
Adam Michnik

En 1992, Michnik participa junto a Jaruzlski en un programa
de televisión.
“La democracia no pretende ser infalible.
Se pueden reemplazar las armas por los argumentos.”

El candidato Michnik con Lech Walesa, en los astilleros de Gdansk, en 1989.
|
Michnik
el sublevado
Desde su agitado
observatorio —una minúscula oficina atiborrada de papeles, en Varsovia—, Adam
Michnik jamás dejó de practicar la disidencia. Con su pluma, fina y
acerba, se opone a la ola populista o denuncia a esos católicos que pretenden
instaurar el orden moral. Y lo hace con humor. Si su periódico se ha transformado
en el más importante del país, es “porque no conseguí llevarlo
a la ruina”, ironiza.
En 1989, Michnik creó Gazeta Wyboreza (La Gaceta Electoral), “primer periódico
libre del Elba a Vladivostok”, para apoyar al sindicato independiente Solidaridad
en la primera elección libre del bloque comunista. El Muro de Berlín
seguía de pie. Rápidamente, el periódico se desmarcó
de toda tutela. Elegido diputado, Michnik defendió una “terapia brutal”, una
reforma radical de la economía y la participación de todos en la construcción
de la democracia. Su posición lo separó del camino de Lech Walesa,
figura histórica de Solidaridad y futuro presidente de Polonia.
En Michnik, reflexión e insurrección siempre van juntas. Líder
estudiantil en 1968, co-fundador del KOR (Comité de Defensa de los Trabajadores),
consejero de Solidaridad, pasó seis años entre rejas. Por sus combates
y sus luchas ha recibido múltiples premios.
|
“La
revolución anticomunista terminó
con la vieja división izquierda-derecha.” |
Tanto
en su época de disidente como actualmente, al frente del mayor diario polaco,
Adam Michnik fue siempre un inconformista y un agitador de ideas. Doce años
después de la caída del imperio soviético, ¿cómo
evalúa el orden democrático en Europa?
Desde la llegada
al poder de un gobierno no comunista —el primero del Bloque del Este—, Polonia aprendió
rápidamente el juego democrático...
Doce años después de la revolución de terciopelo, la democracia
impera en la mayoría de los países de Europa Central y del Este. Pero
aquí la democracia está enferma. En primer lugar porque nuestras estructuras
democráticas son jóvenes, débiles y sin gran tradición
ni cultura política. Pero igualmente porque la democracia occidental está
también enferma. En Polonia, como en otros países europeos, la corrupción
es inherente al sistema. En nuestras democracias —polaca, checa, húngara o
eslovaca—, presenta proporciones más graves que en las democracias occidentales,
que están más consolidadas. Pero no hay diferencia de naturaleza: nuestros
problemas son los mismos. Y la corrupción representa la mayor amenaza para
el orden democrático.
Cuando usted militaba, ¿aspiraba a este tipo de “normalidad”?
Realmente no. Pero no todo está perdido. Gracias a Dios, tenemos una prensa
libre y podemos denunciar los casos de corrupción. Es una lucha compleja.
Pero, en última instancia, prefiero sufrir la corrupción dentro de
una democracia que en una dictadura. En el diario Gazeta —donde ejerzo la jefatura
de redacción—, nuestra principal misión es, desde luego, la defensa
de la libertad y de la verdad, pero también el ejercicio del cuarto poder.
Fiscalizamos al gobierno y alimentamos el debate sobre los valores democráticos,
las tradiciones nacionales, la herencia de la historia y la tolerancia.
También pensamos en los excluidos: los pobres y las minorías religiosas
o étnicas. Para nosotros, trabajar en Gazeta es una forma de proseguir la
acción que desarrollábamos desde la oposición democrática
en la época del comunismo.
En otra época, los disidentes del Este hacían oír su voz
hasta en Occidente. Ahora no se los escucha más.
¡Porque nuestro combate se convirtió en un ejercicio cotidiano! No es
más la “la lucha final”. En la época de la dictadura, la principal
diferencia entre nosotros y los movimientos revolucionarios era que nosotros —la
oposición anticomunista— no alimentábamos ninguna “utopía de
la sociedad perfecta”. Personalmente, retomando el título de un libro de Milovan
Djilas, creo más bien en una sociedad imperfecta. Por eso no experimento ninguna
desilusión. Puede ser que ustedes, los idealistas occidentales, estén
decepcionados. Pero también era una especialidad de los intelectuales occidentales
depositar esperanzas en el Vietcong, Fidel Castro, Mao Ze Dong, la Unión Soviética,
los sandinistas de Nicaragua o... ¡qué sé yo! Nuestro movimiento
—como los del checo Vaclav Havel, el ruso Andrei Sajarov y el de Solidaridad— fue
una acción sin utopía, por un regreso a la “normalidad”. Por supuesto,
habíamos idealizado la democracia occidental. Actualmente, la conocemos mejor,
con sus debilidades; pero eso no nos impide luchar —en el sentido moral— contra la
corrupción, el desempleo, la pobreza y por la construcción de un sistema
más justo. Pero la especificidad de esta lucha es que no termina nunca. Es
infinita, como el trabajo de Sísifo que, en el Infierno, debe cargar eternamente
sobre sus hombros una enorme roca hasta la cumbre de una colina, a la cual no llegará
nunca.
Con frecuencia, usted formula el elogio del gris.
El mundo de la dictadura era en blanco y negro. Era el combate del Bien contra el
Mal, la Verdad total contra la Mentira absoluta. Había que ser idiota o deshonesto
para oponerse. La democracia es, por naturaleza, diferente. Es un mundo en el cual
se oponen lógicas, intereses fragmentarios y contradictorios, y donde prevalece
el gris. Es una búsqueda incesante del compromiso, una eterna imperfección...
La democracia no pretende ser infalible. Se pueden reemplazar las armas por los argumentos.
Es una alternativa a la guerra civil. En ese sentido, los atentados vascos contra
el Estado español, que es un Estado perfectamente democrático, son
inaceptables.
Hace 20 años, el 13 de diciembre de 1981, el general Wojciech Jaruzelski
decretaba el estado de guerra en Polonia. Usted fue detenido, junto con otros miles
de militantes. ¿Qué motivos lo impulsaban a actuar y a resistir?
Para mi generación, el camino hacia la libertad comenzó en 1968. Mientras
que los estudiantes de París o de Berkeley cuestionaban la democracia burguesa,
nosotros —en Praga o en Varsovia— combatíamos por la libertad que el orden
burgués no alcanzaba a garantizarnos. En apariencia, todo nos dividía.
Sin embargo, algo nos acercaba: la necesidad de la rebelión inscrita en esa
convicción de que, mientras el mundo sea lo que es, no vale la pena morir
tranquilamente en una cama. En Polonia, nosotros éra-
mos la primera generación que podía construir proyectos de futuro.
Y esos proyectos no eran infundados, como se demostró posteriormente. Después
de algunos años, la situación evolucionó en forma considerable.
Para eso, incidieron numerosos factores al mismo tiempo: el país atravesaba
una profunda crisis económica, el impacto de los cambios en la Unión
Soviética y la evolución de la Nomenklatura comunista, que se mostraba
más pragmática. Era el fin de la utopía... Eso fue lo que nos
permitió desmantelar la dictadura mediante la negociación. La “mesa
redonda” (ndlr: que en 1989 reunió al poder, la oposición y la Iglesia)
fue nuestra mayor contribución a la historia del siglo XX. Reconozca que es
raro ver a las fuerzas de la oposición y a los jefes de la dictadura —es decir,
a los prisioneros y sus guardianes— sentarse en torno de la misma mesa para negociar
un pacto de descolonización y de democratización. Esa posibilidad no
la tuvieron ni Francisco Franco en España, ni Erich Honecker en la ex RDA
(República Democrática Alemana), ni Augusto Pinochet en Chile, ni siquiera
Janor Kadar en Hungría...
Por lo pronto, discutir juntos para salir de la dictadura ya es un aprendizaje
del compromiso democrático.
En Polonia, en la actualidad ninguna fuerza política cuestiona abiertamente
el orden democrático. Cuando están en el poder —se trate de los postcomunistas,
de la derecha o del centro-derecha—, para todos los partidos está claro que
la democracia es un régimen estable y que ofrece seguridad. Con frecuencia,
después de una dictadura, la prensa libre siente la tentación de arreglar
cuentas y ejercer ciertas formas de venganza. Nosotros cumplimos con nuestra función
y contribuimos a aclarar algunos secretos criminales de la dictadura. Pero nuestra
filosofía es hostil a todo espíritu de revancha. Somos partidarios
de la reconciliación porque, cuando se mira al pasado, es imposible dar un
paso hacia adelante. Para pasar de la dictadura a la democracia, hemos militado por
el compromiso y la reconcialiación nacional: sin actos de represalia y sin
vencedores ni vencidos. En Polonia, la reforma hubiera sido imposible sin ese consenso
social, sin ese diálogo y sin ese compromiso. La “descomunización”,
la discriminación de los ex funcionarios o activistas del partido hubiera
sido —a mi juicio— antidemocrática. En cambio, exigimos conocer la verdad.
Pero, en lugar de confiar esa misión a los procuradores y los policías,
preferimos dejarla en manos de los historiadores y los periodistas. Amnistía
no quiere decir amnesia.
¿Por eso usted quiso abrir un diálogo con el general Jaruzelski?
Yo quise actuar como un ser normal en un país libre: yo había sido
su opositor tenaz y su prisionero, pero me interesaba saber qué pensaba. Es
un hombre inteligente y, con frecuencia, los caminos polacos hacia la libertad estaban
muy alejados unos de otros. Algunos pasaban por la prisión y otros por el
poder. Estoy convencido de que Jaruzelski es un patriota polaco y un partidario de
la democracia. No es un cínico. No quería la transformación
del comunismo en un chauvinismo salvaje, como Slobodan Milosevic en Serbia o Franjo
Tudjman en Croacia, que incendiaron los Balcanes en esta última década.
Él no quiso afirmar su identidad suscitando el odio de otros, de quienes pertencían
a otra etnia, a otra religión o a otra clase. Estoy persuadido de que siempre
intentó construir una Polonia no étnica, laica. Eso coincidía
con lo que siempre hemos defendido en Gazeta: un Estado para todos los ciudadanos.
Nosotros siempre fuimos hostiles a la dominación de un campo sobre otro y
a los ajustes de cuentas sin fin. Nuestro país debe darle un lugar a cada
uno. Es la única manera de construir un Estado democrático y soberano.
Polonia va a ingresar próximamente en la Unión Europea (UE). Se
trata de una Europa en crisis, que no pudo concretar la reforma que necesitaba para
integrar a los nuevos miembros...
Los debates dentro de la UE oponen dos visiones fundamentalmente diferente: la idea
de una Europa de Naciones, como la que postulaba el general Charles de Gaulle (presidente
de Francia de 1959 a 1969), y la concepción de una Europa federal y de regiones,
como propicia un Denis de Rougemont en su libro Carta abierta a los europeos. Tanto
yo como los hombres de mi generación estamos mucho más cerca de la
idea gaullista. Cada cultura nacional lleva en su seno algo de sagrado. Para la gente
de mi generación, esa cosa sagrada es la independencia. Tenemos muchas dificultades
para desprendernos de esa herencia. Aunque nos explican que es preciso cambiar, nuestras
emociones no nos lo permiten. En forma más general, la caída del comunismo
también provocó un deshielo en Europa Occidental. Hemos visto como,
debajo del hielo, aparecían flores y basura: crisis que ponían en peligro
la coherencia de los Estados y de Europa.
Las democracias occidentales tropiezan con otros problemas, como el debilitamiento
de las poleas tradicionales de transmisión entre el poder y la sociedad (sindicatos
y partidos políticos). Esto dejó a los jefes de Estado solos frente
a la televisión y su omnipotencia.
El Polonia asistimos al mismo fenómeno y no tenemos ninguna receta para combatirlo.
En los políticos, eso refuerza la tentación del populismo. Nosotros
tememos ser barridos por ese vendaval. Pero eso va más lejos que el simple
efecto perverso de la televisión o el triunfo de cierto nihilismo. El mismo
campo político está en plena transformación. No existe más
la vieja división derecha-izquierda. Esa separación, que fue creada
por la Revolución Francesa, llegó a su fin con la revolución
anti-comunista. Actualmente, la nueva línea divisoria pasa entre los que defienden
la idea de una sociedad abierta, multicultural, fundada sobre los derechos humanos
y del ciudadano, y quienes tratan de reconstruir nuevos muros en torno de sociedades
cerradas. Tanto en relación al Tratado de Maastricht como a la intervención
de la OTAN en Kosovo, las divisiones políticas tradicionales no corresponden
más a las divisiones reales del nuevo mundo. Eso se advierte en todos los
grandes temas: ¿Qué Europa hay que construir? ¿Cuál debe
ser el lugar de la religión en la vida pública? ¿Cuál
es la justa visión del Estado: un Estado étnico, un Estado religioso
o, por el contrario, un Estado de ciudadanos? ¿Qué política
adoptar con respecto a la inmigración y con quienes solicitan asilo?
Un reciente debate desgarró a los polacos en relación con la matanza
de Jedwabne. Aunque se trata de un episodio de 1941, bajo la ocupación alemana,
un historiador reveló que los 1.600 judíos de esa localidad habían
sido masacrados por sus propios vecinos. En Polonia ese debate fue tan violento como
el caso Dreyfus en Francia. El país, incluso las familias, quedaron profundamente
divididas. En ese episodio, la división tampoco se planteó según
el viejo esquema izquierda-derecha, sino entre los partidarios de una Polonia abierta
y quienes propician una Polonia encerrada en sí misma.
También incidía la visión que tenía cada uno de la nación
dentro de Europa. ¿Somos eternas víctimas inocentes o corresponsables
de la humillación de los otros? De la humillación de los ucranios,
de los judíos... pero también de los alemanes, con los cuales después
de la Segunda Guerra Mundial hemos practicado un forma de limpieza étnica.
Los defensores de una Polonia “eternamente inocente” se encuentran tanto en la extrema
derecha como entre los postcomunistas o los obispos… Es una concepción peligrosa.
Los serbios también se consideran eternas víctimas y hoy están
pagando el precio de ese error.
Las manifestaciones antiglobalización también son el resultado de
un conglomerado de opiniones diversas. ¿Cómo las interpreta?
¿Qué es la globalización? ¿Internet, el teléfono
portátil, la apertura de las fronteras? Temo que el miedo induzca a nuevos
voluntarios a enrolarse bajo la bandera de nuevas cruzadas ideológicas. Esa
gente se proclama defensora de los pobres, pero no combate para que los mercados
de los países ricos —Europa y Estados Unidos— se abran a los productos de
los países del Tercer Mundo. No debate sobre la reforma del FMI o del Banco
Mundial. Sería demasiado concreto.
Ellos actúan —como Daniel Cohn-Bendit, Joschka Fischer o Rudi Dutschke, en
1968— en nombre de ciertas utopías comunistas, revolucionarias, anarquistas,
situacionistas, maoístas o trotskistas. Puedo comprenderlos. Pero hoy en día
conocemos bien la verdadera naturaleza de esas utopías: son estúpidas.
A mi juicio, el movimiento antiglobalización es más bien el signo de
una crisis de ideas. |