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La
alimentación
“Hay que comer
para vivir y no vivir para comer”. Los dietistas coinciden hoy con Molière.
Comer entre cinco y nueve platos diarios de frutas y verduras frescas asegura la
longevidad. Siempre y cuando uno abandone al mismo tiempo las pizzas, los pasteles,
los fritos y las carnes, todo lo que aumenta el colesterol. Son muy recomendados,
en cambio, el brécol (por los antioxidantes), los cereales (por la fibra),
las espinacas al vapor, el pollo sin piel y la leche descremada.
Claro que también puede citarse el ejemplo de algunos disidentes
de esta línea dura, como David Henderson, que falleció en 1998 a los
109 años. La dieta de este campesino escocés se basaba en avena cocida
con leche, ciruelas, embutidos y ginebra. No hay que extrañarse por la ginebra:
hay quienes defienden el consumo moderado de champaña y oporto. La mala noticia
es que todos los experimentos de laboratorio coinciden en la conclusión: el
secreto de la longevidad consiste en comer poco, muy poco. Los animales que pasan
hambre y frío y que son agresivos suelen vivir más.
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Los
medicamentos
Apreciar la
longevidad es una cosa, sacrificarse por ella es otra, sobre todo cuando hay que
seguir dietas a base de coliflor y raíces chinas. La gente paga lo que sea
con tal de no envejecer y conservar al mismo tiempo el placer de la comida. De ahí
que los laboratorios hayan inundado el lucrativo y creciente mercado de la longevidad
con productos innovadores.
La estrella es en la actualidad la DHEA (dehydroepiandrosterona), una
hormona secretada por las glándulas suprarrenales, que se transforma en estrógenos
y testosterona. Según sus defensores, la DHEA tonifica la piel, refuerza los
huesos y aumenta la capacidad sexual. Se desconocen, sin embargo, sus repercusiones
en el resto del organismo, en particular en el hígado. Por lo demás,
sus consecuencias son las mismas que las de las otras hormonas: podría desarrollar
los senos en los hombres y el sistema piloso en las mujeres.
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Los
complementos nutritivos
Cuando las
células no logran asimilar eficazmente los alimentos, generan moléculas
que “oxidan” el cuerpo. Así como el metal se enmohece, el cuerpo se debilita
y el material genético se deteriora. Para afrontar este problema, se puede
recurrir a un arsenal de productos que van desde las vitaminas A, C y E hasta el
betacaroteno, pasando por las plantas y otras sustancias. El ginkgo, por ejemplo,
mejora la actividad cerebral.
También tienen muchos adeptos el ginseng, el arándano,
la lecitina de soja y las hojas de espino blanco. Hay quienes son partidarios del
ajo y la cebolla, ya sea crudos, triturados en aceite, en zumo o macerados en alcohol.
Y si se mezclan estas infusiones, mayores son aún sus virtudes.
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Los
adelantos genéticos
Cumplir cien
años, 120 años, puede ser la regla en un futuro no muy lejano. Esto
es lo que algunos científicos creen a raíz de los extraordinarios conocimientos
sobre el funcionamiento del organismo que está revelando la descodificación
del genoma humano.
Se prevé que los cambios más transcendentales se deberán
a tres técnicas diferentes: el cultivo de tejidos, la producción de
órganos en laboratorio y la clonación terapéutica. La vía
más prometedora parece ser la de las células madre: extraídas
a veces del feto, multifuncionales, pueden reemplazar las neuronas enfermas, reconstruir
la médula espinal y los tejidos orgánicos.
Por su parte, los que tienen una fe ciega en los progresos de la ciencia,
prefieren reservar un refrigerador para conservar su cerebro cuando se mueran y un
robot para depositar en él la conciencia. Pero si nada de esto lo convence,
no se preocupe: su remedio son un par de líneas de Jorge Luis Borges: “Saber
que uno es inmortal es a la vez divino, terrible e incomprensible.”
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