
La cirugía, recurso frecuente de las candidatas a misses.
|
“Nunca
se es demasiado rico ni demasiado delgado.”
Wallis
Simpson, duquesa de Windsor (1896-1950)
|
|
El
auge de la cirugía estética en Venezuela revela la dictadura de una
sutil discriminación racial y del omnipresente modelo de belleza estadounidense.
Unas pocas estadísticas
son, a veces, más elocuentes que un espeso tratado de sociología. Venezuela
es el país que cosechó más premios internacionales de belleza
en el último medio siglo: cinco Miss Mundo, cuatro Miss Universo y otros innumerables
cetros y coronas. No se trata de un fenómeno casual, sino que revela una de
las tendencias más profundas de la sociedad venezolana y –de manera más
general– de las de numerosos países de América Latina. Como en Brasil,
la “doctrina oficial” pretende que Venezuela es un país multirracial y tolerante.
Pero debajo de la superficie, prevalece una sutil discriminación racial con
los descendientes de esclavos negros que se manifiesta –esencialmente– en el culto
de criterios estéticos que valorizan la piel blanca, la cabellera rubia y
los ojos claros.
“A mi consultorio llegan pidiendo narices más finas, bocas ligeramente rellenas,
bustos amplios, glúteos elevados y, sobre todo, delgadez. Quieren ser cada
vez más delgadas”, confirma el doctor Pedro Meneses, miembro de la Sociedad
Venezolana de Cirugía Plástica.
En ese contexto, la belleza se ha convertido en un valor social que muchas veces
suele definir triunfos y fracasos, tanto en las relaciones personales como en la
vida profesional.
Esta realidad se superpone con otras reglas de juego que definen el papel de la mujer
en una sociedad que aún no integró ciertos principios de la revolución
feminista. Para las mujeres, atenazadas entre racismo y machismo, la belleza representa
un recurso eficaz de promoción social y –con frecuencia– la única forma
de “existir”.
El culto a la belleza que existe en Venezuela permite comprender el vertiginoso auge
de la cirugía plástica en los últimos 10 años. Aunque
no existen estadísticas oficiales, se estima que son similares a las cifras
de la Sociedad Americana de Cirugía Plástica y Reconstructiva (SACPR).
En los últimos dos años, según ese registro, el recurso a la
cirugía estética aumentó más de 60%. En un período
más largo, comprendido entre 1992 y 1998, las intervenciones más frecuentes
fueron la lipoescultura, que se incrementó en 264%; la mamoplastia de aumento
(implante de prótesis mamarias), que creció 306%; y la cirugía
de rejuvenecimiento facial y de remodelación nasal.
Un
ideal importado
Los
criterios estéticos, sin embargo, cambian constantemente. “El modelo del último
decenio viene de Estados Unidos, que está a dos horas de vuelo de Venezuela.
La diferencia es que nuestras mujeres no son rubias de ojos azules, pero se empeñan
en parecerse en cuerpo y rasgos a ese ideal blanco. Nunca operé a una mujer
blanca que haya querido cambiarse la nariz y ensancharla para aproximarse a los rasgos
de una negra. Siempre es lo contrario”, explica Meneses.
A pesar de su riqueza petrolera, casi 70% de la población de Venezuela vive
sumergida en la pobreza. Pero cuando se trata de lucir bien, no existen limitaciones
de presupuesto. Un estudio realizado en 1999 por Roper Starch Worldwide demostró
que los venezolanos gastan 20% de su presupuesto en cuidado personal y productos
de belleza. La mamoplastia, una de las operaciones más frecuentes, cuesta
entre 1.000 y 3.500 dólares. Aunque pertenezcan a un estrato social humilde,
las mujeres siempre encuentran el dinero que hace falta, porque la necesidad de sentirse
bellas prevalece sobre cualquier otro criterio.
Cada vez son más frecuentes las candidatas que tienen entre 17 y 35 años,
que no sólo desean perfilar su nariz y aumentar los senos, sino que pretenden
cambiar el contorno corporal. “Recurren a la cirugía porque se sienten rechazadas
por la sociedad o no están satisfechas con la imagen que proyectan”, dice
el doctor Alberto Salinas, uno de los pocos especialistas venezolanos que practica
la gastroplastia desde hace más de 15 años. Ese procedimiento reduce
las dimensiones del estómago para que el paciente coma menos y adelgace progresivamente.
“La mitad de mis pacientes no quieren sentirse mejor, sino verse mejor”, precisa.
Presión
social y publicidad
Aunque
no son obesas, muchas de las jovencitas llegan a su consultorio por razones de “salud
psicológica”.
“La presión de la sociedad es tan grande, que esas adolescentes toman una
caja de diurético por día y otra caja de laxante. En esos casos, para
evitar que se sigan intoxicando con medicamentos, prefiero operar”, confiesa.
La imagen social es la razón que induce a muchas profesionales a acudir al
quirófano con la esperanza de mejorar su imagen y aumentar su autoestima.
Morelia Pelayo, una exitosa odontóloga que hace algunos años se sometió
a una mamoplastia, asegura que esa operación cambió su vida: “Siempre
me consideré una mujer realizada tanto en el plano profesional como personal.
Pero tenía un complejo por el tamaño de mis senos. Desde que me operé,
cambié mi forma de vestir. Como vivimos en un país caribeño,
donde hay sol, puedo lucir mejor mi figura y usar ropa con escotes más generosos”,
reconoce. Esa decisión capital, sin embargo, fue adoptada bajo la presión
subliminal que ejercen los mensajes publicitarios de la televisión: “Todas
las mujeres tienen senos y nalgas prominentes, cuerpos espectaculares y lucen bellas
y exitosas. ¡Es inevitable querer ser como ellas!”, confiesa.
En esa confusión entre ser y parecer, la fascinación de los venezolanos
por los cambios rápidos y drásticos que ofrece el bisturí comienza
a convertirse en un rasgo cultural. Ese rasgo importado es tan fuerte que amenaza
con modificar la identidad de la sociedad. |