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La mente,
ese dilema
A.C.
Grayling, profesor adjunto de Filosofía, Birkbeck College, Universidad de
Londres. |

La vista, una función demasiado compleja para ser numerizada. |
Desde
Descartes, los filósofos están empeñados en dilucidar las relaciones
entre el mundo material, el cuerpo y la mente. ¿Acaso estamos a punto de encontrar
una respuesta, o siguen siendo los procesos mentales tan inaprehensibles como siempre?
Entre las preguntas
más importantes que aún no han resuelto los investigadores figuran
las relativas a la mente y su función en la naturaleza. ¿Qué
es la mente, y qué relación guarda con el cuerpo?
Con Descartes, el dilema mente-cuerpo quedó bien definido. Sostenía
que cuanto existe corresponde a la categoría de sustancia material o la de
sustancia pensante. Descartes definía la esencia de la materia como la ocupación
de espacio, y la esencia de la mente, como el pensamiento. Ahora bien, al establecer
tal distinción suscitó el problema aparentemente insoluble de cómo
se produce la interacción entre ellas. ¿Cómo un suceso físico,
pincharse por ejemplo, se convierte en el suceso mental que es la sensación
de dolor? ¿Cómo el suceso mental que es pensar “es hora de levantarse”
origina el suceso físico de salir de la cama?
El propio Descartes no supo dar respuesta, y sus sucesores (sobre todo Malebranche
y Leibniz) tuvieron que recurrir a soluciones heroicas. La estrategia de ambos consistió
en aceptar el dualismo, pero alegando que, en realidad, no hay interacción
entre la mente y la materia; su aparente existencia es el resultado de la acción
oculta de Dios.
Una alternativa más plausible es el monismo, planteamiento según el
cual sólo hay una sustancia. Saltan a la vista tres posibilidades: que sólo
hay materia; que sólo hay mente; que hay una sustancia neutra que origina
la mente y a la materia. Cada una ha tenido defensores, pero la primera opción
–la reducción o anexión de todos los fenómenos mentales a la
materia– es la que ha ejercido mayor influencia.
Así, impulsada por los avances de la psicología empírica, surgió
una respuesta a los planteamientos dualistas de la mente: el conductismo, la teoría
de que conceptos mentales como el dolor, la emoción y el deseo han de traducirse
en el comportamiento observable.
Entre sus defensores en el siglo XX se encuentran los psicólogos B. F. Skinner
y J. B. Watson, y los filósofos Gilbert Ryle y W. V. O. Quine. Entre unos
y otros existen grandes diferencias, pero todos se enfrentan a una misma dificultad:
no logran eliminar las referencias a la creencia y al deseo como elementos centrales
de nuestras explicaciones del comportamiento. La mera descripción del cuerpo
de un hombre que entra en una tienda y sale con un paquete de galletas, por ejemplo,
no llegaría a explicar gran cosa sin hacer referencia a su deseo de galletas
y a la creencia de que podría conseguirlas en la tienda.
Psicología
popular y ciencia moderna
Un
enfoque materialista es el de la “teoría de la identidad”, según la
cual los estados mentales son idénticos a estados o procesos del cerebro.
Basándose en esta teoría, algunos filósofos sostienen hoy que,
a medida que avance la neurociencia, iremos eliminando el vocabulario impreciso y
anticuado que solemos usar para referirnos a lo mental. Dos defensores de este punto
de vista, Patricia y Paul Churchland, afirman que para la neurociencia futura la
actual “psicología popular” será lo que para la medicina moderna es
la antigua creencia de que la enfermedad es fruto de la posesión diabólica.
Pero cabe aquí hacer la misma objeción imputable al conductismo, a
saber, que nuestro vocabulario en materia de creencias y deseos parece indispensable
para explicar las acciones humanas.
No obstante, las investigaciones en neurología proporcionan argumentos para
aceptar la existencia de una relación estrechísima entre los fenómenos
mentales y los neurológicos.
Dadas las dificultades para identificar esa relación de manera precisa, se
han propuesto diversas estrategias para abordar la reflexión. Una es aceptar
que nuestra manera de hablar de los fenómenos mentales y físicos es
irreductiblemente diferente. Imaginemos, por ejemplo, cómo describirían
un partido de fútbol un sociólogo y un físico, cada uno centrándose
en los aspectos propios de su especialidad. Sin embargo, ambos estarían describiendo
lo mismo.
La
insondable conciencia
Por
otra parte, la conciencia puede resultar más fácilmente comprensible
que la relación entre mente y cuerpo: después de todo, cualquier persona
capaz de pensar es íntimamente consciente de ser consciente. Pero la conciencia
es el misterio más desconcertante al que han de hacer frente la filosofía
y la neurología. Algunos filósofos piensan que es algo demasiado difícil
para que la inteligencia humana pueda comprenderlo. Otros afirman que no existe la
conciencia y no somos más que unos zombis muy complicados. Desafiando estos
planteamientos, los investigadores han aprovechado los nuevos medios de investigación,
especialmente los aparatos para escanear el cerebro y observarlo en pleno funcionamiento.
Gracias a ello se ha hecho un gran avance en el conocimiento de las funciones cerebrales
y la correlación entre zonas cerebrales y determinadas capacidades mentales.
Subsiste sin embargo el problema capital de cómo surgen en la mente imágenes
coloreadas, olores y sonidos evocadores. Una teoría reciente del neurofisiólogo
Antonio Damasio es que la conciencia empieza como una consciencia autorreflexiva,
lo que constituye un nivel primitivo de identidad, una intensa, aunque vaga, consciencia
de ser. Las relaciones emocionales y los objetos externos construyen a continuación
un modelo del mundo, una sensación de saber que proporciona a cada uno de
nosotros la impresión de ser a la vez el propietario y el espectador de la
película que se proyecta en nuestro cerebro.
Según estas teorías, la conciencia surgió entre los mamíferos
superiores como ventaja para la supervivencia. Los mismos seres que son meros autómatas
biológicos, aun siendo muy sensibles a su medio, no se adaptarían tan
bien como los que son genuinamente conscientes.
El debate en torno a la mente ha alcanzado consenso en cuanto a que forma parte de
la naturaleza y puede ser estudiada por medios científicos, pero sigue siendo
un misterio qué es en sí y cómo se relaciona con el resto de
la naturaleza. El siguiente salto en su conocimiento llevará seguramente aparejada
una revolución conceptual y científica de tal magnitud que hoy no podemos
ni imaginar. |
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