 |
|
ONG:
los gladiadores de la libertad
|
|
|
Niños
encadenados
Louise
Corradini, periodista del Correo de la UNESCO. |

Símbolo de explotación, la mano de un niño empleado en una fábrica
de ladrillos en Colombia.
|
Instrumentos
jurídicos
La lucha contra
la esclavitud de menores se rige por dos documentos del sistema de la ONU. El Convenio
C182 “sobre las peores formas de trabajo infantil”, aprobado en 1999 por la OIT,
precisa: “La expresión las peores formas de trabajo infantil abarca (...)
todas las formas de esclavitud o las prácticas análogas a la esclavitud,
como la venta y el tráfico de niños, la servidumbre por deudas y la
condición de siervo, y el trabajo forzoso u obligatorio, incluido el reclutamiento
forzoso u obligatorio de niños para utilizarlos en conflictos armados.”
El “Protocolo para prevenir, reprimir y sancionar la trata de personas, especialmente
mujeres y niños, que complementa la convención de Naciones Unidades
contra la delincuencia organizada transnacional” señala: “Por trata de personas
se entenderá la captación, transporte, traslado, acogida o recepción
de personas, recurriendo a la amenaza o uso de la fuerza u otras formas de coacción,
al rapto, fraude, engaño, abuso de poder o de una situación de vulnerabilidad
o a la concesión o recepción de pagos o beneficios para obtener el
consentimiento de una persona que tenga autoridad sobre otra, con fines de explotación.
Esa explotación incluirá (...) la explotación de la prostitución
ajena u otras formas de explotación sexual, los trabajos o servicios forzados,
la esclavitud o las prácticas análogas a la esclavitud, la servidumbre
o la extracción de órganos (...) Por niño se entenderá
toda persona menor de 18 años”.
|
|
A
comienzos del tercer milenio, el tráfico y explotación de niños
constituye uno de los dramas más escandalosos de la humanidad. Esa forma de
opresión esclaviza a cerca de 100 millones de menores.
En 1997, la policía
estadounidense descubrió un grupo de 55 niños mudos que vendían
llaveros por un dólar en trenes y subterráneos de Nueva York. Los muditos
de Jackson Heights, como los llamó la prensa, habían sido trasladados
desde México por una banda que se dedicaba a esclavizar niños indefensos.
Los pequeños recibían castigos corporales y no cobraban salario alguno.
Ese episodio –ocurrido en el corazón de la civilización occidental–
permitió advertir la magnitud que tiene la esclavitud infantil. Cada año,
entre 700.000 y 1 millón de niños y mujeres son víctimas de
ese tráfico ilegal, según estimó el gobierno de Estados Unidos
en 2000.
Cuando los menores llegan a un país extranjero, quedan a merced de sus empleadores,
que los aíslan para hacerlos trabajar en plantaciones, fábricas o en
el servicio doméstico, obligarlos a ejercer la mendicidad o destinarlos a
la prostitución infantil. Por sus condiciones de trabajo, permanecen prácticamente
recluidos, corren graves riegos y son tratados como esclavos.
Un
drama planetario
Los
relatos de Charles Dickens, Victor Hugo, Émile Zola o Edmundo d’Amicis sobre
la explotación infantil en el siglo XIX son comparables a la situación
que padecen los niños esclavos al comienzo de este tercer milenio.
Por su naturaleza ilícita, es difícil cuantificar la dimensión
de este fenómeno. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) calculó
que en 1995 había en el mundo 73 millones de niños menores de 10 años
“económicamente activos”.
Algunos ejemplos permiten, sin embargo, tener una idea aproximada de la gravedad
que presenta esta nueva forma de esclavitud:
• Cada año, unos 200.000 niños y mujeres del Sudeste Asiático
son víctimas de ese tráfico, según la Organización Internacional
de Migraciones (OIM).
• El Comité de Derechos del Niño denunció que entre 100.000
y 150.000 niñas y mujeres de Nepal fueron enviadas en 1995 a India para ser
explotadas sexualmente.
• El Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) estima que hay unos 200.000
menores esclavizados en África Central y Occidental.
• En junio de 2000, la organización Human Rights Watch denunció la
existencia de niños que trabajan en la agricultura de Estados Unidos en situación
de esclavitud. Unos 50.000 niños y mujeres ingresan cada año a ese
país para ser explotados como esclavos, según admitió la Agencia
Central de Inteligencia (CIA) en abril de 2000.
• En Brasil se venden 40.000 niños por año para trabajar en tareas
rurales o domésticas. Los traficantes también embaucan a muchachas,
a las que trasladan de una explotación minera a otra obligándolas a
trabajar en cabarets.
• También existe tráfico de niñas desde Honduras, Guatemala
y El Salvador hacia México, donde son vendidas a prostíbulos por 100
a 200 dólares, según denunció Casa Alianza, una ONG que defiende
a los niños en peligro (ver página siguiente). En Nicaragua desaparece
un niño cada tres días.
Las
causas del tráfico
De
Nepal a Nigeria o Brasil, se emplean métodos similares. Los traficantes se
ganan la confianza de los padres gracias a una pequeña suma de dinero o algún
regalo. Así consiguen que les confíen a sus hijos con la promesa de
cuidarlos y encontrarles un trabajo que permitiría mejorar las condiciones
de vida de toda la familia.
El tráfico de menores se explica por la pobreza que existe en algunas regiones,
la decadencia del sistema de familia ampliada, la falta de acceso de los niños
a la educación y de fuentes alternativas de ingreso para los padres. Sin embargo,
el tráfico y la explotación infantil tiene que ver también con
la percepción del niño que existe en ciertas comunidades. Muchas veces,
los padres son los principales responsables de la esclavitud de sus hijos, pues a
menudo los consideran como una inversión y esperan que aporten una contribución
al ingreso familiar (en dinero o en especies).
En sociedades fuertemente patriarcales, se restringe o se niega la libertad a la
juventud y a las mujeres. Eso explica la discriminación que se aplica a las
niñas. Su explotación en el comercio sexual o en las labores domésticas
es considerada, hasta cierto punto, “normal”.
La ausencia de legislaciones nacionales sobre el tráfico facilita la acción
de los intermediarios y empleados. No existe una definición común ni
criterios uniformes sobre las penas. Aunque en ciertos países es posible denunciar
los abusos, se trata de casos excepcionales.
A nivel internacional, el Programa de Eliminación del Trabajo Infantil (IPEC)
de la OIT se esfuerza en encontrar soluciones eficaces al problema. A partir de la
experiencia reunida en el pasado, el IPEC promovió diversos proyectos para
ayudar a los gobiernos a combatir el tráfico de niños en Asia, África
y América Latina. La finalidad de esas iniciativas reside en crear conciencia
sobre el problema para alejar a los menores de las actividades laborales de explotación
atacando de raíz las causas de la pobreza, la ignorancia, las deficiencias
de los sistemas de educación y de aplicación de la ley.
Un
calvario sin fin
Las
condiciones de trabajo intolerables que padecen los niños que son víctimas
del tráfico, el contacto con herramientas y sustancias peligrosas y los castigos
violentos que reciben no sólo quebrantan su salud. También los exponen
a profundos traumas psicológicos.
La separación de su familia, los factores de presión inherentes al
tráfico, agravados por los abusos sexuales ejercidos sobre los menores que
trabajan en el servicio doméstico, en la calle o son obligados a prostituirse,
los predisponen a un cuadro depresivo. Para muchos de ellos, esos tormentos suplementarios
terminan por abrirles el camino de la delincuencia o sumergirlos en los abismos de
la droga. |
|
El
precio de la explotación
En el centro
de Bamenda (Camerún), existen carteles callejeros con ofertas de trabajo para
niños, que precisan la edad exigida y el salario propuesto. Esas agencias
clandestinas reclutan menores de 6 a 14 años que, una vez colocados en plantaciones
de cacao o de algodón, reciben 14 dólares por mes.
En Abiyán (Côte d’Ivoire), las agencias de empleo contratan a menores
para trabajar en las minas por 10 dólares mensuales y niñas que son
trasladadas a Europa o Estados Unidos para ser empleadas en tareas domésticas
por 25 dólares al mes. Muchas de ellas terminan nutriendo redes de prostitución
infantil.
Pagados con salarios de miseria, esos niños representan una fuerza de trabajo
casi gratuita.
La misma situación prevalece más o menos en casi todos los países
de África Occidental y Central. En esa región, en los últimos
años se intensificó el tráfico de menores para ser utilizados
como mano de obra barata en condiciones de verdadera esclavitud, como comprobó
una misión investigadora de la OIT que recorrió nueve países
del área.
En la mayoría de los casos, los menores son vendidos por sus padres por sumas
que oscilan entre 14 y 40 dólares. Algunos intermediarios admitieron que colocan
hasta 150 niños por año.
Una red nigeriana recibía 10.000 a 12.000 dólares por llevar niños
de contrabando a Nueva York, según el Servicio de Inmigración.
El sistema es idéntico en Asia o América Latina, otras dos regiones
denunciadas por las organizaciones de derechos humanos como "proveedoras masivas"
de niños esclavos.
Por razones evidentes, no es fácil realizar una estimación del valor
económico que representa esa trata de niños. Pero los especialistas
estiman que –después del tráfico de drogas, el juego clandestino y
la prostitución–, la esclavitud infantil es una de las formas más lucrativas
de la delincuencia transnacional organizada.
|
|
|
 |