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Tesoros
intangibles, impulso real
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Preservar
la magia
Dr.
Richard Kurin, director del Smithsonian Institution Center for Folklife and Cultural
Heritage, Washington, Estados Unidos. |

La montaña de las cruces en Lituania.
“Patrimonio
cultural inmaterial” es una expresión técnica utilizada por los expertos,
y no por los chamanes o los músicos.
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Podemos
sentirnos transportados por una danza nupcial tradicional o embelesados por
los poemas en una lengua a punto de desaparecer. Pero definir ese patrimonio cultural
inmaterial no es nada fácil, como lo demuestran los recientes esfuerzos de
la UNESCO.
La ópera Kunqu
tradicional de China, el teatro Nogaku del Japón, el espectáculo Kutiyattam
en la India, los coros polifónicos de Georgia, los antiguos métodos
de fabricación artesanal de cruces de madera y de metal de Lituania, la tradición
musical Niagassola Sosso Bala de Guinea… gracias a un nuevo programa de la UNESCO
se han transformado, entre otras, en “obras maestras del patrimonio cultural inmaterial”.
El patrimonio cultural inmaterial es una expresión técnica utilizada
por los expertos, y no por los chamanes o los músicos, para designar los aspectos
intangibles de la cultura –productos efímeros, como las narraciones y el idioma
mismo, así como las creencias, valores y formas del saber y del conocimiento
que dan a las culturas su vitalidad. Este patrimonio abarca, por ejemplo, las danzas
nupciales y los lamentos fúnebres, las técnicas artesanales y los métodos
de cultivo transmitidos oralmente. Puede incluir también los festivales y
espacios donde se reúne la gente, como la maravillosa plaza de Xemáa
el Fna, en Marrakech. Es posible encontrar rastros de él en los museos, por
ejemplo plantas utilizadas por un curandero tradicional, pero es ante todo la tradición
oral viva de un pueblo. ¡No es la cultura bajo un fanal!
Materializar
una idea
Los
intelectuales reconocieron hace tiempo la intangibilidad de la cultura. En los siglos
XVIII y XIX, los filólogos y los estudiosos de las costumbres y creencias
populares procuraron documentar las tradiciones orales del mundo. Pero la aparición
de la noción de “patrimonio cultural inmaterial” es reciente. En 1950, Japón
lanzó un programa sobre los tesoros nacionales vivos como reconocimiento de
la extraordinaria pericia de los maestros de las artes tradicionales. Programas similares
surgieron en Corea, Filipinas, Tailandia, Estados Unidos y Francia. El patrimonio
inmaterial es considerado un acervo que ha de ser protegido, apreciado, utilizado
y controlado, idea que data del periodo Meiji. Los legisladores de Occidente también
consagraron la noción de propiedad intelectual, definiendo el derecho de autor
y la patente como medios para dar forma material a una idea. Pero el reconocimiento
de la creación cultural colectiva que no había sido escrita ni grabada
era algo problemático. Y esa situación no ha cambiado.
A partir de los años setenta, al debatirse la Lista del Patrimonio Mundial
elaborada por la UNESCO, surgió la necesidad de hacer extensiva la protección
al patrimonio cultural inmaterial. La iniciativa culminó recién en
mayo de 2001 cuando el Director General de la UNESCO, Koichiro Matsuura, proclamó
las primeras diecinueve Obras Maestras del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad.
¿Por qué llevó tanto tiempo a la conciencia internacional adoptar
esta noción? En primer lugar, como consecuencia de la imprecisión durante
mucho tiempo del término “cultura”. Su asociación con “patrimonio”
e “inmaterial” agravó el problema.
Pero más allá de la imprecisión y de la denominación
que se le dé, el interés por el tema aumentó al acentuarse la
sensibilización del público a la globalización. A nivel mundial,
los recursos culturales, del mismo modo que los naturales, parecen estar en peligro
de extinción. Los lingüistas pronostican que, de las 6.000 idiomas o
más que aún se hablan en el planeta, entre 50 y 95% no subsistirán
hasta el siglo próximo. Como en su gran mayoría no son escritas y carecen
de forma tangible, la muerte de una de ellas representará una pérdida
irreparable de conocimientos y expresiones acumuladas durante generaciones.
A nivel local, es mucha la gente que no está dispuesta a aceptar un universo
del consumo homogeneizado privado de tradiciones ancestrales y de experiencia enriquecedora.
La rehabilitación de la cultura local equivale a decir: “mi mundo puede haberse
ampliado, pero aún ocupo mi lugar en él”. En circunstancias menos apacibles,
el patrimonio cultural inmaterial ha concitado la atención mundial cuando
un conflicto sobre la práctica religiosa y la afirmación étnica
se ha tornado violento.
Proteger
sin desvirtuar
Durante
las deliberaciones del jurado encargado por la UNESCO de la designación de
las “obras maestras” inmateriales, surgieron interrogantes sobre la mejor forma de
entender y evaluar el patrimonio cultural intangible. En primer lugar, hay un problema
de definición. Por ejemplo, en la representación teatral de una obra
clásica puede haber numerosos elementos materiales –un texto escrito, una
escenografía y un vestuario. Sin embargo, ¿la circunstancia de que
haya una representación da un carácter inmaterial a la tradición?
¿Cuánto tiempo ha de haber existido la práctica cultural para
convertirse en tradición? ¿Es preciso que sea compartida por un vasto
público? Si se modifica la práctica para responder a nuevas circunstancias,
¿cabe estimar que se trata de una adaptación satisfactoria de la tradición,
digna de conservarse, o de una deformación que hay que descartar?
Por difícil que sea definir este tipo de patrimonio, precisar su valor es
un asunto mucho más complejo. En cierta medida, toda lengua es una obra maestra.
¿Cómo ponderar el mérito de un idioma frente a otro para determinar
su valor y significado –el número de hablantes, su papel en la historia, la
belleza de su poesía?
Pero aún más difícil es decidir si se preserva la riqueza de
un patrimonio y cómo hacerlo. ¿Es más importante salvaguardar
las tradiciones amenazadas que las populares y llenas de vitalidad? Para mantener
una tradición, es menester conservar la habilidad de los que la practican.
Puede ser que nos atraiga el aspecto o el sonido de una tradición, pero es
posible que para que se perpetúe haya que emplear mano de obra mal remunerada
y en deplorables condiciones de trabajo.
Las estrategias que hay que adoptar también suscitan debate. En ciertos casos,
puede estimarse que el patrimonio cultural inmaterial es un tesoro nacional que merece
apoyo, exenciones tributarias o subvenciones del Estado. Esto puede ser positivo,
pero también es posible que una práctica controlada por la comunidad
se convierta en una institución manejada por burócratas. En otros casos,
una ceremonia ritual puede mirarse como un recurso mal explotado que requiere una
inversión financiera. Pero existe el riesgo de que se desvirtúe la
tradición, convirtiéndola en una actividad organizada para los turistas.
El reconocimiento del valor de los recursos culturales inmateriales también
puede provocar o exacerbar conflictos entre miembros de la sociedad. Y, lo que es
más importante, hay que saber qué se está conservando: ¿la
tradición en sí, como producto (por ejemplo, una canción), el
registro documental de la tradición (la grabación), o los individuos
(intérpretes) y la forma (el canto)?
La
dificultad de elegir
Por
último, surge el problema de quién decide. Incumbe a los Estados miembros
de la UNESCO seleccionar tradiciones culturales susceptibles de ser calificadas de
tesoros. Muchas pueden ser presentadas con la mejor intención y tras madura
reflexión, pero es posible que otras reflejen los intereses mezquinos de un
grupo que ejerce el poder. Ciertas tradiciones minoritarias pueden ser menospreciadas
o incluso censuradas. Dado que muchas tradiciones populares surgen como formas de
resistencia a la dominación nacional, el principio de la designación
a nivel nacional puede resultar inadecuado.
Como miembro del jurado y antropólogo, dudaba de que fuera posible definir
y seleccionar tesoros culturales inmateriales y responder a los diversos interrogantes
que plantean el concepto y su aplicabilidad. Todavía tengo dudas sobre algunos
detalles, que seguramente se irán aclarando a medida que avance el programa.
Pero debo afirmar que me impresionó la selección de las primeras diecinueve
“obras maestras” realizada por la UNESCO. Es alentador saber que en la era de la
mundialización las culturas locales sobreviven e incluso prosperan. Y en un
periodo de constante innovación, sería apreciable una vuelta a valores
estables. El vigor y la tenacidad de las tradiciones seleccionadas y de sus adeptos
es palpable. Sólo cabe esperar que con la ejecución de programas de
acción locales, nacionales y ahora internacionales, éstas sigan inspirando
a las generaciones futuras. |
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