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Clima: cuanto más se sabe, menos se hace
Michel Bessières, periodista del Correo de la UNESCO.
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La policía nepalesa controla los gases de los autobuses en Katmandú, una de las ciudades más contaminadas de Asia.








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Un lago cerca de Bopal (India) seco por la canícula.










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El estudio de lós glaciares de Vostok (Antártida) muestra la relación, durante 400.000 años, entre cantidad de gas en la atmósfera y temperaturas en la superficie de la tierra.
El 16 de julio próximo se inicia en Bonn una nueva Conferencia Mundial sobre el Clima, la séptima dedicada a ese tema. Los científicos confirmarán allí sus pronósticos alarmantes y los políticos resistirán. ¿Por qué?

Desde la celebración en 1992 de la Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro, nueve años de negociaciones internacionales no han dado ningún resultado tangible para contrarrestar el calentamiento. Sin embargo, algo ha cambiado: la comunidad científica ha acumulado una información abundante sobre la magnitud de ese fenómeno y sus causas, lo que la autoriza, más que nunca, a alertar a los poderes públicos. Por su parte, la opinión pública se inquieta cada vez más por el problema. Pero, como escribe Benjamin Dessus, miembro francés del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC): “Nos encontramos frente a una auténtica paradoja: la voluntad del Estado sigue siendo deficiente, como si el conocimiento paralizara la acción en vez de alimentarla.”
El calentamiento climático ya no es objeto de controversia. En el siglo XX, con un aumento medio de 0,6ºC, se registraron las temperaturas más elevadas de los últimos diez siglos. Por su parte, los dos últimos decenios fueron los más calurosos del siglo.
Toda una serie de fenómenos acompañan el aumento de las temperaturas, como el retroceso casi general de los glaciares o el 40% de reducción (de 3,1 m a 1,8 m), en medio siglo, del casquete polar ártico.
Los científicos aún no están en condiciones de establecer con certeza correlaciones entre el calentamiento climático y la multiplicación de episodios catastróficos —sequías, tempestades o inundaciones. Sin embargo, como destaca el físico francés Hervé Le Trent, tales episodios “ilustran lo que puede suceder si prosigue el calentamiento.”
¿Es éste un calentamiento cíclico, como siempre los ha habido en el planeta, o son las emisiones de gases con efecto de invernadero, ligadas a la actividad humana, las que crean una nueva situación? Los expertos defienden esta última posición en forma casi unánime. La concentración en la atmósfera del principal gas con efecto de invernadero, el anhídrido carbónico (CO2), no cesa de aumentar: pasó de 280 partes por millón (ppm), en los albores de la revolución industrial, a más de 360 ppm en la actualidad. Las estimaciones, para fines del siglo XXI, las sitúan entre 540 y 970 ppm.

Mayor desequilibrio
Dentro de la comunidad científica, hace tiempo que hay conciencia de la situación. La primera Conferencia Mundial sobre el Clima se celebró en Ginebra en 1979. Nueve años más tarde, la Organización Meteorológica Mundial y las Naciones Unidas crearon el IPCC. Esta red mundial de más de 3.000 investigadores y expertos publicó tres informes sucesivos (en 1990, 1995 y 2001), cada uno más inquietante que el anterior. Al publicarse el último, a comienzos de 2001, Klaus Tœpfer, Director del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, declaró que el consenso científico que se había logrado ahora debía ser una señal de alarma para todos los gobiernos.
El nuevo informe revisa al alza los pronósticos anteriores. Prevé un aumento de las temperaturas –sin precedentes desde hace 10.000 años– de 1,4 a 5,8ºC para 2100 y un incremento del nivel de los océanos de 10 a 90 cm. La segunda parte del informe expone las consecuencias económicas y sociales del calentamiento. Las zonas favorables al paludismo y al cólera van a extenderse, las cosechas disminuirán en la banda tropical y subtropical, en las regiones áridas y semiáridas los episodios de sequía serán más frecuentes.
El calentamiento acentuará el desequilibrio Norte-Sur porque los países pobres serán los más afectados, pero también porque los que disponen de recursos más escasos tienen capacidades de adaptación más débiles. En 2050, según las previsiones más fiables, la población mundial habrá aumentado en tres mil millones para alcanzar nueve mil millones de habitantes y el consumo de energía se habrá multiplicado por un factor de 1,5 a 2,7. Los combustibles fósiles –responsables del efecto de invernadero– seguirán representando de 75 a 80% del consumo total de energía, la energía nuclear de 4 a 7% y las energías renovables (eólica, solar, hidroeléctrica), en el mejor de los casos 20%.

Las soluciones posibles
Se espera que se produzcan diversos accidentes climáticos (fenómenos que por el momento escapan a la modelización). El más temido es la modificación de las corrientes oceánicas, que permiten los intercambios térmicos entre regiones frías y cálidas del planeta. Según dos investigadores suizos, Thomas Stocker y Andreas Schmittner, la circulación de la corriente en el Atlántico Norte –la Corriente del Golfo– podría interrumpirse a partir de un índice de 750 ppm de CO2 en la atmósfera. Ahora bien, se prevé que en el curso del siglo XXI se llegará a una concentración semejante.
Para estabilizar las emisiones de gases con efecto de invernadero, los especialistas sugieren conjugar diversas soluciones técnicas. Éstas van de la utilización de aparatos más económicos (lámparas de baja tensión, por ejemplo) a la cogeneración (producción conjunta de calor y electricidad), pasando por el desarrollo de las energías renovables, solar o eólica. Pero si desde hace 10 años la industria ha reducido sus emisiones a escala mundial (éstas representan aún 19% del total), el transporte, en cambio, ha aumentado las suyas en 75%.
Para el francés Benjamin Dessus, el futuro depende menos de las innovaciones tecnológicas que de las prioridades en la elección de las infraestructuras. Para simplificar: los chinos y los indios, ¿elegirán la civilización del automóvil o la del ferrocarril? Y, explica, la reflexión sobre las infraestructuras de transporte se aplica a todas las demás redes: energía, telecomunicaciones… Más vale invertir en pequeños yacimientos de energía fósil (carbón o petróleo) destinados a un consumo local –sería menos oneroso en energía–, que instalar pesadas infraestructuras, incluso para transportar una energía más limpia.
Más allá de estas reflexiones, los científicos se niegan como es natural a ocupar el lugar de los políticos. En 1992, en Río de Janeiro, los países participantes firmaron la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Ésta se basa en dos principios: no poner en peligro el desarrollo económico de los países del Sur y estabilizar las concentraciones de gases a un nivel que evite toda perturbación peligrosa del clima, y se pide a los países industrializados un esfuerzo en tal sentido. Los 156 países que ratificaron esta convención siguen obligados en virtud de su firma, lo que concierne incluso a Estados Unidos, pese a su reciente cambio de actitud.
Desde entonces, seis conferencias sobre el clima han tratado de avanzar. Pero el único resultado concreto adoptado se remonta a la Conferencia de Kioto, en 1997, en la que los países industrializados se comprometieron a reducir sus emisiones de gases con efecto de invernadero un 5,2% para 2012. La Convención sólo entrará en vigor cuando la hayan ratificado al menos 55 países que totalicen 55% de las emisiones. Hasta la fecha, sólo 33 la han ratificado y Francia es el único país industrializado que se dispone a hacerlo. Por lo demás, ningún país ha cumplido sus objetivos. Francia, por ejemplo, debía sencillamente mantener su nivel de emisiones. Ahora bien, ésas han aumentado un 2%.
Tales objetivos, de un valor simbólico para el medio ambiente, debían marcar el principio de un compromiso político. No se respetarán. Y ya es posible afirmar que las seis conferencias mundiales sobre el clima, que se han sucedido durante nueve años, han sido un fracaso. Como lo han comprobado los observadores, cada país se aferra a sus intereses nacionales, determinados en gran medida por sus grupos de presión industriales. La retirada de Estados Unidos del Protocolo de Kioto, decidida por el Presidente George W. Bush –cuya carrera política, como la de su Vicepresidente, Dick Cheney, está, según los comentaristas, estrechamente ligada desde hace tiempo al sector petrolero estadounidense– es un ejemplo elocuente.

Dejar para después
En Francia, el retiro del proyecto de ecoimpuesto por el gobierno de la izquierda plural, a un año de las elecciones legislativas de junio de 2002, muestra que el rápido ritmo de la vida política democrática se adapta mal al lento ritmo de los cambios planetarios. La noción, invocada tan a menudo, de principio de precaución, sigue siendo una fórmula hueca. El periodista norteamericano John W. Anderson escribe con razón que “todo intento serio de enfrentar el problema de las emisiones de gases con efecto de invernadero tendrá costos inmediatos, mientras que los beneficios sólo serán visibles después de transcurrido mucho tiempo. En la medida en que esos beneficios eventuales se reducen a una catástrofe que no se producirá, nunca se advertirán claramente. Pero los costos, en cambio, son visibles”.
Sólo las negociaciones sobre las armas nucleares, por su dimensión y por lo que está en juego, son comparables a las negociaciones actuales sobre el clima. Pero la sensación de urgencia que imperaba en las primeras ha sido reemplazada por la idea de que aún es posible “dejar para más adelante” las soluciones respecto del clima. Robert Watson, presidente del IPCC, escribe que “el plazo necesario para atajar los perjuicios medioambientales no se mide ni en años ni en decenios, sino en siglos y milenios.” Esta inercia –unida a la acumulación de gases en la atmósfera– debería considerarse una exhortación a la acción inmediata. Por el contrario, los negociadores la interpretan erradamente como un respiro adicional.
Los debates iniciados en Kioto sobre los intercambios de “derechos de emisión” reflejan muy bien este punto de vista. Estados Unidos, Australia, Nueva Zelandia, Japón y Rusia impusieron la idea de las transacciones comerciales sobre los gases, creando el derecho a comprar créditos de contaminación a los países que no cubren su cuota. Dicha iniciativa se inspira en la idea de que la innovación tecnológica y la capacidad creadora del mercado brindarán soluciones oportunamente. Con esta perspectiva, resulta inútil entonces imponerse obligaciones jurídicas estrictas. Como decía ya el Presidente Clinton, “el estilo de vida estadounidense no es negociable”.

Un estadounidense igual a 25 indios
Tácitamente, los países industrializados están convencidos de que el progreso técnico, guiado por el mercado, dará las soluciones. De ahí su tendencia a razonar en términos de toneladas de CO2 por parte del PIB. Así, cuando un chino emite 3,93 toneladas de CO2 para producir 100 dólares de PIB, un estadounidense emite 4,6 veces menos y un alemán 7,7 veces menos. La visión que tienen los países desarrollados es que el buen modelo de eficacia energética es el suyo. ¿Por qué cambiarlo?
A la inversa, los países del Sur y numerosas ONG estiman que la negociación internacional sólo tiene sentido si se apoya en un principio de equidad. Por eso dan preferencia a un cálculo de las emisiones de CO2 por habitante. Anil Agarwal, del Centro de Ciencias y Medio Ambiente con sede en Delhi (India), estableció que un estadounidense emite tantos gases con efecto de invernadero como 25 indios, 33 pakistaníes,
85 cingaleses, 125 bangladeshíes o 500 nepaleses. Por consiguiente, propone asignar a cada ser humano la misma cuota de emisiones.
En este punto, el debate público tropieza con el dilema más antiguo de la moral. ¿Se juzga a un árbol por sus frutos, como presupone la posición de Estados Unidos, que hace hincapié en la eficacia energética? O, al contrario, ¿hay que otorgar los mismos derechos a todos los individuos, como reivindica Anil Agarwal? Es de temer que la Conferencia de Bonn no logre de ninguna manera aclarar este debate.

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