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Las sirenas de Tokio

Muriel Jolivet, doctora en Estudios Orientales, profesora de la Universidad Sophia, en Tokio, autora de Homo Japonicus (Philippe Picquier, Arles, 2000).
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© Tom Jacobi/Stern/Studio X,La Benerie




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© Tom Jacobi/Stern/Studio X,La Benerie




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© Tom Jacobi/Stern/Studio X,La Benerie


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El look de moda en Tokio.




Este inconformismo tan afectado ha llegado a convertirse en un nuevo tipo de conformismo.
Excéntricas hasta la extravagancia, las jóvenes japonesas de los barrios “in” de Tokio convierten sus cuerpos en una provocación. Para hacerse la ilusión de ser amadas.

Todo empezó en 1996 con Amuro Namie, una “sirena” sensacional de 17 años, auténtico producto de la Okinawa’s Actor’s School (Escuela de Actuación de Okinawa). Excelente bailarina, salió a los escenarios en sostén y, más adelante, en traje pantalón con chaqueta larga. Con su piel dorada, sus mechones nacarados, sus cejas cuidadosamente depiladas, su look causó furor de inmediato, lanzando la moda “tropical”. Fue también ella quien puso de moda las botas con plataforma, que, para compensar su baja estatura, calzaba incluso en pleno verano.
Sus clones se propagaron de manera impresionante en los barrios de moda de Tokio, como Shibuya. Allí se han multiplicado los hiyake salons, donde las jóvenes se broncean con rayos ultravioleta (UVA). Cuando exageran un poco la nota o se quedan dormidas bajo las lámparas de rayos UVA se convierten en ganguro, “caras negras”, cuyos contrastes se dan el lujo de acentuar maquillándose con blanco los ojos y los labios.
“Fueron mis profesores los que prácticamente me empujaron a esto”, explica Sanae, una estudiante de 21 años. “Vivía mi periodo kogyaru (literalmente ‘niña pequeña’
1)” y, cuando me dieron a entender que ya no me aguantaban, comprendí que no valía la pena seguir agotándome para darles gusto. Para despachar mi crisis de adolescencia me refugié en un grupo de muchachas, de 15 a 18 años, tan desorientadas como yo, algunas de las cuales eran prostitutas ‘ocasionales’ para comprarse ropa o bolsos de marca sin el menor remordimiento. Se aferraban así a la ilusión de que despertaban envidia.”
Para el escritor Murakami Ryû
2, esa prostitución ocasional de alumnas de secundaria es la expresión misma del mal japonés. Para él, estas jóvenes “ocasionales” no hacían más que remedar a los adultos en el cumplimiento del ritual del consumo. Después de todo, ¿no son los japoneses los principales consumidores de bolsos Vuitton en el mundo? “Los jóvenes se cuelgan de sus celulares como de una tabla de salvación para hacerse la ilusión de ser queridos”, afirma. “Pero lo cierto es que están terriblemente solos cada uno en su burbuja, incapaces de comunicarse.”
Las kogyaru de fines de los años 90 desaparecieron del mapa tan rápido como habían surgido. Como todos los hombres las encontraban vulgares, ninguno las echó de menos. En Shibuya, han sido reemplazadas por unas soberbias criaturas en zancos y pantalones ajustados, sujetos con portaligas, que permiten vislumbrar las piernas ceñidas por medias rojas caladas. Para ellas, la ropa no es más que una coartada. Vagabundear por Shibuya es sobre todo buscar una identidad, pero una identidad visual. Con todo, este inconformismo tan afectado ha llegado a convertirse en un nuevo tipo de conformismo. Nadie se parece más a una chica de Shibuya que otra. Y su lema sigue siendo mureru, “juntarse para compartir” –si no una misma filosofía de la vida, sí al menos la misma excentricidad o el valor de exhibir una parte del cuerpo. Hasta los años setenta y ochenta, una japonesa respetable jamás habría enseñado los brazos, y menos aún las piernas o los pies. Las mangas eran de rigor y ninguna habría andado sin medias ni siquiera en los meses más tórridos del verano. La coquetería de una mujer en kimono se medía por la pulcritud de sus tabi (calcetines de hilo que podían llevarse con sandalias o chanclas de madera), que se cambiaba discretamente varias veces al día para mantener una apariencia impecable.
Hoy, las muchachas, mucho más despiertas, se pasean con los pies al aire en chinelas con lentejuelas, las piernas o la espalda desnudas, por no hablar de los escotes profundos, las uñas cuidadosamente pintadas (verdaderas o falsas, de un largo impresionante), las pestañas postizas, los cuerpos bronceados con rayos UVA, el pelo decolorado de rubio o hábilmente blanqueado.
La generación Shibuya, heredera de la generación “de brotes de bambú” (takenoko zoku), de los setenta-ochenta, es de una extravagancia que haría ruborizarse a los antiguos punks de Londres. “La plasticidad de los cuerpos de las mujeres japonesas les permite modificar su look como les parece”, comenta Erika, una alumna franco-japonesa de secundaria de 17 años. “Pueden dárselas de negras o de blancas. Para conseguir un look africano, les basta broncearse la piel exagerando un poco con los UVA, vestirse con motivos de leopardo, encresparse el pelo o hacerse la permanente y maquillarse jugando con tonos pastel oscuros y reflejos blancos. Las que quieren parecer blancas, como la cantante Hamazaki Ayumi, cuidan su tez pálida, se aclaran el pelo, se ponen pestañas postizas y a veces lentes de contacto azules o gafas de sol.” Para conseguir la “cara de niña”, el kogao, hay infinidad de productos, de las mascarillas a las cremas.

Guapa = joven
Pero lo más duro es mantenerse delgada como un palo, con talle de avispa y piernas estilizadas. “La anorexia hace estragos desde los años ochenta”, deplora Saitô Satoru, psiquiatra y autor de Onnarashisa no yamai (El mal de la feminidad)3. “Hoy, más de 60% de las muchachas tiene un peso inferior al normal.”
Pues para ser guapa en Japón hay que ser joven, incluso muy joven. Las cantantes del grupo Morning Musume, cuyo éxito es arrollador, tienen entre 12 y 20 años. La mayor (¡la llaman “la vieja”!) acaba de abandonar el grupo a los 28 años. La estrella, Amuro Namie, causó sensación a los 18 años. Hoy, casi no se oye hablar de ella…
¿Por qué, entonces, luchar tanto por forjarse una apariencia? Más que para atraer la mirada de los muchachos, lo hacen en primer lugar por sí mismas. Para divertirse y presumir. Pero pavonearse supone la existencia de un público capaz de admirar o, por lo menos, de apreciar los ímprobos esfuerzos realizados. En Shibuya, las sirenas rubias saben que su indumentaria audaz chocará menos si deambulan de dos en dos, como para infundirse el valor de afrontar las posibles miradas desaprobadoras. De todos modos, su look no tiene cabida dentro de los colegios, porque la educación es algo serio, y más todavía en la universidad.

Inevitable retorno al clasicismo
“El estilo de la estudiante no tiene nada que ver con el estilo kogyaru”, me explica Chikako, alumna de tercer año que trabaja para la revista Can Can. “Nuestras lectoras, que tienen entre 18 y 23 años, buscan varones desenvueltos que se ganen bien la vida y gasten a manos llenas. Los más apetecidos son los egresados de las mejores universidades que trabajen preferentemente en comercio, publicidad o en alguna empresa extranjera famosa, a menos que sean futuros médicos. Desde que estalló la burbuja especulativa que marcó el ocaso del crecimiento económico a comienzos de los años noventa, la moda estudiantil se ha vuelto mucho más seria. Las muchachas, que antes tenían varios bolsos de marca, se contentan ahora con uno solo. Invierten más en el peinado que en ropa. Todas quieren ser castañas, al punto de que en las aulas universitarias el pelo negro brilla por su ausencia.”
Después de la universidad, reaparecen en traje sastre clásico, con una blusa blanca abotonada hasta el cuello y zapatos de taco bajo, como perfectas oficinistas. Llegados los treinta, se despedirán de su noviete del momento para iniciar la búsqueda de alguien serio y trabajador que les permita entregarse de lleno al papel de madres y hacer cuanto esté a su alcance para poner a sus hijos en las vías del éxito.
Ante tanto conformismo, uno casi echa de menos los tiempos en que las kogyaru daban rienda suelta a sus fantasías…


1. Del japonés ko, y del inglés girl pronunciado a la japonesa.
2. Autor de Miso Soup (Philippe Piquier, Arles, 1999) y de Les bébés de la consigne automatique (J’ai Lu, 1999).
3. Ediciones Seishin Shobô (1986).

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