
Carmen Reyes en los locales de Tahanang. |
Ni
la pobreza ni la polio pueden detener a Carmen Reyes Zubiaga, que defiende la causa
de los minusválidos de Filipinas a Camboya.
Paralizada por la poliomielitis
cuando tenía un año y medio y extremadamente pobre, Carmen Reyes Zubiaga
ha dedicado su vida a mejorar la de quienes, como ella, padecen alguna minusvalía
física. Hija de un carpintero y una lavandera, Carmen es la sexta de nueve
hermanos. Ha pasado la mayor parte de su vida en el barrio Taytay de Rizal, una ciudad
de la periferia de Manila. Recorrer las ventosas y estrechas calles de Taytay requiere
gran destreza, sin contar con la enorme cantidad de gente, y con el tráfico.
Pero Carmen se mueve como una maestra en ese laberinto. El día de nuestra
cita, me dejó en ridículo llegando veinte minutos antes que yo, que
tengo dos piernas operativas y las cuatro ruedas de mi automóvil. Carmen llegó
en un triciclo motorizado, un medio de transporte muy popular en nuestro país.
Ayuda
a tiempo completo
Al entrar en el restaurante no la encontraba, porque no veía su silla de ruedas
y porque la mujer que resultó ser Carmen Reyes Zubiaga parece demasiado joven
para todo lo que ha hecho: crear tres organizaciones y una fundación, dedicadas
todas ellas a ayudar a los minusválidos mediante programas de microcrédito,
becas y otras formas de asistencia. Además de haber sido su fundadora, dedica
todo su tiempo a estos tres grupos sin obtener a cambio ningún tipo de compensación
financiera.
Por último, esa mujer bella y de aspecto gentil contrastaba mucho con la idea
de alguien muy serio que uno se hace de ella al escucharla por teléfono. Y
es que, según me contó luego, al parecer es esencial fingir una voz
severa para imponerse en una sociedad que tradicionalmente menosprecia la voluntad
individual. “Mi madre decía que cuando era niña era muy cabeza dura”,
bromea. “Ni siquiera sabía qué aspecto tenía una silla de ruedas”,
cuenta, recordando su infancia y adolescencia, cuando se movía arrastándose
por el suelo porque su familia no podía pagarle una silla de ruedas. A los
14 años, por iniciativa propia escribió a un club de damas de la alta
sociedad pidiéndoles ayuda. Y se la dieron. Aunque materialmente sus padres
no pudieran aportar mucho, moralmente sí fueron muy generosos: “En mi familia
nunca me trataron como a alguien diferente. No sentí ningún tipo de
discriminación.”
La pobreza forzó a Carmen a abandonar la escuela al terminar la enseñanza
primaria. Pero, diez años después, volvió a estudiar gracias
a una misionera belga, la hermana Valeriana Baerts, y al instituto que ésta
había fundado, Tahanang Walang Hagdanan (La casa sin escaleras), que es hoy
la mayor organización de ayuda a discapacitados del país.
Aunque muchos se habían reído de ella cuando decía que quería
ir a la universidad, Carmen fue allí una de las mejores alumnas. Para pagarse
los estudios colaboraba con una editorial de cómics y, al ver que en la universidad
10 alumnos iban en silla de ruedas, su primer proyecto de voluntariado fue recaudar
fondos para construir en el campus rampas de acceso a las aulas. Tahanang es el resultado
de la energía de Carmen: no sólo trabajó allí como voluntaria
mientras era estudiante, sino que, una vez graduada, fue relaciones públicas
y gestionó proyectos durante nueve años. Esta experiencia le permitió
aprender organización de empresas, marketing, recaudación de fondos
y comunicación. Fue allí también donde conoció a su marido,
que no es minusválido.
Después de Tahanang, Carmen trabajó para el Programa de las Naciones
Unidas para el Desarrollo (PNUD), que la envió a Camboya, donde lanzó
el primer proyecto gubernamental –una agencia semiautónoma– para ayudar a
los miles de personas que habían quedado mutiladas debido a la terrible guerra
civil de ese país.
“Aunque las condiciones eran aún peores que en Filipinas”, dice, el centro
logró crear puestos de trabajo para los discapacitados. Pero su mayor valor
es el haber sido un ejemplo para los camboyanos minusválidos, cuyo único
destino era hasta entonces la mendicidad.
Una
mirada distinta
“En Camboya, cuando iba al mercado, me miraban de otro modo. Porque iba a comprar,
no a pedir limosna. Para los camboyanos yo representaba un tipo de minusválido
distinto.”
Hasta entonces, los minusválidos en Camboya estaban prácticamente condenados
a vivir sin ninguna posibilidad de felicidad, amor, matrimonio o hijos. Carmen, en
contraste, había cruzado un océano hasta llegar a Camboya, llevando
consigo a su esposo y sus dos hijos. Cuando, tres años después, regresó
a Filipinas, había adoptado a la hija de una pareja de camboyanos muy pobres.
En Filipinas creó tres organizaciones y una fundación que ayuda a personas
con minusvalías a continuar estudiando y adquirir conocimientos para crear
pequeños negocios. Desmarcándose de la caridad y benevolencia de los
misioneros, promueven la autonomía y la independencia económica de
los minusválidos. “Para poder repartir riqueza, primero hay que crearla”,
dice Carmen. Así, por ejemplo, su fundación tiene una tienda de alimentación
que funciona en régimen de cooperativa y planea convertirse en una cadena
de pequeñas supermercados.
Para los minusválidos, no es fácil conseguir un empleo. No sólo
son los últimos considerados para cualquier trabajo, sino que a ello se suma
la dificultad de los traslados. “Por eso estamos promoviendo microempresas y haciendo
préstamos a los minusválidos para que puedan abrir pequeños
negocios en sus casas.”
Las organizaciones insisten también en un principio que Carmen suele resaltar:
el valor del trabajo voluntario: “Yo me beneficié de la buena voluntad de
otra gente. Si no me hubieran llevado al Hospital Nacional Ortopédico, no
habría conocido a la hermana Valeriana… Si uno no sabe compartir, no llegará
a ninguna parte.” |