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El cuerpo, esclavitud del hombre

Nicholas Mirzoeff, profesor de arte y estudios comparativos en la Universidad Estatal de Nueva York, Stony Brook, Nueva York. Entre sus publicaciones figura Diaspora and Visual Culture: Representing Africans and Jews (Routledge, 2000).
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Retrato de Jean-Baptiste Belley.






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Óleo representando un mercado de esclavas babilonio.



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Traje colonial realizado con kente africano.




“Los grandes artistas no son los transcriptores del mundo, son sus rivales.”

André Malraux, escritor y político francés (1901-1986)







Todos estos artistas parecen sugerir que el legado histórico de la esclavitud y el colonialismo dista mucho de haber desaparecido.
Una mirada crítica a la forma en que los artistas han representado el cuerpo desde la época colonial revela la capacidad del arte de reforzar o romper con los prejuicios de la sociedad.

Cuando los artistas plásticos representan el cuerpo, ¿de qué cuerpo hablan? Sería reconfortante poder contar que en el pasado se maltrataba al cuerpo hasta que los espíritus esclarecidos de nuestro tiempo pusieron coto a ese abuso. Pero sólo se trataría de una ficción. La realidad es mucho menos apacible. Al trazar una historia de los cuerpos, sólo es posible abordar algunos aspectos, ya que en cierto modo el cuerpo tiene que ver con todo: la medicina, la guerra, la sexualidad, la raza, el género, el rendimiento físico, la danza, etc. Por otro lado, también puede estimarse que el cuerpo es simplemente una mercancía, algo que se compra y se vende para esclavizarlo.
La esclavitud ha sido definida como la “muerte social”. Si el hombre es, según la frase de Aristóteles, un “animal político”, (es decir, social) ser esclavo es ser considerado un muerto que trabaja. Si observamos la evolución de la representación del cuerpo dentro y fuera de la esclavitud, podremos medir el valor atribuido a éste a lo largo de la historia.
Algunos pueden pensar que este enfoque es “políticamente correcto” y que disminuye el verdadero impacto del arte. Pero también se puede argumentar lo contrario: ignorar el contexto histórico-social en el que se produjeron las obras de arte equivale a convertirlas en algo meramente decorativo. Tomemos un ejemplo: en el Museo Británico de Londres, en la flamante ala Sainsbury dedicada al arte africano, se concentra todo el continente en tres galerías que se diferencian sólo en cuanto al medio de expresión —escultura ritual, tejido y alfarería. Allí, las esculturas de bronce, majestuosas y realistas, del poderoso reino de Benin, que datan del siglo XVI, se alzan junto a las figuras minkisi, abstractas y atormentadas, del Congo belga, como si ambas fueran expresiones del África eterna. En realidad, los bronces de Benin muestran con tanto vigor lo que África era capaz de crear antes de la esclavitud y la colonización, que los europeos del siglo XIX pretendieron que no podían ser obra de los africanos e imaginaron una teoría según la cual sus autores tal vez fueran refugiados de la legendaria Atlántida. Las figuras minkisi, talladas en los momentos más críticos del terror colonial en el Congo belga, eran empleadas por un nganga, o medium, para invocar la ayuda de los espíritus de los antepasados en la lucha contra la colonización. Aunque esto parezca demostrar un supuesto “primitivismo” africano, cabe señalar que los colonizadores belgas atribuían tales poderes a esos ídolos que hicieron cuanto pudieron para apropiárselos, con el resultado de que numerosos museos estadounidenses y europeos cuentan con ejemplares de gran calidad.

El triunfo de Descartes
En Occidente, la historia moderna del cuerpo suele iniciarse con la separación establecida por el filósofo francés René Descartes entre la mente y el cuerpo. A mediados del siglo XVII, éste sostuvo que el cuerpo sólo estaba ligado a la mente por la glándula pineal –que en realidad produce hormonas por reacción ante la luz–, considerada el punto de contacto entre dos entidades diametralmente separadas. Según este punto de vista, el cuerpo reaccionaba simplemente ante el mundo circundante y las percepciones de los sentidos, mientras que la mente reflexionaba sobre tales percepciones y adoptaba decisiones que podían estar o no de acuerdo con ellas. Por ejemplo, el ojo ve el dibujo en perspectiva como algo “real”, mientras que la mente sabe que es una ilusión. ¿Por qué, después de tantos siglos, Descartes llegó a rechazar la filosofía clásica de Platón y Aristóteles, reinterpretada por la Iglesia Católica con el nombre de escolástica?
Es probable que para las elites europeas el cuerpo fuese algo de lo que querían alejarse. Al mismo tiempo, la trata de seres humanos arreciaba en el Atlántico. Ya en 1666, 108 barcos negreros zarparon del puerto francés de Nantes hacia las costas de Guinea, donde embarcaron 37.340 africanos. La esclavitud en las colonias francesas se regía por el infamante Código Negro, promulgado por Luis XIV. Éste daba a los propietarios de esclavos en sus plantaciones las mismas prerrogativas de que gozaba el rey sobre sus súbditos, es decir, el poder de vida o de muerte. El cuerpo del monarca era singularmente poderoso, sobre todo en su representación artística. Se estimaba que el rey tenía dos cuerpos, uno físico y otro espiritual. El espiritual era la esencia de la monarquía que nunca moría, dormía ni caía enferma. Ése era el cuerpo que se mostraba en retratos y estatuas. Por la misma razón, los cuerpos de los súbditos del rey eran meros objetos, fuesen campesinos de la metrópoli o esclavos de las colonias.

Fin de la esclavitud
Con la Revolución Francesa de 1789, las tensiones estallaron abiertamente. En esa época, Saint Domingue (actualmente Haití), la joya de la corona francesa en las colonias, acogió 1.587 barcos, un tráfico más importante que el de Marsella, principal puerto francés. Pero, desde 1791, los esclavos africanos de Haití se sumaron a la revolución y derribaron el régimen colonial. Al meditar sobre las consecuencias de la Declaración de Derechos del Hombre (1789) y de la abolición de la monarquía (1792), para los revolucionarios quedó de manifiesto que la esclavitud tenía que desaparecer. El 3 de febrero de 1794, un grupo de delegados haitianos ganó la votación sobre la abolición de la esclavitud celebrada en la Convención (el parlamento revolucionario). Uno de ellos era Jean-Baptiste Belley, liberto nacido en África Occidental. En 1797, Anne-Louis Girodet pintó un retrato de Belley que es una evocación elocuente de las tensiones del periodo expresadas en el cuerpo de una persona.
Belley, con el uniforme de miembro de la Convención, está de pie delante de un paisaje tropical. Su rostro aparece en tres cuartos, posición empleada tradicionalmente para retratar a nobles y monarcas y su cuerpo se apoya en un busto del abate Raynal, que había exhortado a la abolición de la esclavitud. La blancura del mármol del busto y su alta frente clásica contrastan con la piel oscura y la frente marcadamente oblicua de Belley. En esa época, el ángulo craneano, como se le llamaba, era considerado un signo de escasa inteligencia. ¿Cómo debe entenderse este retrato? El solo hecho de que un africano fuese pintado en un estilo real por un artista europeo constituye un cambio extraordinario, pero diversas señales colocadas en el cuerpo por el pintor tratan de destacar una nueva forma de superioridad: la de la raza.
Irónicamente, el éxito del movimiento para abolir la trata de esclavos dio origen a una nueva forma de diferenciación de los cuerpos humanos según a qué raza pertenecieran. Ya en el régimen de la esclavitud no todas las personas tenían la misma condición jurídica, pero ahora surgen nuevos criterios de clasificación de los seres humanos. Y hubo una verdadera profusión de trabajos científicos artísticos que se esforzaban por definir y poner de manifiesto las supuestas diferencias raciales de carácter inmutable.

El nuevo racismo
Todo, desde el color de la piel a la forma del cráneo, la nariz y el torso, fue utilizado para probar que los seres humanos eran biológicamente diversos. El arte cumplió un papel decisivo en la perpetuación de esta postura. Se compararon las estatuas griegas con los cuerpos africanos para brindar pruebas de esa diferencia, y se enseñaron técnicas de representación para hacer visible la raza en las imágenes. Aunque muchos artistas de ideas avanzadas participaron en la lucha por la abolición de la esclavitud, lo cierto es que eran la excepción.
El precio más alto pagado en el siglo XIX por una obra de arte fue el percibido en 1875 por Edwing Long, autor de The Babylonian Marriage Market. En la pintura aparecía una subasta de esclavos en la Antigüedad, con auténticos detalles históricos. En primer plano, frente al observador, había una jerarquización racial de las mujeres esclavas, que iba de la izquierda, donde la blanca se miraba confiada en un espejo, pasando por las asiáticas, hasta la africana, que se cubría el rostro con evidente vergüenza. El tema principal de la escena era una mujer a la que se desnudaba en la plataforma de los esclavos ofreciéndola a la mirada concupiscente de la concurrencia masculina, predominantemente judía. Esta ostentación de estereotipos abrió a Long las puertas de la Royal Academy británica.
En la actualidad, raza es una palabra cuyo verdadero sentido es muy incierto. Los científicos han demostrado que los seres humanos comparten 99,9% de sus genes y que las señales visibles del cuerpo son variaciones insignificantes sin verdadera importancia. Pero el racismo no ha desaparecido, como lo demuestra la reciente ola de hostilidad hacia los extranjeros en Europa Occidental.
Ello se debe a que la raza, contrariamente a lo que ocurría en el siglo XIX, ya no es un asunto que incumbe a la ciencia, sino que forma parte de la cultura popular. Uno de los primeros largometrajes de D.W. Griffith fue, en 1916, la epopeya Birth of a Nation, que narra la aparición del Ku Klux Klan en el Sur de Estados Unidos. Empleó actores blancos con caras pintadas de negro, dando una representación terriblemente estereotipada de los estadounidenses de origen africano. A lo largo del siglo XX, filmes como Tarzán de los monos presentaban a los africanos como salvajes primitivos. Cuando el movimiento de defensa de los derechos civiles y la descolonización descalificaron esos temas, fueron trasladados a dibujos animados como El libro de la Jungla (1966) que representa el jazz prácticamente como música de monos.
Una nueva generación de artistas nos desafía una vez más a rectificar viejas ideas. La controvertida artista afroamericana Kara Walker rechaza el postulado generalmente admitido de que las minorías en Estados Unidos deben ser representadas necesariamente en actitudes constructivas y elevadas. En cambio, las siluetas que recorta en papel negro muestran tanto a africanas como europeas dedicadas a una gran diversidad de actividades que podrían calificarse de perversas. Valiéndose del tipo de silueta que servía de modelo a toda mujer distinguida de la época victoriana, Walker nos recuerda que esas mujeres podían vivir ociosas gracias al trabajo libre o forzoso de otras personas, y señala que es muy poco lo que ha cambiado desde entonces. Su obra nos permite entender que la opresión desnaturaliza tanto al opresor como al oprimido. Aunque algunos críticos atacaron su obra con virulencia, Walker fue agraciada con la prestigiosa beca MacArthur.
Otro artista contemporáneo que advierte la presencia del pasado victoriano en las actuales sociedades anglosajonas es el nigeriano Yinka Shonibare, que recrea trajes de baile de época, respetando hasta los más mínimos detalles, salvo que los materiales que utiliza son tejidos de kente de África Occidental y no las telas de algodón y seda de colores discretos que vestían las europeas. En una vena semejante, el fotógrafo japonés Yosimasa Morimura se fotografía en diversas situaciones que él mismo pone en escena, adoptando a menudo una indumentaria de travestí. Posando como la modelo de la Olympia de Manet, pintada en 1865, Morimura modifica radicalmente la dinámica de la imagen. Mientras el original representaba una cortesana blanca en presencia de su criada africana, la nueva creación fotográfica nos obliga a interrogarnos sobre el posible significado de la blancura.
Todos estos artistas parecen sugerir que el legado histórico de la esclavitud y el colonialismo dista mucho de haber desaparecido. Al mismo tiempo, el hecho de que artistas del mundo entero procedan a una reevaluación de esta índole permite albergar ciertas esperanzas. Una cosa es cierta: el cuerpo seguirá siendo durante mucho tiempo un tema predilecto del arte.

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