
Fernando Savater

Fernando Savater en una manifestación de Basta Ya en San Sebastián.
|
La
Libertad bajo escolta
Se le ha llamado
el Sartre español y comparado con Salman Rushdie. También se dice que
es un héroe, aunque él lo detesta: es sólo un ciudadano comprometido
con su tiempo que se ocupa del nacionalismo “en defensa propia”. Nacido en San Sebastián
en 1947, Fernando Savater estudió Filosofía y Letras en Madrid. En
esa ciudad empezó su carrera como profesor ayudante en la Universidad Autónoma,
pero, tras un breve paso por las cárceles franquistas, en 1971 fue apartado
de la docencia por razones políticas. En 1975 se doctoró con una tesis
sobre Nietzsche y poco después se reincorporó a la enseñanza
en la cátedra de Ética de la Universidad del País Vasco. Desde
1995 enseña Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, “aunque
este curso ni siquiera he podido dar mis clases, pues me lo desaconsejaron por motivos
de seguridad”.
Más “profesor de filosofía que filósofo”, ha escrito casi medio
centenar de libros de ensayo, novela y literatura infantil. Sus ideas filosóficas,
reunidas en un Diccionario filosófico personal, se enmarcan en una rebelión
reflexiva, no exenta de humor e ironía, contra lo establecido. Especialista
en Ética, disciplina que define como “la convicción de que no todo
vale por igual, de que hay razones para preferir un tipo de actuación a otro”
ha dedicado a ella, entre otros textos, La tarea del héroe (Premio
Nacional de Ensayo en 1982), Invitación a la Ética (1982),
Ética como amor propio (1988) y Ética para Amador (1991),
traducido a 18 idiomas.
En 1997 publicó El valor de educar, ensayo dedicado a su madre, su
primera maestra, en el que defiende la educación como remedio para la mayoría
de los males de nuestra sociedad: “la intolerancia, el integrismo o los nacionalismos
radicales deben atajarse desde la escuela”, afirma. En enero de 2001 recopiló
sus numerosos artículos contra el nacionalismo radical, publicados en El
País y en el diario bilbaíno El Correo, en el libro Perdonen
las molestias. Crónica de una batalla sin armas contra las armas, un alegato
contra la pasividad de la sociedad civil ante la violencia terrorista y un exhorto
a la ciudadanía a movilizarse contra ETA. Apasionado de la hípica,
ha visitado los principales hipódromos del mundo. Su último libro,
A caballo entre milenios, (2001) reúne un conjunto de crónicas
sobre las carreras de caballos.
Además del premio Sajarov de los derechos humanos, que recibió en diciembre
de 2000 en nombre de la plataforma cívica Basta Ya, de la que es portavoz,
Fernando Savater ha recibido, entre otras distinciones, el premio Nacional de Ensayo
(1982), el premio Anagrama, el premio Ortega y Gasset de periodismo (2000), y el
Premio Fernando Abril Martorell por “su contribución a la defensa y difusión
de la libertad, la tolerancia y los derechos humanos”. Amenazado de muerte por ETA
desde hace varios años, hace su vida entre San Sebastián y Madrid acompañado
por escoltas de cuya “amable tutela” le encantaría “verse libre pronto”.
|
|
Amenazado
de muerte en su propio país por los terroristas de ETA, este filósofo
español practica el pesimismo activo, batallando sin armas contra las armas.
Filósofo,
escritor, profesor de Universidad… a pesar de sus múltiples ocupaciones y
de los más de 45 libros que ha publicado, últimamente parece que sólo
se acude a usted para que hable del conflicto vasco. ¿No le pesa?
Es un poco aburrido y reduccionista, porque uno se ha dedicado a muchas cosas,
quizá demasiadas, a lo largo de la vida, y lo único que le queda a
la gente en la cabeza es que te pusiste un día en una esquina con una pancarta.
Pero en fin, a veces los problemas son ésos. La gente no tiene obligación
de preocuparse por la filosofía, pero creo que sí la tiene de preocuparse
por el país en que vive. No tengo ningún interés en reclamar
la atención sobre mí. Lo único que intento es utilizar la audiencia
pública que pueda tener para ponerla al servicio de algo que me parece importante,
que es la defensa del Estado de derecho y la lucha contra el totalitarismo en mi
tierra.
Debe de resultarle insoportable no poder hacer nada sin ir acompañado por
escoltas.
El otro día, una persona me preguntó, con toda su buena voluntad por
otra parte: ¿Qué siente al tener que ir con escolta? Y yo le contesté:
¿Y bueno, qué siente usted al ver a gran parte de sus conciudadanos,
periodistas, profesores, concejales, amas de casa, que tienen que hacer su vida acompañados
de escoltas? ¿Por qué es un problema psicológico qué
siente uno al ir escoltado y no qué siente el otro viéndote pasar con
la escolta? Habría que decirle a la gente: ¿a ustedes qué les
parece que estemos hablando de una unidad europea, y de pronto les cuentan que en
un lugar de Europa la gente no puede salir a la calle en paz?
La plataforma Basta Ya, de la que usted es portavoz, acaba de recibir en el Parlamento
Europeo el premio Sajarov de los derechos humanos. ¿Puede explicarnos qué
es Basta Ya?
Es una iniciativa más de las muchas que ha habido en estos años en
el País Vasco que intenta denunciar la violencia y oponerse a ella. Quizá
lo característico de Basta Ya es que hemos salido a la calle no solamente
para decir lo que no queremos (violencia, crímenes, asesinatos), sino también
para defender lo que queremos: estatuto de autonomía y Constitución,
es decir, lo que es el Estado de derecho español, que por supuesto puede evolucionar
y transformarse, pero no por la fuerza.
En los 25 años transcurridos desde la muerte de Franco, el País
Vasco, como otras regiones españolas, ha ido obteniendo una autonomía
cada vez más amplia, y sin embargo las víctimas del terrorismo de ETA
son más de 800, ¿por qué tanta violencia?
La violencia se alimenta de una ideología étnico-totalitaria que se
ha ido forjando a lo largo del tiempo, probablemente con elementos acumulados de
la época de Franco, que hoy está enquistada y constituye una amenaza
bastante insólita dentro de Europa, porque verdaderamente no se ve muy bien
qué justificación puede tener a estas alturas.
Es verdad que lo que ocurre en el País Vasco es raro, porque en otros lugares
hay unas desigualdades de poder y económicas notables y una conculcación
evidente de derechos humanos que, aunque no legitimen, al menos explican que haya
violencia.
¿Cómo qué lugares?
Por ejemplo, Colombia es un país muy injusto, de grandes desigualdades económicas
y educativas. No es que yo piense que la guerrilla allí sea un movimiento
liberador, en absoluto, pero uno puede entender que haya personas que se pasen a
la lucha armada, como en El Salvador o Guatemala en su momento. O en la propia Irlanda,
donde secularmente la situación de los católicos ha sido de marginación,
de exclusión y de postergación frente a los protestantes unitarios.
Y no digamos Palestina y Oriente Medio. Hay lugares en que sin que uno vaya a decir
que le parece bien la lucha armada, de alguna forma comprende que exista todo ese
mundo de violencia.
¿Y por qué según usted el caso del País Vasco es diferente?
El País Vasco es una zona donde se goza de unas libertades como las de cualquier
otro país europeo. Hay un grado de autonomía política y fiscal
mayor que en los lander alemanes y un parlamento propio en el que están representados
todos los partidos políticos, incluidos los independentistas. Es una zona
desarrollada y sin problemas económicos. El gran problema vasco es que no
existe problema vasco, es decir, que no existe una base objetiva, histórica
ni económica para justificarlo. Y las ideas de ETA o, digámoslo claramente,
las ideas del nacionalismo vasco no serían tomadas en serio si no fuera por
la violencia.
¿Cómo desmentiría a quienes apoyan a ETA si no en la forma,
sí al menos en el fondo, porque sostienen que su lucha armada es la única
manera que tienen de conseguir la independencia?
Desde luego que sí, yo estoy convencido de que es la única forma que
tienen de conseguir la independencia porque, claro, son una minoría dentro
de una sociedad que no quiere eso. La legitimidad de ETA es exactamente la misma
que tienen los asaltantes para entrar armados en los bancos. Como ellos no tienen
dinero en el banco y el dueño del banco no se lo va a dar voluntariamente,
pues entran con una pistola para que se lo den. Lo que pasa es que, no ya sus medios,
sino el proyecto mismo de ETA, tampoco es legítimo. Yo no creo que sea legítimo
sustituir una democracia de ciudadanos por una democracia étnica. Crear un
Estado puede ser un proyecto político, puesto que los Estados son convenciones,
pero no es un derecho, y sobre todo no es una obligación que los demás
sintamos interés ni entusiasmo por una situación política que
propugnan personas cuyos medios y cuyas ideas –mitad racistas, mitad radicalismo
marxista– no son compartidas por el resto de la población.
Hay quien alega que los vascos sufrieron más que otros españoles
durante el franquismo…
Eso es un mito evidente. Franco, que no tuvo muchos ministros catalanes, en cambio
sí tenía ministros vascos a montones. Y veraneaba tranquilamente en
San Sebastián en un barquito en medio de la playa de la Concha, cosa que evidentemente
José María Aznar no podría hacer hoy. Hubo naturalmente vascos
reprimidos, perseguidos, lesionados, como en todas partes. La lengua estaba marginada,
aunque no tanto como se ha dicho, porque había congresos y enseñanza
en euskera. Pero los vascos sufrieron tan poco que las provincias vascas eran las
de mayor renta de todo el territorio. En 1975, Guipúzcoa era la provincia
número uno en renta per capita y Vizcaya la segunda. Hoy me parece que son
la 13 o 14. De modo que es una mitología que los vascos sufrieron más
que los demás. La mayoría, y desde luego la mayoría de los que
se convirtieron en nacionalistas a partir de la muerte de Franco, porque hasta entonces
eran franquistas, se beneficiaron del franquismo a costa de otros.
Algunos historiadores se extrañan de que en España no se hiciera
ningún tipo de trabajo de memoria durante la transición. Un día
se murió Franco y al día siguiente había una monarquía
parlamentaria…¿es que los españoles son amnésicos?
La inmensa mayoría de la sociedad española había procurado mirar
para otro lado en la época del franquismo, sobre todo al final. La gente se
decía: “no nos metamos demasiado en profundidades y dejemos que este señor
llegue a su final natural, que ya le queda poco”. En el País Vasco, ese trabajo
de memoria fue más bien una amnesia voluntaria repartida: yo olvido lo que
tú has hecho y tú olvidas lo que he hecho yo. En el año 78 hubo
en el País Vasco una amnistía general de todo tipo de delitos, algo
único en Europa, porque en ningún lugar ha existido una amnistía
tan global y absoluta. La coartada para no hacer investigaciones sobre autoridades
franquistas fue que no se hizo ninguna respecto a los terroristas. Y, lo mismo que
se liberó al etarra que había matado a quien fuese, no hubo más
remedio que olvidar al general o al comisario que habían cometido otros delitos.
¿Hay minorías que estén legitimadas para pedir el derecho de
autodeterminación?
El derecho de autodeterminación es un derecho político, un logro histórico
de determinadas comunidades que se cimientan en Estados frente a las demás.
Por razones históricas, el perímetro y la extensión que España
tiene hoy no es el que tenía hace mil años y puede que no sea el que
tenga dentro de mil, lo mismo que Estados Unidos o cualquier otro lugar. Pero todo
eso no tiene nada que ver con la cuestión de las minorías. Piense que
en el mundo hay aproximadamente 200 Estados y más de 5.000 lenguas distintas,
lo que significa que la mayoría de los Estados tienen muchas lenguas y diversidad
de grupos étnicos en su interior.
Se podría pensar que es usted enemigo de las minorías…
No soy hostil a las minorías. Todos pertenecemos a minorías estereotipadas
por otros; grupos de aficiones, de intereses o incluso de tradiciones religiosas.
Yo pertenezco a la de los aficionados a las carreras de caballos, lo que ocurre es
que no tenemos antropólogos que hablen por nosotros ni una representación
ante las Naciones Unidas. El mundo está lleno de estas cosas y no hay nada
de malo en ello. De lo que soy enemigo es de quienes inventan identidades a grupos
determinados y fragmentan la humanidad accesoriamente en lugar de intentar buscar
las ventajas de la civilización para todos. Y aún más cuando
esos rasgos identitarios son por ejemplo la ablación del clítoris o
cualquier otra barbaridad.
Pero el riesgo opuesto es la uniformidad.
No creo que haya que tener ningún culto maniático por la diferencia
ni ningún horror no menos maniático ante la homogeneidad. En sí
mismas, las diferencias no son buenas por ser diferencias. Algunas son valiosas,
enriquecedoras, y aumentan el placer de la experiencia humana, pero otras son residuos
atávicos y atroces de un pasado que cuanto antes dejemos olvidado, mejor.
En este sentido, la esclavitud es diferente al contrato laboral, pero es que el contrato
laboral es mejor, y se ve absurdo que para defender la pluralidad admitiéramos
que unos tuvieran contrato laboral y otros fueran esclavos. Ojalá que todo
el mundo fuera educado, tuviera una seguridad social y una protección de la
infancia, de la mujer en parto, de los ancianos. Lo que podemos lamentar es que el
mundo se homogeneiza solamente en aspectos comerciales, con los capitales especulativos
yendo de un lado a otro, y no en aquellas cosas que serían deseables, como
la defensa de los derechos humanos y la educación.
¿No lamenta usted la globalización?
Es que, en contra de otra superstición que oigo mucho, tampoco veo que el
mundo se vaya haciendo todo igual, por desgracia. Entre Suecia y Ruanda no solamente
no va habiendo menos diferencias, sino que va habiendo más. Y desde luego
los países están llenos de peculiaridades muchas de las cuales son
espeluznantes, de modo que ojalá el mundo fuera más uniforme y los
derechos fundamentales se respetaran en todas partes por igual.
¿Qué hay que defender entonces?
La capacidad creativa. Lo importante es que se respeten todas las posibilidades de
creación que haya en un lado o en otro. Conservar arqueológicamente
las peculiaridades porque “son lo que aquí siempre ha existido”, cuando en
realidad consisten en que cuatro o cinco folcloristas, o arqueólogos, o antropólogos,
inventan y acuñan una identidad y todos los demás tienen que seguir
ese camino sin mezclarse con nadie, sinceramente a mí no me parece ninguna
ventaja. De modo que lo que me preocupa en todo este asunto no son ni las identidades,
por las que no tengo ninguna fascinación, ni la defensa de un pluralismo que
creo que está asegurado porque los seres humanos siempre vamos a nacer diferentes
unos de otros.
¿Y el mestizaje?
La grandeza de la especie humana está precisamente en que todos somos mestizos.
Probablemente cuando nacimos en África todos éramos negros e iguales
y poco a poco nos hemos diversificado, adquiriendo diversas etnias, colores, y formas.
Esas mezclas múltiples son la sal de la tierra y van a serlo todavía
más en un siglo en el que uno puede dar la vuelta al mundo en pocas horas
y comunicarse por medio de un ordenador con el otro extremo del planeta. A mí
todo lo que sea pureza, pureza de la identidad o de la etnia me parece estéril.
La pureza no es fecunda nunca; las vírgenes no tienen hijos.
Según usted, la educación, que define como “la antifatalidad por
excelencia, la única forma de liberar a los hombres de su destino”, puede
cambiar mucho las cosas…
Sí. Las sociedades en las que la educación no desempeña ningún
papel son sociedades estamentales en las que cada grupo está destinado a reproducir
la suerte de sus padres o de la minoría a la que pertenece; el hijo del campesino
aprende de su padre las labores del campo, las mujeres se informan unas a otras respecto
a la cuestión del parto y de los hijos, los militares aprenden a tirar con
arco o a montar a caballo puesto que ésos van a ser sus destinos en la sociedad.
La educación, en cambio, prepara a seres humanos abiertos y polivalentes que
pueden ocupar distintos lugares. Así, la Grecia de Pericles educaba, porque
cada ciudadano podía convertirse en cualquier cosa dentro de la sociedad griega,
mientras que en la Persia del Gran Rey no se educaba porque cada uno estaba predestinado
a ocupar un puesto preciso. En nuestras sociedades de hoy hay también una
especie de fatalidad que hace que el hijo del pobre siempre vaya a ser pobre, y que
el hijo del ignorante siempre tenga que ser ignorante. Y frente a eso, la educación
es el elemento progresista con capacidad de romper con la fatalidad social e inventar
algo nuevo: en las sociedades de movilidad social abierta, el hijo del barrendero
puede llegar a presidente o a rector de universidad por medio de la educación.
En esa reinvención de la sociedad por medio de la educación, ¿qué
papel desempeñan la familia, las instituciones educativas y el propio alumno?
Cuando hablo de educación no me refiero exclusivamente a la académica,
que es la más controlable, pero no la única. Aunque las familias han
ido evolucionando históricamente y no son como eran hace 50 años, siguen
teniendo un papel educativo que tiene que ver con la entrada en el mundo del respeto
y del buen conocimiento por la vía del afecto. Lo que ocurre es que hoy los
miembros adultos responsables de la familia tienen, o dicen tener, poco tiempo para
educar y tienden a pagar para que les descarguen de ese oficio... Por su parte, la
educación académica familiariza a los niños con un mundo más
igualitario y más abstracto, no meramente afectivo, sino legal, lo cual es
una conquista importante. Ahora bien, en último término, quien aprende
es el sujeto, el alumno, el neófito. Los profesores lo más que podemos
hacer es enseñar, pero aprender sólo lo puede hacer el alumno. De modo
que lo que hay que intentar es despertar la vocación de aprender. En cuanto
esa vocación ha sido suscitada en una persona, ella misma buscará las
mejores vías de aprender.
Sus libros Ética para Amador y Política para Amador eran intentos
de explicar a su hijo y, por extensión, a otros jóvenes los grandes
principios de esas disciplinas. ¿Cree de verdad que a los jóvenes les
interesan esas cosas?
No he conocido nunca a ningún joven que no se interese por esos temas. La
gran mayoría no se interesa por los profesores que se los enseñan,
pero adolescentes de 15 o 16 años que no se interesan por la libertad, por
la belleza, por la justicia o por la muerte... en 30 años que llevo dedicado
a la docencia jamás he encontrado ninguno. Sí he conocido algunos adultos
que están ocupados ganando dinero o haciendo cosas que ellos creen importantes
que han dejado de preocuparse de estas cosas.
Aun a riesgo de aburrirle, no quisiera terminar sin preguntarle si es optimista
respecto a una solución del conflicto vasco…
Hay una milonga que dice que muchas veces la esperanza son ganas de descansar. En
este caso, tener esperanza es decir: “Ya se arreglará esto, poco a poco, la
vida, el tiempo…”.Yo creo que ni el tiempo ni el espacio arreglan nada por sí
mismos, soy un pesimista activo. Las cosas no se van a resolver solas; la situación
es muy grave y está muy mal. Y labores como la difusión por Europa,
para que Europa sepa lo que ocurre y se responsabilice o colabore de alguna forma
con los que estamos
luchando contra el fascismo aquí pueden ser útiles. Porque lo mismo
que se han movilizado para apoyar a quienes estaban amenazados por el totalitarismo
en Kosovo o en otros lugares, aquí también hay que actuar.
Uno cuando hace cosas las hace esperando que salgan bien, y en ese sentido es optimista,
porque piensa que haciéndolas la situación puede mejorar. Pero tampoco
es un proceso automático. El problema no es que se pongan de acuerdo los partidos
soberanistas y los constitucionalistas, eso no tiene nada que ver. ¿Va a cambiar
la forma de educar a los chicos? ¿Va a desaparecer la propaganda en la televisión?
¿Va a cesar esa inculcación sistemática de odio en el País
Vasco a todo lo que signifique España, o españoles, es decir, a más
de la mitad de la población que vive allí? ¿Va a variar eso?
¿Hay alguna medida que se haya aprobado para cambiarlo? De modo que hay que
seguir luchando.
¿Y usted va a seguir?
Yo voy a intentar seguir, sí... Si me dejan.
País
Vasco: 33 años de conflicto
El País Vasco es una de las 17 regiones autónomas en las que España
está dividida administrativamente. Desde 1979 cuenta con dos lenguas oficiales,
el castellano y el euskera, y, tras las elecciones de 1980, con un parlamento propio
que gestiona la educación, la sanidad o los impuestos. No hay en toda Europa
ninguna región con un nivel tan elevado de autogobierno.
ETA (Euskadi Ta Askastasuna, es decir, Patria Vasca y Libertad) reivindica la independencia
de Euskal Herria, una región que comprendería desde el río Ebro
hasta el río Adour, y que incluiría Navarra, el País Vasco español
y dos departamentos del suroeste de Francia.
Esta organización, cuyas primeras acciones terroristas datan de 1968, ha asesinado
a más de 800 personas, 90% de ellas en democracia.
Durante mucho tiempo, los objetivos prioritarios de ETA fueron la policía
y el ejército, aunque en los últimos años la banda ha multiplicado
sus atentados contra la clase política y otros sectores de la sociedad, como
los profesores universitarios y los periodistas. |

País
Vasco
|
|