Le Courrier

sommaire

dossier

d'ici...

Opinion

Notre planete

Education

Droits humains

Cultures

Medias

Entretien

Medias

Prensa y poder político en América Latina

México: el gran desafío
Rafael Rodríguez Castañeda, periodista y escritor mexicano. Director de la influyente revista Proceso. Autor, entre otras publicaciones, del libro Prensa Vendida (Editorial Grijalbo,1993).
photo
Conferencia de prensa del subcomandante Marcos.




La prensa tuvo un papel relevante en el cambio político mexicano. ¿Cuál es su futuro tras la derrota del todopoderoso Partido Revolucionario Intitucional (PRI) y la llegada del actual presidente Vicente Fox?

En el amanecer de 1994, el mundo vio con asombro a un guerrillero encapuchado dar una conferencia de prensa en la plaza principal de la ciudad mexicana de San Cristóbal de las Casas. El subcomandante Marcos, extrovertido líder del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, decidió utilizar a los medios de comunicación como parte de la estrategia de su movimiento. Alcanzó así su primer objetivo: con una guerra en casa, entre los humos del Año Nuevo, los mexicanos despertaron abruptamente del sueño modernizador que les vendió su entonces presidente, Carlos Salinas de Gortari.
Los medios de comunicación abrazaron la guerra del EZLN como se abraza a una amante inesperada. Quisieron y consiguieron ser testigos y protagonistas de los combates en la región montañosa del estado de Chiapas. Todos reaccionaron con entusiasmo: ¡por fin una guerra propia!
Esos diez días que estremecieron a México fueron objeto de una cobertura periodística tenaz y sin restricciones. Editores y reporteros disfrutaron de la libertad y la autonomía a las que habían renunciado. Una lección, aprendida hasta entonces sólo por unos cuantos, fue captada por casi todos: la independencia podía ser un buen negocio.
Como resultado colateral, una parte de la prensa mexicana encontró caminos de libertad e influencia que ya no abandonó.
En 1968, durante las grandes manifestaciones estudiantiles que culminaron el 2 de octubre con la célebre matanza de Tlatelolco, el grito de “¡prensa vendida!” retumbaba en las calles de la ciudad de México. Resumía la rabia popular hacia una prensa mayoritariamente corrupta. Los gobiernos del Partido Revolucionario Institucional (PRI), llamado “el Invencible” por haber ganado, por las buenas o por las malas, todas las elecciones desde su fundación (en 1929, con el nombre de Partido Nacional Revolucionario), hincaban sus raíces en la tierra podrida que alimentaba, entre otros, a unos medios de comunicación sumisos

Prensa y Estado
Veamos: el gobierno era el único proveedor de papel periódico. Lo vendía a plazos, y eventualmente el cliente pagaba tarde o nunca. Aplazaba o perdonaba a las empresas periodísticas, según fuese el caso, las cuotas del Seguro Social. Les otorgaba, o no, exenciones fiscales. En materia de publicidad, diarios y revistas dependían en su mayoría de los anuncios gubernamentales… Era rutinario que políticos y funcionarios públicos otorgaran a reporteros y editorialistas regalos en efectivo (conocidos en el gremio periodístico como embutes o chayotes) de tal magnitud que muchos dependían de esas cuotas mucho más que de sus propios salarios. Y en el terreno de la información, con excepciones, la prensa se alimentaba de lo que las dependencias gubernamentales decidían hacer público.
La obsecuencia periodística se materializaba en particular en la figura del Presidente de turno. En el régimen presidencialista mexicano, el mandatario alcanzaba una estatura casi divina. Dueño del destino del país, era también propietario de la conciencia de sus habitantes. Era el Intocable. Garantizada por la Constitución que rige al país, la libertad de prensa era, sin embargo, objeto de agradecimiento de los editores como si fuese una concesión gratuita del Presidente.

Un futuro incierto
Las excepciones a esta condición miserable fueron clave en la evolución posterior de la prensa. En 1968, Julio Scherer García llegó a la dirección de Excélsior, uno de los grandes periódicos nacionales. En poco tiempo, el diario se convirtió en la publicación de mayor influencia y fue reconocido entre los diez mejores del mundo.
A la crítica y a la denuncia sistemáticas, el régimen autoritario reaccionó de acuerdo con su estirpe. En 1976, el gobierno de Echeverría orquestó y financió un golpe interno en Excélsior y Scherer García fue obligado a dejar la dirección del periódico.
Del brazo de reporteros y colaboradores, Scherer García fundó la revista semanal Proceso, pilar del contrapunto periodístico al gobierno desde el 6 de noviembre de 1976 hasta la fecha.
Sobre estas huellas, en las siguientes dos décadas, ciertos sectores de la vieja prensa hicieron intentos tímidos por romper los vicios de la dependencia gubernamental. Nuevos periódicos irrumpieron en la escena, con objetivos y estrategias heterodoxas respecto del común denominador. En términos generales, sin embargo, las viciosas reglas del juego se mantenían momificadas… hasta el primero de enero de 1994, exactamente el día en que Salinas de Gortari estrenaba lo que consideraba la joya de la corona de su política económica: el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá.
A partir de ese momento, la crítica al poder político se volvió moneda común. El sistema monolítico empezó a tener fisuras por las cuales penetró una parte de la prensa, mucho más con las vísceras que con profesionalismo y responsabilidad.
Ernesto Zedillo, sucesor de Salinas de Gortari, no pudo ni quiso detener el creciente repudio popular al sistema priista. Por desinterés y aun por desdén, soltó a la prensa.
Muchos medios impresos vivieron momentos de desconcierto. No querían dejar de ser perros, pero intuían que era inminente el cambio de dueño.
Así llegó, con una prensa desamarrada, el proceso electoral del año 2000. La pelea se centró entre el candidato del PRI, Francisco Labastida, y un emergente fenómeno político llamado Vicente Fox, nominalmente candidato del derechista Partido de Acción Nacional, pero a quien lanzaron a la carrera un consistente sector de empresarios independientes, un grupo de mercadólogos y algunas organizaciones sociales ajenas a la estructura de los partidos políticos.
De hecho, la sociedad mexicana estaba lista para sacudirse al PRI. El 2 de julio del 2000, Vicente Fox arrolló a Labastida. Sin asomo de violencia, terminó una historia que duró 71 años. ¿Se inició en ese momento el proceso de transición? Es posible, pero no seguro. Los sectores más escépticos sostienen que Fox no es el hombre de Estado capaz de encabezar una verdadera transición nacional. Otros, con razón, subrayan que hasta el momento se mantienen intactas las piezas fundamentales del poder oligárquico que predomina en México.
En cualquier caso, en el cambio político el papel de la prensa fue relevante. Contribuyó a desmitificar al régimen, en especial, a mostrar que el Presidente había dejado de ser el Intocable y el PRI, el Invencible.

¿Qué viene?
En el número dedicado a la elección del 2 de julio, el semanario Proceso sintetizaba en su portada el reto del país y también de su prensa: sobre la imagen de un ataúd con los colores del PRI, cargado por partidarios de Fox, la revista titulaba: “Y ahora qué”.
Un año después, la pregunta es válida. La prensa mexicana se mueve en la incertidumbre. De la sumisión pasó a la oposición sistemática, contribuyó al cambio y ahora se pregunta de qué lado de la calle debe o puede ubicarse: una actitud crítica ante el nuevo gobierno, o dar a éste el complaciente beneficio de la duda.
¿Está lista la prensa para participar realmente en una verdadera transición?
No soy optimista. México padece un elevado índice de natalidad en materia de publicaciones –cada semana parece surgir una nueva–, pero con muy pocos lectores. Pasada la euforia política del 2000, con un desempleo creciente y un bajo poder adquisitivo, los consumidores de la prensa tienden a disminuir. Sin el subsidio gubernamental, los medios impresos pequeños o de propiedad familiar o aquellos que respondieron a intereses del pasado, están desapareciendo.
El desafío ahora estriba en cómo adaptarse a las nuevas circunstancias. En la realidad del pragmatismo foxista, sólo hay destino para los más fuertes… y aparentemente para los que entienden de negocios. Y en México la información podría ser un atractivo negocio para los capitales extranjeros, ahora que las puertas de nuestra economía no sólo están abiertas, sino simplemente no existen.
Falta saber, por otro lado, hasta qué punto el gobierno de Fox, que proviene de la oposición, está dispuesto a soportar la crítica desde una prensa de oposición. Los gobiern

Top