Japón) lanzó
un programa llamado “Chiisa na Tomoshibi” (La lamparita) en 1981. En 1994, una proporción
apreciable de su personal (13.500 personas) se sumó al programa de trabajo
voluntario, con empleados destacados en diversos servicios comunitarios. También
se alentó a los trabajadores jubilados y a las familias del personal a participar
en las actividades.
Aunque a los gobiernos les corresponde impulsar políticas favorables a la
actividad voluntaria, es también necesario que reconozcan sus limitaciones.
El movimiento voluntario, con razón, es muy celoso de su independencia, y
cualquier intento de controlar su actividad por parte del Estado ha de provocar una
fuerte resistencia. |