
Retrato de Jean-Baptiste Belley.

Óleo representando un mercado de esclavas babilonio.

Traje colonial realizado con kente africano.
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“Los
grandes artistas no son los transcriptores del mundo, son sus rivales.”
André
Malraux, escritor y político francés (1901-1986)
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Todos estos artistas parecen sugerir que el legado histórico de la esclavitud
y el colonialismo dista mucho de haber desaparecido. |
Una
mirada crítica a la forma en que los artistas han representado el cuerpo desde
la época colonial revela la capacidad del arte de reforzar o romper con los
prejuicios de la sociedad.
Cuando los artistas
plásticos representan el cuerpo, ¿de qué cuerpo hablan? Sería
reconfortante poder contar que en el pasado se maltrataba al cuerpo hasta que los
espíritus esclarecidos de nuestro tiempo pusieron coto a ese abuso. Pero sólo
se trataría de una ficción. La realidad es mucho menos apacible. Al
trazar una historia de los cuerpos, sólo es posible abordar algunos aspectos,
ya que en cierto modo el cuerpo tiene que ver con todo: la medicina, la guerra, la
sexualidad, la raza, el género, el rendimiento físico, la danza, etc.
Por otro lado, también puede estimarse que el cuerpo es simplemente una mercancía,
algo que se compra y se vende para esclavizarlo.
La esclavitud ha sido definida como la “muerte social”. Si el hombre es, según
la frase de Aristóteles, un “animal político”, (es decir, social) ser
esclavo es ser considerado un muerto que trabaja. Si observamos la evolución
de la representación del cuerpo dentro y fuera de la esclavitud, podremos
medir el valor atribuido a éste a lo largo de la historia.
Algunos pueden pensar que este enfoque es “políticamente correcto” y que disminuye
el verdadero impacto del arte. Pero también se puede argumentar lo contrario:
ignorar el contexto histórico-social en el que se produjeron las obras de
arte equivale a convertirlas en algo meramente decorativo. Tomemos un ejemplo: en
el Museo Británico de Londres, en la flamante ala Sainsbury dedicada al arte
africano, se concentra todo el continente en tres galerías que se diferencian
sólo en cuanto al medio de expresión —escultura ritual, tejido y alfarería.
Allí, las esculturas de bronce, majestuosas y realistas, del poderoso reino
de Benin, que datan del siglo XVI, se alzan junto a las figuras minkisi, abstractas
y atormentadas, del Congo belga, como si ambas fueran expresiones del África
eterna. En realidad, los bronces de Benin muestran con tanto vigor lo que África
era capaz de crear antes de la esclavitud y la colonización, que los europeos
del siglo XIX pretendieron que no podían ser obra de los africanos e imaginaron
una teoría según la cual sus autores tal vez fueran refugiados de la
legendaria Atlántida. Las figuras minkisi, talladas en los momentos más
críticos del terror colonial en el Congo belga, eran empleadas por un nganga,
o medium, para invocar la ayuda de los espíritus de los antepasados en la
lucha contra la colonización. Aunque esto parezca demostrar un supuesto “primitivismo”
africano, cabe señalar que los colonizadores belgas atribuían tales
poderes a esos ídolos que hicieron cuanto pudieron para apropiárselos,
con el resultado de que numerosos museos estadounidenses y europeos cuentan con ejemplares
de gran calidad.
El
triunfo de Descartes
En
Occidente, la historia moderna del cuerpo suele iniciarse con la separación
establecida por el filósofo francés René Descartes entre la
mente y el cuerpo. A mediados del siglo XVII, éste sostuvo que el cuerpo sólo
estaba ligado a la mente por la glándula pineal –que en realidad produce hormonas
por reacción ante la luz–, considerada el punto de contacto entre dos entidades
diametralmente separadas. Según este punto de vista, el cuerpo reaccionaba
simplemente ante el mundo circundante y las percepciones de los sentidos, mientras
que la mente reflexionaba sobre tales percepciones y adoptaba decisiones que podían
estar o no de acuerdo con ellas. Por ejemplo, el ojo ve el dibujo en perspectiva
como algo “real”, mientras que la mente sabe que es una ilusión. ¿Por
qué, después de tantos siglos, Descartes llegó a rechazar la
filosofía clásica de Platón y Aristóteles, reinterpretada
por la Iglesia Católica con el nombre de escolástica?
Es probable que para las elites europeas el cuerpo fuese algo de lo que querían
alejarse. Al mismo tiempo, la trata de seres humanos arreciaba en el Atlántico.
Ya en 1666, 108 barcos negreros zarparon del puerto francés de Nantes hacia
las costas de Guinea, donde embarcaron 37.340 africanos. La esclavitud en las colonias
francesas se regía por el infamante Código Negro, promulgado por Luis
XIV. Éste daba a los propietarios de esclavos en sus plantaciones las mismas
prerrogativas de que gozaba el rey sobre sus súbditos, es decir, el poder
de vida o de muerte. El cuerpo del monarca era singularmente poderoso, sobre todo
en su representación artística. Se estimaba que el rey tenía
dos cuerpos, uno físico y otro espiritual. El espiritual era la esencia de
la monarquía que nunca moría, dormía ni caía enferma.
Ése era el cuerpo que se mostraba en retratos y estatuas. Por la misma razón,
los cuerpos de los súbditos del rey eran meros objetos, fuesen campesinos
de la metrópoli o esclavos de las colonias.
Fin
de la esclavitud
Con
la Revolución Francesa de 1789, las tensiones estallaron abiertamente. En
esa época, Saint Domingue (actualmente Haití), la joya de la corona
francesa en las colonias, acogió 1.587 barcos, un tráfico más
importante que el de Marsella, principal puerto francés. Pero, desde 1791,
los esclavos africanos de Haití se sumaron a la revolución y derribaron
el régimen colonial. Al meditar sobre las consecuencias de la Declaración
de Derechos del Hombre (1789) y de la abolición de la monarquía (1792),
para los revolucionarios quedó de manifiesto que la esclavitud tenía
que desaparecer. El 3 de febrero de 1794, un grupo de delegados haitianos ganó
la votación sobre la abolición de la esclavitud celebrada en la Convención
(el parlamento revolucionario). Uno de ellos era Jean-Baptiste Belley, liberto nacido
en África Occidental. En 1797, Anne-Louis Girodet pintó un retrato
de Belley que es una evocación elocuente de las tensiones del periodo expresadas
en el cuerpo de una persona.
Belley, con el uniforme de miembro de la Convención, está de pie delante
de un paisaje tropical. Su rostro aparece en tres cuartos, posición empleada
tradicionalmente para retratar a nobles y monarcas y su cuerpo se apoya en un busto
del abate Raynal, que había exhortado a la abolición de la esclavitud.
La blancura del mármol del busto y su alta frente clásica contrastan
con la piel oscura y la frente marcadamente oblicua de Belley. En esa época,
el ángulo craneano, como se le llamaba, era considerado un signo de escasa
inteligencia. ¿Cómo debe entenderse este retrato? El solo hecho de
que un africano fuese pintado en un estilo real por un artista europeo constituye
un cambio extraordinario, pero diversas señales colocadas en el cuerpo por
el pintor tratan de destacar una nueva forma de superioridad: la de la raza.
Irónicamente, el éxito del movimiento para abolir la trata de esclavos
dio origen a una nueva forma de diferenciación de los cuerpos humanos según
a qué raza pertenecieran. Ya en el régimen de la esclavitud no todas
las personas tenían la misma condición jurídica, pero ahora
surgen nuevos criterios de clasificación de los seres humanos. Y hubo una
verdadera profusión de trabajos científicos artísticos que se
esforzaban por definir y poner de manifiesto las supuestas diferencias raciales de
carácter inmutable.
El
nuevo racismo
Todo,
desde el color de la piel a la forma del cráneo, la nariz y el torso, fue
utilizado para probar que los seres humanos eran biológicamente diversos.
El arte cumplió un papel decisivo en la perpetuación de esta postura.
Se compararon las estatuas griegas con los cuerpos africanos para brindar pruebas
de esa diferencia, y se enseñaron técnicas de representación
para hacer visible la raza en las imágenes. Aunque muchos artistas de ideas
avanzadas participaron en la lucha por la abolición de la esclavitud, lo cierto
es que eran la excepción.
El precio más alto pagado en el siglo XIX por una obra de arte fue el percibido
en 1875 por Edwing Long, autor de The Babylonian Marriage Market. En la pintura aparecía
una subasta de esclavos en la Antigüedad, con auténticos detalles históricos.
En primer plano, frente al observador, había una jerarquización racial
de las mujeres esclavas, que iba de la izquierda, donde la blanca se miraba confiada
en un espejo, pasando por las asiáticas, hasta la africana, que se cubría
el rostro con evidente vergüenza. El tema principal de la escena era una mujer
a la que se desnudaba en la plataforma de los esclavos ofreciéndola a la mirada
concupiscente de la concurrencia masculina, predominantemente judía. Esta
ostentación de estereotipos abrió a Long las puertas de la Royal Academy
británica.
En la actualidad, raza es una palabra cuyo verdadero sentido es muy incierto. Los
científicos han demostrado que los seres humanos comparten 99,9% de sus genes
y que las señales visibles del cuerpo son variaciones insignificantes sin
verdadera importancia. Pero el racismo no ha desaparecido, como lo demuestra la reciente
ola de hostilidad hacia los extranjeros en Europa Occidental.
Ello se debe a que la raza, contrariamente a lo que ocurría en el siglo XIX,
ya no es un asunto que incumbe a la ciencia, sino que forma parte de la cultura popular.
Uno de los primeros largometrajes de D.W. Griffith fue, en 1916, la epopeya Birth
of a Nation, que narra la aparición del Ku Klux Klan en el Sur de Estados
Unidos. Empleó actores blancos con caras pintadas de negro, dando una representación
terriblemente estereotipada de los estadounidenses de origen africano. A lo largo
del siglo XX, filmes como Tarzán de los monos presentaban a los africanos
como salvajes primitivos. Cuando el movimiento de defensa de los derechos civiles
y la descolonización descalificaron esos temas, fueron trasladados a dibujos
animados como El libro de la Jungla (1966) que representa el jazz prácticamente
como música de monos.
Una nueva generación de artistas nos desafía una vez más a rectificar
viejas ideas. La controvertida artista afroamericana Kara Walker rechaza el postulado
generalmente admitido de que las minorías en Estados Unidos deben ser representadas
necesariamente en actitudes constructivas y elevadas. En cambio, las siluetas que
recorta en papel negro muestran tanto a africanas como europeas dedicadas a una gran
diversidad de actividades que podrían calificarse de perversas. Valiéndose
del tipo de silueta que servía de modelo a toda mujer distinguida de la época
victoriana, Walker nos recuerda que esas mujeres podían vivir ociosas gracias
al trabajo libre o forzoso de otras personas, y señala que es muy poco lo
que ha cambiado desde entonces. Su obra nos permite entender que la opresión
desnaturaliza tanto al opresor como al oprimido. Aunque algunos críticos atacaron
su obra con virulencia, Walker fue agraciada con la prestigiosa beca MacArthur.
Otro artista contemporáneo que advierte la presencia del pasado victoriano
en las actuales sociedades anglosajonas es el nigeriano Yinka Shonibare, que recrea
trajes de baile de época, respetando hasta los más mínimos detalles,
salvo que los materiales que utiliza son tejidos de kente de África Occidental
y no las telas de algodón y seda de colores discretos que vestían las
europeas. En una vena semejante, el fotógrafo japonés Yosimasa Morimura
se fotografía en diversas situaciones que él mismo pone en escena,
adoptando a menudo una indumentaria de travestí. Posando como la modelo de
la Olympia de Manet, pintada en 1865, Morimura modifica radicalmente la dinámica
de la imagen. Mientras el original representaba una cortesana blanca en presencia
de su criada africana, la nueva creación fotográfica nos obliga a interrogarnos
sobre el posible significado de la blancura.
Todos estos artistas parecen sugerir que el legado histórico de la esclavitud
y el colonialismo dista mucho de haber desaparecido. Al mismo tiempo, el hecho de
que artistas del mundo entero procedan a una reevaluación de esta índole
permite albergar ciertas esperanzas. Una cosa es cierta: el cuerpo seguirá
siendo durante mucho tiempo un tema predilecto del arte. |