
Desempleados en busca de trabajo en Buenos Aires.
“Si
no produjera músculos, ya me habría vuelto loco.” |
Antes,
en Argentina los hombres eran amos, señores y sostén de sus familias.
A raíz de la grave crisis económica, algunos han empezado a cultivar
su físico para recuperar su autoestima.
Rodolfo Fogwill , de
59 años, es uno de los mejores escritores argentinos. Es también un
sociólogo respetado que ha trabajado como asesor de marketing de numerosas
empresas. Declara haber ganado hasta 30.000 dólares al mes cuando era un joven
ejecutivo. Sin embargo, en el Buenos Aires de hoy, su situación dista mucho
de ser confortable. La producción de las empresas constructoras de automóviles
y fabricantes de golosinas (sus principales clientes) disminuyó entre 25 y
30%. De la noche a la mañana, Fogwill se encontró en la triste situación
de no tener qué hacer.
Había una solución: la poesía y el ejercicio físico intenso.
“Al menos ahora estoy produciendo músculo”, afirma. “Podría trabajar
por tres pesos la hora. Pero uno se fija un cierto precio. Si no le pagan en consecuencia,
le queda tiempo libre.”
Vestido con equipo de gimnasia, esboza una secuencia de kick-boxing que acaba de
aprender antes de describir sus ejercicios cotidianos: “En un día normal,
hago dos kilómetros de marcha después de levantarme y fumar unos cigarrillos.
Después una hora de musculación, seguida de 45 minutos de flexiones
de brazos y de estiramientos en un gimnasio.”
Fogwill tiene de qué vivir, pero sus dificultades y la solución que
ha encontrado son comunes a muchos de sus conciudadanos. Desde hace tres años,
Argentina se debate en una grave crisis económica. Desde entonces, el bolsillo,
la mente y el cuerpo de los hombres atraviesan un periodo de transformaciones profundas
y de gran austeridad.
“Normalmente, en una sociedad en desarrollo, el hombre cumple el papel de ganapán”,
explica el abogado Horacio Valla, de 51 años. “Pero el nivel de vida de la
sociedad urbana a que estamos acostumbrados es demasiado alto para nuestras remuneraciones
actuales y nuestros índices de desempleo.”
El desempleo llegó a 18% en 1995. Hoy es de 14,7%, a lo que se suma un subempleo
de 9,3%, según la Oficina Nacional de Estadística (INDEC).
En los diarios, uno descubre los dramas humanos. Recientemente, las azafatas, los
pilotos y los mecánicos que se encontraban en un conflicto laboral con la
compañía de aviación Aerolíneas Argentinas, controlada
anteriormente por el Estado, invadieron una pista de aterrizaje del aeropuerto metropolitano,
cerca de Buenos Aires. Durante violentos enfrentamientos con la policía, un
piloto resultó con un ojo en tinta y el uniforme ensangrentado. El piloto,
con 22 años de servicios, fue entrevistado por la televisión. El mensaje
que trascendía de sus palabras era elocuente: el país sufre y son los
hombres de cierta edad los que reciben los golpes. Diez años antes, sus únicas
preocupaciones eran hacer carrera y el tiempo libre.
Aunque no siempre fue así. Según Emilio Cafassi, director del Departamento
de Sociología de la Universidad de Buenos Aires, hasta los años 30
los hombres dominaban la estructura social del país. Sólo en 1926 la
ley permitió que las mujeres trabajaran sin autorización del marido
o del padre.
Sin embargo, el actual desastre económico ha desencadenado una crisis que
afecta particularmente a los hombres. “Nunca el capitalismo había provocado
un grado semejante de vulnerabilidad social”, sostiene Cafassi.
Para los varones que tratan de ceñirse a los valores impuestos por una sociedad
urbana ultradesarrollada, cultivar los músculos puede constituir un alivio
o una forma de reafirmar una identidad precaria. Pero no sólo son los atrapados
en el desbarajuste económico los que empuñan las pesas.
Fabián Casas, de 36 años, es redactor de El Gráfico. La principal
revista de deportes del país también padece la crisis. El ejercicio
ha pasado a ser una parte esencial de la vida de Casas. Este periodista, soltero,
afirma estar sometido a una presión constante y experimentar una sensación
creciente de vacío: “Si no produjera músculos, ya me habría
vuelto loco.”
Otros, que han perdido un empleo estable, se niegan a ser devorados de nuevo por
el mercado. Gustavo López, de 40 años, fue despedido hace dos años
de la empresa de electricidad para la que trabajaba en Bahía Blanca, un puerto
de casi 300.000 habitantes. “Pasé de ganar un sueldo mensual de 2.500 pesos
(2.500 dólares) a no tener ningún ingreso.”
López ha utilizado su indemnización para abrir un centro cultural.
Las actividades nocturnas comprenden conciertos de música étnica y
cocina india. “Toda la familia me ayuda”, afirma. “Pero el cuerpo se resiente. Ahora
estoy cansado, porque pasar de una actividad a otra es agotador.” Una sola cosa no
ha cambiado: sigue jugando al fútbol dos veces por semana.
“Los hombres sufren una doble presión, porque les cuesta afrontar una situación
de desempleo y porque no ganan lo suficiente. Algunos logran reaccionar, pero sin
llegar a cumplir plenamente el papel que las mujeres esperan de ellos”, explica Valla.
No sólo han dejado de ejercer la función tradicional de sostén
de la familia, sino que han de hacer frente a una competencia creciente de las mujeres
en el mercado de trabajo. Cafassi indica que actualmente hay más alumnas que
alumnos en la universidad y que, a la vez, son cada vez más las mujeres que
se desempeñan como jefes de familia.
“Las dificultades de los hombres están cambiando. Antes el estrés que
padecían los obreros en las cadenas de producción solía provocar
problemas de impotencia sexual. Hoy, las dificultades que acarrea el desempleo son
más graves”, afirma Valla.
Alejandro Belloni, de 36 años, permaneció un año sin trabajo
antes de que su hermana le encontrara un empleo de barrendero en un hospital. Explica
que gana 1,50 pesos por hora y que su jornada es de 12 horas, seis días por
semana. Belloni, que vive con su familia, dice que durante su periodo de desempleo
sufrió las humillaciones propias de una sociedad que califica de “machista”.
“Para las mujeres es más fácil, pero en cambio se espera que los hombres
se muestren sólidos.” Ahora se siente más cómodo cuando sale
con una muchacha. Pero las costumbres cambian… Cuando estaba cesante, iba a tomar
cerveza con los amigos en el café de la esquina. Hoy ya no bebe y ha adelgazado
varios kilos. |