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1. El ideal perdido
El bricolaje corporal | El espejo de la publicidad | El cuerpo, esclavitud del hombre |
Las alas del deseo en India
Shredhar Rajan, cineasta indio que ha publicado numerosos análisis sobre los aspectos culturales y sociales del sida.
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Campaña oficial india de prevención del sida.




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Imágenes eróticas del templo de Khajurano.




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Otro cartel de la campaña de prevención india.




“Así como en este cuerpo el alma encarnada pasa continuamente de la niñez a la juventud y luego a la vejez, de la misma manera el alma pasa a otro cuerpo en
el momento de la muerte.”

(Bhagavad-gita, capítulo 2, verso 13)

La civilización hindú glorificó la sensualidad del cuerpo y dio al mundo un célebre tratado de amor físico. Tras la intolerancia provocada por la aparición del sida, las tradiciones comienzan a resurgir por necesidad.

Koovagam, en el estado indio de Tamil Nadu, atrajo en los últimos años la atención internacional debido al sida. En esta ciudad se celebra tradicionalmente el chitirai purnami, un antiguo festival de transexuales que conmemora el momento en que, según la creencia, el dios Krishna se transformó en una doncella para llegar al éxtasis sexual con Aravan, un príncipe Pandava.
Ciudadanos, campesinos e hijras (transexuales y eunucos) de todo el país acuden a ese festival que, desde hace siglos, se celebra la noche de plenilunio de abril. En los últimos tres años, las organizaciones de prevención del sida se esfuerzan para conferir una “nueva respetabilidad” a esta manifestación de sexualidad alternativa. Las ONG locales organizan, incluso, un concurso de belleza para el “tercer sexo”. “Queremos que la gente tome conciencia de que los hijras forman parte de la comunidad, al igual que todos los demás, y aprovechar la ocasión para distribuir preservativos e informar sobre el sida”, afirma el doctor Manorama Pinagapany, director de una ONG que se ocupa de la salud de la comunidad.
A pesar de que la prensa se muestra cada vez más dispuesta a fomentar nuevos estilos de vida, los indios son generalmente considerados “conservadores y ortodoxos” en cuestiones sexuales. Hay en esto una paradoja: después de todo, fue en países como éste donde diversas culturas sexuales reivindicaron desde tiempos inmemoriales su lugar natural en la sociedad.
La cultura hindú concibe el cuerpo como recipiente del alma. Esta morada divina pero transitoria del espíritu merece ser reverenciada, pues acoge el Ser, la fuerza vital. El Kama Sutra, antiguo tratado hindú sobre la sexualidad escrito por Vatsyayana, sostiene que el Kama (el deseo sexual) es uno de los medios para alcanzar el moksha (la salvación). Esas ideas fundadoras siguen vivas en el subcontinente. Toda India venera el Shivalinga, un símbolo fálico del dios Shiva, y su unión sexual con su consorte, la diosa Parvati. Asimismo celebra al dios Rama y su esposa Sita por su sentido del deber y la fidelidad, pero India es también la tierra de Krishna, glorificado por sus devaneos con las bellezas celestiales.
Las esculturas de los dioses en los templos hindúes jamás tratan de ocultar ninguna parte del cuerpo ni de censurar sus proporciones. Las representaciones de los dioses y diosas hindúes son por lo general de proporciones graciosas y sensuales: los hombres son longilíneos y atléticos, y las mujeres lucen poco busto y formas generosas. Las figuras de divinidades y mortales, talladas en piedra en el siglo X en los templos Khajuraho, en Madhya Pradesh, ofrecen tal diversidad de acoplamientos sexuales que casi parecen un tratado clínico. El indio medio está condicionado para aceptar el cuerpo y la sexualidad como aspectos naturales del ciclo del nacimiento y la muerte.

De la libertad al velo
Franqueza sexual, contactos y educación eran aspectos corrientes de la vida cotidiana, mientras que los templos también servían de centros de interacción social. Las sociedades hindúes tradicionales admitían una gran variedad de orientaciones sexuales. Cortesanas transexuales, bailarinas de la tradición devadasi, danzarines, cantantes y músicos callejeros ofrecían placer y satisfacción sensual.
La bisexualidad, la sexualidad en grupo y demás prácticas consideradas como “aberrantes” nunca fueron reprobadas. Por el contrario, tenían su propio espacio social, religioso y artístico dentro de la comunidad.
En la cultura de la secta devadasi, por ejemplo, los oficios sexuales gozaban de respetabilidad religiosa. Las mujeres estaban casadas con Dios y se dedicaban ritualmente a satisfacer las necesidades sexuales de la sociedad. Vivían dentro de los templos o en sus proximidades y eran sumamente respetadas. La civilización india favoreció la diversidad de percepciones, estilos de vida y extremos, sin formular casi nunca juicios de valor ante a una falta.
Esas culturas hindúes recibieron la influencia de las doctrinas de Buda y Jaín, que predicaba la abstinencia física y sexual. En la época en que los mongoles dominaron el subcontinente, se ocultó la sexualidad tras un purdah (velo) y las mujeres desaparecieron de la vida pública. La colonización británica, y el consiguiente empeño de los misioneros por “civilizar” a aquellos aborígenes “sexualmente exóticos”, llevaron a un alejamiento cada vez mayor de aquellas desinhibidas costumbres sexuales.
La mojigatería victoriana y la doble moral (una para los nativos y otra para los colonizadores) contribuyeron a agravar la situación. La sexualidad india, que durante siglos se había manifestado públicamente sin trabas, fue de pronto reprimida.
En 1947 India accedió a la independencia. La minoría anglófona y occidentalizada, que había adoptado muchos de los valores de los misioneros británicos, se convirtió en la élite política que comenzó a gobernar el país dictando nuevas normas morales y codificando cuándo, entre quiénes y qué tipo de relaciones sexuales eran tolerables por la ley en la India independiente. La tradición devadasi, por ejemplo, fue considerada un delito y, por ende, prohibida.
El resultado de todo ello fue el florecimiento de una sexualidad clandestina que se ocultaba en los barrios respetables, las callejuelas oscuras y los corredores desiertos de los templos. En este ambiente de hipocresía y represión sexuales hizo su aparición el sida.
Cuando se descubrieron los primeros casos en el país, el gobierno reaccionó con una ley de cuarentena. La enfermedad fue percibida como una infección extranjera, llegada del Occidente “inmoral y excesivamente permisivo”. Algunos miembros del gobierno pidieron que se expulsara a los estudiantes africanos y se prohibieron los actos sexuales con extranjeros. El gobierno propuso también una vuelta a los valores “prístinos” de la sociedad, así como jubilar a los profesionales del sexo o al menos tatuar los brazos de los que eran seropositivos para advertir a sus clientes.

Consecuencias del sida
El mundo ya tiene 20 años de experiencia del sida. Durante el segundo decenio de la pandemia, Asia ocupó el primer puesto por número de personas contaminadas. Antes de ser superada recientemente por el África subsahariana, India tenía la mayor población seropositiva del mundo, 3.860.000 personas. La epidemia se concentra, según las estadísticas, en los profesionales del sexo y los drogadictos.
A mediados de los años 90, más de 25% de los profesionales del sexo de las ciudades indias eran seropositivos. En Bombay, esa cifra se elevaba a 71% en 1997. Las entrevistas con mujeres seropositivas revelaron que, pese a las campañas de información, éstas no se enteraron de la importancia de los preservativos hasta después de ser contagiadas.
Sin llegar a ese extremo, la verdad es que en muchos países asiáticos la mujer sigue recibiendo menos educación y está más explotada que el hombre. Apenas sabe cómo protegerse del sida o cómo proponer el uso de preservativos a su cónyuge o a sus parejas ocasionales.
Pero existe también la otra cara de la moneda: el sida fue el factor que más contribuyó a devolver a las orientaciones y prácticas tradicionales el sitio que alguna vez ocuparon en el ámbito público.
Paradójicamente, es también una consecuencia de las presiones internacionales, según las cuales, la prostitución y la homosexualidad han de ser despenalizadas. La sexualidad debe salir ya de sus santuarios clandestinos.
Con la aparición del sida se cerró el círculo, y los devadasi aparecieron reencarnados en profesionales del sexo. La educación sexual tiene ahora un sentido humanitario e incluso se ha convertido en un fenómeno de moda. El sexo dejó de ser una palabra fea, como en los buenos tiempos, siglos atrás, cuando llevábamos a los niños a los templos donde los detalles más explícitos de todas las prácticas sexuales posibles estaban estéticamente representados en la piedra.

El fin de la hipocresía
Al cabo de más de diez años de sida, la magnitud de la amenaza que pesa sobre tantas vidas está terminando por erradicar la hipocresía y permitiendo a la India abordar de manera abierta y positiva la sexualidad y el cuerpo de los indios. En Calcuta, que cuenta con el barrio de prostitución más grande de Asia, Sonagachi, funciona el Comité Durbar Mahila Samanwaya, un foro de 6.000 profesionales del sexo y sus hijos. Sus fundadores decidieron agruparse tras haber participado activamente como educadores en programas de prevención de las enfermedades sexualmente transmisibles y el sida. “Hemos conseguido crear redes entre profesionales del sexo en India y algunos otros países, particularmente en Asia meridional y sudoriental, a fin de defender y promover nuestros derechos”, explica el portavoz del foro. “Nuestros objetivos políticos son la despenalización de la prostitución de adultos y el reconocimiento del trabajo sexual como cualquier otra profesión”, precisa.
¿Cómo han respondido las educadas clases medias y los medios políticos a la epidemia de sida? “Las actitudes sexuales se modificaron mucho menos de lo que afirman los medios de comunicación. Aún no está considerada la sexualidad como libertad del cuerpo y de la psique. Sigue rodeada de sentimientos de vergüenza y culpa”, explica el doctor Sudhir Kakar, psicoanalista y escritor. “A pesar de que las mujeres de clase media han cobrado una mayor conciencia de sus cuerpos, y lo expresan, la sexualidad puede tener efectos realmente subversivos para la estabilidad familiar. Generalmente se cree que una actitud conservadora en la materia es una garantía de estabilidad familiar”, añade.
El profundo vínculo afectivo que une a las familias indias permite que los enfermos de sida no queden abandonados a su propia suerte, si bien un marido que ha contraído la enfermedad tiene más posibilidades de ser atendido por la familia que su esposa en un caso similar.

Choque de dos mundos
Las personas con sida, independientemente de la casta a la que pertenezcan, están condenadas a un gran ostracismo social que ha dado lugar, a veces, a casos extremos: en 1989, un joven seropositivo de Bombay fue aislado y encarcelado, acusado de representar “un riesgo de contagio peligroso para la salud pública”. Diez años después, un rumor incontrolable desencadenó un caso de histeria colectiva contra un presunto seropositivo, acusado de atacar a los habitantes de un suburbio de Chennai con una aguja infectada con su propia sangre. El hombre terminó quemado vivo.
Incluso la campaña oficial de prevención del sida provocó irritación en algunos estados indios. En junio de 2000, dos miembros de una organización de ayuda a las víctimas del sida que trabajaban en un pueblo del norte del país fueron detenidos y encarcelados por haber distribuido material gráfico explícito sobre la prevención de la enfermedad. Ambos fueron a la cárcel acusados de haber intentado corromper la moral de la sociedad bajo el disfraz de educadores sociales. Un año después, un grupo de indignadas mujeres de Bhopal, capital de Madhya Pradesh, quemó públicamente folletos con descripciones gráficas para el buen uso de preservativos.
Desde la apertura de la economía india, a comienzos del decenio de 1990, las series televisivas estadounidenses introducen regularmente sexo y semi-desnudez a raudales en el salón de las familias urbanas de clase media. Entre los jóvenes indios, sobre todo en las ciudades, están de moda las conversaciones sobre sexo, pero la importancia de preservar la virginidad hasta el matrimonio, especialmente entre las mujeres, sigue vigente.
En la actualidad, la modernidad y las tradiciones chocan con las arremetidas de la globalización. Creencias, normas y valores esenciales están hoy a merced de la ciencia, la tecnología y la occidentalización. La actitud hacia el cuerpo y la sexualidad va siendo más desinhibida.

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