
Modificar el propio cuerpo es una forma de rechazo a la ideología normativa.

Maasai de Kenya con una lata de conservas a modo de pendiente.
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“La
anatomía es el destino.”
Sigmund
Freud, neurólogo y psiquiatra austríaco (1856-1939)
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El piercing y las automutilaciones permiten un ajuste de las estéticas
antiguas y modernas. |
En
los últimos decenios, la transformación del propio cuerpo responde,
en el Norte como en el Sur, a un deseo de romper con lo establecido.
En 1976, los punk1 escandalizan a la
puritana Inglaterra. Para impresionar más escupen sobre su ideal corporal
mojigato y hacen alarde de una apariencia tan chocante como rebuscada, dando a la
ropa un uso distinto del habitual o llevándola rota o manchada y combinando
colores a despecho del buen gusto. Lejos de exhibir un cuerpo convencional, lo modifican
ostensiblemente. Llevan peinados en forma de cresta o de cuernos, usan maquillaje
chillón y se adornan con cadenas. Este rechazo se refuerza con la utilización
salvaje del tatuaje, que cubre la totalidad de los brazos o lugares inusitados (el
rostro, el cuello, el cráneo), la reintroducción del piercing (imperdibles,
clavos, anillos colgados de la nariz, las cejas, los labios, las mejillas) e incluso
las autolaceraciones.
Gracias a este cuerpo retrabajado y transgresor, muy pronto el punk da de sí
mismo una imagen con un fuerte significado. Los medios de comunicación, que
ellos execran, los convierten en el símbolo de la decadencia, pero participan
en la difusión de este nuevo modelo corporal en Europa, Norteamérica
y Japón.
2001: los punks han ganado adeptos. Las top-models, los campeones deportivos, las
estrellas de la canción y del espectáculo se asemejan por su peinado
y sus piercings, pero rivalizan en cuanto a la originalidad de su uso. En los países
industrializados, las adolescentes exhiben ombligos adornados y joyas en la lengua,
mientras los muchachos se ponen anillos en las cejas. En 25 años, esas prácticas
de adorno y esas modificaciones corporales han pasado a ser indispensables para quien
quiera parecer moderno.
Pero, paradójicamente, más que a innovar, se procede a un ajuste intercultural
que se vale de técnicas tradicionales de modificación del cuerpo empleadas
por culturas no occidentales con fines religiosos, estéticos o identitarios.
Con el invento de los “primitivos modernos”, como los califica el estadounidense
Fakir Musafar, uno de los líderes de esos movimientos de personas que “hacen
cosas con su cuerpo”, en realidad se esboza una estética del cuerpo mestizo,
que implica una suerte de “tribalización” del cuerpo occidental.
No es posible, sin embargo, invocar una vuelta a los ritos, puesto que los que se
inspiran en ellos para obtener adornos prácticamente no los conocen. Es más,
los cuerpos que hoy sirven de modelos fueron en su día estigmatizados en las
exposiciones coloniales realizadas en Europa y Estados Unidos. Para las familias
occidentales en busca de exotismo, eran objetos curiosos y sobre todo la señal
del “atraso” de los pueblos colonizados. Interpretados por la mirada occidental,
los piercing, las automutilaciones y los estiramientos de las orejas, el cuello o
los labios eran una demostración de la “barbarie” de esas poblaciones y justificaban
la misión civilizadora de la que Occidente se sentía investido. Encarnaban
por tanto lo opuesto al ideal corporal civilizado.
Homenaje
a lo antiguo
Algunas vanguardias de la corriente de los “primitivos modernos” exploran los ritos
corporales de las culturas no occidentales como una especie de homenaje a las civilizaciones
que las autoridades coloniales habían tratado de extirpar. Por ejemplo, la
“estética tribal” de Maria Tashjian (propietaria de un salón de modificaciones
corporales en Estados Unidos) es una manera de educar a la gente, conservando la
memoria de culturas desaparecidas y transmitiendo su ideal de la belleza El piercing,
el estiramiento de los lóbulos de las orejas y las automutilaciones permiten
así un ajuste de las estéticas antiguas y modernas, occidentales y
no occidentales, apoyándose en una especie de conservatorio de prácticas
tradicionales de ornamentación, alimentado por las descripciones etnológicas.
Otras personalidades de vanguardia, estiman que esas prácticas culturales
permiten antes que nada un trabajo sobre uno mismo. Lo que él denomina body
play (jugar con el cuerpo) consiste también en experimentar todos los procedimientos
de modificaciones corporales de la historia de la Humanidad. Soportar voluntariamente
las pruebas corporales a que se sometían las sociedades primitivas permitiría
revivir una suerte de experiencia iniciática olvidada por las sociedades industriales,
recuperar una suerte de pureza original. Para Fakir Musafar, no tienen importancia
las marcas que quedan en el cuerpo, desde el momento en que el dolor permite acceder
a un estado de conciencia desconocido en las sociedades occidentales, donde todo
está hecho para combatir el sufrimiento físico. Pero, contrariamente
a los ritos iniciáticos que practican las sociedades tradicionales, a la inversa
de la violencia física y simbólica impuesta por esas sociedades a sus
miembros, esas modificaciones obedecen a una decisión individual, voluntaria
y consciente. Pero esas corrientes son muy minoritarias entre los millones de adeptos
de la ornamentación corporal. En su inmensa mayoría, éstos responden
sencillamente al afán contemporáneo de conocerse a uno mismo y de ser
reconocido por los demás. Impulsados por un proyecto ético, por una
búsqueda espiritual, por la ostentación de signos de pertenencia a
un grupo o por un juego erótico, el trabajo sobre la carne y la voluntad de
poner a prueba el propio cuerpo corresponden a una postura identitaria que refleja
una mutación cultural.
Porque a ese deseo de afirmación se suma la voluntad de impugnar las normas
y los valores establecidos, y de militar por otras maneras de vivir, de sentir y
de exponerse. Numerosos adeptos del body-art, del piercing y del tatuaje estiman
que ya no pueden encarnarse en ese ideal de cuerpo aséptico, borroso y alienado
que difunden las sociedades occidentales. Afirman que quieren alejarse del canon
de belleza de la rubia de ojos azules, del estereotipo del surfista californiano
de cuerpo liso, musculoso y bronceado. La experiencia de las modificaciones corporales
puede incluso entenderse como un combate contra la banalidad, que permite dar sentido
a una vida, mirada por lo demás como insignificante.
Con este fin, no basta con ir a buscar en tradiciones que no son las nuestras los
fermentos que permiten escapar a las normas sociales de la apariencia. El ajuste
corporal se construye también aprovechando los materiales, los conocimientos
y las técnicas de la modernidad. Los implantes impulsados por Steve Hayworth
(pionero norteamericano en la materia) a comienzos de los años noventa y popularizados
por la artista francesa Orlan entregan así nuevos instrumentos. Los implantes
transdérmicos, que insertan cuerpos extraños bajo la piel, permiten
crear una ornamentación en volumen, como protuberancias en la frente, el esternón,
los antebrazos, que son maneras radicales de transgredir los códigos de la
apariencia y del orden establecidos.
En efecto, todas esas intervenciones se entienden como un intento de escapar al destino
que asigna a cada cual su sexo, su edad o su extracción social. En ese sentido,
las modificaciones corporales tienen una connotación política, reivindicada
por los sectores de vanguardia. Por la ruptura con los modelos que generan, por el
rechazo de los cánones de belleza machacados por los medios de comunicación
de masas, por la afirmación de la libertad de cada cual de elegir lo que tiene
ganas de hacer, llevar y mostrar, esas modificaciones hacen del cuerpo uno de los
últimos espacios de libertad individual.
En tiempos en que los comportamientos se someten a la exigencia de productividad,
se presiona para que las actitudes se ciñan a los modelos dominantes y se
trabaja por la codificación de los cuerpos, el ajuste de la propia apariencia
es un desafío a la normalidad. Cada persona puede firmar su cuerpo de una
manera que sólo a le pertenece a ella. Al mismo tiempo, esta firma única
produce una multiplicidad de sentimientos en los que la ven o la imaginan (seducción,
sorpresa, rechazo, temor…). El rechazo a responder a las expectativas sociales y
la conciencia de los efectos que produce la diferencia corporal se inscriben en el
combate contra una ideología normativa.
Esas iniciativas son ahora visibles en todo el planeta a través de Internet
y de la televisión. Al exponer las combinaciones entre el pasado y el porvenir,
entre lo imaginario y la experimentación, entre lo de aquí y lo de
allá, se alimenta la pluralidad de las representaciones del cuerpo. Al recordar
que no se trata de un dato anatómico inmutable, esas representaciones popularizan
nuevas formas de inscribir la pertenencia a una cultura en el cuerpo. Así,
afirman tanto su carácter cultural como la realidad dinámica de toda
cultura. La globalización de las imágenes a escala planetaria va unida
por consiguiente a una diversificación del modelo del cuerpo civilizado, ligado
durante mucho tiempo al cuerpo impecable del occidental.
De
la protesta a la uniformidad
Pero, curiosamente, en los países del Sur, y para los que disponen de los
medios indispensables, se da el afán de ajustarse al modelo occidental más
corriente, el de los seriales de televisión estadounidenses. Las sudamericanas
emigradas a Estados Unidos se transforman el busto, se aclaran la piel y se tiñen
el pelo de rubio. Esas modificaciones no apuntan a distinguirse, sino a fundirse
en la norma. En África negra y entre los afroamericanos florece el comercio
de productos que blanquean la piel o alisan el pelo. Los famosos sapeurs2 de Kinshasa
se gastan lo que sea para plegarse a lo que creen ser los últimos cánones
de la moda parisiense. No hace mucho que en los medios populares africanos la gente
se tatuaba en el pecho un bolsillo del que asomaban dos o tres estilográficas.
En América Latina, una región sometida a los dictados de la moda estadounidense,
las mujeres se hacen la cirugía estética para parecerse lo más
posible a muñecas Barbie. Hay asiáticas que se redondean los ojos…
Es como si los individuos de sociedades dominadas económica y políticamente
se sintieran obligados a ocultar sus particularidades corporales. Para ellos, la
occidentalización del cuerpo parece ser una estrategia saludable para vivir
al ritmo de la mundialización.
Así, la valorización de un ideal corporal plural sigue siendo un pasatiempo
de privilegiados frente a la gran mayoría de los habitantes de los países
del Sur. Sin embargo, contribuye a acelerar las mutaciones del orden corporal.
Al transgredir los códigos de la apariencia y apropiarse de las técnicas
de rectificación del cuerpo hasta ahora sólo legitimadas por la medicina
y la cirugía, los individuos inscriben en su carne las reglas de un juego
que prefigura el advenimiento de una confusión generalizada de las normas
corporales.
1. Inicialmente,
punk era una palabra de argot estadounidense que significaba golfo, gamberro, pandillero.
2. Término argótico francés derivado de se saper: vestirse bien,
con elegancia. Movimiento marginal surgido en los años 70. |