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Las telas indias encuentran patrón

Una herencia cosida con hilos de oro
Ngoc Loan Lam, periodista independiente, especializado en el sudeste asiático.
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En su modesto piso a orillas del Loira, Tiao Somsanith borda un abanico ritual.






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Motivos de la falda real.





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Lao
Heredero de una familia de príncipes y exiliado en Francia, el laosiano Tiao Somsanith quiere resucitar el bordado con hilos de oro, pero rechaza toda idea de comercialización de este arte ancestral.

Hoy vive muy lejos de Luang Prabang, la antigua capital real de Laos (actualmente, República Democrática Popular Lao), a orillas del Mekong. En 1985, Tiao Somsanith halló refugio en Saint-Marceau, cerca de la ciudad francesa de Orleans, a dos pasos de otro río, el Loira. En su modesto apartamento, este ex médico de 43 años y aspecto juvenil, conserva tesoros de la corte laosiana: prendas femeninas de seda bordada, lacas preciosas…“Mi abuelo materno fue el último virrey de Laos. Mi abuelo paterno era un gran historiador de la corte, y su esposa, mi abuela paterna, una bordadora célebre. Mi padre era consejero del rey, en Vientiane, la capital administrativa”, explica.
Si bien la corte desapareció en 1975, con la llegada al poder de los comunistas de Pathet Lao, este descendiente de príncipes sigue siendo consciente de la importancia de su rango y de sus deberes: “La familia real y la del virrey tenían la misión de proteger la cultura y las tradiciones”, insiste.
Hoy, Tiao Somsanith es uno de los últimos depositarios de una artesanía laosiana muy antigua: el bordado con hilos de oro. Ese oficio era atributo de las mujeres de familias aristócratas, a quienes se rodeaba de todas las atenciones.
Para dar a conocer ese arte, Somsanith expuso un imponente traje de seda roja y amarilla durante la semana de Laos, organizada en Orleans en marzo de 2001. La heredera del trono podría haberlo vestido para la ceremonia de coronación o para celebrar el Año Nuevo. Pero,
tras la abolición de la monarquía, la última pareja real murió en un campo de reeducación.
Lo más sorprendente es que el autor de esa obra maestra no es otro que Tiao Somsanith. “Ese trabajo expresa a la vez mi jardín secreto, mi historia y el patrimonio de Laos. Me inspiré en los escritos de mi padre, que se ocupaba del protocolo. Recordé las fiestas que jalonaban la vida de la corte, donde para cada ceremonia era necesaria una vestimenta adecuada”, explica. Esa creación exigió un año de trabajo. De noche, pues para ganar su vida, el príncipe, que ha estudiado bellas artes y psicopatología, anima de día un taller de creación y expresión para disminuidos psíquicos adultos.
“El arte del bordado con hilos de oro proviene sin duda de China —explica—, a juzgar por la técnica y por los motivos más utilizados, como el dragón.” El traje bordado obedecía a códigos precisos que reflejaban la etiqueta en vigor en la corte. Sin embargo, esas reglas estrictas dejaban gran libertad de expresión a las bordadoras, que sacaban ideas de un amplio repertorio de símbolos inspirados en la fauna, la flora, la mitología y la iconografía budista. Podían de ese modo expresar su propia visión de la realidad, jugando con la yuxtaposición de tonos, el movimiento de los motivos bordados y los relieves, logrados con hilos de oro y de plata.

Toda una vida de aprendizaje
“El amarillo de la chaqueta, reservado a la reina, evoca el brillo del sol, y el rojo de la falda, la sangre de la vida”, precisa Tiao Somsanith. En el traje de seda que realizó, aves fénix levantan vuelo en medio de motivos vegetales entrelazados que, como un curso de agua infinito, se prolongan hasta el ruedo de la chaqueta, sugiriendo el eterno recomenzar de la vida y la reencarnación. “También bordé murciélagos de la buena suerte, pájaros del paraíso con trompas de elefante y mariposas, símbolo de lo efímero”, explica.
El bordador ejecutó esos motivos, inscritos en los techos de las pagodas de su infancia, sin recurrir a plantillas. Fabricados por escultores en madera y copiados en papel de seda, éstos eran indispensables para las debutantes. Ellas los hilvanaban en la tela antes de reproducir los contornos con hilos de oro.
Una bordadora de la corte alcanzaba la perfección de su arte entre los 30 y los 40 años. Para Tiao Somsanith, el camino fue largo y el aprendizaje ingrato. Último de una familia de nueve hijos, el joven príncipe vivía en Vientiane, pero pasaba todos los veranos con su abuela, en Luang Prabang. “Era tan turbulento que mis padres me enviaban a hacerle compañía”, recuerda con una sonrisa. “Tenía también un cierto don para aprender ese oficio exclusivamente femenino, que se transmitía de madres a hijas.”
A los seis años, aconsejado por las aprendices, el joven príncipe embebía con cera los hilos de seda para darles más cuerpo. Después tenía que enhebrarlos para su abuela y sus tías, que bordaban todos los días en una sala especial. Con la esperanza de ser rápidamente liberado de esa tarea esclavizante, el niño terminaba a veces a escondidas el bordado de su madre, esforzándose en respetar su estilo. “Entre los 10 y los 12 años, ya tenía cierta experiencia. Probablemente, mi abuela había adivinado que yo bordaba sin que me vieran. Así que decidió iniciarme al arte del bordado con hilos de oro y de plata, dejándome terminar los pimpollos de un ramo de flores que había comenzado ella.”

Salvar al arte del comercio
Una bordadora aprendía su arte durante toda la vida, a través de una sucesión de etapas claramente definidas: de niña, trazaba con hilos los bordes que enmarcan los motivos, después aprendía a ornar almohadas y almohadones de plegaria; adolescente, bordaba faldas y cuellos de camisa; adulta, cosía su propio traje nupcial, sus trajes de ceremonia y su mortaja. Hacia los 50 o 60 años, llegada a la cima de su arte, se alejaba de los trabajos profanos para consagrarse a la ornamentación de accesorios religiosos destinados a la pagoda.
Precisamente, es este aspecto religioso el que Tiao Somsanith quiere fomentar para dar un nuevo aliento a la tradición. En agosto de 2001, el príncipe bordador viajará a Luang Prabang para ofrecer una de sus realizaciones —un abanico de plegaria ornado con un buda en posición de enseñanza— a la pagoda Sene.
“Ciertos miembros de mi familia bordan para los turistas, sobre todo tailandeses, o para familias ricas de la diáspora laosiana. El bordado con hilos de oro adquiere así un valor comercial y pierde su sentido. Las mujeres que visten esas prendas son nuevas ricas. Se apoderan del brillo exterior de las cosas sin conocer su valor intrínseco.”
Depositario de ese oficio amenazado, Tiao Somsanith ha decidido transmitírselo a los jóvenes laosianos, aunque su meta sería enseñarles también el arte de vivir que acompañaba al bordado.
“Bordar no significa sólo adquirir una técnica con fines estéticos”, insiste. “Para realizar una prenda bordada, destinada únicamente a ser vestida durante una ceremonia excepcional, es necesario un largo aprendizaje que forje el carácter; una noción que ha dejado de existir. La transmisión de generación en generación enseña también al futuro artista que sólo es un modesto ejecutor. Antes de comenzar a bordar, mi abuela daba gracias a sus antepasados que la habían formado y a los genios de la inspiración, que debían favorecer su acto creador.”
En las conferencias y exposiciones en las que participa en Francia, o en el documental que realizó con apoyo del CNRS (Centro Nacional de la Investigación Científica), Tiao Somsanith siempre manifiesta su alarma: otros oficios tradicionales laosianos, en particular el trabajo de la laca, corren el riesgo de desaparecer. “El último maestro laqueador, de 81 años, ha dejado de ejercer. Ya nadie fabrica esas canastas ornadas con guirnaldas vegetales doradas con oro fino que servían de modelo a los bordados de los ruedos de las faldas.”

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