
Miembros
del equipo Songhai, ONG beninesa.

Control periódico de una mujer encinta.
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Equipo
Songhaï*: el Norte busca un eco a su propia canción
“Asociación”,
¿significa igualdad? En Shonghai no creemos que sea así. Sin embargo,
quiere decir complementariedad, visión común de la misión, respeto
mutuo y transparencia a toda prueba. Para que uno no aplaste al otro…
Por desgracia, estamos muy lejos de eso. En el Sur, con demasiada frecuencia, las
ONG se crean sin un verdadero proyecto. Nacen de un impulso del corazón, de
una reacción frente a un síntoma, sin estrategia a largo plazo. A continuación,
sólo les preocupa la mera supervivencia. De ahí, muy a menudo, la loca
carrera que emprenden para atraer “asociados” del Norte, calificados alegremente
de “proveedores de fondos”. La ONG del Sur, moribunda, estará dispuesta a
absorber toda la ayuda que encuentre. Sacada de apuro eternamente, no intentará
movilizar las fuerzas disponibles en el terreno, que podrían ayudarla a llevar
adelante su proyecto. Los “elefantes blancos”, estructuras abandonadas que han costado
fortunas, son el triste resultado.
Por parte del Norte, las debilidades también son patentes. Nuestros “asociados”
aparecen con programas preestablecidos, confeccionados en sus oficinas de Londres,
París, Washington o Bruselas, con condiciones y criterios de elegibilidad
predeterminados. Luego, se lanzan en busca de personas o instituciones a las que
financiar. Dicho de otro modo, persiguen un eco a su propia canción. Y no
les cuesta encontrarlo. Aunque las condiciones que imponen cambian con el tiempo
—puede tratarse de la igualdad de los sexos y del medio ambiente, o del fortalecimiento
de las capacidades—, los “asociados” del Sur están dispuestos a modificar
su estrategia e incluso su identidad para responder a las exigencias de los “asociados”
del Norte.
Pero ocurre que estos últimos se encuentran a veces en el Sur con instituciones
como Songhai, que tienen ciertas ideas y que, respetando al otro, procuran preservar
su dignidad. Y eso los perturba… En el pasado, nos vimos obligados a devolver sumas
—ya giradas a nuestra cuenta— a sus remitentes, a saber, dos organizaciones de carácter
confesional (una católica y la otra protestante) y a un organismo de ayuda
multilateral. Sus objetivos y exigencias ya no correspondían a la visión
y a las estrategias que habíamos tratado en vano de compartir con ellos.
No siempre es así. Actualmente Songhai colabora con una institución
pública de cooperación internacional que, tras un periodo de observación,
aceptó reconocernos una cierta flexibilidad en la utilización de los
recursos puestos a nuestra disposición.
Todas las actividades y programas de Songhai apuntan a aumentar nuestros recursos
propios, a fin de reducir la ayuda que recibimos (sea de las ONG o de los organismos
de cooperación). A nuestro parecer, sólo la autosuficiencia puede permitir
un funcionamiento duradero.
* La ONG
beninesa Songhai —del nombre de un imperio que reinó en el bucle del Níger
en el siglo XV— fue creada en 1985 por el hermano Njamuno, un sacerdote católico.
En la actualidad, en sus tres centros, da formación a 240 alumnos granjeros
para que practiquen una agricultura biológica basada en el aprovechamiento
máximo de los recursos locales.
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Desde hace diez años,
los donantes del “tercer sector”—las organizaciones no gubernamentales (ONG) del
Norte— experimentan métodos audaces, incluso rebuscados, para verificar la
eficacia de las ONG a las que financian en el Sur. “Prestamos una cámara de
vídeo a un asociado ghanés que dirige un proyecto de comercio justo”,
cuenta Chris Roche, responsable de programas de Oxfam. Esta organización británica
invierte más de 142 millones de dólares al año en programas
de desarrollo. “Nuestro socio realizó su propia evaluación, observado
por la cámara. Y la película le permitió descubrir que un intermediario
malversaba el dinero de los artesanos. Eso es lo que llamamos una ‘autoevaluación
de impacto participativo’, porque le permitió dedicarse más a las poblaciones
en cuestión.”
Otras ONG practican el “seguimiento efectuado por los pares”, la “evaluación
cruzada” o hacen consultas en forma de parlamentos itinerantes. En la primavera de
2001, Marc Berger, responsable del departamento de proyectos del Comité Católico
contra el Hambre y para el Desarrollo (CCFD), una ONG francesa cuyo presupuesto anual
es superior a 28 millones de dólares, visitó tres continentes para
tomar contacto con sus “asociados” del Sur. En las entrevistas que mantuvo con ellos,
les reveló el presupuesto de su organización y sus criterios de selección.
“Nuestra transparencia les da cierto poder sobre nosotros, y eso hace que los términos
de la relación se vuelvan más equitativos”, afirma.
La finalidad de todas estas técnicas es atenuar los efectos de una relación
desigual entre donantes —las ONG del Norte— y beneficiarios –las del Sur. Como sea,
“la mano que da está por encima de la que recibe”, dice el proverbio africano.
Al término de sus consultas, fue el CCFD el que seleccionó los proyectos
que iba a financiar e impuso sus reglas de control.
La
retórica del Norte
Pero en un mundo en el que el número de ONG —sobre todo en el Sur— experimenta
un “crecimiento exponencial” desde hace diez años, según el Banco Mundial,
los “socios” del Sur se conforman cada vez menos con esas relaciones desiguales.
Desde comienzos de los años setenta, las organizaciones del Norte utilizan
el bello término de “asociación” para referirse al vínculo que
las une a las del Sur. “Esa palabra pertenece a la retórica convencional”,
denuncia Gerry Helleiner1, investigador en la Universidad Oxford Brookes. “Pero rara
vez se pone en práctica, hasta el punto de que algunos han llegado a preguntarse
si realmente era posible.”
Además, lejos de atenuarse, la presión de las ONG del Norte sobre las
del Sur se ha hecho más fuerte “para que éstas aumenten su participación
y den pruebas tangibles de su eficacia”, observa Chris Roche. En Novib, una ONG neerlandesa
cuyo presupuesto anual es de 128 millones de dólares, el beneficiario de la
ayuda debe presentar un balance de su contabilidad anual, así como dos informes
financieros al año y un informe final sobre los proyectos en curso. “Si surgen
problemas en cuanto al uso de los fondos, es posible que el asociado local reciba
la visita de un experto”, precisa Jan Ruyssenaars, asesor del Departamento de Programas.
Con todo, Novib, que se describe como “un proveedor de fondos al servicio de las
organizaciones del Sur”, no es el más quisquilloso de los donantes.
Laissez-faire
versus línea dura
No todos tienen las mismas exigencias, pero los que no imponen ninguna, esos partidarios
del “laissez-faire” que anidan en torno a las organizaciones cristianas, son cada
vez más escasos. Ésa es al menos la opinión de Rick Davies,
un consultor en desarrollo social que estudió el comportamiento de los organismos
donantes.
En el otro extremo, los partidarios de la “línea dura” (como la US Agency
for International Development, USAID) reclaman, a cambio de los fondos donados, la
entrega de información y el cumplimiento de objetivos precisos, como si se
tratara de un contrato comercial.
Entre ambos se sitúan los “minimalistas”, para quienes la exigencia de informes
debe ser limitada, pues aparta a las ONG del Sur de sus tareas esenciales. O los
“apologéticos-realistas” que, aunque son conscientes de la carga impuesta,
exigen de todos modos información para sus propios donantes. Es el caso de
Novib y Oxfam: “Sin ser colonialistas, cada vez que hay transferencia de fondos se
exige una contabilidad, por respeto al público inglés, que es nuestro
proveedor de fondos”, alega Chris Roche.
En la India, más de un millón de grupos comunitarios participan en
el esfuerzo de desarrollo local. En Europa, entre 1988 y 1995 surgieron 100.000 ONG
en los países del ex bloque del Este. En Bangladesh, gracias a las 5.000 organizaciones
que realizan programas de alfabetización, es más probable que un niño
aprenda a leer en el tercer sector que en el sistema educativo del Estado. Para el
desarrollo humano (cuidados de salud, educación, ayudas para el empleo, servicios
sociales, ayuda de emergencia), “las ONG del Sur han pasado a desempeñar un
papel decisivo. Incluso los gobiernos del Norte recurren a ellas para sus programas
de desarrollo”, recuerda Guillaume D’Andlau, profesor del Instituto de Estudios Políticos
de Estrasburgo y autor de L’Action Humanitaire (La acción humanitaria,
PUF, 1998).
Una
dominación insoportable
Por consiguiente, las exigencias de las organizaciones del Norte despiertan cada
vez más resistencia. Algunas, en el Sur, llegan incluso a devolver el dinero
al remitente cuando se muestra demasiado “dominante”. Con más frecuencia,
en los países donde existen varias fuentes de financiación, boicotean
a los donantes considerados demasiado burocráticos o puntillosos. “Todas reclaman
un donante que sepa escucharlas, que se tome el tiempo de aprender y les deje un
margen suficiente de iniciativa propia”, revela Lisa Bornstein, investigadora de
la School of Development Study (Escuela de Estudio del Desarrollo) de la Universidad
de Natal (Sudáfrica). Otras ONG del Sur, que se conforman con una relación
más parecida a un contrato comercial, insisten en que el dinero llegue a tiempo
y en que el donante no cambie sus prioridades ni sus métodos de control a
medio camino, como muy a menudo sucede.
Cuando se las interroga, y cuando se atreven a expresarse, las ONG del Sur formulan
por lo general las mismas quejas respecto de “un Norte que pretende saber lo que
es bueno para nosotros, que asume el papel de experto, que no tiene tiempo de escuchar
ni se toma la molestia de utilizar los recursos y las competencias locales…”
Las
soluciones posibles
Ya a mediados de los años noventa, los organismos donantes presentían
el peligro de paralización de la iniciativa local, dada la influencia decisiva
que ellos mismos ejercían. “Los principios inherentes a una asociación
son incompatibles con la idea de que los donantes impongan condiciones”, afirmaba
entonces el presidente del Comité de Ayuda al Desarrollo de la OCDE.
La imposición de condiciones está siempre de actualidad —sobre la defensa
del medio ambiente, la igualdad entre los sexos, etc.— pero, allí donde las
ONG locales pueden elegir su financiamiento, la reticencia es manifiesta: “Los pescadores
del Cabo, oficio esencialmente masculino, no entendían por qué debían
favorecer la participación de mujeres en su organización”, cuenta Lisa
Bornstein. Se acostumbraron. Pero imponer condiciones como ésas suele desembocar
en mascaradas para dar gusto a los donantes.”
¿Qué hacer? Algunas ONG del Sur sólo ven una solución:
aumentar su capacidad de autofinanciamiento. “Nos hablan de autonomía. ¿Por
qué no enseñarnos algunos de sus métodos de recaudación
de fondos y de obtención de ayuda por correo?”, preguntaron a Marc Berger
sus interlocutores sudafricanos, mexicanos y chilenos.
1. En Coopération
Sud (Nº 2, 2000), revista editada por el PNUD.
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Noel
Aguirre Ledezma*: podemos ayudar al Norte
Nuestra relación
con los donantes del Norte depende en gran medida de la ONG con la que trabajamos.
A veces, el entendimiento mutuo será tal que naturalmente tendremos ganas
de desarrollar proyectos comunes, basados en una misma visión política,
en métodos técnicos y administrativos comparables. Cuando es así,
la discusión no se limita a sumas de dinero, ni a la manera de administrar
los fondos, y menos aún a la necesidad de respetar los objetivos “al pie de
la letra”. La verdadera “asociación”, en esos casos, no está lejos.
Pero, en otros casos, la relación no hace más que reproducir y reafirmar
la dependencia del Sur frente al Norte. Entonces sólo se habla de criterios
definidos previamente para alcanzar los objetivos fijados, de modo de gestión,
etc. Y todo es orientado por la “mirada del Norte”, con el prejuicio de que “los
del Sur no saben administrar”.
Estas mismas tendencias existen, poco más o menos, entre las ONG del Sur.
Algunas sólo piensan en obtener dinero y reducen las relaciones Norte-Sur
a una mera transferencia de fondos. Eso es lo que hay que cambiar, empezando por
preguntarse: ¿Qué podemos construir juntos? ¿Qué ayuda
puede el Norte recibir de nosotros –en mi esfera de competencia, en materia de educación,
cultura, valores humanos? ¿Qué redes crear para que, juntos, no construyamos
sólo una región, la pobre, la del Sur, sino un mundo diferente, basado
en la equidad y la solidaridad?
* Educador,
director del CBIAE (Centro Boliviano de Investigación y Acciones Educativas),
una ONG con sede en La Paz financiada por donantes neerlandeses, alemanes y españoles.
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Zafrullah
Chowdhury*: elegimos a nuestros donantes
Durante los
dos primeros años de existencia de nuestra ONG, no pedimos dinero a nadie.
Vivíamos en una tienda, en torno a una clínica, y los campesinos nos
traían arroz. Luego el abate Pierre nos dio fondos para construir una vivienda.
Fueron los primeros que recibimos del extranjero. Cuando fui a Europa, en el invierno
de 1972, me dijo: “Me gustaría darles más, pues han hecho una buena
labor. Pero con una condición…” Di un salto: “¡No acepto sus condiciones
ni su dinero!”, respondí. El abate replicó: “Voy a mostrarle París.”
Y me hizo descubrir, en medio de una noche glacial, “su” París, el de los
distribuidores de sopa a los indigentes y de los cobertizos donde los Compañeros
de Emaús restauran muebles en desuso para subvenir a sus necesidades. Así
entendí que pertenecíamos al mismo mundo, pese a la diferencia de idioma.
Entonces añadió: “La condición es la siguiente: recuerde siempre
que le confío el dinero de los pobres para los pobres de Bangladesh. Asegúrese
en todo momento de que ellos sean los beneficiarios.”
Treinta años después, seguimos preguntándonos: “Lo que hacemos,
¿va a beneficiar a los pobres?” Es la lección del abate Pierre. Todavía
me sirve.
Imponer condiciones no es, en sí, algo malo, siempre que éstas se basen
en la ética y favorezcan el desarrollo humano. El problema es que Occidente
y los donantes ponen condiciones impracticables. El trabajo de los niños en
la industria textil, en Bangladesh, es indefendible y me opongo a él. Pero,
¿cabe prohibirlo, lisa y llanamente, condicionando toda ayuda a su abolición?
Estimo que no, pues la cuestión se plantea así: ¿Cuál
va a ser el destino de esas niñas de 10 a 14 años, cuando ya no trabajen
en la industria textil? ¿Prostituirse, o vivir como esclavas en una casa de
ricos? De todos modos, no irán a la escuela, porque el dinero que ustedes,
en el Norte, pagan por la ropa producida por nosotros, no permite a sus madres ser
remuneradas en forma decente. Más vale que el menor siga trabajando y que
asista a una escuela vespertina a costa de un patrón o de una ONG extranjera.
En nuestro Centro de Salud Popular seleccionamos a los donantes extranjeros y les
decimos antes que nada que el presupuesto y los programas los preparamos nosotros.
Luego fijamos dos “condiciones”. La primera: los donantes tienen que admitir que
no saben nada de Bangladesh y que yo lo conozco mejor que ellos. La segunda, deben
tener paciencia: el desarrollo es un proceso lento. Por eso les pido financiamientos
a largo plazo, a cinco años por lo menos.
¿Por qué? Porque el primer año el donante nos escucha y aprende.
El segundo queda reservado para la discusión y la negociación. Y como
sabemos que ha de rendir cuentas a la comunidad que le ha confiado su dinero —una
preocupación que lo honra—, el tercer año estará dedicado a
verificar que cada céntimo ha sido bien utilizado. A lo largo del cuarto,
es probable que surjan dificultades. Pero, llegado el quinto, nos entenderemos mejor
y empezaremos incluso a distinguir nuestros éxitos de nuestros fracasos.
Cinco años es el tiempo necesario para crear una relación de entendimiento
mutuo y de amistad. Pero ello no basta. Es necesario también que salgamos
de la “enfermedad del secreto” traída por los donantes —el Banco Mundial como
las ONG del Norte— que ha contaminado a las ONG del Sur. ¿Quién sabe
cuánto dinero se ha dado, a quién y para qué? En cuanto hay
secreto, hay corrupción. Somos los únicos, entre las ONG locales, que
damos a conocer públicamente nuestros salarios y nuestros informes financieros
en los centros locales. Porque las poblaciones a las que servimos son las primeras
a quienes tenemos que rendir cuentas.
La transparencia comienza ahí. A continuación, con las ONG del Norte,
es un asunto de confianza y de respeto mutuos. Si tratamos con un donante que nos
entiende y hace hincapié en el desarrollo humano, no tengo nada que objetar
a que examine mis libros de contabilidad. Pero debe admitir que yo también
tengo derecho a examinar los suyos.
* Médico
bangladeshí, fundador de Gonoshasthaya (GK) (Centro de Salud Popular), que
se dedica, con sus 2.000 empleados (en su mayoría mujeres), al fomento de
las atenciones primarias de salud, de la educación, y de la emancipación
de las mujeres en Bangladesh. La ONG forma a su personal paramédico y produce
antibióticos y medicamentos genéricos. Se autofinancia en un 70%.
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