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Órganos de compraventa
Nancy Scheper-Hughes, antropóloga de la Universidad de California en Berkeley.
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En Bangalore, un donante de riñón, operado sin su consentimiento.






“No trates de vivir para siempre; no lo conseguirás.”

George Bernard Shaw, dramaturgo irlandés (1856-1950)





“Sé sereno, sé puro, no esfuerces demasiado tu cuerpo,
no perturbes tu esencia vital y vivirás para siempre.”

Chuang-tzu, filósofo chino
(350-275 a.c.)





Para los que viven al margen de la economía global, la posibilidad de vender un órgano aparece como un acto de libre albedrío.
La medicina moderna ha dado lugar a un comercio floreciente entre países pobres y países ricos —el de órganos humanos. Pero, ¿qué pasa con los cuerpos saqueados con ese fin?

En el verano de 1998, charlaba en la terraza de un café del centro de São Paulo con Laudiceia da Silva. Esa mujer acababa de exigir una investigación judicial para que se esclarecieran las circunstancias en que había “perdido” un riñón en el hospital estatal en donde sólo debían extirparle un quiste en los ovarios.
Informado de lo sucedido, el representante del hospital dio una explicación inverosímil: que el riñón de Laudiceia había sido absorbido por la “masa” de tejidos que rodeaba el quiste. Sin embargo, el establecimiento se negó a dar pruebas declarando que el ovario y el riñón en cuestión habían sido “eliminados”. Para colmo de males, el hermano de Laudiceia había fallecido unas semanas antes a raíz de actos de violencia urbana y la familia había llegado al hospital demasiado tarde para impedir que le extirparan los órganos en virtud de la nueva ley sobre “consentimiento presunto” vigente en Brasil.
“Los pobres como nosotros están perdiendo sus órganos en provecho del Estado”, afirmó Laudiceia indignada.
La suya no es más que una de la numerosas historias verosímiles de “robo de riñones” que Lawrence Cohen y yo escuchamos en Sudamérica, India y Bangladesh como parte de nuestra labor de representantes de Berkeley Organs Watch, una organización independiente de defensa de los derechos humanos que investiga las denuncias de abusos médicos en la extracción, distribución y trasplante de órganos.

Teatros del absurdo
Por no haber ninguna otra institución de este tipo, Organs Watch fue concebida como un instrumento para adoptar medidas de emergencia frente a los informes de venta ilegal o robo de órganos y tejidos en cualquier parte del mundo.
Nuestro mandato es “seguir la pista a los cuerpos”. Seguimos a los pacientes que reciben trasplantes desde las clínicas de diálisis a la intervención quirúrgica y a los cuerpos de los donantes desde los bares de los townships a las comisarías y morgues y, de allí, a los distintos bancos de ojos, clínicas y laboratorios de investigación que los recolectan y los redistribuyen. Hay momentos en que los teatros de la cirugía parecen más bien teatros del absurdo, como lo demuestran algunas escenas de nuestro trabajo en el terreno.
En Chennai (Madrás), una barriada del Sur de la India, mi colega Lawrence Cohen tuvo contacto con cinco mujeres del lugar, cada una de las cuales había vendido un riñón por 32.500 rupias (unos 1.200 dólares en 1999). Todas se habían operado en la clínica del doctor K.C. Reddy, el defensor más ferviente del derecho individual a vender un riñón. A la inversa de los “bazares de órganos” más dudosos de Bombay, el doctor Reddy se enorgullece de dirigir una clínica ejemplar: los vendedores de riñones son seleccionados cuidadosamente, se les informa en detalle de los riesgos que corren y reciben atención médica gratuita en su establecimiento durante los dos años siguientes a la ablación. Las mujeres entrevistadas por Cohen eran en su mayoría empleadas domésticas muy mal pagadas, con maridos en situación difícil. Por lo general, la venta del riñón obedecía a una crisis financiera: la familia ya no tenía crédito y no podía salir adelante. Cohen preguntó si con la venta mejoraba la situación y se le contestó que sí, al menos por un tiempo, pero que pronto el dinero era devorado por los intereses usurarios de los prestamistas y las familias volvían a endeudarse. ¿Lo harían de nuevo si pudieran? “Sí”, contestaron las mujeres.
Varios meses más tarde, escuché a Rosemary Sitsheshe en su casa del township de Gugutelu, en las afueras de Ciudad del Cabo (Sudáfrica). Su único hijo, Andrew, de 17 años, se vio envuelto en un tiroteo entre bandas muy poco antes del fin del apartheid y murió en manos de la policía de una herida en el pecho.
Al día siguiente Rosemary se dirigió a la morgue de la comisaría del lugar para reclamar el cadáver, pero se lo negaron. Cuando, al cabo de dos días, la familia pudo ver los restos de Andrew, tuvo una terrible impresión: la sábana que envolvía el cadáver estaba manchada de sangre y el muchacho tenía dos orificios profundos en la frente. Rosemary protestó, afirmando que había muerto de un solo balazo en el pecho. No pudo obtener una explicación.
Más tarde, acompañada por su propio médico, pagado por el partido Congreso Nacional Africano, Rosemary se enteró en la morgue de que a su hijo le habían extirpado los ojos y retirado las vísceras de la cavidad abdominal para luego reponerlas cuidadosamente. Pero, ¿eran realmente los órganos de su hijo?, preguntó. Conocía el color de sus ojos, pero ignoraba el color y la forma de su corazón o de sus riñones. En el banco local de ojos le dijeron que las córneas del muchacho habían sido retiradas y donadas a “pacientes con suerte”. Los restos de los ojos se guardaron en el refrigerador y el director se negó a restituirlos a Rosemary para que fueran sepultados.
“Aunque mi hijo está muerto y enterrado”, afirmó, “¿es normal que su carne esté quién sabe dónde, y que partes de su cadáver sigan flotando por ahí?” Ulteriormente, Rosemary Sitsheshe formuló una denuncia contra la morgue de la policía y el banco de ojos ante la Comisión Verdad y Reconciliación de Sudáfrica. Solicitó que el caso fuera tratado como ejemplo de una práctica frecuente en tiempos del apartheid y que aún persiste en la nueva Sudáfrica democrática.

De vivos o de muertos
La más extraña de las expediciones de toda mi carrera fue la que hice clandestinamente al manicomio estatal de Montes de Oca, en la provincia de Buenos Aires, en enero de 2000, acompañada por un detective privado. Fuimos allí para tratar de descubrir qué había de cierto en los rumores persistentes de robos de sangre, tejidos y órganos de enfermos mentales profundos, pero físicamente sanos, internados en el establecimiento. Las primeras informaciones datan de comienzos de los años noventa, época de la “desaparición” de una joven psiquiatra, la doctora Gubileo, que había vivido en la institución. Al parecer, estaba a punto de revelar las prácticas ilícitas del director del establecimiento. La excavación de los terrenos del manicomio ordenada por un tribunal no permitió descubrir los restos de la doctora, pero sí recuperar unos pocos cadáveres no identificados.
Los únicos testigos del secuestro de la doctora fueron dos pacientes que declararon haber visto cómo se la introducía en una camioneta del psiquiátrico. Pero, declarados deficientes mentales, no pudieron prestar testimonio ante el tribunal. Las denuncias de otros comportamientos intolerables en el establecimiento terminaron por provocar el encarcelamiento del director, seguido de su inexplicada muerte en la celda que ocupaba en la prisión el día antes de su comparecencia ante el tribunal. Como consecuencia de ello, el proceso fue sobreseído.
La explotación humana de los muertos para obtener órganos no se limita a antiguos Estados policiales como Sudáfrica, Brasil y Argentina. Prácticas similares pueden existir también en una de las comunidades más ricas de Estados Unidos. En el otoño de 1999, en una cena en Hollywood me tocó sentarme al lado de Jim C., conocido “corredor de órganos” que localizaba desde su casa a vendedores y compradores internacionales. “No hay ninguna razón para que alguien muera en este país en espera de un corazón o un riñón. En otras partes del mundo abundan los órganos de repuesto.” Por lo general, los órganos circulan del Sur al Norte, de los pobres a los ricos, de los negros y los morenos a los blancos, de los cuerpos femeninos a los masculinos. Actualmente, turistas acaudalados pueden viajar a centros médicos exclusivos en Turquía, Europa Oriental, Cuba, Alemania y Estados Unidos en busca de trasplantes que no pueden obtener con rapidez y sin riesgos en su país. Esas clínicas especiales parecen hoteles cuatro estrellas o incluso (como en Cuba) balnearios para ricos.
Recientemente Israel se ha convertido en una suerte de paria del mundo de los trasplantes. Carente de una cultura de donación de órganos y sometido a la presión de los candidatos a recibirlos, el ministerio de Salud se negó a aplicar medidas contra el multimillonario negocio que representa el turismo para trasplantes desde las clínicas de Tel Aviv y Jerusalén a centros médicos de Europa y Estados Unidos.
“Debería considerarse a los órganos como un recurso humano y no nacional”, me dijo un “comprador de riñón” de 71 años de Tel Aviv. Es cierto que daba gusto ver a Avirham lleno de vida gracias a su riñón, extirpado a un campesino de 22 años. “¿Se imagina usted lo que mil dólares, por no hablar de cinco mil dólares, significan en la vida de alguien como él?”
Para la mayoría de los expertos en bioética, la desviación de la medicina de los trasplantes comenzó con la aparición del mercado negro de órganos y tejidos. Para los antropólogos, surgió mucho antes, cuando por primera vez un ser humano frágil y achacoso miró a otra persona y se dio cuenta de que dentro de ese otro cuerpo había algo que podía prolongarle la vida. Y, en materia de trasplantes, el riñón ha pasado a ser el fetiche fundamental, llamado a satisfacer la más elemental de las aspiraciones humanas: la vida, la vitalidad y el entusiasmo.
Pero la venta de órganos y tejidos humanos exige que ciertas poblaciones e individuos desfavorecidos queden relegados a la función de “proveedores”. Es un escenario en el que los cuerpos son desmembrados, transportados, tratados y vendidos en provecho de una población de receptores de condición social más elevada. Utilicé deliberadamente el término “fetiche” para conjurar la energía mágica que se proyecta en un riñón. Avirham, que voló de Jerusalén a Georgia en busca de su riñón, explicó por qué nunca toleraría una donación procedente de un cadáver: “Ese riñón está prácticamente muerto. Es probable que haya pasado varias horas aplastado por las ruedas de un coche… Yo pude ver a mi donante. Era joven, sano, vigoroso. Justamente lo que yo esperaba.”
En Brasil, el rechazo de los riñones procedentes de cadáveres era igualmente virulento. Un médico del distrito de Copacabana declaraba que la mayoría de sus pacientes se negaba a aceptar un órgano de una persona muerta desconocida por temor a que contuviera elementos nocivos o contaminantes.
En definitiva, el fetiche es la idea misma de la “vida” como un objeto de manipulación. La “fetichización” de la vida –que ha de conservarse, prolongarse y mejorarse a toda costa– elimina cualquier posibilidad de ética social. A menudo, cuando aludo a los aspectos inquietantes de la compra de órganos, se me acusa de privar a alguien de una oportunidad de vivir. Pero lo que trato de destacar es que hay otro “cuerpo” de pacientes cuyas necesidades se ignoran o se vulneran.
Actualmente, las nociones de autonomía e integridad corporales son casi universalmente aceptadas. Inspiran los movimientos por los derechos de los pacientes, las exigencias de que los más miserables reciban una sepultura digna y la resistencia popular a las leyes “de consentimiento presunto”. Pero para los que viven al margen de la economía global, que padecen enfermedad, hambre, muerte prematura y deterioro de la condiciones de vida y de trabajo, la posibilidad de vender un órgano aparece como un acto de libre albedrío. “Prefiero venderlo (mi cuerpo) que dejar que el Estado se apodere de él”, expresaban a menudo los habitantes de las favelas de Brasil.
En realidad, es en Occidente donde los valores de autonomía e integridad corporales están más seriamente amenazados. Como la comercialización se ha incorporado a casi todas las esferas de la vida –empezando por los mercados de óvulos de “reinas de belleza” y espermatozoides “de genios”– los valores del Norte han perdido buena parte de su autoridad moral. En cambio, las nuevas constituciones y cartas de derechos promulgadas por el Brasil democrático y la Sudáfrica posterior al apartheid son mucho más avanzadas que las “nuestras”.
Organs Watch procura obtener garantías de que las prácticas relativas a los trasplantes tendrán en cuenta los deseos y las necesidades de los donantes tanto vivos como fallecidos. Pedimos a los cirujanos que averigüen mejor de dónde proceden los órganos y cómo se han obtenido. Deseamos que los “riesgos” y “beneficios” de la cirugía de trasplantes se distribuyan de manera más equitativa entre y dentro de las naciones, y entre grupos étnicos, sexos y clases sociales. En definitiva, exigimos garantías de que el llamado “don de la vida” nunca se desvirtúe transformándose en “robo de la vida”.


Organs Watch: http://sunsite.berkeley.edu/biotech/organswatch/

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