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El triste
sino de la mujer marroquí
Soumaya
Naamane Guessous, socióloga marroquí, profesora universitaria, autora
de Printemps et automne sexuels, (Eddif, 2000) y Au-delà de toute
pudeur (Eddif, 1988). |

Joven marroquí con el traje de boda tradicional.
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“La
vida puede ser corta o larga. Todo depende de cómo la vivamos.”
Paulo
Coelho, escritor brasileño (1947- )
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Las
adolescentes marroquíes viven muy mal su sexualidad, regida por las prohibiciones.
Muchas veces están ya casadas a los 14 años. Pero la resistencia va
germinando en las ciudades.
Hace poco, con motivo
de una investigación en la región de Bni Meskine, 250 kilómetros
al sudeste de Casablanca, me sentí desarmada, inútil y sin saber qué
hacer ante la crueldad de un auténtico mercado de esclavas. Por primera vez
en mi vida había recurrido al engaño. La estratagema era: Sanaa, una
de mis alumnas, quiere casar a sus dos hermanos con criaturas de 13 a 14 años.
Por mi parte, ando buscando esposa para mi tío viudo septuagenario. Mi objetivo
era probar que ese mercado existe, y que, en el campo, los padres no respetan la
ley sobre la edad mínima de las mujeres para el matrimonio, que es de 15 años.
En esta región, los smasrya (representantes), que son los que abastecen las
ciudades de mano de obra infantil, se encargan también de buscar muchachas
casaderas. La misma historia se repite de una casa a otra. Algunas escenas.
Nos reciben tres mujeres, tres generaciones: el ama de casa, su nuera y su nieta
de 14 años. Ésta se desvive por atendernos, limpia la mesa, coloca
nuestros zapatos en su sitio, sacude los almohadones. Observo a la muchacha, una
belleza que apenas despunta, un cuerpo cargado de promesas. ¿Está dispuesto
su padre a casarla sin certificado de boda? “Sí, casó a la mayor con
14 años. Las chicas no tienen nada que hacer. En cuanto llega su zmane (destino),
se las casa.” Luego nos recibe el tío paterno: “Les daré 15 muchachas,
si quieren. Están educadas, no levantan la vista del suelo, no hablan y son
capaces de aguantar lo que sea sin quejarse.”
Otro hogar: nos recibe el ama de casa, en su séptimo embarazo. “Elijan la
que les guste. Han tenido la misma educación. No paran de trabajar. Nunca
salen. Quedan encintas la misma noche de bodas. Todas nuestras chicas han dado a
luz en el primer año.”
Siento deseos de gritar al pensar que serán desposadas, brutalmente desfloradas
y asqueadas de una sexualidad que les habrá sido impuesta. Los hombres vigilan
a las hijas. Su honor masculino pasa por el control del cuerpo femenino. Las mujeres
mantienen la tradición reprimiendo su propio cuerpo. Esta sexualidad debe
canalizarse casándolas núbiles o apenas púberes. Estos dramas
son el pan nuestro de cada día en un mundo rural pobre, enclavado, donde nueve
mujeres de cada diez son analfabetas.
Las encuestas realizadas en Casablanca revelan que la pubertad es también
mal vivida en medio urbano. La muchacha recibe del entorno femenino una educación
sexual a base de prohibiciones. Su cuerpo es un peligro. Sus órganos sexuales,
frágiles, no le pertenecen. Pueden contribuir a su perdición y la de
su familia. De modo que hay que ahogar las pulsiones. “Mi madre controlaba todos
mis movimientos, yo no podía saltar ni abrir las piernas, para preservar mi
virginidad. Mi sexo me horrorizaba”, afirma una joven.
Hasta no hace mucho era frecuente que las muchachas fueran sorprendidas por una hemorragia
cuyo origen ignoraban, aunque las generaciones actuales están mejor informadas.
Pero la angustia persiste, y la adolescente vive en conflicto con su cuerpo. La sangre
menstrual es impura y vergonzosa, hay que ocultarla. “Me he enterado de que es haram
(pecado) que se vea la sangre, porque Dios castiga severamente…” La menstruación
provoca un sentimiento de rechazo del cuerpo, de repulsión.
Feminidad
efímera
En
medio urbano, el matrimonio es más tardío, la edad media es de 26 años.
La sociedad, sin embargo, condena la sexualidad femenina antes del matrimonio. Esta
prohibición sólo se aplica en la práctica a las muchachas. A
un estudiante que afirmaba que las chicas eran prostitutas porque hacían el
amor, le pregunté: “Y usted, ¿es virgen?”, recordándole que
la prohibición es para los dos sexos. Desconcertado, respondió:
“No, la religión se aplica a las mujeres. ¡A los hombres, la tradición!”
Aunque la mujer suele vivir más que el hombre, su feminidad es efímera.
La esperanza de vida de la mujer marroquí es de 70 años. La sociedad
la mata prematuramente, imponiendo una “edad social” a partir de la cual ya no puede
gustar. A los 31 años, según los hombres, es demasiado vieja para casarse.
Apenas desarrollada, pasa a ser una anciana con un cuerpo privado de promesas. En
el mejor de los casos, la menopausia representa el fin de la feminidad, la muerte
de la sexualidad. La edad media de la menopausia son los 47 años. La mujer
sobrevivirá, después, unos 23 años con un cuerpo asexuado, guardando
luto por su belleza y su deseo.
Reniega así de su función sexual para consagrarse a sus deberes de
madre y abuela y, tras haber puesto su cuerpo al servicio de su marido y de la procreación,
sólo seguirá existiendo a través de un alma que ha de purificar.
La religión se convierte así en un refugio, como si la fe prohibiera
el deseo.
Las mujeres de más edad, analfabetas, rompen con su cuerpo, pero las jóvenes
reaccionan de otra manera. Han cobrado conciencia de él y de la conveniencia
de cultivarlo. La procreación ha llegado a ser una amenaza que las madres
denuncian: “No quiero que mi hija viva como yo. Soy una vieja por culpa de tantos
embarazos”, dice una mujer de más de 65 años. “Me niego a parecerme
a mi madre”, afirman las jóvenes. En los cuatro últimos decenios, el
promedio de hijos por mujer se ha reducido de 7 a 3.
¡Una brecha en un círculo vicioso! Las jóvenes –48% de los ciudadanos
marroquíes tienen menos de 20 años– se emancipan, hacen cada vez más
deporte y vigilan su línea. Los cánones de belleza han cambiado. “Hoy
las muchachas no tienen ningún encanto. ¡Si se les ven los huesos! Hasta
deben pinchar en la cama”, comenta con tristeza un viejo campesino.
El número de divorcios entre los jóvenes está aumentando. Esta
población no está dispuesta a dejarse manipular, quiere hacer valer
sus deseos y su voluntad. Sus antepasadas han soportado en silencio para no ser repudiadas.
Es cierto que la tradición perdura, pero las jóvenes van imponiéndose
cada vez más, y cultivan tanto el cuerpo como la mente. “No tengo fobia a
la vejez. A mí no me tratarán de vieja inútil, como a mi madre.
Gano mi sueldo y tengo mis actividades y mis diversiones. Me pertenezco. |
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