Le Courrier

sommaire

d'ici...

Opinion

Notre planete

Education

Droits humains

Cultures

Medias

Entretien

dossier
2. Un mundo de voluntarios
|
¿Por qué lo hacemos? | Los jóvenes hablan a los jóvenes | El compromiso empresarial |Solidaridad sobre ruedass| Manos para construir África | Herramientas que rejuvenecen | Una revolución asociativa |
Empezar una vida nueva
Sudha Ramachandran, editor adjunto, Deccan Herald, Bangalore (India).
photo
Susheelamma, la fundadora del ashram.










photo
Una voluntaria del ashram da consejos de nutrición y salud a una mujer en Shaktinagar.
En el Sur de la India, un grupo de mujeres que huyeron de sus hogares sin ningún recurso ayudan a otras a ganarse la vida a la vez que participan en programas educativos y de sanidad.

Todo empezó con el sueño de una mujer que deseaba ayudar a aquéllas que se encontraban en una situación similar a la suya: pobres, carentes de educación y con una necesidad urgente de encontrar un refugio seguro.
En 1975, tras el fracaso de su matrimonio, Susheelamma se vio sola con dos hijos a su cargo. Hija de un tejedor, tuvo que abandonar la escuela porque su familia no podía costear sus estudios secundarios. En la actualidad, encabeza el ashram (refugio) Sumangali Seva, en Bangalore, que cuenta con un total de 450 trabajadoras voluntarias entregadas a su causa. Día tras día, el ashram facilita a las mujeres que llaman a su puerta un techo y la oportunidad de empezar una vida nueva gracias al aprendizaje de una profesión. Una vez que pueden desenvolverse solas, las mujeres pueden elegir buscar trabajo fuera del ashram o participar en sus múltiples proyectos a cambio de un sueldo modesto y de dos comidas diarias básicas. Muchas agradecen tanto el apoyo que les brindó el ashram que siguen contribuyendo de una forma u otra a su buen funcionamiento.
En el ashram viven una media de 200 mujeres. La mayoría carecen de capacitación para encontrar trabajo. Muy a menudo han sufrido malos tratos por parte de sus esposos o parientes políticos por motivos relacionados con su dote. Sus padres, familias y comunidades las rechazan por haber abandonado a sus esposos. Aunque el gobierno gestiona varios centros para mujeres sin recursos, éstos dejan mucho que desear. Además, el poder judicial no favorece en absoluto a las mujeres que piden el divorcio.
Esta falta de servicios sociales impulsó a Susheelamma y un grupo de amigas a fundar el ashram en 1975. Consiguieron convencer al gobierno regional de que les facilitara una parcela para construir un pequeño centro y una escuela para educar a las mujeres sin recursos. La parcela tenía un hoyo profundo cuyo relleno no podían costear y, lenta pero seguramente, Susheelamma y sus amigas fueron convenciendo a la gente de que dedicara fondos a su causa y consiguieron edificar una escuela rudimentaria.
En busca de financiación
“No teníamos dinero para comprar libros para los niños ni alimentar a las mujeres que acogíamos”, cuenta Susheelamma. Esta mujer menuda, de 65 años y aspecto frágil, continúa dirigiendo incansablemente las actividades del refugio. Junto con las demás voluntarias pasó noches enteras fabricando baratijas cuya venta les proporcionó algún dinero. Cuando fundó el ashram, Susheelamma trabajaba como guardiana y maestra en una guardería. Ganaba apenas 170 rupias (unos 4 dólares) y dedicaba 100 rupias a mantener a su familia. El resto lo empleaba para financiar programas en el ashram. “Algunas voluntarias, como Parvatamma (miembro del comité central del ashram y más adinerada), nos entregaban la totalidad de sus ingresos mensuales”, recuerda.
El primer programa de recaudación de fondos del ashram consistió en la fabricación de alambres para cadenas de alimentación de pollos a 40 paise (menos de un centavo de dólar) el kilo. Era muy poco dinero, pero les permitió ir tirando. Después pasaron a fabricar guirnaldas con capullos de seda. Para venderlas a tiendas de toda la ciudad, las voluntarias tenían que cargar con sacos enteros a sus espaldas viajando en los abarrotados buses públicos.
Hoy día, el ashram recibe subvenciones del gobierno, ayuda financiera y material de organizaciones humanitarias internacionales, así como donaciones de particulares. Sin embargo, su mayor baza son las voluntarias: desde el principio, el ashram tomó como empleadas a aquéllas que ya se habían beneficiado de sus servicios. Comprometidas en mejorar la suerte de otras mujeres menos afortunadas, las voluntarias dirigen programas educativos y llevan regularmente a cabo campañas de alfabetización ysanidad. Asismismo, el ashram gestiona en barrios pobres dos escuelas primarias, 19 centros de educación no formal, 25 guarderías y 130 anganwadi, centros infantiles donde se ofrece alimentación adicional a niños, mujeres embarazadas y madres lactantes.
Proyectos como éste sólo son posibles gracias a gente como Shantamma.Esta mujer humilde recuerda perfectamente el día en que, hace 25 años, acompañada de sus dos hijos pequeños acudió al ashram en busca de amparo. Sus ojos se humedecen cuando cuenta qué incierto le parecía el futuro después de abandonar a un marido alcohólico que le pegaba y trajo al hogar a otra mujer. Sin educación ni trabajo, no sabía cómo salir adelante. En el centro la aceptaron inmediatamente. Empezó trabajando en la cocina y luego se encargó de la guardería. Al mismo tiempo, aprendió a leer y escribir. Más adelante, unas voluntarias la formaron como trabajadora social y recorrió varios pueblos asesorando a mujeres sobre alimentación y vacunas.
Orden y tranquilidad
Actualmente, Shantamma vive en su propia casa, pero acude a diario al ashram para ayudar en la cocina y formar a otras mujeres en proyectos de recaudación de fondos. “Viví siete años en el ashram”, dice. “Me proporcionó un ashreya (techo) cuando nadie me ayudaba. Nunca podré olvidarlo...”
En el ashram reinan el orden y la tranquilidad. Las residentes se levantan temprano, a las 5h30, y tras meditar y tomar un desayuno espartano empiezan a trabajar. Aunque no tienen la obligación de hacerlo, casi todas las residentes, incluidas las que padecen discapacidades mentales o físicas, se ofrecen a ayudar.
Aparte de las voluntarias a tiempo completo, otras muchas mujeres de la comunidad prestan ayuda. Shakuntala, ingeniera en un ministerio gubernamental, dedica cada fin de semana varias horas a realizar tareas: afirma que le ayuda a sentirse más útil. Algunas mujeres ayudan con su trabajo, otras dan dinero. La filantropía está muy arraigada en la cultura india: las voluntarias están convencidas de que deben ayudar a las demás para lograr prosperidad y paz espiritual.
Muchas mujeres realizan también trabajos voluntarios en Kuprajbande, un cercano barrio de chabolas que se encontraba en tal estado de decrepitud que el ashram decidió “adoptarlo”, reconstruyendo un total de 56 chabolas y organizando campañas de salud e higiene y contra el alcoholismo. Esta acción tuvo un éxito tal que casi el 80% de los hombres (las mujeres no suelen beber) toman exclusivamente té. Hoy, el barrio se conoce como Shaktinagar —la Ciudad de la Fuerza. Sin embargo, para Susheelamma queda mucho por hacer: “Lo que hemos logrado es sólo una gota en un océano de necesidad.”

Top