
Jóvenes del township de Joza, Grahamstown.
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Joan
Wardrop*: Patrullando en Soweto
Durante 3.500
horas estudié el lenguaje corporal de la Patrulla Móvil de Soweto,
una unidad de emergencia integrada por 250 policías y unas pocas mujeres.
La unidad opera en una de las regiones más violentas del país. De los
275 policías asesinados en Sudáfrica en 1998, más de 60 perecieron
en Soweto. Los que sobreviven lo deben en gran medida al control inmediato de cada
músculo de sus cuerpos. La experiencia les ha enseñado a evitar los
estereotipos del policía matón. La escena descrita a continuación
pone de manifiesto la extraordinaria fluidez del lenguaje corporal de la Patrulla
Móvil.
Un vehículo policial se detiene bruscamente en medio del tráfico: en
una bocacalle, siete u ocho individuos se están peleando junto a dos taxis.
Ha estallado una reyerta entre dos empresas de taxis rivales. Cuando los dos policías
salen del coche, un hombre cae al suelo y recibe abundantes patadas; pese al barullo
del gentío congregado en el lugar, se oye el ruido de las botas contra su
cuerpo. Los dos policías empiezan a empujar a los atacantes, cuando de pronto
otro taxi arremete contra la multitud y embiste la cabeza ensangrentada de la víctima.
Una docena de taxis se ha detenido en el cruce, con pasajeros que gritan y gesticulan.
Uno de los policías da un paso atrás y extrae sin prisa un cigarrillo
de su bolsillo. Lo enciende y aspira el humo observando la escena mientras su colega
enfrenta al más agresivo de los atacantes. Éste se niega a mirar hacia
el hombre, que es más alto que él. En vez de hacerlo, ensancha sus
hombros, inflando los músculos del torso y retrocede un poco para, ahora sí,
mirarlo a los ojos.
Convirtiendo su cuerpo en armadura, de pronto grita, un sonido más que una
palabra, y el taxista vacila. Más de cien personas observan la escena. El
policía estaría perdido si la multitud se volviera en su contra, pero
la vacilación del taxista ha sido decisiva.
El otro oficial arroja su cigarrillo con un ademán que indica que se prepara
para actuar. Ambos increpan a la multitud empujándola hacia atrás.
Así controlan la situación. El herido tumbado en el suelo se sube al
taxi. Permanece un momento sentado, se desploma sobre el volante y sonríe
al policía.
* Profesora
de Historia de la Universidad Tecnológica de Curtin, Australia.
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En
Sudáfrica, los héroes del pasado son ahora malhechores que siguen practicando
el culto de la musculatura.
Inmediatamente después
de regresar a Kwamashu (cerca de Durban, Sudáfrica) fui a ver al hijo de un
amigo que había sido para mí como un hermano hasta su muerte prematura.
Hacía diez años que no veía a Fernando. Aquel niño de
11 años se había convertido en un muchacho alto que, pese a su estatura,
me saludó respetuosamente.
“¡Tío! Tenía miedo de que no me reconocieras.” “Al principio
no estaba seguro”, le contesté. “Pero después no dudé, por el
parecido con tu padre”. La alusión a éste lo hizo estremecer. “Quisiera
que me hablaras del viejo alguna vez”, dijo con tristeza.
Cuando nos separamos, advertí que mucha gente nos miraba. Me enteré
más tarde de que nunca habían visto a Fernando hablando con alguien
que no fuera un ex guerrillero o un camarada que había arriesgado la vida
en la lucha contra el apartheid. Algunos pensaron que me estaba asaltando.
El año siguiente lo vi varias veces. Por lo general, sólo nos saludábamos,
pero una vez me pidió prestada una pequeña suma de dinero. ¿Buscaba
trabajo? “No puedo”, me dijo. “No tengo documentos de identidad.” ¿Quería
que hablara con las autoridades? “No”, afirmó. “La policía me anda
buscando.”
Héroes
de ayer
Unos
meses más tarde me mudé a otro barrio, pero cuando vine de visita supe
que Fernando había muerto. Un vecino me explicó que la policía
le había dado muerte en el lugar donde se ocultaba. Los oficiales encontraron
armas en la casa, algunas de las cuales pertenecían a policías que
habían sido desvalijados y asesinados.
El de Fernando no es un caso excepcional. Incapaz de encontrar trabajo, empezó
a entrenar a ex guerrilleros, ya que muchos de ellos se habían vuelto delincuentes.
Algunos asaltaban bancos, otros eran asesinos a sueldo. Renovaban sus arsenales atacando
a la policía. Algo, sin embargo, era tabú: atacar a sus propios vecinos.
Los que robaban en la comunidad eran eliminados. Un hombre interpretó el sentir
de muchos cuando expresó su pesar por el fallecimiento de Fernando: “Hemos
perdido un héroe…”
Como ocurre en muchas sociedades en transición, los héroes de ayer
–guerrilleros jóvenes que sacrificaron sus estudios e incluso sus vidas en
pos de la liberación– son ahora delincuentes. El “verdadero” hombre ya no
es el militante, el que lucha contra la autoridad, sino el profesional o el artesano
respetuoso de la ley. Es fácil medir esta evolución observando la transformación
del comportamiento y del valor del cuerpo en la nueva Sudáfrica.
El
paradigma de la fuerza física
En
un mundo en donde la publicidad se globaliza, un torso viril y musculoso, modelado
en un gimnasio lujoso, es un símbolo de poder. Pero en Sudáfrica ese
torso encarna la desigualdad y la opresión. La mala alimentación y
las duras condiciones laborales impuestas por el apartheid acostumbraron al esfuerzo
a los cuerpos, que fueron la materia prima perfecta para los capitalistas del régimen
racista. También ayudaron a algunos a hacerse famosos en el ámbito
del deporte profesional. Pero la glorificación de la fuerza física
adquirió una nueva importancia social cuando la lucha de liberación
entró en su fase guerrillera, en los años setenta y ochenta. Jóvenes
como Fernando decidieron recibir una verdadera formación militar fuera del
país. Muchachos que nunca habían oído una palabra de elogio
de sus familias se convirtieron en héroes, en “libertadores”. Sin embargo,
pese a la confianza en sí mismos, esos muchachos no se habían recuperado
de la castración psicológica provocada por la dominación racial
y clasista del apartheid. Para ser “verdaderos hombres”, muchos cometieron graves
actos de violencia con las mujeres, que por lo general se ocultaron durante la lucha.
Una vez que la elite liberadora pasó del exilio al gobierno, el respeto y
los halagos de que disfrutaban los ex guerrilleros se esfumaron. Desde que el Congreso
Nacional Africano (ANC) asumió el poder en 1994 y se distanció de los
métodos de la guerrilla, esos cuerpos endurecidos fueron perdiendo su prestigio.
Algunos se incorporaron a las filas del nuevo ejército, otros fueron contratados
por empresas de seguridad, pero muchos quedaron librados a su suerte. Por falta de
la preparación necesaria para competir por los escasos puestos disponibles,
decidieron poner sus armas al servicio del crimen.
Los 13 millones de armas de fuego en circulación, en un país de 40
millones de habitantes, se convirtieron en una verdadera prolongación del
cuerpo; en un instrumento de poder que permite “tener” mujeres, despojar y dominar
a los demás, privar a las víctimas de su condición humana. Sudáfrica
presenta el índice de violaciones por habitante más alto del mundo
(de cada 100.00 mujeres, 1.300 son violadas anualmente, según un estudio realizado
en 1999). Es el país que registra también mayor índice de policías
asesinados.
La constante presentación por la televisión de los cuerpos sin vida
de presuntos ladrones puede saciar la sed de venganza del público. Sin embargo,
lleva a jóvenes como Fernando a sumirse aún más en la clandestinidad
de la violencia viril. Es posible que la situación cambie si mejora el contexto
económico y social. Pero mientras persistan la represión policial y
la pobreza, la musculatura seguirá siendo un armadura para los jóvenes.

Changing Men in Southern Africa, editado por Robert Morrell, University of
Natal Press and Zed Books, 2001
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El
terror que siente el espíritu ante el cuerpo ha vuelto loco a un sinnúmero
de mortales.
D.H.Lawrence,
novelista británico (1885-1930)
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