
Georgina Kleege.

La belleza de Nefertiti,
que significa “la bella ha llegado”.

© Claudine Doury/Agence VU, Paris. Christian Lacroix fashion show, 1998 autumn-winter
collection. |
Una
escritora ciega fija su aguda mirada en nuestra costumbre de observar a la gente
hermosa, y a todos aquellos que consideramos diferentes.
Cuando era joven solía
pensar que la mayoría de la gente era hermosa. Esto no quiere decir que yo
sea demasiado complaciente con la humanidad, sino simplemente que soy ciega. Creía
que las personas que me rodeaban eran hermosas porque no podía encontrar nada
malo en ellas. Pero no tener nada malo significa en realidad que se es común,
ordinario y simple. La belleza es algo raro, y como casi todas las cosas raras, deseable
y preciosa.
Aun cuando sigo sin saber qué aspecto tiene la belleza, ahora sé bastante
sobre ella; por lo menos sé lo que dice la gente. Sé que la juventud
es percibida generalmente como algo más hermoso que la edad madura, también
lo son los rasgos regulares y las formas simétricas. Sé que los ojos
son cruciales; son el punto central de la apariencia ideal. Cada cultura, en cada
época, admira ciertas características y menosprecia otras. Algunos
tipos de cuerpo y partes del cuerpo son prioritarios; el tamaño y la forma
de las facciones, el color de la piel, el cabello y los ojos tienen asignados valores
relativos. Hoy, una belleza de América del Norte puede ser menos atractiva
en Asia y probablemente hubiera sido considerada demasiado delgada hace un siglo.
Aun en una misma cultura, las preferencias individuales desempeñan un importante
papel. En muchas ocasiones escuché a amigos debatir sobre la belleza de alguien
que ambos conocían y sobre la de personalidades públicas, y siempre
me sorprendió cuán poco está de acuerdo la gente.
La belleza es fácil de reconocer y difícil de definir. La gente gasta
mucho tiempo hablando de ella, y gran cantidad de dinero y energía tratando
de obtenerla. Y los ciegos no son la excepción. Desde nuestra infancia, nosotros,
así como los adultos que nos cuidan, somos bombardeados con consejos sobre
la necesidad de ser bien educados, atrayentes y arreglados con buen gusto. Pero para
nosotros el objetivo no sólo es obtener el máximo de esos atractivos,
sino utilizarlos contra la idea de que los ciegos siempre son indigentes y desvalidos.
En otras palabras, no se nos alienta a ser más bellos, sino a parecer menos
ciegos.
El
misterio de lo bello
Sin embargo, en un mundo donde la gran mayoría de los ciegos son poco instruidos
y subempleados, la apariencia personal debería ser la última de nuestras
preocupaciones. Los consejos que recibimos sobre nuestro aspecto sólo
refuerzan la idea de que la ceguera debe esconderse, que mejor sería guardarla
fuera de la vista en casa o en una institución.
Una vez conocí a un ciego que sólo vestía con colores brillantes,
amarillo, naranja, verde… Lo supe porque, como a muchos ciegos, me queda una vista
residual que me permite percibir los colores. Por el contrario, ese hombre era absolutamente
ciego; jamás había percibido alguno de los colores que llevaba. Era
su madre quien los escogía por él cuando era niño para evitar
que fuera atropellado por los vehículos en la calle. Ya adulto, continuó
con esa costumbre porque, como él mismo explicaba “si de todas maneras la
gente me va a mirar, mejor que les sirva de algo”.
No es un secreto para nosotros que la gente nos mira. Podemos oír el silencio
que se instala en una pieza cuando entramos. Podemos sentir los ojos cuando se vuelven
hacia nosotros, miran a otro lugar y vuelven a observarnos. La gente cree que puede
observarnos con impunidad porque no podemos ver sus miradas y, en consecuencia, no
nos ofenderemos. La gente también mira a aquellos que son hermosos y, en cierto
sentido, también siente que puede hacerlo porque la gente bella parece invitar
a que se les preste atención. ¿Significa esto que los ciegos son hermosos?
Reconozco que las mujeres ciegas suelen ser bellas en el cine: Audrey Hepburn en
Sola en la oscuridad y Uma Thurman en Jennifer 8, para mencionar sólo dos
ejemplos. Sus amigos parecen creer sin embargo que se trata de una belleza desperdiciada,
pues una ciega no es consciente de la misma. No puede verse reflejada en un espejo
ni apreciar el impacto de su presencia en los demás, de modo que su belleza
está, en cierta forma, neutralizada. La auténtica belleza, por lo menos
en las películas, no es sólo exterior, sino que está realzada,
magnificada por la toma de conciencia de que se es objeto de admiración de
los demás.
He observado también que la gente bella tiene una forma de hacerlo saber aun
cuando no se la pueda ver. Esas personas proyectan una seguridad en sí mismas
que muestra que están acostumbradas a recibir atención y tratamiento
favorable. Se trata de algo diferente de la vanidad o la arrogancia: he conocido
bellezas que eran realmente modestas. Son personas que no se sienten responsables
de su belleza, sino destinatarias de un inesperado regalo.
Pero la belleza sigue siendo un misterio para mí. Alguien puede tener todas
las características descritas anteriormente y no ser hermoso. La belleza requiere
algo más, un elemento de sorpresa, algo quizás parecido a la violencia.
La belleza atrapa la mirada, corta el aliento y detiene el corazón. Es una
anomalía, un fenómeno de la naturaleza en el cual muchas cualidades
idealizadas se dan cita en un mismo individuo. Las personas hermosas se quejan de
que potenciales amigos y parejas son intimidados por su aspecto y que potenciales
empleadores dudan de su inteligencia.
Yo creo que deberían pasar más tiempo con los ciegos pues tenemos mucho
en común. También nosotros sabemos lo que es causar sensación
cuando caminamos por la calle. Sabemos lo que se siente al ser juzgado sólo
por la apariencia. Y si bien somos incapaces de lanzar esas miradas de admiración
que la gente bella está habituada a recibir, tampoco detectaremos los granos
y las arrugas que podrían afearlos. Por último, nuestra opinión
sobre ellos seguirá siendo la misma aún después de que el resto
del mundo les haya dicho que ha llegado la hora del crepúsculo. |