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Cómo nació la Ordenanza 101

Reconciliar a los canadienses

¡Viva Quebec políglota!
Filippo Salvatore, profesor de Comunicación de la Universidad Concordia, ex miembro del Consejo de la Lengua Francesa de Quebec y ex asesor de la municipalidad de Montreal.
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Manifestación a favor de la lengua francesa en Montreal.


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Placa de un automóvil quebequés.



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Señales de tráfico en Quebec.




Cómo nació la Ordenanza 101

Antes la promulgación de la Ordenanza 101, los habitantes de Quebec podían enviar a sus hijos a escuelas públicas inglesas o francesas que, por vicisitudes de la historia, se habían organizado sobre una base religiosa. Al nacer la Confederación Canadiense en 1867, en Quebec convivían dos grandes grupos étnicos: los católicos franceses y los protestantes británicos. Cada uno constituyó su propio sector escolar dentro del sistema público de enseñanza. Pero, a fines del siglo XIX, una comunidad recientemente instalada en Montreal, los católicos irlandeses, perturbó esta división tan clara. La solución de compromiso que les permitió matricularse en las escuelas inglesas sentó un precedente. Desde entonces, todos los inmigrantes, de los católicos polacos a los italianos, hicieron otro tanto. Incluso francófonos minoritarios, como los judíos marroquíes, fueron enviados (por las autoridades) a clases en inglés, para sustraerlos al catecismo del sistema escolar francés.
Este arreglo convenía perfectamente a los canadienses franceses, que no deseaban la presencia de francófonos no autóctonos en sus escuelas. Además, en ese entonces su índice de natalidad se mantenía alto. Pero bajó rápidamente durante la Revolución Tranquila, cuando los quebequeses franceses empezaron a emanciparse de los cánones de la sociedad católica tradicional. En vez de fundar familias numerosas en el campo, la nueva generación prefirió instalarse en la ciudad y mejorar su nivel de vida. Y precisamente cuando las familias francesas se reducían, aumentó la inmigración, sobre todo italiana.
Mientras las escuelas inglesas proliferaban en Montreal, el movimiento nacionalista que abogaba por la independencia de Quebec se convirtió en una fuerza creíble y poderosa. Exigía que se adoptaran medidas para remediar el desequilibrio lingüístico y demográfico que se reflejaba en el sistema escolar. Se procuró llegar a un compromiso en 1968, con una ley que favorecía la instrucción en lengua francesa, pero los nacionalistas no se declararon satisfechos. Querían que todos los niños estudiaran en escuelas francesas.
Dos años más tarde, el francés pasó a ser el idioma oficial de Quebec, pero las tensiones siguieron exacerbándose hasta el estallido de una verdadera guerra lingüística en 1976, cuando, bajo la dirección de René Lévesque, el jefe carismático que lo había fundado, el nuevo Partido Separatista Quebequés ganó las elecciones provinciales. Al año siguiente, los nacionalistas adoptaron la Ordenanza 101, que constituyó un hito en el debate lingüístico en Quebec.

Las leyes que impusieron el francés en las escuelas y en el trabajo en Quebec han tenido resultados más positivos de los esperados. El plurilingüismo está apoderándose de la provincia canadiense, para despecho de los nacionalistas intransigentes.

Con sus bellezas naturales abruptas y su acento encantador, Quebec brilla como un ejemplo de determinación cultural para los países que cuentan con minorías importantes, de España a Nigeria. El pequeño islote francófono avanza en un océano anglófono, gracias a su arsenal cuidadosamente elaborado de leyes y medidas educativas favorables al francés. Pero la situación de la “Belle Province” de Canadá está a punto de cambiar: según una encuesta oficial reciente, ha llegado el momento de flexibilizar la Ordenanza 101, que impuso hace 30 años el francés en el sistema escolar y en los lugares de trabajo.
Según esa ordenanza (conocida también como Carta de la Lengua Francesa), todos los niños deben cursar la enseñanza primaria y secundaria en francés, con una excepción: los quebequeses nativos que fueron a la escuela primaria en inglés pueden elegir el idioma de escolarización de sus hijos. Sin embargo, el francés es de rigor para todos los que llegan a Quebec, de Canadá o de cualquier otro sitio, hasta el nivel superior o universitario.
Promulgada en 1977, la Ordenanza 101 fue un invento del movimiento nacionalista de Quebec cuya meta era la secesión del resto de Canadá o, al menos, conseguir una mayor autonomía dentro de la federación (ver recuadro). La ley se remonta a los días heroicos de la Revolución Tranquila, cuando los quebequeses franceses arrebataron la provincia a una poderosa minoría inglesa que controlaba sus inmensas riquezas naturales. Modificaron entonces el panorama cultural mediante leyes como la Ordenanza 101 para afrancesar la enseñanza, las actividades profesionales y el comercio, restringiendo el uso del inglés en los letreros e incluso en las jarras de cerveza de los bares. La policía lingüística todavía ronda por las calles observando los anuncios para asegurarse, por ejemplo, de que la indicación “poulets frits” domina sobre la de “fried chicken”. El gobierno provincial da periódicamente una mano adicional de pintura legislativa para reavivar el espíritu de la Ordenanza 101. Después de cada pincelada, una nueva oleada de quebequeses anglófonos emigra a otras regiones de Canadá o a Estados Unidos.

La “amenaza alófona”
Actualmente, los quebequeses ingleses de viejo cuño representan apenas 8,5% de la población, frente a 13% en 1971. Sin embargo, a juicio de los nacionalistas, la amenaza anglófona no se ha disipado, sino que ha adquirido una nueva dimensión debido a los “alófonos”, un eufemismo para referirse a los inmigrantes cuyo idioma materno no es el francés. Todos los años, llegan de 25.000 a 35.000 inmigrantes, principalmente de América Latina, Oriente Medio y el Lejano Oriente. En conjunto, las dos minorías —la anglófona y la alófona— representan 18% de la población de la provincia. Los quebequeses nativos todavía constituyen aproximadamente 82% de la población, pese a tener uno de los índices de natalidad más bajos del mundo. Pero muchos de esos “autóctonos” están convencidos de que pronto serán una minoría en su propia capital financiera, Montreal. Según un sondeo publicado el año pasado por el diario Le Devoir, 55% de los quebequeses están convencidos de que el francés peligra en toda la provincia.
Este clima de alarma llevó al gobierno provincial a realizar en 2000 una gran encuesta cuyo tema era: “¿Qué debe hacer Quebec para asegurar el futuro de la lengua francesa?” El informe resultante, que se conoce como los Estados Generales de la Lengua, constituye una especie de ritual. Cada vez que el gobierno provincial propicia un referéndum separatista (ver recuadro), ejerce mayor presión en el terreno lingüístico insistiendo en la situación desastrosa del francés. Pero después de haber gastado más de dos millones de dólares canadienses en una serie de audiencias públicas en toda la provincia, los nacionalistas obtuvieron mucho más de lo que deseaban: según el informe preliminar publicado el 5 de junio, la situación del francés nunca ha sido mejor en la “Belle Province”.
“El francés no es ya el monopolio de la mayoría, sino que ha pasado a ser la lengua de todos”, declaró el presidente de los Estados Generales, Gérard Larose, ex dirigente sindical y viejo separatista quebequés. Casi 95% de los habitantes de Quebec saben francés y lo utilizan, lo que representa un aumento de 7% en sólo diez años.
Más de 90% de los alumnos recién llegados a la provincia van directamente a la escuela francesa, afirma el ministerio de Educación de Quebec. Es cierto que la única alternativa que se les ofrece es la enseñanza privada. Pero la Ordenanza 101 no puede obligar a esos menores a hablar francés fuera de las aulas. Ahora bien, son muchos los que siguen hablando y gritando en francés durante los recreos.
Hasta las minorías antiguas —los anglófonos y alófonos nacidos y criados en Quebec— han adoptado el espíritu de la Ordenanza 101: de acuerdo con la ley, esos padres tienen derecho a matricular a sus hijos en escuelas inglesas, pero las tres cuartas partes optan por la enseñanza en francés. Con una excepción notable: los italianos, una de las comunidades más importantes y mejor integradas de Quebec, siguen mayoritariamente apegados a las escuelas inglesas. Pero, lejos de rechazar el bilingüismo, esas familias hablan tres idiomas. El índice de matrimonios franco-italianos aumenta todos los años. Es el amor y no la coacción lo que atrae a esta comunidad hacia el francés.

Respeto al inglés
El trilingüismo sedujo también a los Estados Generales. Aunque las recomendaciones finales sólo se darán a conocer en agosto, el informe publicado el 5 de junio por la comisión Larose constituyó una verdadera bomba: las comunidades anglófona y alófona ya no son enemigas, y su actitud es ejemplar. “En Quebec el viejo antagonismo anglo-francés ha retrocedido. Y tal vez mucho”, afirmó Larose, antes de presentar un plan de fomento del francés, pero también del inglés. En vez de abogar por el refuerzo de la Ordenanza 101, como esperaban muchos partidarios de la línea dura, la comisión sugirió que se desmantelara parcialmente, por ejemplo suprimiendo la policía de la lengua.
Según la comisión Larose, en Quebec se necesita una nueva carta o constitución que reconozca oficialmente el francés como lengua de ciudadanía de la provincia. Pero, prosigue, el inglés también merece respeto. Debe garantizarse a los anglófonos acceso a los servicios de ayuda jurídica, a la atención de salud, a los programas de asistencia social y a la educación. “Tratamos de decir a la comunidad anglófona que reconocemos su lugar en esta sociedad y que su futuro está asegurado”, explica uno de los once miembros de la comisión, Dermod Travis, presidente de la ONG Forum Action Quebec, cuyo objetivo es fomentar el diálogo entre todos los quebequeses.
Tal vea la última ironía sea que el informe recomienda que los alumnos francófonos mejoren su inglés. Hoy, los niños de las escuelas inglesas tienen cursos obligatorios de francés desde primer grado, pero para los francófonos la enseñanza del inglés —de nivel bastante mediocre— sólo empieza en quinto. En consecuencia, sólo 38% de los quebequeses franceses son bilingües. Así, no sólo sus perspectivas profesionales se esfuman en cuanto salen de Quebec, sino que incluso dentro de la provincia están en inferioridad de condiciones con los alófonos bilingües o trilingües, cada vez más numerosos.
¡Blasfemia!, claman los corifeos del Partido Quebequés. La situación del francés sigue siendo precaria, “pues es mucha la gente que sigue hablando inglés en la intimidad”. Es posible, afirman esos obcecados, que los inmigrantes se expresen en francés en el trabajo y en la escuela, pero en cuanto vuelven a casa o charlan con sus amigos adoptan el inglés. En resumen, para esos extremistas, la integración es sinónimo de asimilación y todo lo demás es traición.
Si la aspiración de Camille Laurin, el padre de la Ordenanza 101, era fundir a todos los que llegaban a la provincia en el molde del “buen quebequés”, el resultado deja bastante que desear. La generación 101 aprende francés, pero se mantiene abierta a la cultura estadounidense y apegada a su lengua materna y sus valores. Esos jóvenes y sus padres aceptan, en general, el principio del predominio del francés en Quebec. Ha llegado el momento de que los quebequeses asuman, por su parte, el papel de mayoría establecida y respetada, y no de minoría amenazada. Es hora de cambiar de método: menos coerción y más estímulo.


Reconciliar a los canadienses

El debate lingüístico de Quebec supera ampliamente las fronteras de la provincia y afecta en su esencia a la identidad y la unidad canadienses. Desde hace treinta años, las diez provincias del Canadá tratan de modificar la Constitución para resolver el conflicto existente entre una concepción federal del país y las exigencias de Quebec, que aspira a una mayor soberanía
Ese debate comenzó en 1971. Ese año el movimiento nacionalista amenazó por primera vez con separarse del resto de Canadá, lo que habría dejado un espacio vacío en plena confederación. El Primer Ministro, Pierre Elliott Trudeau (quebequés francófono), expuso su visión del futuro: un Canadá oficialmente bilingüe y multicultural, con diez provincias iguales y un gobierno federal fuerte. Los separatistas, como René Lévesque, rechazaron esa idea y lanzaron otra: un Quebec políticamente soberano, “asociado” económicamente al resto de Canadá.
En 1980, Lévesque convocó un referéndum para que el pueblo de Quebec se pronunciara sobre esta proposición, que fue rechazada. Un segundo referéndum, convocado en 1995 por Jacques Parizeau, entonces Primer Ministro provincial y jefe del P.Q. llevó a un nuevo rechazo, pero esta vez por una ínfima mayoría de 1%. Parizeau atribuyó el fracaso “al dinero y al voto étnico”, comentario que todo el mundo interpretó como una alusión xenófoba a las comunidades minoritarias de Montreal. La declaración causó escándalo y Parizeau tuvo que dimitir.
En 1996, un dirigente más conciliador, Lucien Bouchard, tomó el control del PQ y asumió el cargo de Primer Ministro de la provincia. Dispuesto a negociar con el gobierno federal, se esforzó sin embargo por dar gusto a los sectores más duros de su partido, organizando los Estados Generales sobre el futuro de la lengua francesa en Quebec. Algunos extremistas pensaban que la encuesta iba a ser el primer paso hacia un nuevo referéndum sobre la soberanía. Un nacionalista, Yves Michaud, aludió nuevamente al espectro del “voto étnico judío”. Alarmado por esta actitud antisemita y las profundas divisiones que provocaba dentro del PQ, Bouchard renunció en el pasado mes de diciembre. Pero su voz moderada ha encontrado eco en la posición conciliadora de los Estados Generales.

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