Le Courrier

sommaire

d'ici...

Opinion

Notre planete

Education

Droits humains

Cultures

Medias

Entretien

dossier
2. Un mundo de voluntarios
|
¿Por qué lo hacemos? | Los jóvenes hablan a los jóvenes | El compromiso empresarial |Solidaridad sobre ruedass| Empezar una vida nueva | Manos para construir África | Herramientas que rejuvenecen |
Una revolución asociativa
Lester M. Salamon, director del Centro de Estudios de la Sociedad Civil. Universidad John Hopkins, Estados Unidos.
photo
Empresa cooperativa de  bordadoras en Lucknow, India.
Con frecuencia se afirma que el poder del mercado y de los Estados sustituyó a la verdadera sociedad civil. No es tan así, responde el autor: el voluntariado y el tercer sector podrían ser la alternativa.

El nuevo espectro que acecha al mundo desarrollado no es el proletariado, como decía Carlos Marx hace unos 150 años. La nueva amenaza está representada por el jugador solitario, tal como lo describió Robert D. Putnam en su libro Bowling alone: The collapse and revival of American community (Jugando solo al bowling: colapso y renacimiento de la comunidad estadounidense). Esta definición alude al individuo alienado, separado de sus raíces sociales, sin nadie en quien confiar ni que confíe en él, y obligado a moverse en un universo hostil, en el que no existen esos “impulsos del corazón” –como los definió Alexis de Tocqueville– que hacen soportable la existencia humana.
Según ciertos análisis, esta situación ha sido generada por el crecimiento del Estado y los sectores más formales del voluntariado, que supuestamente ocuparon el espacio reservado a la actividad voluntaria informal y la dejaron sin una función social clara. Se dice que una ruda batalla se desarrolla actualmente entre dos enemigos: por un lado, las estructuras organizadas de la vida social, sobre todo el Estado y las organizaciones sociales formales; por otro, las simples organizaciones informales de individuos. Las primeras al parecer prevalecen en las regiones más desarrolladas del mundo, mientras que las verdaderas organizaciones ciudadanas de base conservan su terreno sobre todo en las regiones menos desarrolladas.

Hito del siglo XX
En realidad, parecemos estar en medio de una “revolución asociativa global”, es decir frente un aumento de la actividad voluntaria individual y de la acción ciudadana estructurada fuera del perímetro del mercado y del Estado. Este fenómeno podría perfectamente transformarse en un hito del siglo XX, así como el surgimiento del Estado-nación fue el factor clave en el XIX. La razón hay que buscarla en cuatro crisis y dos revoluciones.
El primero de esos acontecimientos es conocido como la crisis del moderno Estado del bienestar. Cada vez existe mayor conciencia de que el Estado providencia de Europa Occidental y América del Norte no alcanza para responder a la demanda de bienestar y que su capacidad no alcanza a cubrir las expectativas que generó. El Estado providencia está acusado de adormecer la iniciativa, absolver a la gente de toda responsabilidad personal y alentar la dependencia.
Junto a ésto se produjo una crisis de desarrollo. La crisis petrolera de los años 70 y la recesión a comienzos de los 80 cambiaron en forma dramática las perspectivas de los países en desarrollo. El ingreso medio per capita sufrió un severo deterioro en África subsahariana, el oeste de Asia y partes de América Latina. Uno de los resultados de ese fenómeno fue la aparición de un creciente consenso sobre las limitaciones del Estado como agente de desarrollo. También surgió un nuevo interés en las doctrinas de mercado y una marcada tendencia a “depender de uno mismo” o en el “desarrollo participativo”, una estrategia que propicia el empleo de las energías de las bases a través de las ONG.
Esa tendencia de los ciudadanos a promover acciones por sí mismos fue estimulada por otro fenómeno: la crisis global del medio ambiente, provocada en parte por la continua pobreza de los países en desarrollo, que obliga a los pobres a deteriorar sus entornos para poder sobrevivir. Otra parte de responsabilidad la tienen los hábitos de despilfarro de los ricos.
Finalmente, el colapso de las experiencias socialistas en Europa Central y del Este agudizó el escepticismo en cuanto a la capacidad que pueden tener los gobiernos para satisfacer una gran cantidad de aspiraciones humanas. Esa tendencia favoreció el surgimiento de empresas cooperativas que aceptaron no sólo las reglas del mercado, sino también experimentar con gran cantidad de ONG.
Otros dos hechos explican también el reciente surgimiento de organizaciones del tercer sector.
El primero es la radical revolución de las comunicaciones registrada durante los decenios de 1970 y 1980. La generalización de la computadora, el cable de fibra óptica, la telecopia, la televisión y los satélites crearon una gigantesca red de comunicaciones que facilitó la organización de acciones concertadas e iniciativas masivas. Este progreso, además, fue acompañado por un aumento significativo de la educación y la alfabetización. Entre 1970 y 1985, la alfabetización de adultos en regiones en vías de desarrollo creció de 43 a 60%.
La expansión combinada de alfabetización y comunicaciones permitió que la gente se organizara y movilizara con mayor facilidad. Los regímenes autoritarios, que habían controlado en forma exitosa sus propias redes de comunicaciones, son hoy incapaces de detener el flujo de información que circula por antenas parabólicas y telecopiadoras.
Finalmente, la expansión económica del decenio de 1960 y comienzos de los años 70 produjo una nueva burguesía global que ayudó a promover el crecimiento del tercer sector. Durante este periodo, la economía mundial creció a un ritmo de 5% anual. Todas las regiones compartieron esa evolución. En América Latina, Asia y África, ese crecimiento ayudó a generar una considerable clase media urbana, frustrada por la falta de oportunidades económicas y, con frecuencia, por la falta de ocasiones para una verdadera participación política. Cuando las condiciones económicas se deterioraron, tras el shock petrolero de los años 70, estas nuevas elites miraron a las ONG en busca de respuesta. De esa manera, promovieron –en parte– el liderazgo que facilitó el crecimiento del tercer sector.

Una nueva forma de gobierno
El resultado de esos cambios ha sido la emergencia de un sector organizado, privado y sin fines de lucro que se transformó lentamente en una fuerza económica, social y política de primer orden en todo el mundo. Estudios realizados en 22 países por el John Hopkins Comparative Nonprofit Sector Project (Proyecto comparativo sobre el sector sin fines de lucro John Hopkins) reveló que esas organizaciones representan el 5% de la fuerza laboral, sin incluir unos 11 millones de voluntarios sin salario que trabajan a tiempo completo en esos países. También demostró como regla general que, cuanto más grande es el sector sin fines de lucro, mayor es el número de voluntarios. El voluntariado –subrayaba ese estudio– es en cierta medida un acto social y no sólo individual.
Todo esto sugiere la necesidad de un nuevo modelo, un nuevo enfoque para tratar los problemas de la sociedad en el siglo XXI. Dos de esos modelos han dominado nuestra forma de pensar hasta ahora. Uno pone el acento en la dominación del mercado, el otro en la dominación del Estado. Pero el modelo basado en el mercado, aun cuando haya recuperado recientemente su prestigio, se derrumbó esencialmente durante la Gran Depresión de 1929. El modelo basado en el Estado cayó con el Muro de Berlín.
Entre los activistas del tercer sector hay una fuerte tentación a presentar el “sector sin fines de lucro” como una panacea, y a confiar ciegamente en sus posibilidades.
Sin negar la vital contribución que pueden aportar las instituciones sin ánimo de lucro, no habría que exigirle a este sector más de lo que puede dar. En los últimos 100 años hemos aprendido que los problemas de sociedad son demasiado complejos como para ser manejados por un solo sector.
Esto sugiere que el modelo apropiado para el siglo XXI es un paradigma de asociación y una política de colaboración; es decir, una nueva forma de gobierno centrada en la colaboración de los distintos sectores, como la forma más adecuada de conseguir auténticos resultados ante los problemas. Éste es el verdadero significado de la sociedad civil sobre la cual tanto escuchamos hablar en la actualidad.
No se trata de un sector, sino de una relación entre sectores, y de la relación que existe entre esos sectores y los ciudadanos.
El voluntariado tiene un papel muy importante que desempeñar en ese compromiso cívico porque puede empujar a las instituciones a realizar esos esfuerzos de colaboración. No será tan fácil lograr ese resultado ni manejarlo. Pero es la alternativa que, a mi juicio, ofrece las mejores posibilidades.

Top