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La utopía Jerusalén
Fotos de David Sauveur, texto de André Chouraqui. David Sauveur es un fotógrafo francés. André Chouraqui es traductor de la Biblia y escritor. En español, ha publicado Moisés, viaje a los confines de un misterio realizado y de una utopía realizable (Herder, Barcelona, 1997) y Los judíos (Ediciones Mensajero, Bilbao).
En memoria del presidente René Cassin, principal redactor de la Declaración Universal de Derechos Humanos. “Jerusalén sobre todo, cuyo nombre evoca tantos misterios y sobrecoge la imaginación: parece que todo haya de ser extraordinario en esta Ciudad extraordinaria.” (René de Chateaubriand, Itinerario de París a Jerusalén).
Jerusalén, antigua capital de Judea, resucita en nuestros días en un microcosmos de todo el universo, con sus contrastes y sus más graves contradicciones. Párese en una esquina de la Ciudad y verá desfilar los tipos humanos más diversos, venidos de todos los siglos y de todos los países.
Desde 1950, soy testigo de esa concentración que nadie había imaginado ni preparado. El gobierno de Israel abrió de par en par las puertas de Jerusalén a todos los judíos que deseaban establecerse allí: se los vio afluir del mundo entero. Y, hoy, en la ciudad de Cristo, se codean con makuyas japoneses
1, con fieles de 45 confesiones cristianas diferentes y con musulmanes representantes de todos los ritos y orígenes geográficos del Islam.
El regateo sigue siendo el alma del comercio en la Ciudad Vieja, donde los mercaderes ponderan a voces sus productos para atraer al cliente. Según las estaciones, los puestos rebosan de naranjas y pomelos, de uvas, de dátiles, de todas las frutas y verduras procedentes de los múltiples jardines y huertos de la ciudad.
En los tenderetes, agazapados en las callejuelas de la Ciudad Vieja, se exhiben abundantes especias de todo tipo, incienso, dulces, pita y golosinas junto a objetos piadosos y a obras de artesanos locales que trabajan la madera y el hierro con talento tradicional. Decenas de miles de peregrinos de todos los horizontes de la Cristiandad acuden allí para contemplar la tumba de Cristo.
Junto al judaísmo y al cristianismo, otra religión nacida de las fecundidades de la Biblia, el Islam, expresa un interés real por la ciudad desde la que el profeta Mahoma emprendió el vuelo para encontrarse en el cielo de Alá con Abraham, Moisés y Jesús. El universo de Jerusalén, sus 30 siglos de historia apasionada, se concentran así en las 90 hectáreas a las que sus muros sirven de marco.
Ciudad con raíces en la Biblia hebraica (o Libro de la Alianza), el Nuevo Testamento (o Libro de la Nueva Alianza), y el Corán (o Libro de la realización de todas las Alianzas desde la de Abraham), la Jerusalén resucitada volvió a ser el país del retorno a Israel después de la Declaración Balfour (1917) y de las resoluciones de las Naciones Unidas del 29 de noviembre de 1947. Éstas recomendaron la creación, en el territorio de mandato británico, de dos Estados, el israelí y el palestino, en torno a la ciudad de Jerusalén, controlada por las Naciones Unidas. Ese retorno daba a las tres religiones abrahámicas reconciliadas la misión de hacer realidad su gran ideal común, el de la Alianza universal de la humanidad.
El conflicto que las Naciones Unidas esperaban resolver prosigue con la guerra que enfrenta al Estado de Israel y a los representantes del mundo palestino. La creación de un Estado palestino ayudaría a poner término a este conflicto que continúa tiñendo de sangre la Ciudad de la paz. La reunión de dos Estados, uno israelí y otro palestino, reconciliados en el seno de una confederación abierta a otros Estados de Oriente Medio podría reservar a todos un porvenir de paz y de progreso
2.
Nadie podría hablar de Jerusalén sin evocar sus profetas, las tragedias de su historia, el exilio dos veces milenario de su pueblo, su retorno después de la Shoah, la fundación del Estado de Israel y sus trágicas consecuencias para la población musulmana, la negativa árabe a crear el Estado palestino, el conflicto inextricable resultante, el bloqueo consecutivo agravado por una guerra larvada que no se atreve a confesar su nombre.
Sin embargo, ninguna guerra podría resolver el enfrentamiento de los dos nacionalismos y de las tres religiones que se reparten y ensangrientan Jerusalén. Reconozcamos pues y proclamemos que esta ciudad es la capital histórica de las tres religiones que allí tienen sus raíces. Unamos a los hombres que viven en ella separando sus competencias. Los Santos Lugares ya son administrados por las religiones que los reivindican.
Hagamos de la Biblia hebraica, del Nuevo Testamento helenístico y del Corán árabe las nuevas armas de su verdadera cultura, la de la de la paz y la reconciliación. Que Jerusalén se convierta por fin en la capital ejemplar de la paz universal, como siempre la soñaron los profetas de las tres religiones abrahámicas.
¿Es utópico creer que en el Nuevo Israel, en su capital resucitada, musulmanes, cristianos y judíos puedan vivir en paz? Si ustedes lo piensan así, sepan que la realización de esa utopía compromete el porvenir de la paz en el mundo. Tal vez por eso los salmos atribuidos al rey David pedían ya: “¡Rogad por la paz de Jerusalén!”
3
¿Por qué Jerusalén en particular? Porque esa ciudad es la del encuentro de las culturas, las religiones y los hombres de todas las edades y todas las lenguas. Sí, roguemos por la paz de Jerusalén, una paz que pueda prefigurar la de las culturas del universo, cuando, con toda sencillez, todo hombre se reconozca hermano de todo hombre.


1. Grupo de cristianos japoneses que en la posguerra sintieron la necesidad de acercarse al cristianismo original del “pueblo de la Biblia” y al judaísmo.
2. Ver André Chouraqui, Lettre à un ami arabe, (Carta a un amigo árabe, L.C. Lattes, 1994) y Jérusalem revisitée (Jerusalén revisitada, Ed. du Rocher, 1995).
3. Salmo 122.6.

photo

El Santo Sepulcro.

Reconozcamos pues que esta ciudad es la capital histórica de las tres religiones.


Sinagoga en el antiguo barrio de Herodes.

Que Jerusalén se convierta por fin en la capital ejemplar de la paz universal, como siempre la soñaron los profetas.


photo Camino del barrio cristiano que lleva al Santo Sepulcro.




photo En el barrio árabe, un visitante usa un típico kafie jordano.

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