Ante
el racismo, “callarse es la peor de las actitudes”, escribe el futbolista internacional
francés Lilian Thuram (p.
17).
También las ONG movilizadas para la conferencia mundial sobre este mal planetario,
que se realiza en Durban, Sudáfrica, del 31 de agosto al 7 de septiembre,
quieren que sean escuchadas las voces de las víctimas. Éstas son aún
centenares de millones, sometidas a múltiples formas de discriminación.
El racismo institucional, último avatar del mito de la inferiodad congénita
de ciertas “razas”, murió con el apartheid. Nacido en el Renacimiento, alimentado
con el pensamiento religioso y después con el científico, alcanzó
su paroxismo en la ideología nazi (p. 21-23). Pero sin
bien está hoy totalmente desacreditado, su herencia continúa excluyendo
a millones de seres humanos, como a los negros de América Latina (p.
24-26).
Su ocaso tampoco significó el fin de la discriminación racial fundada
en “el color, la ascendencia, el origen nacional o étnico”, según la
definición de las Naciones Unidas. Las víctimas de este “apartheid
oculto” han dejado de ser excluidas debido a su “inferioridad” biológica;
ahora lo son en nombre de una tradición religiosa, como sucede con los parias
en el subcontinente indio (p.
27-29),
o a causa de la inestabilidad política y económica, que alimenta por
ejemplo la ola xenófoba en África negra.
Las nuevas víctimas también son segregadas con la excusa de una supuesta
“irremediable diferencia cultural”. Irremediable al punto de hacer imposible toda
relación armoniosa con ellas. Así sucede con numerosos pueblos indígenas,
como los mapuches en Santiago de Chile (p. 18-19) o con los
inmigrantes de Europa occidental (p.
33-35).
En este último caso, el racismo no tendría nada de “espontáneo”,
sino que estaría íntimamente ligado a las tensiones generadas por la
globalización (p.
36-37). |