
Los hebreos quemados en la hoguera de la Inquisición. Grabado de 1493, Nuremberg.

Mercado de esclavos en Virginia.
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La
acción de la UNESCO contra el racismo
La lucha contra
el racismo está inscrita en la Constitución de la UNESCO que denuncia
“los prejuicios y la ignorancia, el dogma de la desigualdad de los hombres y las
razas”. Desde hace medio siglo, la Organización lucha contra las raíces
del mal, esencialmente a través de la educación y de la reflexión.
Además de las Cátedras UNESCO y los programas tendientes a utilizar
la enseñanza como instrumento de lucha contra el racismo, los textos, los
instrumentos internacionales y las ideas aportadas por la UNESCO contribuyen a combatir
los prejuicios y el desprecio cultural, que son la base de la noción de racismo.
Se trata de un trabajo de largo aliento cuyo objetivo no sólo es el de superar
los obstáculos para alcanzar un verdadero conocimiento del otro, sino también
probar que la historia de la humanidad está hecha de interacciones. Que no
existe un pueblo, una etnia o una raza “pura”. Que toda cultura es fruto del diálogo.
Valorizando el pluralismo cultural, proyectos tales como “Las rutas de la Seda” (lanzado
en 1988), “La Ruta del Esclavo” (1994) o “Las Rutas del Hierro en África”
(1995) permiten a la UNESCO atacar al racismo, poniendo de relieve los lazos culturales
y espirituales que existen entre los pueblos.
Esa misma lógica guió a los autores de las obras de historia publicadas
por la UNESCO, que iluminan el desarrollo humano en toda su complejidad y sus contradicciones:
Historia de la Humanidad, Historia General de África, Historia de las Civilizaciones
de Asia Central, Historia General de América Latina, Aspectos de la Cultura
Islámica e Historia General del Caribe.
Otros proyectos como “Diálogo intercultural cotidiano”o M.U.S.I.C. (Música,
Urbanismo, Integración Social y Cultura), tienen principalmente a los jóvenes
como objetivo.
Desde hace diez años, la UNESCO también combate el racismo mediante
las ciencias exactas. Su Comité Internacional de Bioética (CIB), compuesto
de 55 miembros (científicos, juristas, economistas, demógrafos, antropólogos,
filósofos, nutricionistas…) ha elaborado una Declaración Universal
sobre el Genoma Humano y los Derechos Humanos (DUGHDH), adoptada en 1997. Dos décadas
después de la Declaración de la UNESCO sobre la Raza y los Prejuicios
Raciales (1978), ese primer texto internacional sobre la bioética abolió
definitivamente los fundamentos pseudocientíficos del racismo.
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“Cada
uno de nosotros puede haber llegado en un barco diferente, pero ahora estamos todos
en el mismo bote.”
Martin
Luther King, defensor de los derechos cívicos estadounidense. (1929-1968)
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Hasta
la Edad Media, las comunidades se discriminaban entre sí. Pero, en los siglos
posteriores, la Biblia, la economía y la ciencia se aliaron para crear un
fenómeno nuevo: la jerarquía de la raza.
Hasta la Edad Media,
las comunidades se discriminaban entre sí y luchaban por el poder. Pero en
los siglos que siguieron, la Biblia, la economía y la ciencia se aliaron para
crear un fenómeno nuevo: la jerarquía de la raza. Existe racismo cuando
un grupo étnico o una colectividad histórica domina, excluye o intenta
eliminar a otro alegando diferencias que considera hereditarias e inalterables. Según
este concepto, la base ideológica del racismo explícito se fraguó
en Occidente durante la Edad Media: antes de ese periodo, no se encuentra en Europa
ni en otras culturas ninguna prueba clara e inequívoca de racismo que no fuera
mera discriminación o rivalidad.
Quizás la primera señal de esta visión racista del mundo radique
en la asociación del judaísmo con el diablo y la brujería en
las mentes populares de los siglos XIII y XIV. La sanción oficial de dichos
comportamientos apareció más tarde en la España del siglo XVI
con la discriminación y exclusión de los judíos conversos y
sus descendientes.
En el Renacimiento y la época de la Reforma, los europeos tuvieron cada vez
más contactos con pueblos de pigmentación más oscura procedentes
de África, Asia y América, y empezaron a opinar sobre los mismos. Aunque
la trata de esclavos africanos se debió principalmente a motivos económicos
(las plantaciones del Nuevo Mundo necesitaban su trabajo), la versión oficial
era que se trataba de infieles. Los comerciantes y amos de esclavos se justificaban
interpretando un pasaje del Génesis: Cam, alegaban, cometió un pecado
contra su padre, Noé, que condenó a sus descendientes (supuestamente
negros) a ser “siervos de los siervos ”. Cuando en 1667 el estado de Virginia decretó
que los esclavos conversos seguían siendo esclavos –no ya porque fueran infieles,
sino porque descendían de infieles–, la justificación de la esclavitud
de los negros dejó de ser religiosa y pasó a ser racial. A finales
del siglo XVII, en las colonias inglesas de Norteamérica se aprobaron leyes
que prohibían los matrimonios entre blancos y negros, y que discriminaban
a los hijos mestizos nacidos de relaciones informales. Sin declararlo abiertamente,
tales leyes significaban que los negros eran de forma inequívoca extranjeros
e inferiores.
En el Siglo de las Luces, las teorías laicas o científicas sobre la
raza sustituyeron a la influencia de la Biblia y su visión de la unidad esencial
de la raza humana. Etnólogos del siglo XVIII como Linneo, Buffon y Blumenbach
opinaron que los seres humanos formaban parte del mundo natural y los subdividieron
en 3 o 5 razas, generalmente consideradas variedades de una única especie
humana. Pero, a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, un número
creciente de escritores, especialmente los defensores de la esclavitud, mantuvo que
las razas constituían especies diferentes.
El siglo XIX se caracterizó por la emancipación, el nacionalismo y
el imperialismo, que contribuyeron al aumento del racismo ideológico en Europa
y Estados Unidos. Aunque la emancipación de los negros y la salida de los
judíos de los guetos fueron apoyadas mayoritariamente por personas creyentes
y laicas que creían en la igualdad entre los hombres, lo cierto es que tuvieron
como consecuencia una intensificación del racismo. Las relaciones entre las
diferentes razas se volvieron menos rígidas jerárquicamente, pero más
competitivas. La inseguridad vinculada al incipiente capitalismo industrial justificó
la búsqueda de chivos expiatorios. Los conceptos darwinianos de “lucha por
la vida” y “supervivencia del más fuerte” propiciaron el desarrollo de un
nuevo tipo de racismo con mayor base científica.
Fue el nacionalismo, y en concreto un tipo de nacionalismo cultural romántico
que unía el patrimonio étnico (desde el punto de vista de la sangre)
a un sentimiento de identidad colectiva, el que marcó el nacimiento de una
nueva variante del pensamiento racista, especialmente en Alemania. Entre finales
de los años 1870 y principios de 1880, los acuñadores del término
“antisemitismo” afirmaron explícitamente lo que algunos nacionalistas culturales
habían esbozado antes: ser judío en Alemania no significaba sólo
adherir a un tipo de creencias religiosas o prácticas culturales, sino pertenecer
a una raza que era la antítesis de aquella con la cual se identificaban los
alemanes auténticos.
El
apogeo del racismo
A
finales del siglo XIX el imperialismo occidental alcanzaba su apogeo. La “lucha por
África” y las incursiones en partes de Asia y del Pacífico eran una
afirmación del nacionalismo étnico competitivo que se pensaba existía
entre las naciones europeas (y que, a raíz de la guerra entre España
y Estados Unidos, incluyó a este último país). También
constituía la reivindicación, con supuesta base científica,
de que los europeos tenían derecho por su nacimiento a gobernar a los africanos
y a los asiáticos.
Sin embargo, fue en el siglo XX cuando la historia del racismo alcanzó su
apogeo, con el auge y la caída de los regímenes abiertamente racistas.
En el Sur de Estados Unidos, las leyes segregacionistas y las restricciones sobre
el derecho de voto de los negros redujeron a la población afroamericana a
un estatus de casta inferior. El temor a la contaminación sexual por violación
y a los matrimonios mixtos era tan intenso que se trató de impedir las uniones
conyugales entre blancos y todos aquellos cuya ascendencia africana se conociera
o fuera perceptible.
La Alemania nazi llevó la ideología racista hasta su extremo al intentar
exterminar a todo un grupo étnico. Se suele decir que después de Hitler
el término racismo tiene connotaciones peores. La desaprobación moral
que provocan en todo el mundo los actos de los nazis y los estudios científicos
que defienden la genética racista (eugenismo) han contribuido a desacreditar
el racismo científico, que antes de la Segunda Guerra Mundial era influyente
y respetable en Estados Unidos y Europa.
El racismo explícito también fue duramente criticado con el nacimiento
de nuevas naciones a raíz de la descolonización de África y
Asia. En Estados Unidos, el Movimiento de Derechos Civiles que logró proscribir
la segregación racial y la discriminación en los años 1960,
se vio favorecido por el creciente sentimiento de que los abusos y malos tratos que
sufrían los negros de Estados Unidos constituían una amenaza para los
intereses nacionales. En la competición con la Unión Soviética
por conquistar “el corazón y la mente” de los países africanos y asiáticos
independientes, el sistema discriminatorio conocido como ley de Jim Crow se convirtió
en una vergüenza nacional que podía acarrear consecuencias estratégicamente
negativas.
El régimen sudafricano fue el único en sobrevivir a la Segunda Guerra
Mundial y la guerra fría. Las leyes aprobadas en 1948 que prohibían
las relaciones sexuales y los matrimonios entre diferentes “grupos de población”,
y que decretaban que los mestizos y los africanos tenían que vivir en áreas
residenciales separadas, evidenciaban una clara obsesión por la “pureza de
la raza”. Sin embargo, la opinión generalizada en el mundo a raíz del
Holocausto indujo a los defensores del apartheid a justificar ese “desarrollo separado”
por motivos culturales y no físicos.
La derrota de la Alemania nazi, el fin de la segregación racial en el Sur
de Estados Unidos y la instauración de un gobierno de la mayoría en
Sudáfrica permiten suponer que los regímenes basados en el racismo
biológico o la pureza cultural pertenecen al pasado. Sin embargo, el racismo
no requiere el apoyo explícito y total del Estado y sus leyes, ni tampoco
una ideología centrada en el concepto de la desigualdad biológica.
La discriminación por parte de instituciones e individuos contra quienes pertenecen
a otra raza puede pervivir e incluso prosperar sin tener claros tintes racistas,
como lo comprobaron recientemente los historiadores en Brasil. Escudarse tras diferencias
culturales supuestamente enraizadas para justificar la discriminación contra
los emigrantes de países en desarrollo (ya sean los argelinos en Francia,
los turcos en Alemania, los pakistaníes en Inglaterra o los mexicanos en Estados
Unidos) se asemeja a una nueva forma de “racismo cultural”, a pesar del rechazo explícito
de los grupos dominantes de cualquier tipo de superioridad biológica.
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Nuestro
mapa común
Cuando los
científicos dieron a conocer el mapa del genoma humano hace más o menos
un año, la prensa anunció una avalancha de nuevos tratamientos y medicinas
para curar enfermedades hereditarias, como algunas formas de diabetes. Pero más
allá de sus eventuales aplicaciones médicas, ese resultado asestó
también un golpe decisivo al racismo, pues hizo desmoronarse el mito de la
raza. La investigación genética demuestra que todos descendemos de
un antepasado común en África. Además, la mayoría de
las diferencias genéticas del hombre existían en todas las poblaciones
y cabe presumir que aparecieron antes de que los humanos abandonaran ese continente
hace unos 50.000 años y se dividieran ulteriormente en grupos étnicos
o “raciales”. Se ha calculado que, en la totalidad del material genético,
sólo 0,012% de la variación de unos seres humanos a otros puede atribuirse
a diferencias entre lo que se da en llamar “razas”.
Sin embargo, es posible que algunas enfermedades genéticas tengan su origen
en ese escaso margen de diversidad que ha provocado un acalorado debate en la comunidad
científica internacional. Al recoger y comparar muestras de ADN, ¿deben
los genéticos indicar la etnicidad de los donantes?
Los que se oponen a la identificación étnica señalan que lo
más probable es que ese tipo de información sea inútil, dado
que la mayoría de las enfermedades genéticas obedecen a variaciones
que se han propagado a la totalidad de la población humana. Los que piensan
lo contrario estiman que, al mencionar o controlar la etnicidad, los genéticos
pueden estar seguros de tener en cuenta en sus análisis a todos los grupos.
Algunos bioéticos insisten también en que, manejados debidamente, esos
estudios de población podrían ser útiles para demostrar hasta
qué punto nuestro material genético es el mismo y refutar la creencia
corriente de que algunos grupos son “genéticamente” más inteligentes
y avanzados que otros.
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