
Empresa cooperativa de bordadoras en Lucknow, India. |
Con
frecuencia se afirma que el poder del mercado y de los Estados sustituyó a
la verdadera sociedad civil. No es tan así, responde el autor: el voluntariado
y el tercer sector podrían ser la alternativa.
El nuevo espectro que
acecha al mundo desarrollado no es el proletariado, como decía Carlos Marx
hace unos 150 años. La nueva amenaza está representada por el jugador
solitario, tal como lo describió Robert D. Putnam en su libro Bowling alone:
The collapse and revival of American community (Jugando solo al bowling: colapso
y renacimiento de la comunidad estadounidense). Esta definición alude al individuo
alienado, separado de sus raíces sociales, sin nadie en quien confiar ni que
confíe en él, y obligado a moverse en un universo hostil, en el que
no existen esos “impulsos del corazón” –como los definió Alexis de
Tocqueville– que hacen soportable la existencia humana.
Según ciertos análisis, esta situación ha sido generada por
el crecimiento del Estado y los sectores más formales del voluntariado, que
supuestamente ocuparon el espacio reservado a la actividad voluntaria informal y
la dejaron sin una función social clara. Se dice que una ruda batalla se desarrolla
actualmente entre dos enemigos: por un lado, las estructuras organizadas de la vida
social, sobre todo el Estado y las organizaciones sociales formales; por otro, las
simples organizaciones informales de individuos. Las primeras al parecer prevalecen
en las regiones más desarrolladas del mundo, mientras que las verdaderas organizaciones
ciudadanas de base conservan su terreno sobre todo en las regiones menos desarrolladas.
Hito
del siglo XX
En realidad, parecemos estar en medio de una “revolución asociativa global”,
es decir frente un aumento de la actividad voluntaria individual y de la acción
ciudadana estructurada fuera del perímetro del mercado y del Estado. Este
fenómeno podría perfectamente transformarse en un hito del siglo XX,
así como el surgimiento del Estado-nación fue el factor clave en el
XIX. La razón hay que buscarla en cuatro crisis y dos revoluciones.
El primero de esos acontecimientos es conocido como la crisis del moderno Estado
del bienestar. Cada vez existe mayor conciencia de que el Estado providencia de Europa
Occidental y América del Norte no alcanza para responder a la demanda de bienestar
y que su capacidad no alcanza a cubrir las expectativas que generó. El Estado
providencia está acusado de adormecer la iniciativa, absolver a la gente de
toda responsabilidad personal y alentar la dependencia.
Junto a ésto se produjo una crisis de desarrollo. La crisis petrolera de los
años 70 y la recesión a comienzos de los 80 cambiaron en forma dramática
las perspectivas de los países en desarrollo. El ingreso medio per capita
sufrió un severo deterioro en África subsahariana, el oeste de Asia
y partes de América Latina. Uno de los resultados de ese fenómeno fue
la aparición de un creciente consenso sobre las limitaciones del Estado como
agente de desarrollo. También surgió un nuevo interés en las
doctrinas de mercado y una marcada tendencia a “depender de uno mismo” o en el “desarrollo
participativo”, una estrategia que propicia el empleo de las energías de las
bases a través de las ONG.
Esa tendencia de los ciudadanos a promover acciones por sí mismos fue estimulada
por otro fenómeno: la crisis global del medio ambiente, provocada en parte
por la continua pobreza de los países en desarrollo, que obliga a los pobres
a deteriorar sus entornos para poder sobrevivir. Otra parte de responsabilidad la
tienen los hábitos de despilfarro de los ricos.
Finalmente, el colapso de las experiencias socialistas en Europa Central y del Este
agudizó el escepticismo en cuanto a la capacidad que pueden tener los gobiernos
para satisfacer una gran cantidad de aspiraciones humanas. Esa tendencia favoreció
el surgimiento de empresas cooperativas que aceptaron no sólo las reglas del
mercado, sino también experimentar con gran cantidad de ONG.
Otros dos hechos explican también el reciente surgimiento de organizaciones
del tercer sector.
El primero es la radical revolución de las comunicaciones registrada durante
los decenios de 1970 y 1980. La generalización de la computadora, el cable
de fibra óptica, la telecopia, la televisión y los satélites
crearon una gigantesca red de comunicaciones que facilitó la organización
de acciones concertadas e iniciativas masivas. Este progreso, además, fue
acompañado por un aumento significativo de la educación y la alfabetización.
Entre 1970 y 1985, la alfabetización de adultos en regiones en vías
de desarrollo creció de 43 a 60%.
La expansión combinada de alfabetización y comunicaciones permitió
que la gente se organizara y movilizara con mayor facilidad. Los regímenes
autoritarios, que habían controlado en forma exitosa sus propias redes de
comunicaciones, son hoy incapaces de detener el flujo de información que circula
por antenas parabólicas y telecopiadoras.
Finalmente, la expansión económica del decenio de 1960 y comienzos
de los años 70 produjo una nueva burguesía global que ayudó
a promover el crecimiento del tercer sector. Durante este periodo, la economía
mundial creció a un ritmo de 5% anual. Todas las regiones compartieron esa
evolución. En América Latina, Asia y África, ese crecimiento
ayudó a generar una considerable clase media urbana, frustrada por la falta
de oportunidades económicas y, con frecuencia, por la falta de ocasiones para
una verdadera participación política. Cuando las condiciones económicas
se deterioraron, tras el shock petrolero de los años 70, estas nuevas elites
miraron a las ONG en busca de respuesta. De esa manera, promovieron –en parte– el
liderazgo que facilitó el crecimiento del tercer sector.
Una
nueva forma de gobierno
El resultado de esos cambios ha sido la emergencia de un sector organizado, privado
y sin fines de lucro que se transformó lentamente en una fuerza económica,
social y política de primer orden en todo el mundo. Estudios realizados en
22 países por el John Hopkins Comparative Nonprofit Sector Project (Proyecto
comparativo sobre el sector sin fines de lucro John Hopkins) reveló que esas
organizaciones representan el 5% de la fuerza laboral, sin incluir unos 11 millones
de voluntarios sin salario que trabajan a tiempo completo en esos países.
También demostró como regla general que, cuanto más grande es
el sector sin fines de lucro, mayor es el número de voluntarios. El voluntariado
–subrayaba ese estudio– es en cierta medida un acto social y no sólo individual.
Todo esto sugiere la necesidad de un nuevo modelo, un nuevo enfoque para tratar los
problemas de la sociedad en el siglo XXI. Dos de esos modelos han dominado nuestra
forma de pensar hasta ahora. Uno pone el acento en la dominación del mercado,
el otro en la dominación del Estado. Pero el modelo basado en el mercado,
aun cuando haya recuperado recientemente su prestigio, se derrumbó esencialmente
durante la Gran Depresión de 1929. El modelo basado en el Estado cayó
con el Muro de Berlín.
Entre los activistas del tercer sector hay una fuerte tentación a presentar
el “sector sin fines de lucro” como una panacea, y a confiar ciegamente en sus posibilidades.
Sin negar la vital contribución que pueden aportar las instituciones sin ánimo
de lucro, no habría que exigirle a este sector más de lo que puede
dar. En los últimos 100 años hemos aprendido que los problemas de sociedad
son demasiado complejos como para ser manejados por un solo sector.
Esto sugiere que el modelo apropiado para el siglo XXI es un paradigma de asociación
y una política de colaboración; es decir, una nueva forma de gobierno
centrada en la colaboración de los distintos sectores, como la forma más
adecuada de conseguir auténticos resultados ante los problemas. Éste
es el verdadero significado de la sociedad civil sobre la cual tanto escuchamos hablar
en la actualidad.
No se trata de un sector, sino de una relación entre sectores, y de la relación
que existe entre esos sectores y los ciudadanos.
El voluntariado tiene un papel muy importante que desempeñar en ese compromiso
cívico porque puede empujar a las instituciones a realizar esos esfuerzos
de colaboración. No será tan fácil lograr ese resultado ni manejarlo.
Pero es la alternativa que, a mi juicio, ofrece las mejores posibilidades. |