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El optimismo prematuro de Cui Zi’en

China: un lento camino
Stéphanie Ollivier, periodista independiente en Pekín.
photo
© Collección Cahiers du Cinéma, París





El optimismo prematuro de Cui Zi’en

Realizada en 1999 por Liu Bingjian, El Protegido de la Sra. Qing es la primera película china que postula la normalidad de los homosexuales en la sociedad a que pertenecen. Cui Zi’en fue el autor del guión. “Quería mostrar nuestra vida de todos los días y sugerir que todo ser humano puede ser homosexual”, declara. En esta crónica sobre una sociedad urbana en plena transformación en la que los modos de vida se diversifican, la frontera que separa los roles sexuales de hombres y mujeres se esfuma. “Incitar a la gente a seguir este modelo de pensamiento podría tal vez ser más eficaz que indignarse”, afirma el guionista. Los personajes homosexuales de los filmes chinos anteriores aparecen como víctimas. En Adiós a mi concubina, de Chen Kaige, un actor joven de la Ópera de Pekín estaba condenado a ser el juguete sexual de un mandarín libidinoso. O, si no, se procuraba entender su “problema”, como se desprende del enfrentamiento entre un homosexual apasionado y un policía en East Palace, West Palace, de Zhang Yuan. ¿Es prematuro el optimismo de Cui Zi’en? Hasta la fecha, la difusión de su película no ha sido autorizada en China.

Las dificultades de los homosexuales chinos revelan el conformismo moral de una sociedad que no reconoce la aspiración al placer.

¿
Mi homosexualidad? La considero una fuente de creatividad”, afirma Cui Zi’en, con un brillo de malicia en la mirada. Pocos son los homosexuales militantes, como este guionista y profesor, que asumen abiertamente sus preferencias. En China la homosexualidad no está penada por la ley, aunque el delito de ultraje a las buenas costumbres, que castiga las relaciones sexuales en sitios públicos, sirvió durante mucho tiempo para reprimir a los homosexuales que se reunían en los parques.
La ley fue derogada hace varios años, pero la actitud del cuerpo médico chino sigue siendo ambigua. En nombre de la estabilidad social, la vida sexual no es considerada un asunto personal: la homosexualidad –que puede destruir la familia y es el principal modo de transmisión del sida– es por tanto una enfermedad. Los esfuerzos de un puñado de médicos, sociólogos y activistas contribuyen sin embargo a situar el debate en un terreno más científico.
En abril de 2001, la asociación de psiquiatras chinos eliminó la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales. “Pero se la sigue considerando un trastorno psicológico. Los psiquiatras simplemente la cambiaron de categoría. Eso no basta”, lamenta Cui Zi’en. Y es muy probable, añade, que algunos médicos quieran seguir “curando” a los homosexuales, perpetuando así el malestar de los que “se estiman anormales”.
Liu Dalin, un famoso sexólogo, mide los límites del cambio. La homosexualidad, explica, puede percibirse según los casos como criminal, patológica o normal: “China está aún en la etapa de la enfermedad.”

Una moral secular
La opinión pública frena esta evolución. Su actitud obedece a siglos de moral confuciana, y luego al puritanismo comunista. Durante décadas, el placer individual –forzosamente burgués– estuvo vedado. “Toda alusión a la sexualidad era en ese entonces imposible”, recuerda la socióloga Li Yinhe, especialista en comportamientos sexuales. Sin embargo, a partir de los años ochenta los derechos del individuo ganaron terreno –sobre todo en las grandes ciudades– y los chinos comenzaron a escuchar a sus sentidos. “Pero se sigue asimilando la sexualidad a la procreación. Se acepta mal la noción de placer”, explica Ye Guangwei, voluntario de un centro de homosexuales de Pekín. Y menos aún si ese placer es homosexual: “Un hombre que no actúa con virilidad”, prosigue, “es mal mirado por los demás. Que asuma el papel femenino durante el acto sexual representa una degradación inconcebible”.
Según la tradición confuciana, cada varón debe formar una familia para engendrar una descendencia masculina que perpetúe el culto de los antepasados. Por ello, aún hoy muchos homosexuales chinos se casan para guardar las apariencias y viven una sexualidad clandestina.
En las ciudades la tradición pesa menos, observa la socióloga Li Yinhe, que atribuye esta evolución a la política del hijo único: cuando una pareja tiene una niña resulta imposible respetar la tradición. Además, la mayor movilidad profesional existente en las metrópolis permite a los jóvenes eludir la presión de los padres.
Los “camaradas” (como se llaman los homosexuales entre sí) estiman que un cambio de actitud de los medios de comunicación podría influir en la opinión. Tras haber participado en un debate en televisado por una cadena de provincia, Cui Zi’en recibió numerosas llamadas de madres de familia. Todas se extrañaban de que no pareciera perverso ni desequilibrado. “No representamos un verdadero peligro a juicio del gobierno. Pero éste prefiere ceñirse a las convicciones morales de la mayoría”, analiza Ye Guangwei. Existe también el riesgo de que el apoyo a una minoría sexual arrastre a los medios de comunicación al terreno resbaladizo de los derechos humanos.

Silencio en los medios
Por consiguiente, la prensa prefiere ignorar el asunto a fin de no ofender a las autoridades, que, a su vez, evitan escandalizar a una opinión que se aferra a sus prejuicios por falta de información. Para romper este círculo vicioso, “también tenemos un papel que cumplir”, estima Ye Guangwei.
Para muchos, la única aspiración es poder vivir su sexualidad a la luz del día. “En Occidente, nadie tiene derecho a criticar a los homosexuales y menos aún a hacerles sentir que son diferentes”, observa Cui Zi’en. “Por mi parte, entiendo que un heterosexual reaccione con sorpresa al ver a un hombre muy afeminado. La sociedad china cambia, pero siempre habrá personas que tendrán un reflejo de asco, al igual que algunos se sobresaltan ante una serpiente. No vamos a decirles que deben empezar a querer a las serpientes, ¿no es cierto?”

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