
Manifestación a favor de la lengua francesa en Montreal.

Placa de un automóvil quebequés.

Señales de tráfico en Quebec.
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Cómo
nació la Ordenanza 101
Antes la promulgación
de la Ordenanza 101, los habitantes de Quebec podían enviar a sus hijos a
escuelas públicas inglesas o francesas que, por vicisitudes de la historia,
se habían organizado sobre una base religiosa. Al nacer la Confederación
Canadiense en 1867, en Quebec convivían dos grandes grupos étnicos:
los católicos franceses y los protestantes británicos. Cada uno constituyó
su propio sector escolar dentro del sistema público de enseñanza. Pero,
a fines del siglo XIX, una comunidad recientemente instalada en Montreal, los católicos
irlandeses, perturbó esta división tan clara. La solución de
compromiso que les permitió matricularse en las escuelas inglesas sentó
un precedente. Desde entonces, todos los inmigrantes, de los católicos polacos
a los italianos, hicieron otro tanto. Incluso francófonos minoritarios, como
los judíos marroquíes, fueron enviados (por las autoridades) a clases
en inglés, para sustraerlos al catecismo del sistema escolar francés.
Este arreglo convenía perfectamente a los canadienses franceses, que no deseaban
la presencia de francófonos no autóctonos en sus escuelas. Además,
en ese entonces su índice de natalidad se mantenía alto. Pero bajó
rápidamente durante la Revolución Tranquila, cuando los quebequeses
franceses empezaron a emanciparse de los cánones de la sociedad católica
tradicional. En vez de fundar familias numerosas en el campo, la nueva generación
prefirió instalarse en la ciudad y mejorar su nivel de vida. Y precisamente
cuando las familias francesas se reducían, aumentó la inmigración,
sobre todo italiana.
Mientras las escuelas inglesas proliferaban en Montreal, el movimiento nacionalista
que abogaba por la independencia de Quebec se convirtió en una fuerza creíble
y poderosa. Exigía que se adoptaran medidas para remediar el desequilibrio
lingüístico y demográfico que se reflejaba en el sistema escolar.
Se procuró llegar a un compromiso en 1968, con una ley que favorecía
la instrucción en lengua francesa, pero los nacionalistas no se declararon
satisfechos. Querían que todos los niños estudiaran en escuelas francesas.
Dos años más tarde, el francés pasó a ser el idioma oficial
de Quebec, pero las tensiones siguieron exacerbándose hasta el estallido de
una verdadera guerra lingüística en 1976, cuando, bajo la dirección
de René Lévesque, el jefe carismático que lo había fundado,
el nuevo Partido Separatista Quebequés ganó las elecciones provinciales.
Al año siguiente, los nacionalistas adoptaron la Ordenanza 101, que constituyó
un hito en el debate lingüístico en Quebec.
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Las
leyes que impusieron el francés en las escuelas y en el trabajo en Quebec
han tenido resultados más positivos de los esperados. El plurilingüismo
está apoderándose de la provincia canadiense, para despecho de los
nacionalistas intransigentes.
Con sus bellezas naturales
abruptas y su acento encantador, Quebec brilla como un ejemplo de determinación
cultural para los países que cuentan con minorías importantes, de España
a Nigeria. El pequeño islote francófono avanza en un océano
anglófono, gracias a su arsenal cuidadosamente elaborado de leyes y medidas
educativas favorables al francés. Pero la situación de la “Belle Province”
de Canadá está a punto de cambiar: según una encuesta oficial
reciente, ha llegado el momento de flexibilizar la Ordenanza 101, que impuso hace
30 años el francés en el sistema escolar y en los lugares de trabajo.
Según esa ordenanza (conocida también como Carta de la Lengua Francesa),
todos los niños deben cursar la enseñanza primaria y secundaria en
francés, con una excepción: los quebequeses nativos que fueron a la
escuela primaria en inglés pueden elegir el idioma de escolarización
de sus hijos. Sin embargo, el francés es de rigor para todos los que llegan
a Quebec, de Canadá o de cualquier otro sitio, hasta el nivel superior o universitario.
Promulgada en 1977, la Ordenanza 101 fue un invento del movimiento nacionalista de
Quebec cuya meta era la secesión del resto de Canadá o, al menos, conseguir
una mayor autonomía dentro de la federación (ver recuadro). La ley
se remonta a los días heroicos de la Revolución Tranquila, cuando los
quebequeses franceses arrebataron la provincia a una poderosa minoría inglesa
que controlaba sus inmensas riquezas naturales. Modificaron entonces el panorama
cultural mediante leyes como la Ordenanza 101 para afrancesar la enseñanza,
las actividades profesionales y el comercio, restringiendo el uso del inglés
en los letreros e incluso en las jarras de cerveza de los bares. La policía
lingüística todavía ronda por las calles observando los anuncios
para asegurarse, por ejemplo, de que la indicación “poulets frits” domina
sobre la de “fried chicken”. El gobierno provincial da periódicamente una
mano adicional de pintura legislativa para reavivar el espíritu de la Ordenanza
101. Después de cada pincelada, una nueva oleada de quebequeses anglófonos
emigra a otras regiones de Canadá o a Estados Unidos.
La
“amenaza alófona”
Actualmente,
los quebequeses ingleses de viejo cuño representan apenas 8,5% de la población,
frente a 13% en 1971. Sin embargo, a juicio de los nacionalistas, la amenaza anglófona
no se ha disipado, sino que ha adquirido una nueva dimensión debido a los
“alófonos”, un eufemismo para referirse a los inmigrantes cuyo idioma materno
no es el francés. Todos los años, llegan de 25.000 a 35.000 inmigrantes,
principalmente de América Latina, Oriente Medio y el Lejano Oriente. En conjunto,
las dos minorías —la anglófona y la alófona— representan 18%
de la población de la provincia. Los quebequeses nativos todavía constituyen
aproximadamente 82% de la población, pese a tener uno de los índices
de natalidad más bajos del mundo. Pero muchos de esos “autóctonos”
están convencidos de que pronto serán una minoría en su propia
capital financiera, Montreal. Según un sondeo publicado el año pasado
por el diario Le Devoir, 55% de los quebequeses están convencidos de que el
francés peligra en toda la provincia.
Este clima de alarma llevó al gobierno provincial a realizar en 2000 una gran
encuesta cuyo tema era: “¿Qué debe hacer Quebec para asegurar el futuro
de la lengua francesa?” El informe resultante, que se conoce como los Estados Generales
de la Lengua, constituye una especie de ritual. Cada vez que el gobierno provincial
propicia un referéndum separatista (ver recuadro), ejerce mayor presión
en el terreno lingüístico insistiendo en la situación desastrosa
del francés. Pero después de haber gastado más de dos millones
de dólares canadienses en una serie de audiencias públicas en toda
la provincia, los nacionalistas obtuvieron mucho más de lo que deseaban: según
el informe preliminar publicado el 5 de junio, la situación del francés
nunca ha sido mejor en la “Belle Province”.
“El francés no es ya el monopolio de la mayoría, sino que ha pasado
a ser la lengua de todos”, declaró el presidente de los Estados Generales,
Gérard Larose, ex dirigente sindical y viejo separatista quebequés.
Casi 95% de los habitantes de Quebec saben francés y lo utilizan, lo que representa
un aumento de 7% en sólo diez años.
Más de 90% de los alumnos recién llegados a la provincia van directamente
a la escuela francesa, afirma el ministerio de Educación de Quebec. Es cierto
que la única alternativa que se les ofrece es la enseñanza privada.
Pero la Ordenanza 101 no puede obligar a esos menores a hablar francés fuera
de las aulas. Ahora bien, son muchos los que siguen hablando y gritando en francés
durante los recreos.
Hasta las minorías antiguas —los anglófonos y alófonos nacidos
y criados en Quebec— han adoptado el espíritu de la Ordenanza 101: de acuerdo
con la ley, esos padres tienen derecho a matricular a sus hijos en escuelas inglesas,
pero las tres cuartas partes optan por la enseñanza en francés. Con
una excepción notable: los italianos, una de las comunidades más importantes
y mejor integradas de Quebec, siguen mayoritariamente apegados a las escuelas inglesas.
Pero, lejos de rechazar el bilingüismo, esas familias hablan tres idiomas. El
índice de matrimonios franco-italianos aumenta todos los años. Es el
amor y no la coacción lo que atrae a esta comunidad hacia el francés.
Respeto
al inglés
El
trilingüismo sedujo también a los Estados Generales. Aunque las recomendaciones
finales sólo se darán a conocer en agosto, el informe publicado el
5 de junio por la comisión Larose constituyó una verdadera bomba: las
comunidades anglófona y alófona ya no son enemigas, y su actitud es
ejemplar. “En Quebec el viejo antagonismo anglo-francés ha retrocedido. Y
tal vez mucho”, afirmó Larose, antes de presentar un plan de fomento del francés,
pero también del inglés. En vez de abogar por el refuerzo de la Ordenanza
101, como esperaban muchos partidarios de la línea dura, la comisión
sugirió que se desmantelara parcialmente, por ejemplo suprimiendo la policía
de la lengua.
Según la comisión Larose, en Quebec se necesita una nueva carta o constitución
que reconozca oficialmente el francés como lengua de ciudadanía de
la provincia. Pero, prosigue, el inglés también merece respeto. Debe
garantizarse a los anglófonos acceso a los servicios de ayuda jurídica,
a la atención de salud, a los programas de asistencia social y a la educación.
“Tratamos de decir a la comunidad anglófona que reconocemos su lugar en esta
sociedad y que su futuro está asegurado”, explica uno de los once miembros
de la comisión, Dermod Travis, presidente de la ONG Forum Action Quebec, cuyo
objetivo es fomentar el diálogo entre todos los quebequeses.
Tal vea la última ironía sea que el informe recomienda que los alumnos
francófonos mejoren su inglés. Hoy, los niños de las escuelas
inglesas tienen cursos obligatorios de francés desde primer grado, pero para
los francófonos la enseñanza del inglés —de nivel bastante mediocre—
sólo empieza en quinto. En consecuencia, sólo 38% de los quebequeses
franceses son bilingües. Así, no sólo sus perspectivas profesionales
se esfuman en cuanto salen de Quebec, sino que incluso dentro de la provincia están
en inferioridad de condiciones con los alófonos bilingües o trilingües,
cada vez más numerosos.
¡Blasfemia!, claman los corifeos del Partido Quebequés. La situación
del francés sigue siendo precaria, “pues es mucha la gente que sigue hablando
inglés en la intimidad”. Es posible, afirman esos obcecados, que los inmigrantes
se expresen en francés en el trabajo y en la escuela, pero en cuanto vuelven
a casa o charlan con sus amigos adoptan el inglés. En resumen, para esos extremistas,
la integración es sinónimo de asimilación y todo lo demás
es traición.
Si la aspiración de Camille Laurin, el padre de la Ordenanza 101, era fundir
a todos los que llegaban a la provincia en el molde del “buen quebequés”,
el resultado deja bastante que desear. La generación 101 aprende francés,
pero se mantiene abierta a la cultura estadounidense y apegada a su lengua materna
y sus valores. Esos jóvenes y sus padres aceptan, en general, el principio
del predominio del francés en Quebec. Ha llegado el momento de que los quebequeses
asuman, por su parte, el papel de mayoría establecida y respetada, y no de
minoría amenazada. Es hora de cambiar de método: menos coerción
y más estímulo.
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Reconciliar
a los canadienses
El debate
lingüístico de Quebec supera ampliamente las fronteras de la provincia
y afecta en su esencia a la identidad y la unidad canadienses. Desde hace treinta
años, las diez provincias del Canadá tratan de modificar la Constitución
para resolver el conflicto existente entre una concepción federal del país
y las exigencias de Quebec, que aspira a una mayor soberanía
Ese debate comenzó en 1971. Ese año el movimiento nacionalista amenazó
por primera vez con separarse del resto de Canadá, lo que habría dejado
un espacio vacío en plena confederación. El Primer Ministro, Pierre
Elliott Trudeau (quebequés francófono), expuso su visión del
futuro: un Canadá oficialmente bilingüe y multicultural, con diez provincias
iguales y un gobierno federal fuerte. Los separatistas, como René Lévesque,
rechazaron esa idea y lanzaron otra: un Quebec políticamente soberano, “asociado”
económicamente al resto de Canadá.
En 1980, Lévesque convocó un referéndum para que el pueblo de
Quebec se pronunciara sobre esta proposición, que fue rechazada. Un segundo
referéndum, convocado en 1995 por Jacques Parizeau, entonces Primer Ministro
provincial y jefe del P.Q. llevó a un nuevo rechazo, pero esta vez por una
ínfima mayoría de 1%. Parizeau atribuyó el fracaso “al dinero
y al voto étnico”, comentario que todo el mundo interpretó como una
alusión xenófoba a las comunidades minoritarias de Montreal. La declaración
causó escándalo y Parizeau tuvo que dimitir.
En 1996, un dirigente más conciliador, Lucien Bouchard, tomó el control
del PQ y asumió el cargo de Primer Ministro de la provincia. Dispuesto a negociar
con el gobierno federal, se esforzó sin embargo por dar gusto a los sectores
más duros de su partido, organizando los Estados Generales sobre el futuro
de la lengua francesa en Quebec. Algunos extremistas pensaban que la encuesta iba
a ser el primer paso hacia un nuevo referéndum sobre la soberanía.
Un nacionalista, Yves Michaud, aludió nuevamente al espectro del “voto étnico
judío”. Alarmado por esta actitud antisemita y las profundas divisiones que
provocaba dentro del PQ, Bouchard renunció en el pasado mes de diciembre.
Pero su voz moderada ha encontrado eco en la posición conciliadora de los
Estados Generales.
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