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El Norte busca un eco a su propia canción

Podemos ayudar al Norte

Elegimos a nuestros donantes

La rebelión de las ONG del Sur
Philippe Demenet, periodista del Correo de la UNESCO.

Aunque a menudo son las ONG del Norte las que financian a las del Sur, éstas han dejado de considerarse subordinadas y reclaman una verdadera asociación. ¿Cómo lograr una relación más igualitaria?
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Miembros del equipo Songhai, ONG beninesa.






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Control periódico de una mujer encinta.





Equipo Songhaï*: el Norte busca un eco a su propia canción

“Asociación”, ¿significa igualdad? En Shonghai no creemos que sea así. Sin embargo, quiere decir complementariedad, visión común de la misión, respeto mutuo y transparencia a toda prueba. Para que uno no aplaste al otro…
Por desgracia, estamos muy lejos de eso. En el Sur, con demasiada frecuencia, las ONG se crean sin un verdadero proyecto. Nacen de un impulso del corazón, de una reacción frente a un síntoma, sin estrategia a largo plazo. A continuación, sólo les preocupa la mera supervivencia. De ahí, muy a menudo, la loca carrera que emprenden para atraer “asociados” del Norte, calificados alegremente de “proveedores de fondos”. La ONG del Sur, moribunda, estará dispuesta a absorber toda la ayuda que encuentre. Sacada de apuro eternamente, no intentará movilizar las fuerzas disponibles en el terreno, que podrían ayudarla a llevar adelante su proyecto. Los “elefantes blancos”, estructuras abandonadas que han costado fortunas, son el triste resultado.
Por parte del Norte, las debilidades también son patentes. Nuestros “asociados” aparecen con programas preestablecidos, confeccionados en sus oficinas de Londres, París, Washington o Bruselas, con condiciones y criterios de elegibilidad predeterminados. Luego, se lanzan en busca de personas o instituciones a las que financiar. Dicho de otro modo, persiguen un eco a su propia canción. Y no les cuesta encontrarlo. Aunque las condiciones que imponen cambian con el tiempo —puede tratarse de la igualdad de los sexos y del medio ambiente, o del fortalecimiento de las capacidades—, los “asociados” del Sur están dispuestos a modificar su estrategia e incluso su identidad para responder a las exigencias de los “asociados” del Norte.
Pero ocurre que estos últimos se encuentran a veces en el Sur con instituciones como Songhai, que tienen ciertas ideas y que, respetando al otro, procuran preservar su dignidad. Y eso los perturba… En el pasado, nos vimos obligados a devolver sumas —ya giradas a nuestra cuenta— a sus remitentes, a saber, dos organizaciones de carácter confesional (una católica y la otra protestante) y a un organismo de ayuda multilateral. Sus objetivos y exigencias ya no correspondían a la visión y a las estrategias que habíamos tratado en vano de compartir con ellos.
No siempre es así. Actualmente Songhai colabora con una institución pública de cooperación internacional que, tras un periodo de observación, aceptó reconocernos una cierta flexibilidad en la utilización de los recursos puestos a nuestra disposición.
Todas las actividades y programas de Songhai apuntan a aumentar nuestros recursos propios, a fin de reducir la ayuda que recibimos (sea de las ONG o de los organismos de cooperación). A nuestro parecer, sólo la autosuficiencia puede permitir un funcionamiento duradero.

* La ONG beninesa Songhai —del nombre de un imperio que reinó en el bucle del Níger en el siglo XV— fue creada en 1985 por el hermano Njamuno, un sacerdote católico. En la actualidad, en sus tres centros, da formación a 240 alumnos granjeros para que practiquen una agricultura biológica basada en el aprovechamiento máximo de los recursos locales.

Desde hace diez años, los donantes del “tercer sector”—las organizaciones no gubernamentales (ONG) del Norte— experimentan métodos audaces, incluso rebuscados, para verificar la eficacia de las ONG a las que financian en el Sur. “Prestamos una cámara de vídeo a un asociado ghanés que dirige un proyecto de comercio justo”, cuenta Chris Roche, responsable de programas de Oxfam. Esta organización británica invierte más de 142 millones de dólares al año en programas de desarrollo. “Nuestro socio realizó su propia evaluación, observado por la cámara. Y la película le permitió descubrir que un intermediario malversaba el dinero de los artesanos. Eso es lo que llamamos una ‘autoevaluación de impacto participativo’, porque le permitió dedicarse más a las poblaciones en cuestión.”
Otras ONG practican el “seguimiento efectuado por los pares”, la “evaluación cruzada” o hacen consultas en forma de parlamentos itinerantes. En la primavera de 2001, Marc Berger, responsable del departamento de proyectos del Comité Católico contra el Hambre y para el Desarrollo (CCFD), una ONG francesa cuyo presupuesto anual es superior a 28 millones de dólares, visitó tres continentes para tomar contacto con sus “asociados” del Sur. En las entrevistas que mantuvo con ellos, les reveló el presupuesto de su organización y sus criterios de selección. “Nuestra transparencia les da cierto poder sobre nosotros, y eso hace que los términos de la relación se vuelvan más equitativos”, afirma.
La finalidad de todas estas técnicas es atenuar los efectos de una relación desigual entre donantes —las ONG del Norte— y beneficiarios –las del Sur. Como sea, “la mano que da está por encima de la que recibe”, dice el proverbio africano. Al término de sus consultas, fue el CCFD el que seleccionó los proyectos que iba a financiar e impuso sus reglas de control.

La retórica del Norte
Pero en un mundo en el que el número de ONG —sobre todo en el Sur— experimenta un “crecimiento exponencial” desde hace diez años, según el Banco Mundial, los “socios” del Sur se conforman cada vez menos con esas relaciones desiguales. Desde comienzos de los años setenta, las organizaciones del Norte utilizan el bello término de “asociación” para referirse al vínculo que las une a las del Sur. “Esa palabra pertenece a la retórica convencional”, denuncia Gerry Helleiner1, investigador en la Universidad Oxford Brookes. “Pero rara vez se pone en práctica, hasta el punto de que algunos han llegado a preguntarse si realmente era posible.”
Además, lejos de atenuarse, la presión de las ONG del Norte sobre las del Sur se ha hecho más fuerte “para que éstas aumenten su participación y den pruebas tangibles de su eficacia”, observa Chris Roche. En Novib, una ONG neerlandesa cuyo presupuesto anual es de 128 millones de dólares, el beneficiario de la ayuda debe presentar un balance de su contabilidad anual, así como dos informes financieros al año y un informe final sobre los proyectos en curso. “Si surgen problemas en cuanto al uso de los fondos, es posible que el asociado local reciba la visita de un experto”, precisa Jan Ruyssenaars, asesor del Departamento de Programas. Con todo, Novib, que se describe como “un proveedor de fondos al servicio de las organizaciones del Sur”, no es el más quisquilloso de los donantes.

Laissez-faire versus línea dura
No todos tienen las mismas exigencias, pero los que no imponen ninguna, esos partidarios del “laissez-faire” que anidan en torno a las organizaciones cristianas, son cada vez más escasos. Ésa es al menos la opinión de Rick Davies, un consultor en desarrollo social que estudió el comportamiento de los organismos donantes.
En el otro extremo, los partidarios de la “línea dura” (como la US Agency for International Development, USAID) reclaman, a cambio de los fondos donados, la entrega de información y el cumplimiento de objetivos precisos, como si se tratara de un contrato comercial.
Entre ambos se sitúan los “minimalistas”, para quienes la exigencia de informes debe ser limitada, pues aparta a las ONG del Sur de sus tareas esenciales. O los “apologéticos-realistas” que, aunque son conscientes de la carga impuesta, exigen de todos modos información para sus propios donantes. Es el caso de Novib y Oxfam: “Sin ser colonialistas, cada vez que hay transferencia de fondos se exige una contabilidad, por respeto al público inglés, que es nuestro proveedor de fondos”, alega Chris Roche.
En la India, más de un millón de grupos comunitarios participan en el esfuerzo de desarrollo local. En Europa, entre 1988 y 1995 surgieron 100.000 ONG en los países del ex bloque del Este. En Bangladesh, gracias a las 5.000 organizaciones que realizan programas de alfabetización, es más probable que un niño aprenda a leer en el tercer sector que en el sistema educativo del Estado. Para el desarrollo humano (cuidados de salud, educación, ayudas para el empleo, servicios sociales, ayuda de emergencia), “las ONG del Sur han pasado a desempeñar un papel decisivo. Incluso los gobiernos del Norte recurren a ellas para sus programas de desarrollo”, recuerda Guillaume D’Andlau, profesor del Instituto de Estudios Políticos de Estrasburgo y autor de L’Action Humanitaire (La acción humanitaria, PUF, 1998).

Una dominación insoportable
Por consiguiente, las exigencias de las organizaciones del Norte despiertan cada vez más resistencia. Algunas, en el Sur, llegan incluso a devolver el dinero al remitente cuando se muestra demasiado “dominante”. Con más frecuencia, en los países donde existen varias fuentes de financiación, boicotean a los donantes considerados demasiado burocráticos o puntillosos. “Todas reclaman un donante que sepa escucharlas, que se tome el tiempo de aprender y les deje un margen suficiente de iniciativa propia”, revela Lisa Bornstein, investigadora de la School of Development Study (Escuela de Estudio del Desarrollo) de la Universidad de Natal (Sudáfrica). Otras ONG del Sur, que se conforman con una relación más parecida a un contrato comercial, insisten en que el dinero llegue a tiempo y en que el donante no cambie sus prioridades ni sus métodos de control a medio camino, como muy a menudo sucede.
Cuando se las interroga, y cuando se atreven a expresarse, las ONG del Sur formulan por lo general las mismas quejas respecto de “un Norte que pretende saber lo que es bueno para nosotros, que asume el papel de experto, que no tiene tiempo de escuchar ni se toma la molestia de utilizar los recursos y las competencias locales…”

Las soluciones posibles
Ya a mediados de los años noventa, los organismos donantes presentían el peligro de paralización de la iniciativa local, dada la influencia decisiva que ellos mismos ejercían. “Los principios inherentes a una asociación son incompatibles con la idea de que los donantes impongan condiciones”, afirmaba entonces el presidente del Comité de Ayuda al Desarrollo de la OCDE.
La imposición de condiciones está siempre de actualidad —sobre la defensa del medio ambiente, la igualdad entre los sexos, etc.— pero, allí donde las ONG locales pueden elegir su financiamiento, la reticencia es manifiesta: “Los pescadores del Cabo, oficio esencialmente masculino, no entendían por qué debían favorecer la participación de mujeres en su organización”, cuenta Lisa Bornstein. Se acostumbraron. Pero imponer condiciones como ésas suele desembocar en mascaradas para dar gusto a los donantes.”
¿Qué hacer? Algunas ONG del Sur sólo ven una solución: aumentar su capacidad de autofinanciamiento. “Nos hablan de autonomía. ¿Por qué no enseñarnos algunos de sus métodos de recaudación de fondos y de obtención de ayuda por correo?”, preguntaron a Marc Berger sus interlocutores sudafricanos, mexicanos y chilenos.


1. En Coopération Sud (Nº 2, 2000), revista editada por el PNUD.




Noel Aguirre Ledezma*: podemos ayudar al Norte

Nuestra relación con los donantes del Norte depende en gran medida de la ONG con la que trabajamos. A veces, el entendimiento mutuo será tal que naturalmente tendremos ganas de desarrollar proyectos comunes, basados en una misma visión política, en métodos técnicos y administrativos comparables. Cuando es así, la discusión no se limita a sumas de dinero, ni a la manera de administrar los fondos, y menos aún a la necesidad de respetar los objetivos “al pie de la letra”. La verdadera “asociación”, en esos casos, no está lejos.
Pero, en otros casos, la relación no hace más que reproducir y reafirmar la dependencia del Sur frente al Norte. Entonces sólo se habla de criterios definidos previamente para alcanzar los objetivos fijados, de modo de gestión, etc. Y todo es orientado por la “mirada del Norte”, con el prejuicio de que “los del Sur no saben administrar”.
Estas mismas tendencias existen, poco más o menos, entre las ONG del Sur. Algunas sólo piensan en obtener dinero y reducen las relaciones Norte-Sur a una mera transferencia de fondos. Eso es lo que hay que cambiar, empezando por preguntarse: ¿Qué podemos construir juntos? ¿Qué ayuda puede el Norte recibir de nosotros –en mi esfera de competencia, en materia de educación, cultura, valores humanos? ¿Qué redes crear para que, juntos, no construyamos sólo una región, la pobre, la del Sur, sino un mundo diferente, basado en la equidad y la solidaridad?

* Educador, director del CBIAE (Centro Boliviano de Investigación y Acciones Educativas), una ONG con sede en La Paz financiada por donantes neerlandeses, alemanes y españoles.




Zafrullah Chowdhury*: elegimos a nuestros donantes

Durante los dos primeros años de existencia de nuestra ONG, no pedimos dinero a nadie. Vivíamos en una tienda, en torno a una clínica, y los campesinos nos traían arroz. Luego el abate Pierre nos dio fondos para construir una vivienda. Fueron los primeros que recibimos del extranjero. Cuando fui a Europa, en el invierno de 1972, me dijo: “Me gustaría darles más, pues han hecho una buena labor. Pero con una condición…” Di un salto: “¡No acepto sus condiciones ni su dinero!”, respondí. El abate replicó: “Voy a mostrarle París.” Y me hizo descubrir, en medio de una noche glacial, “su” París, el de los distribuidores de sopa a los indigentes y de los cobertizos donde los Compañeros de Emaús restauran muebles en desuso para subvenir a sus necesidades. Así entendí que pertenecíamos al mismo mundo, pese a la diferencia de idioma. Entonces añadió: “La condición es la siguiente: recuerde siempre que le confío el dinero de los pobres para los pobres de Bangladesh. Asegúrese en todo momento de que ellos sean los beneficiarios.”
Treinta años después, seguimos preguntándonos: “Lo que hacemos, ¿va a beneficiar a los pobres?” Es la lección del abate Pierre. Todavía me sirve.
Imponer condiciones no es, en sí, algo malo, siempre que éstas se basen en la ética y favorezcan el desarrollo humano. El problema es que Occidente y los donantes ponen condiciones impracticables. El trabajo de los niños en la industria textil, en Bangladesh, es indefendible y me opongo a él. Pero, ¿cabe prohibirlo, lisa y llanamente, condicionando toda ayuda a su abolición? Estimo que no, pues la cuestión se plantea así: ¿Cuál va a ser el destino de esas niñas de 10 a 14 años, cuando ya no trabajen en la industria textil? ¿Prostituirse, o vivir como esclavas en una casa de ricos? De todos modos, no irán a la escuela, porque el dinero que ustedes, en el Norte, pagan por la ropa producida por nosotros, no permite a sus madres ser remuneradas en forma decente. Más vale que el menor siga trabajando y que asista a una escuela vespertina a costa de un patrón o de una ONG extranjera.
En nuestro Centro de Salud Popular seleccionamos a los donantes extranjeros y les decimos antes que nada que el presupuesto y los programas los preparamos nosotros. Luego fijamos dos “condiciones”. La primera: los donantes tienen que admitir que no saben nada de Bangladesh y que yo lo conozco mejor que ellos. La segunda, deben tener paciencia: el desarrollo es un proceso lento. Por eso les pido financiamientos a largo plazo, a cinco años por lo menos.
¿Por qué? Porque el primer año el donante nos escucha y aprende. El segundo queda reservado para la discusión y la negociación. Y como sabemos que ha de rendir cuentas a la comunidad que le ha confiado su dinero —una preocupación que lo honra—, el tercer año estará dedicado a verificar que cada céntimo ha sido bien utilizado. A lo largo del cuarto, es probable que surjan dificultades. Pero, llegado el quinto, nos entenderemos mejor y empezaremos incluso a distinguir nuestros éxitos de nuestros fracasos.
Cinco años es el tiempo necesario para crear una relación de entendimiento mutuo y de amistad. Pero ello no basta. Es necesario también que salgamos de la “enfermedad del secreto” traída por los donantes —el Banco Mundial como las ONG del Norte— que ha contaminado a las ONG del Sur. ¿Quién sabe cuánto dinero se ha dado, a quién y para qué? En cuanto hay secreto, hay corrupción. Somos los únicos, entre las ONG locales, que damos a conocer públicamente nuestros salarios y nuestros informes financieros en los centros locales. Porque las poblaciones a las que servimos son las primeras a quienes tenemos que rendir cuentas.
La transparencia comienza ahí. A continuación, con las ONG del Norte, es un asunto de confianza y de respeto mutuos. Si tratamos con un donante que nos entiende y hace hincapié en el desarrollo humano, no tengo nada que objetar a que examine mis libros de contabilidad. Pero debe admitir que yo también tengo derecho a examinar los suyos.

* Médico bangladeshí, fundador de Gonoshasthaya (GK) (Centro de Salud Popular), que se dedica, con sus 2.000 empleados (en su mayoría mujeres), al fomento de las atenciones primarias de salud, de la educación, y de la emancipación de las mujeres en Bangladesh. La ONG forma a su personal paramédico y produce antibióticos y medicamentos genéricos. Se autofinancia en un 70%.

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