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3. Escapar al destino
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La belleza al alcance del bisturí | Belleza y ceguera |Órganos de compraventa |La mente, ese dilema|Librarse de la vida |Recetas para la inmortalidad |
Ilusiones, escalpelos y estereotipos
Sander L. Gilman, profesor de Biología Humana de la Universidad de Chicago, es autor o editor de más de 50 obras, entre las que figuran Making the Body Beautiful: A Cultural History of Aesthetic Surgery (Princeton, 1999).
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Jacques Joseph.


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Un paciente del doctor Joseph antes…




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… y después de una rinoplastia.











“Todo lo que es hermoso tiene un instante, y pasa.”

Luis Cernuda, poeta español (1904-1964)

Durante siglos hemos tratado de hacernos de nuevo. Esculpiendo una nariz diferente o dando más volumen a un busto, la intervención del cirujano plástico responde a la fantasía de controlar el mundo.

¿
Debemos conservar el cuerpo con que nacimos o podemos rehacerlo? Durante mucho tiempo hemos afrontado este dilema. Ya sea ante la extirpación de ciertas partes del cuerpo en las prácticas religiosas (como la circuncisión), la pericia del cirujano para esculpir un mentón o el compromiso de los genéticos de modificar y mejorar los cuerpos del futuro. En ningún terreno este afán de transformación es tan patente como en el de la cirugía estética.
En Occidente y más allá de sus fronteras, creemos tener derecho no sólo a hacer de nuevo nuestros cuerpos, sino a controlar el proceso indispensable para lograrlo. Los injertos mamarios, la cirugía facial y las operaciones para eliminar el vientre no fueron una iniciativa del cuerpo médico ni de la industria correspondiente. Prácticamente todas las intervenciones de cirugía plástica han surgido para satisfacer la demanda del público.
Este afán de transformación individual es una noción occidental. Se remonta a la ideología de las Luces (que se inició en el siglo XVII), según la cual todo individuo podía hacerse de nuevo con el propósito de alcanzar la felicidad.
La idea adquirió una dimensión biológica cuando los cirujanos fueron capaces de disminuir el dolor y los riesgos de infección de sus pacientes. La anestesia y la antisepsia, desarrolladas inicialmente por los médicos militares para curar las heridas de guerra, fueron adoptadas por los cirujanos interesados en corregir los defectos de sus pacientes y satisfacer así sus deseos.
A finales del siglo XIX, la noción de perfeccionamiento de sí mismo de la Ilustración se trasladó del campo de batalla del liberalismo a los laboratorios y quirófanos. La desestabilización experimentada y reprimida durante las revoluciones estadounidense y francesa resurgió en un cambio fundamental de la noción de quiénes somos y qué son nuestros cuerpos.
La higiene del cuerpo pasó a ser entonces la higiene del espíritu y del Estado. Al eliminar la “fealdad”, el cirujano plástico practicó una forma de eugenesia quirúrgica, un medio de perfeccionar al individuo y, en definitiva, al Estado. La cirugía estética fue capaz de transformar el cuerpo para que respondiera a las expectativas de una nueva sociedad y fue evolucionando a medida que cambiaban esas expectativas.

Ciudadanos “auténticos”
Al término el siglo XX, empezó a ser posible alterar el cuerpo para que alguien se convirtiese en un ciudadano “auténtico” en una tierra extranjera u hostil. En Estados Unidos, por ejemplo, los afroamericanos de piel clara se adelgazaron los labios o rectificaron la nariz para poder cruzar la línea del color. Y, si eran demasiado oscuros, nada impedía aclararles la piel. En Nueva York, los inmigrantes irlandeses transformaron sus “narices respingonas” en “narices inglesas” y se pegaron las orejas al cráneo a fin de eliminar esas señales de su “naturaleza irlandesa degenerada” y poder “pasar por” estadounidenses.
En Berlín vivía Jacques Joseph (1865-1934), un joven cirujano judío alemán perfectamente asimilado. Nacido Jakob Joseph, cambió su nombre, demasiado judío, cuando estudiaba medicina en la Universidad, donde fue miembro de una fraternidad de duelistas y mostraba sus cicatrices con orgullo. Para un judío, tener una cicatriz facial era ocultar su “esencia enfermiza” frente a la comunidad. Pero en las postrimerías del siglo XIX, los judíos fueron eliminados de las cofradías cristianas de duelistas: eran considerados diferentes y por ende deshonrosos. Entonces Joseph permitió que sus compatriotas judíos se “diluyeran” en la sociedad. Ideó el primer procedimiento para reducir el tamaño y la forma de la “nariz judía”.
En enero de 1898, un hombre de 28 años fue a verlo quejándose de que “su nariz le provocaba graves dificultades. Todo el mundo lo miraba con asombro…” Joseph, ya médico, practicó en él por primera vez una rinoplastia de reducción, cortando la piel de la nariz para disminuir su tamaño y modificando su forma mediante la trepanación del hueso y la eliminación del cartílago.
El 11 de mayo de 1898, entregó a la Sociedad Médica de Berlín una justificación “científica” detallada de una intervención en un individuo que, por lo demás, estaba perfectamente sano: “Las tendencias depresivas del paciente desaparecieron. Está feliz de poder ir y venir sin que nadie se fije en él.” El interesado había sido curado de su “enfermedad” de nariz de gran tamaño. Pero Joseph aún no estaba satisfecho. La operación había dejado cicatrices que revelaban que algo no era auténtico en su cuerpo.
El 19 de abril de 1904, realizó otra intervención, pero circunscrita al interior de la nariz. No quedaron cicatrices en el individuo. Joseph se había dado cuenta de que sus pacientes sólo se sentían satisfechos si podían “pasar” a integrarse a la sociedad alemana, olvidar sus cuerpos e identificarse con los que, para ellos, no tenían inquietudes en cuanto a la aceptabilidad de su envoltura física.
Tal es la esencia del “paso” y éste fija el modelo de un cambio radical de la forma en que imaginamos nuestros cuerpos. Es el modelo de maleabilidad que encontramos en el Japón Meiji de fines del siglo XIX, cuando el país se abrió a Occidente. Médicos alemanes crearon facultades de medicina modernas y los japoneses empezaron a rehacerse a sí mismos para acercarse a los cánones occidentales de belleza. Los párpados se volvieron dobles y las narices más grandes. Estaban pasando al mundo de lo moderno.

Cirugía para todos los gustos
En la década de 1970, en Estados Unidos, los ciudadanos de origen vietnamita se sometían al mismo tipo de operaciones. Y ahora están “pasando” a un mundo moderno, global, de apariencia panasiática. Regalan a sus hijas de 16 años una operación de cirugía estética, tal como hacían los judíos norteamericanos de Long Island en los años cincuenta. Hoy las jóvenes japonesas se hacen injertos mamarios a los 13 años —antes de que su cuerpo haya terminado de desarrollarse— para “pasar” al mundo adolescente de las pop-stars globales. En la India, una actriz británica que trabaja en Bollywood no tiene suficiente éxito pese a su hindi impecable; no encaja del todo. El problema no reside en su piel blanca. Para “pasar por” india es necesario que tenga un busto más opulento.
“Pasamos por” para recuperar el control de nosotros mismos y para borrar lo que es considerado diferente. La cirugía estética nos consuela de sentirnos diferentes y de no ser del grupo al que deseamos pertenecer. La felicidad del paciente reside en realizar su fantasía de que es él quien ejerce el control sin estar sometido al control del grupo (que clasifica a la gente según su apariencia física). La decisión de rehacerse a sí mismo no es vana ni moralmente reprensible: el afán de autonomía puede y realmente logra hacer feliz a la gente.
La fantasía de “pasar por”, contrariamente a la de controlar el mundo, se centra en un solo aspecto limitado –una nariz demasiado grande, una cabellera demasiado escasa, un busto demasiado plano. Cambiar eso tiene un significado simbólico –ya que el cuerpo que modificamos es simbólico y no real. Puede parecer que los cirujanos actúan sobre el material del cuerpo, pero ellos saben (y nosotros) que están rehaciendo nuestras fantasías sobre nosotros mismos.Una nueva nariz puede resolver tales fantasías o llevarnos a exigir aún más pruebas del control que ejercemos sobre nuestros cuerpos. Pero el vocabulario de las imágenes cambia constantemente. Nos transformaremos a nosotros mismos. Está por verse en qué. Ésa es la promesa y la maldición del mundo moderno.

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