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1. El ideal perdido
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El espejo de la publicidad | El cuerpo, esclavitud del hombre |Las alas del deseo en India
El bricolaje corporal

Philippe Liotard, profesor de la Universidad de Montpellier (Francia) y director de la revista Quasimodo.
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Modificar el propio cuerpo es una forma de rechazo a la ideología normativa.







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Maasai de Kenya con una lata de conservas a modo de pendiente.







“La anatomía es el destino.”

Sigmund Freud, neurólogo y psiquiatra austríaco (1856-1939)







El piercing y las automutilaciones permiten un ajuste de las estéticas antiguas y modernas.
En los últimos decenios, la transformación del propio cuerpo responde, en el Norte como en el Sur, a un deseo de romper con lo establecido.

En 1976, los punk1 escandalizan a la puritana Inglaterra. Para impresionar más escupen sobre su ideal corporal mojigato y hacen alarde de una apariencia tan chocante como rebuscada, dando a la ropa un uso distinto del habitual o llevándola rota o manchada y combinando colores a despecho del buen gusto. Lejos de exhibir un cuerpo convencional, lo modifican ostensiblemente. Llevan peinados en forma de cresta o de cuernos, usan maquillaje chillón y se adornan con cadenas. Este rechazo se refuerza con la utilización salvaje del tatuaje, que cubre la totalidad de los brazos o lugares inusitados (el rostro, el cuello, el cráneo), la reintroducción del piercing (imperdibles, clavos, anillos colgados de la nariz, las cejas, los labios, las mejillas) e incluso las autolaceraciones.
Gracias a este cuerpo retrabajado y transgresor, muy pronto el punk da de sí mismo una imagen con un fuerte significado. Los medios de comunicación, que ellos execran, los convierten en el símbolo de la decadencia, pero participan en la difusión de este nuevo modelo corporal en Europa, Norteamérica y Japón.
2001: los punks han ganado adeptos. Las top-models, los campeones deportivos, las estrellas de la canción y del espectáculo se asemejan por su peinado y sus piercings, pero rivalizan en cuanto a la originalidad de su uso. En los países industrializados, las adolescentes exhiben ombligos adornados y joyas en la lengua, mientras los muchachos se ponen anillos en las cejas. En 25 años, esas prácticas de adorno y esas modificaciones corporales han pasado a ser indispensables para quien quiera parecer moderno.
Pero, paradójicamente, más que a innovar, se procede a un ajuste intercultural que se vale de técnicas tradicionales de modificación del cuerpo empleadas por culturas no occidentales con fines religiosos, estéticos o identitarios. Con el invento de los “primitivos modernos”, como los califica el estadounidense Fakir Musafar, uno de los líderes de esos movimientos de personas que “hacen cosas con su cuerpo”, en realidad se esboza una estética del cuerpo mestizo, que implica una suerte de “tribalización” del cuerpo occidental.
No es posible, sin embargo, invocar una vuelta a los ritos, puesto que los que se inspiran en ellos para obtener adornos prácticamente no los conocen. Es más, los cuerpos que hoy sirven de modelos fueron en su día estigmatizados en las exposiciones coloniales realizadas en Europa y Estados Unidos. Para las familias occidentales en busca de exotismo, eran objetos curiosos y sobre todo la señal del “atraso” de los pueblos colonizados. Interpretados por la mirada occidental, los piercing, las automutilaciones y los estiramientos de las orejas, el cuello o los labios eran una demostración de la “barbarie” de esas poblaciones y justificaban la misión civilizadora de la que Occidente se sentía investido. Encarnaban por tanto lo opuesto al ideal corporal civilizado.

Homenaje a lo antiguo
Algunas vanguardias de la corriente de los “primitivos modernos” exploran los ritos corporales de las culturas no occidentales como una especie de homenaje a las civilizaciones que las autoridades coloniales habían tratado de extirpar. Por ejemplo, la “estética tribal” de Maria Tashjian (propietaria de un salón de modificaciones corporales en Estados Unidos) es una manera de educar a la gente, conservando la memoria de culturas desaparecidas y transmitiendo su ideal de la belleza El piercing, el estiramiento de los lóbulos de las orejas y las automutilaciones permiten así un ajuste de las estéticas antiguas y modernas, occidentales y no occidentales, apoyándose en una especie de conservatorio de prácticas tradicionales de ornamentación, alimentado por las descripciones etnológicas.
Otras personalidades de vanguardia, estiman que esas prácticas culturales permiten antes que nada un trabajo sobre uno mismo. Lo que él denomina body play (jugar con el cuerpo) consiste también en experimentar todos los procedimientos de modificaciones corporales de la historia de la Humanidad. Soportar voluntariamente las pruebas corporales a que se sometían las sociedades primitivas permitiría revivir una suerte de experiencia iniciática olvidada por las sociedades industriales, recuperar una suerte de pureza original. Para Fakir Musafar, no tienen importancia las marcas que quedan en el cuerpo, desde el momento en que el dolor permite acceder a un estado de conciencia desconocido en las sociedades occidentales, donde todo está hecho para combatir el sufrimiento físico. Pero, contrariamente a los ritos iniciáticos que practican las sociedades tradicionales, a la inversa de la violencia física y simbólica impuesta por esas sociedades a sus miembros, esas modificaciones obedecen a una decisión individual, voluntaria y consciente. Pero esas corrientes son muy minoritarias entre los millones de adeptos de la ornamentación corporal. En su inmensa mayoría, éstos responden sencillamente al afán contemporáneo de conocerse a uno mismo y de ser reconocido por los demás. Impulsados por un proyecto ético, por una búsqueda espiritual, por la ostentación de signos de pertenencia a un grupo o por un juego erótico, el trabajo sobre la carne y la voluntad de poner a prueba el propio cuerpo corresponden a una postura identitaria que refleja una mutación cultural.
Porque a ese deseo de afirmación se suma la voluntad de impugnar las normas y los valores establecidos, y de militar por otras maneras de vivir, de sentir y de exponerse. Numerosos adeptos del body-art, del piercing y del tatuaje estiman que ya no pueden encarnarse en ese ideal de cuerpo aséptico, borroso y alienado que difunden las sociedades occidentales. Afirman que quieren alejarse del canon de belleza de la rubia de ojos azules, del estereotipo del surfista californiano de cuerpo liso, musculoso y bronceado. La experiencia de las modificaciones corporales puede incluso entenderse como un combate contra la banalidad, que permite dar sentido a una vida, mirada por lo demás como insignificante.
Con este fin, no basta con ir a buscar en tradiciones que no son las nuestras los fermentos que permiten escapar a las normas sociales de la apariencia. El ajuste corporal se construye también aprovechando los materiales, los conocimientos y las técnicas de la modernidad. Los implantes impulsados por Steve Hayworth (pionero norteamericano en la materia) a comienzos de los años noventa y popularizados por la artista francesa Orlan entregan así nuevos instrumentos. Los implantes transdérmicos, que insertan cuerpos extraños bajo la piel, permiten crear una ornamentación en volumen, como protuberancias en la frente, el esternón, los antebrazos, que son maneras radicales de transgredir los códigos de la apariencia y del orden establecidos.
En efecto, todas esas intervenciones se entienden como un intento de escapar al destino que asigna a cada cual su sexo, su edad o su extracción social. En ese sentido, las modificaciones corporales tienen una connotación política, reivindicada por los sectores de vanguardia. Por la ruptura con los modelos que generan, por el rechazo de los cánones de belleza machacados por los medios de comunicación de masas, por la afirmación de la libertad de cada cual de elegir lo que tiene ganas de hacer, llevar y mostrar, esas modificaciones hacen del cuerpo uno de los últimos espacios de libertad individual.
En tiempos en que los comportamientos se someten a la exigencia de productividad, se presiona para que las actitudes se ciñan a los modelos dominantes y se trabaja por la codificación de los cuerpos, el ajuste de la propia apariencia es un desafío a la normalidad. Cada persona puede firmar su cuerpo de una manera que sólo a le pertenece a ella. Al mismo tiempo, esta firma única produce una multiplicidad de sentimientos en los que la ven o la imaginan (seducción, sorpresa, rechazo, temor…). El rechazo a responder a las expectativas sociales y la conciencia de los efectos que produce la diferencia corporal se inscriben en el combate contra una ideología normativa.
Esas iniciativas son ahora visibles en todo el planeta a través de Internet y de la televisión. Al exponer las combinaciones entre el pasado y el porvenir, entre lo imaginario y la experimentación, entre lo de aquí y lo de allá, se alimenta la pluralidad de las representaciones del cuerpo. Al recordar que no se trata de un dato anatómico inmutable, esas representaciones popularizan nuevas formas de inscribir la pertenencia a una cultura en el cuerpo. Así, afirman tanto su carácter cultural como la realidad dinámica de toda cultura. La globalización de las imágenes a escala planetaria va unida por consiguiente a una diversificación del modelo del cuerpo civilizado, ligado durante mucho tiempo al cuerpo impecable del occidental.

De la protesta a la uniformidad
Pero, curiosamente, en los países del Sur, y para los que disponen de los medios indispensables, se da el afán de ajustarse al modelo occidental más corriente, el de los seriales de televisión estadounidenses. Las sudamericanas emigradas a Estados Unidos se transforman el busto, se aclaran la piel y se tiñen el pelo de rubio. Esas modificaciones no apuntan a distinguirse, sino a fundirse en la norma. En África negra y entre los afroamericanos florece el comercio de productos que blanquean la piel o alisan el pelo. Los famosos sapeurs2 de Kinshasa se gastan lo que sea para plegarse a lo que creen ser los últimos cánones de la moda parisiense. No hace mucho que en los medios populares africanos la gente se tatuaba en el pecho un bolsillo del que asomaban dos o tres estilográficas. En América Latina, una región sometida a los dictados de la moda estadounidense, las mujeres se hacen la cirugía estética para parecerse lo más posible a muñecas Barbie. Hay asiáticas que se redondean los ojos… Es como si los individuos de sociedades dominadas económica y políticamente se sintieran obligados a ocultar sus particularidades corporales. Para ellos, la occidentalización del cuerpo parece ser una estrategia saludable para vivir al ritmo de la mundialización.
Así, la valorización de un ideal corporal plural sigue siendo un pasatiempo de privilegiados frente a la gran mayoría de los habitantes de los países del Sur. Sin embargo, contribuye a acelerar las mutaciones del orden corporal.
Al transgredir los códigos de la apariencia y apropiarse de las técnicas de rectificación del cuerpo hasta ahora sólo legitimadas por la medicina y la cirugía, los individuos inscriben en su carne las reglas de un juego que prefigura el advenimiento de una confusión generalizada de las normas corporales.


1. Inicialmente, punk era una palabra de argot estadounidense que significaba golfo, gamberro, pandillero.
2. Término argótico francés derivado de se saper: vestirse bien, con elegancia. Movimiento marginal surgido en los años 70.