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De los campamentos de trabajo a la ayuda virtual
Arthur Gillette, ex Secretario General del Comité Coordinador del Servicio Voluntario Internacional, terminó su carrera en la UNESCO como Director de la División de Juventud y Deportes. Es autor de diversas obras sobre el voluntariado.
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En 1945, voluntarios reconstruyen la comuna francesa de Ecurcey.





Lo que aportan los voluntarios es el toque humano, el enfoque individual y cálido que ningún programa de gobierno, por muy bien pensado y bien ejecutado que esté, puede dar.

James Olmos. Actor estadounidense (1947-)













Hoy, dentro de las sociedades, el voluntariado permite que sectores postergados hagan oír su voz.
El voluntariado ha cambiado con el correr del tiempo: antes estaba estrechamente ligado a las tradiciones y la religión. Hoy atrae inclusive a los que se encuentran al margen de la sociedad.

Sorin Hurdubae, tiene 38 años, vive en París y trabaja varias horas por semana en Echanges-Solidarités-Territoires. Conocida por su sigla francesa EST, que contiene un juego de palabras (“Este”), dicha ONG se ocupa de la cooperación con los países en transición de Europa Oriental, incluida la Rumania natal de Sorin.
Sorin no es más que uno de los voluntarios de diversas nacionalidades, sin los cuales EST no podría sobrevivir y menos aún prosperar. Su propósito de “tender una mano amiga” encuentra eco en millones de personas que convierten al voluntariado en una pieza fundamental del panorama social actual.
Prácticamente todas las sociedades preindustriales tuvieron más o menos oficialmente instituciones comunitarias de asistencia mutua. Algunas subsistieron hasta bien avanzado el siglo XX, otras existen todavía. En Malí, por ejemplo, una costumbre llamada Ton obligaba a la juventud a cumplir ciertas tareas comunitarias como parte del rito de paso a la adolescencia. En Ecuador, la población quechua sigue organizando mingas, en virtud de las cuales cada hogar de una comunidad proporciona mano de obra para un determinado proyecto local. En la India, la noción de shramdan –realizar trabajo voluntario– sigue movilizando a la población para proyectos rurales, desde la construcción de carreteras a la formación de alfabetizadores. Y casi todas las religiones del mundo incluyen una dimensión de responsabilidad social hacia los más necesitados.

Un nuevo mundo
Sin embargo, en las sociedades europeas la buena voluntad fue perdiendo importancia con la revolución industrial, la aparición de los Estados modernos y la irrupción del dinero como principal medio de cambio. Al mismo tiempo empezaron a surgir movimientos internacionales, en particular la Alianza Mundial de Asociaciones Cristianas de Jóvenes (YMCA), primera organización juvenil internacional no gubernamental, fundada en la década de 1860. En Estados Unidos, sus voluntarios fueron un elemento decisivo de la ayuda prestada a las poblaciones inmigrantes de Europa oriental y meridional para que se instalaran en el país.
Tras los efectos devastadores de la Primera Guerra Mundial, el afán de auxiliar a los desfavorecidos cobró renovados bríos. El voluntariado pasó a ser una empresa mejor estructurada, mirada a menudo como un medio de crear lazos de amistad entre los jóvenes de distintos países europeos. En 1920, el primer campamento internacional de trabajo voluntario fue organizado en Esnes, una aldea campesina próxima a Verdún (Francia), región diezmada por la terrible batalla que arrojó un millón de víctimas. Por iniciativa de International Fellowship of Reconciliation, el campamento colaboró en la reconstrucción de granjas y otras infraestructuras materiales y, hecho significativo, incluía entre sus voluntarios a soldados que habían luchado en bandos enemigos durante la Gran Guerra. También favoreció el lanzamiento de una ONG que aún hoy se mantiene activa y creativa, el Servicio Voluntario Internacional (SCI).
Anticipándose un cuarto de siglo a programas como el British Voluntary Service Overseas, los Cuerpos de Paz de Estados Unidos y el Deutsche Entwicklungsdienst de Alemania, el SCI envió el primer equipo conocido de voluntarios de larga duración desde los países “industrializados” a los países “en desarrollo” –de Europa a la India–, en 1934. Mientras tanto, a medida que se extendía la crisis económica, surgieron organizaciones estatales de campamentos de trabajo en países tan distantes como Estados Unidos y Bulgaria para dar a los desocupados la posibilidad de aprender un oficio realizando trabajo voluntario.
Inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, equipos nacionales e internacionales de voluntarios contribuyeron una vez más a la reconstrucción europea.
Pero también estaba en marcha un nuevo mundo en que el voluntariado tenía un papel que cumplir. Habían nacido las Naciones Unidas, con el compromiso de promover la paz, el progreso social y el entendimiento entre los pueblos –ideales cuyo espíritu coincidía en buena medida con el del voluntariado del periodo de entreguerras. En 1948, la UNESCO tomó la delantera en ese ámbito al convocar la Primera Conferencia de Organizadores de Campamentos Internacionales de Trabajo Voluntario. De esa reunión surgió la ONG conocida actualmente como Comité Coordinador del Servicio Voluntario Internacional (CCSVI), que contribuyó a la consolidación y al desarrollo del voluntariado en el mundo.

¿Un útil político?
La emancipación de la dominación colonial de muchos países de África y Asia trajo consigo la creación de innumerables organizaciones nacionales de servicio voluntario. Las naciones emergentes del Tercer Mundo empezaron también a acoger voluntarios calificados a largo plazo procedentes de países industrializados. Su éxito hizo que se creara hace treinta años el Programa de Voluntarios de las Naciones Unidas (VNU). Este programa constituye ahora un esfuerzo multilateral, con una elevada proporción de voluntariado Sur-Sur.
Hay quienes hacen notar que el voluntariado puede ser aprovechado o desvirtuado para servir intereses políticos –las brigadas de trabajadores Hitlerjugend Arbeitsdienst en Alemania y programas similares en otros países totalitarios constituyen ejemplos lamentables. Sin embargo, en numerosos casos ha ocurrido justamente lo contrario. Los campamentos de trabajo Este-Oeste durante la guerra fría son quizás el ejemplo más elocuente.
La finalidad de esos campamentos (creados por ONG en Occidente y por “organizaciones sociales” aprobadas por el Partido en el Este) era promover los contactos, la cooperación concreta y el entendimiento mutuo entre la juventud de ambos lados, a veces con la presencia de voluntarios del Tercer Mundo que servían de elemento neutral. Aunque escasos, estos primeros esfuerzos por resquebrajar la Cortina de Hierro no fueron del agrado, para emplear un eufemismo, de todas las autoridades de las superpotencias en conflicto y de sus aliados, de ahí que su importancia no dejara de ser simbólica.

Remuneración inmaterial
Con los progresos de la mundialización, el voluntariado está entrando en una nueva etapa: el voluntariado social (por ejemplo, ayuda filantrópica a los sin techo) y sus parientes cercanos, el voluntariado humanitario (e. g., la ayuda a los refugiados) y el voluntariado de defensa (de causas como los derechos humanos y el comercio equitativo), están ahora de actualidad.
Siguiendo una tendencia que se acentúa, dentro de las sociedades y entre ellas, el voluntariado permite que sectores postergados hagan oír su voz: los incapacitados, los inmigrantes y, en términos más generales, los que se hallan al margen de los cauces principales de la sociedad están ayudando a los suyos. Por ejemplo, en el estado de Georgia (Estados Unidos), unos 2.000 presos actuaron gustosamente como bomberos voluntarios en el año 2000, tras haber recibido una formación adecuada. El voluntariado en línea, que suele considerarse deshumanizado, brinda la posibilidad de participar a personas que de otro modo serían consideradas no aptas para ayudar a los demás. Y numerosas iniciativas recientes indican que casi no hay un límite de edad para convertirse en voluntario.
El voluntariado de las personas jubiladas es un tema que me concierne muy en especial. Concluí mi carrera en la Unesco en abril de 1998. Desde entonces he cumplido una serie de misiones como voluntario del VNU y de diversas ONG, en particular en Azerbaiyán, Hungría, Palestina y Rumania. Creo haber contribuido modestamente a la realización de proyectos concretos, que van del reciclado de basuras domésticas en el gran Budapest a la creación de puestos de trabajo para jóvenes desocupados en Brasov y el lanzamiento de un programa de voluntariado para estudiantes en Baku. Esta actividad me permitió vivir experiencias estimulantes, renovar conocimientos e incluso me procuró un auténtico placer. Aunque no sea pagado, el voluntariado brinda una remuneración inmaterial inestimable. Es una de las razones que me hacen esperar que, cuando se jubile, dentro de otro cuarto de siglo, Sorin Hurdubae seguirá “tendiendo una mano amiga”.

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