
“Nos traicionaron.”
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Cuando
la tradición es un ultraje
Según
la Organización Mundial de la Salud (OMS), más de 130 millones de mujeres
han sido víctimas de mutilaciones sexuales y, anualmente, dos millones de
niñas corren el riesgo de sufrir esas prácticas. La mutilación
sexual femenina —conocida como excisión— acarrea, en 8% de los casos, la ablación
del clítoris y, a menudo, la de los labios menores. La infibulación
es una excisión completada con la ablación de los labios mayores, cuyos
muñones se suturan de un extremo a otro. La excisión existe en 28 países
africanos y, además, dentro de las comunidades de inmigrantes en Europa, Australia,
Canadá y Estados Unidos.
Los organismos de las Naciones Unidas y numerosas ONG, que luchan por la abolición
de estas prácticas contrarias a los derechos del ser humano, consideran inaceptables
los argumentos que pretenden legitimarlas en nombre de tradiciones religiosas y culturales,
y rechazan la excisión médica, pese a que entraña menos riegos
de infección.
En este combate, cumplen un papel destacado mujeres africanas, como Khadidiatou Diallo,
miembro, en Francia, de la agrupación de hombres y mujeres por la abolición
de las mutilaciones sexuales femeninas (GMS) que forma parte del Comité Interafricano
sobre las Prácticas Tradicionales que afectan a la Salud de las Mujeres y
los Niños. Además de las campañas de opinión dirigidas
a las familias y a los servicios de salud, se están estudiando reformas de
la legislación encaminadas a prohibir y castigar la excisión. Los grupos
más activos abogan también por la instauración de un derecho
de asilo internacional en favor de las mujeres y niñas amenazadas de mutilación
en sus países de origen.
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Sometida
a la excisión a los doce años, una mujer maliense cuenta su historia
y libra un combate para poner término a esta práctica ritual.
Nunca me olvidaré
de ese día. Fue en 1966. Yo tenía 12 años y mi hermana diez.
Como todos los veranos, estábamos en casa de nuestros abuelos paternos, en
una aldea a quince kilómetros de Bamako. Una mañana temprano fuimos
a ver a mi tía, la hermana de mi padre, a quien siempre queríamos visitar,
pues nos consentía mucho.
Yo no sospechaba nada. Mi tía me llevó al baño y ella y varias
mujeres más se abalanzaron sobre mí, me agarraron, me tumbaron y me
separaron las piernas. Yo gritaba. No vi el cuchillo, pero sentí que me estaban
cortando. Había mucha sangre. Lloré, pero me decían “no hay
que llorar, es una vergüenza cuando una llora, ahora eres una mujer, lo que
te hemos hecho no es nada. Empezaron a dar palmas y me vistieron con un paño
blanco. No me pusieron ninguna venda, sólo algo que habían preparado
con aceite de karité y hojas. Salí. Le tocaba a mi hermana menor. La
oí llorar y pedirme auxilio y eso me hizo sufrir aún más.
Nos habían traicionado. Vivíamos en Senegal, donde mi padre era funcionario.
Mi padres eran personas ilustradas, y estaban contra la excisión. Pero en
esa época era una práctica frecuente en el campo y en la ciudad. Se
practicaba la excisión a niñas menores que nosotras, y la ocasión
se celebraba con una gran fiesta. Permanecimos casi tres semanas en casa de mi tía.
Como no podíamos levantarnos solas, nos ayudaba una señora, pero era
tanto el dolor que evitábamos ir al servicio. Nuestra madre venía a
vernos; la primera vez lloró y nos besó, pero no podía hacer
nada. En África, la familia paterna tiene derecho de vida o muerte sobre el
niño.
Durante ese periodo, nos inculcaban ciertas nociones. Nos contaban que una mujer
ha de ser robusta, sufrida, reservada y no muy habladora. El sexo era tabú.
El
Islam nunca ha
ordenado la excisión
de las niñas.
Es el hombre el que
lo ha interpretado así.
Un
rito falso
Me embargaba un sentimiento de odio y de rabia. No había sido educada con
esa mentalidad. Pero me resigné, pese al dolor. Me casé a los 22 años.
Nunca pude decir que me faltaba algo en mi cuerpo, porque no se admitía que
una mujer expresara su deseo de placer. Sólo podía hablar con mis amigas
más íntimas del asunto, de que no es una herida, sino una verdadera
mutilación. Una herida se cura, pero con la mutilación se pierde algo
para siempre. Cuando tuve hijas, le dije a mi marido que no quería que sufrieran
la misma suerte. Estuvo de acuerdo. Las protegí y nunca fueron a África
mientras eran pequeñas.
La excisión no es un rito sagrado ni religioso. En lengua bambara se emplea
la expresión “tomar el paño”, que significa hacerse mujer. Antes de
la excisión, una niña es inocente, puede mostrarse con el busto desnudo
e incluso sin nada que le oculte el sexo. Pero desde el momento de la excisión,
hay que cubrirse el cuerpo. La persona que somete a su hija a esa operación
lo hace porque así ha sido por generaciones, y por temor a la mala suerte
que supuestamente trae no practicarla. Siempre se les ha dicho “cuando tengas una
hija, hay que hacerle la excisión para que sea una mujer perfecta.” Pero el
Islam nunca ha ordenado la excisión de las niñas. Es el hombre el que
lo ha interpretado así, a su favor, para controlar la sexualidad de la mujer.
Se han descubierto momias así mutiladas que datan de antes de la aparición
del Islam.
Las mujeres africanas vienen denunciando esta práctica desde 1924, aunque
en esa época se las trataba de locas. Nosotras hemos tenido la suerte de contar
el apoyo de las europeas y de los medios de comunicación para hacer oír
nuestra voz. Cuando llegué a Francia, empecé militando en varias asociaciones,
entre otras el GAMS*. Hoy, nos llaman de clínicas y maternidades para que
expliquemos a las madres que la excisión está prohibida. Hacemos una
labor de prevención en las escuelas y con los trabajadores sociales. También
visitamos a las familias individualmente. Para las niñas nacidas en Francia
y mutiladas a los pocos días es psicológicamente más difícil.
Las que ahora tienen 18 o 20 años tendrán o han tenido problemas en
el momento de sus primeras relaciones sexuales. Y todas las que sufran ahora la excisión,
que estarán en edad de casarse hacia 2020, serán rechazadas por los
varones. Conocí el caso de una muchacha que tuvo que dejar el barrio donde
vivía porque era objeto de burlas.
Nos oponemos a la excisión en todas sus formas, incluso aunque se practique
en un hospital y con anestesia. No luchamos contra el dolor del momento de la operación,
sino contra la mutilación de nuestro cuerpo.

www.who.int/frh-whd/FGM/
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