
El artista ciberpunk australiano Stelarc en plena exhibición.
|
Tiene
la tecnología en la piel y asegura que la implantación de chips electrónicos
y metales le permitió liberarse de la droga y reconstruirse.
El joven Z.L. tiene
unos 30 años y posee una tienda de piercing en el sur de Francia. Luce la
cabeza rapada, el torso desnudo y un tatuaje en el brazo derecho que representa una
maraña de caños, órganos biológicos y piezas metálicas.
Cuando sonríe, descubre una encantadora dentadura en cromo-cobalto y sueña
con reconstruir su esqueleto en acero. Por lo pronto, comenzó su metamorfosis
con la implantación subcutánea de cinco bolitas de teflón entre
los pectorales.
Este ex punk, que atravesó un período de autodestrucción cuando
se drogaba, encontró la “sabiduría” –explica– en la afirmación
del cuerpo tecnológico. Z.L. es un ciberpunk.
Una moda internacional
El movimiento ciberpunk tiene otros adeptos. En Australia, un artista llamado Stelarc
se implantó una tercera oreja de teflón, único metal tolerado
por el organismo. En Estados Unidos, numerosas personas –y no sólo artistas–
apelaron a la técnica de implantes subcutáneos que practican Steve
Hayworth y John Cobb. En Francia, la ley prohíbe todo atentado a la integridad
del cuerpo, salvo por razones terapéuticas.
“Cuando me drogaba en algún tugurio, también atentaba contra mi integridad
física”, explica Z.L. “La ley no establece diferencias entre la adicción
a la droga y la reconstrucción positiva... Entonces, oficialmente, me hago
los implantes en el extranjero.”
Z.L. se refiere a los escritos apocalípticos de autores ciberpunks como Bruce
Sterling o William Gibson. Para ellos, nuestros cuerpos nos resultan extraños.
Sólo existen en la medida en que acogen una multitud de huéspedes parásitos,
sean de orden físico, tecnológico e incluso virtual.
Cada vez más la tecnología se convierte en una prolongación
del cuerpo. Para convencerse de esa evolución sólo hay que pensar en
los ordenadores portátiles, teléfonos móviles, chips e incluso
pulseras electrónicas para los prisioneros autorizados a abandonar la cárcel
por un fin de semana.
Atento lector de las publicaciones más sofisticadas y de los informes científicos
del MIT (Massachusetts Institute of Technology), Z.L. está convencido de que
rápidamente se podrán integrar las nuevas tecnologías al cuerpo
humano. Él mismo aprendió las técnicas de implante.
“El Estado utiliza las tecnología para aumentar su control sobre los ciudadanos.
Cuando se implanten los primeros chips electrónicos bajo la piel de los prisioneros,
probablemente dentro de unos cinco años, yo estaré en condiciones de
retirarlos, de alterar su funcionamiento e incluso de propagar virus para ridiculizar
a Big Brother...”, asegura.
Primer body artist que se dedica a practicar implantes en Francia, su trabajo es
–todavía– poco conocido. Z.L. no opera a cualquiera y aún menos si
su paciente no tiene razones profundas. El factor decisivo son las motivaciones filosóficas,
artísticas o políticas de sus clientes. A su criterio, la tecnología
debe ser sinónimo de liberación y no de sometimiento.
En la línea de los trabajos iniciados por el profesor Kevin Warwick, pionero
de las investigaciones sobre los implantes y las nanotecnologías, Z.L. decidió
dar el paso decisivo y concretar su mutación definitiva en hombre-ciborg.
“En este momento –revela– trabajo sobre la posibilidad de implantarme un chip electrónico
en el brazo, lo que me permitirá, por ejemplo, manejar mi ordenador a distancia.
Quiero integrar las tecnologías a mi cuerpo, no continuar sometido a la máquina.
Esto le puede parecer una locura. Pero dentro de diez años todos pedirán
ser implantados para aumentar nuestro saber, nuestra inteligencia y nuestra memoria...
Yo sólo les llevo una pequeña ventaja.” |