
Los mapuches de Santiago manifiestan por sus derechos.

Niños mapuches en una escuela pública. El drama del bilingüismo.

La mitad de los mapuches vive en Santiago.
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Breve glosario
Racismo es
“la idea de que existe una correspondencia directa entre los valores, el comportamiento
y las actitudes de un grupo, y sus características físicas.” (Traducido
de The Social Science Encyclopedia, Routledge, 1996). La Convención Internacional
sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Racial (adoptada
por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1965) define la discriminación
racial como “toda distinción, exclusión, restricción o preferencia
basada en motivos de raza, color, linaje u origen nacional o étnico que tenga
por objeto o resultado anular o menoscabar el reconocimiento, goce o ejercicio (…)
de los derechos humanos y libertades fundamentales.”
Etnicidad, del griego ethnikos –ethnos significa pueblo o nación– designa
“una categoría fundamental de organización social basada en una pertenencia
definida por la conciencia de tener orígenes históricos comunes, y
que puede comprender también una cultura, una religión y un idioma
compartidos.” (Traducido de The Social Science Encyclopedia).
Multiculturalismo es “la idea o el ideal de una coexistencia armoniosa entre diversos
grupos culturales y étnicos en una sociedad pluralista”. (Traducido de The
Dictionary of Race and Ethnic Relations, Routledge, 1984).
Xenofobia, del griego xenos, extranjero, extraño, y fobia, temor o aversión,
significa “odio, repugnancia u hostilidad hacia los extranjeros”. (Diccionario Enciclopédico
Salvat Universal).
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Medio
millón de indígenas mapuches vive en Santiago de Chile. Lejos de su
Araucanía natal, son estigmatizados y segregados por el resto de la sociedad.
Los indios mapuches
representan el 10% de la población adulta de Chile: casi un millón
de personas, de las cuales la mitad vive en la región urbana de Santiago.
Para la mayoría de los chilenos, sin embargo, mapuche es aquel individuo que
tiene apellido mapuche, que vive en Araucanía, en el sur del país,
en comunidades tradicionales y que lucha por sus tierras. Los demás son ignorados.
Y segregados.
En Chile, como en la mayoría de los países latinoamericanos, la Ley
Indígena castiga la discriminación, pero quienes la padecen aseguran
que la ley no sirve, porque, en Santiago, ni la policía les cree: “Cuando
una va a quejarse ante Carabineros (policía militarizada) y les dice que la
discriminación es un delito, ni ellos mismos conocen la ley. Nos miran asombrados,
se ríen y dicen: ‘Señora, mejor váyase tranquilita a su casa’.
Pero si uno le pega a un hijo porque se porta mal, ahí va la vecina a denunciar
que los mapuches son violentos, y los Carabineros le creen todo a los chilenos…”,
explica Elba Colicoi, de la Comuna de Peñalolen.
En lengua mapudungun, el término “mapuche” significa “gente de la tierra”.
Hasta que Chile se independizó de España, a principios del siglo XIX,
los mapuches ocupaban un territorio de 100.000 km2 en el centro sur del país,
una superficie tan grande como Portugal. Entre 1866 y 1927 fueron confinados a vivir
en unas “reducciones” de 5.000 km2, es decir, apenas 5% del área original.
Los límites impuestos a la propiedad mapuche, la falta de recursos y el empobrecimiento
de las comunidades rurales provocaron una vasta corriente migratoria. Al cabo de
135 años de éxodo, que por lo general tuvo la forma de un exilio forzado,
la mitad de esa comunidad terminó concentrándose en Santiago, la capital,
y su área metropolitana. Si se cuentan los menores, uno de cada 10 habitantes
del Gran Santiago es mapuche. Algunos intelectuales indígenas suelen definir
esa migración como la “diáspora mapuche”.
Aunque en la actualidad sólo 20 % de los aborígenes permanece en las
comunidades rurales, el resto de la población les atribuye ciertos criterios
estereotipados de identidad que limitan su inserción en la comunidad nacional.
Después de 130 años de emigración, la “diáspora” urbana
de los mapuches es una realidad. En los últimos años han creado más
de 70 organizaciones para luchar por sus derechos y poner punto final a la negación.
Pese a todo, es más fuerte la imagen rural que se tiene de ellos. En la ciudad
son como “seres invisibles” que, según confiesan, sufren el estigma creado
por la sociedad dominante, que los considera “perezosos”, “borrachos”, “culturalmente
atrasados” y “conflictivos”.
Presionados por una realidad hostil, una gran mayoría termina por renegar
de su identidad, rechazar su lengua y cambiar sus apellidos, con los consecuentes
problemas cognitivos que esto provoca. Para desenvolverse adecuadamente en el medio
urbano, deben “camuflar” su identidad mapuche y tratar de parecer sureños
o campesinos; con ello, contribuyen a crear su propia “invisibilidad”. El principal
obstáculo para su integración proviene tanto del trato discriminatorio
que reciben de la sociedad como de las dificultades para sobreponerse a la situación
de marginalidad que les toca vivir: el individuo discriminado genera una pérdida
de autoestima que propicia una automarginación; esta situación estimula
su propia negación y conduce, a su vez, a la negación de su entorno
social.
En su mayoría, los mapuches urbanos viven recluidos en las poblaciones, esas
barriadas de viviendas precarias que crecieron en torno de Santiago durante el último
siglo. Incluso en esas zonas marginales, además de padecer los efectos de
la pobreza y la exclusión, son discriminados por sus propios vecinos. “En
la población somos mal vistos por los chilenos. Nos dicen: ‘Ahí vienen
los mapuchitos’. Cuando se enojan nos tratan de ‘indio pa’cá, indio pa’llá’”,
dice Juan Lemugnier, uno de sus dirigentes.
Para los niños, el principal problema es el bilingüismo. En su casa hablan
mapudungun, pero la mayoría de las escuelas enseñan sólo castellano
e idiomas extranjeros. Eso significa que las posibilidades de aprendizaje o de interiorización
de la cultura receptora son diferentes, en perjuicio de los niños mapuches.
Como consecuencia de ello, los padres optaron por no enseñarles la lengua
aborigen para que aprendan a hablar mejor el español, lo que conlleva a una
mutilación lingüística por motivos de pertenencia étnica.
En muchos hogares evitan hablar mapudungun porque creen que quienes no se expresan
correctamente en español sufren la burla de los otros niños. Además,
cuando dirigentes de organizaciones intentan llevar a sus hijos a la escuela con
atuendos mapuches para reivindicar su “visibilidad”, tropiezan con la oposición
de los inspectores que no los dejan entrar y los obligan a vestirse como el resto
de los niños. Sólo se les permite usar sus trajes típicos en
fiestas folklóricas, lo que equivale a “disfrazarse” de mapuche.
El perfil laboral del mapuche urbano corresponde a un individuo de escasa calificación,
bajos salarios, alta movilidad y extensas jornadas de trabajo. A la discriminación
por su apariencia física se suma una elevada exigencia y maltrato por parte
de los patrones. Hombres y mujeres se sienten discriminados cultural y físicamente:
“Los patrones y empresarios –suelen explicar– no nos contratan porque creen que somos
conflictivos. Cuando nos emplean, quieren que estemos en la cocina, en el andamio
o en la bodega, donde nadie nos vea. ¿Se ha fijado usted que mientras más
prestigiosa es una empresa, más numerosas son las secretarias rubias y de
ojos azules?”, reflexiona Juana Coliqueo de la Comuna de Quilieura. En consecuencia,
éstos deben optar por otros trabajos.
Trabajos
degradantes
Para las mujeres la ocupación más frecuente es el servicio doméstico,
que además les asegura albergue y alimentación, y no están expuestas
a la sociedad urbana. Los hombres encuentran trabajo en la construcción o
las panaderías, donde se les autoriza a dormir de día y trabajar de
noche. Esos recursos permiten al mapuche urbano permanecer “escondido”, evitar la
discriminación y comenzar el aprendizaje del mundo urbano. Aunque esos trabajos
son percibidos como actividades “forzadas”, “no escogidas”, “degradantes” y “no estimadas”,
representan la principal fuente de empleo.
Los textos oficiales tipifican claramente el delito de discriminación en términos
similares a la legislación de otros países. De acuerdo con esa definición,
en la sociedad chilena existen tendencias racistas y xenófobas, y discriminación
por motivos de “raza”, origen étnico o social. Y las principales víctimas
son ese medio millón de ciudadanos que, para ser aceptados, deben someterse
a la humillación de esconder su identidad y pasar desapercibidos hasta el
punto de convertirse en seres invisibles.
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Durban:
la esclavitud en el corazón del debate
Desde la adopción
de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948, la comunidad
internacional ha hecho progresos considerables en la lucha contra el racismo, pero
el mal persiste. El sueño de un mundo libre de odio y de prejuicio racial
no se ha hecho realidad aun cuando la ciencia haya demostrado recientemente, al establecer
el mapa del genoma humano, que todos los hombres pertenecemos a una sola familia.
La Conferencia Mundial contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia
y las Formas conexas de Intolerancia que se realizará en Durban (Sudáfrica)
del 31 de agosto al 7 de septiembre de 2001, se inscribe en el marco de las medidas
tomadas por la Organización de las Naciones Unidas para combatir esas calamidades.
Después de la Convención para la Prevención y la Sanción
del Delito de Genocidio (1948), la ONU ha adoptado una serie de instrumentos y de
declaraciones, proclamado un Año Internacional de la Movilización contra
el Racismo (2001), organizado tres Decenios de Lucha contra el Racismo (1973-1982,
1983-1992, 1994-2003), así como dos conferencias mundiales sobre el tema en
Ginebra (1978 y 1983).
En Durban, las delegaciones se ocuparán de las complejas manifestaciones de
los prejuicios raciales y de la intolerancia: la exclusión política,
social y económica, las migraciones y el tráfico de personas, la situación
de los pueblos autóctonos, la protección de los derechos de las minorías,
el papel de los medios de comunicación, de Internet, de la religión
y de la educación… La Conferencia se ha fijado los objetivos de examinar los
progresos realizados en materia de lucha contra el racismo, de volver a evaluar los
obstáculos, de determinar las causas y las víctimas del racismo, de
proponer medidas en materia de prevención, de educación y de protección
y de elaborar estrategias de lucha en el plano internacional.
Una cuestión crucial, que está inscrita por primera vez en el orden
del día, es la de la esclavitud. ¿Será proclamada crimen contra
la humanidad? Según Doudou Diène, Director de la División de
Proyectos Interculturales de la Unesco, “existe un consenso teórico para el
reconocimiento de la trata de negros como crimen contra la humanidad”.
En cuanto a la adopción de medidas de indemnización, dos tesis se enfrentan.
Una exige reparación material. Otra insiste en la reparación moral
e histórica. Para los defensores de esta última tesis, el dinero no
puede borrar cuatro siglos de tragedia. Por el contrario, proclamar el tráfico
de negros “crimen contra la humanidad”, inscribirlo como tal en los libros de historia,
conseguir que la humanidad se sienta afectada por el destino de todos esos seres
humanos, sería la mejor forma de reparar la injusticia. A esas medidas podría
agregarse la anulación de la deuda de los países africanos. Esto les
permitiría reactivar sus economías con dignidad y optimismo.
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