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Prejuicios
en el paraíso multirracial
Diane
Kuperman, periodista y ensayista brasileña. |

La sombra de las rejas evoca la opresión de la esclavitud padecida por los
negros.

Benedita da Silva, primera mujer negra electa al Congreso brasileño.
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“Soy
invisible. Entiéndase: simplemente, porque la gente se niega a verme.”
Ralph
Ellison,
escritor estadounidense (1914-1994)
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La discriminación es explícita en las ofertas de empleo, donde la exigencia
de “buena presencia” es sinónimo de “no se aceptan negros”. |
Detrás
de la tan publicitada imagen de Brasil como “paraíso multirracial” subyacen
prejuicios muy acentuados que es necesario denunciar. Los negros son las principales
víctimas.
En muy poco tiempo –¿qué
son 501 años en la historia de la humanidad?– Brasil ha recibido olas sucesivas
de inmigrantes venidos de todas partes. Con la alegría típica de los
trópicos, esta mezcla de gentes y colores se tradujo en el tan publicitado
estereotipo de la “democracia racial”, una imagen de Brasil como lugar del eterno
entendimiento y la armonía social entre personas de colores diferentes.
Pero, detrás de la sonrisa que ilumina los rostros negros, blancos, mulatos,
rojos o amarillos cuando suenan los primeros acordes del tambor en las escuelas de
samba, lo cierto es que, raciales, sociales o económicos, los prejuicios existen,
y es preciso denunciarlos.
Desde su descubrimiento, en 1500, Brasil vivió durante más de tres
siglos en un régimen de trabajo esclavo y fue el último país
del mundo occidental en abolir la trata de negros, el 13 de mayo de 1888. Además,
fue el mayor importador de esclavos de la historia moderna, destino de 40% de los
que llegaban al continente americano.
En consecuencia, Río de Janeiro se convirtió en la mayor ciudad africana
del mundo, incluyendo las de África; su puerto era el mayor importador mundial
de esclavos y el Mercado do Valongo fue el más grande de la humanidad. Hoy,
sólo Nigeria supera a Brasil en cantidad de población negra.
Blanquear
la sociedad
Las
relaciones sexuales entre los blancos y sus esclavas, y especialmente las de los
hijos que se iniciaban al sexo con ellas, tuvo como resultado el nacimiento de mulatos,
que en la actualidad superan en cantidad a los negros oscuros. La “adopción”
de esclavos liberados, aunque por un lado resolvió la situación del
liberto no preparado para enfrentarse al mundo, se tradujo también en el mantenimiento
del antiguo régimen de trabajo y perpetuó las aparentes (y a veces
verdaderas) relaciones de afecto entre los “señores de la Casa Grande” y los
esclavos que los servían.
La expresión “democracia racial” surgió en los años 30 para
enmascarar el propósito del gobierno de “blanquear” la sociedad a través
de los incentivos a la inmigración de las “razas más adelantadas”,
blancos oriundos de Europa. Brasil había incorporado el mito de la inferioridad
racial e intelectual del negro, y sentía la urgencia de revertir la composición
de su población, predominantemente descendiente de africanos. La llegada de
este tipo de inmigrantes empeoró aún más la situación
de los negros, que vieron menguar las pocas ofertas de trabajo a su alcance. En cuarenta
años de libertad, los ex esclavos y sus descendientes habían engrosado
las estadísticas de la población de la calle y la mendicidad. Cuando
tenían un techo, era el de una choza, en favelas, y, si tenían empleo,
era de escasa cualificación y menor salario.
El
volumen de la desigualdad
Hoy,
las cifras de la desigualdad son dramáticas, empezando por la mortalidad infantil
cuya tasa es de 62 negros y 37 blancos por cada 1.000 niños. En la franja
de los menores de cinco años, la cifra asciende respectivamente a 76 y 45.
Y cuando se hace adulto, el brasileño afro-descendiente tiene una esperanza
de vida seis años menor que la del blanco: 62 años para el hombre y
68 para la mujer.
El índice de analfabetismo de la población afro es de 22%, y la escolaridad
media de los negros es de seis años de estudio, lo que significa que la mayoría
desemboca en el mercado de trabajo siendo todavía niños o con la formación
escolar de un adolescente. Apenas 18% tiene acceso al nivel superior, y de ellos
solamente 2,3% consigue terminar la universidad.
La precariedad de esta formación se refleja directamente en la vida profesional,
donde en la práctica los negros tienen acceso únicamente a trabajos
subalternos, de pésima remuneración. Cuando buscan empleo, saben de
antemano que, si compiten con un blanco de igual cualificación, será
éste quien obtenga la plaza. Y, cuando consiguen trabajo, a menudo padecen
políticas salariales injustas que privilegian a blancos que desempeñan
la misma función. Este círculo vicioso engrosa las tasas de desempleo
(11% de hombres y 16,5% de mujeres negros) y los índices de pobreza (34% de
los negros brasileños viven por debajo de la línea de la pobreza y
14% por debajo de la de indigencia).
Una investigación realizada hace cinco años por O Dia, el diario popular
de mayor tirada de Río de Janeiro, en bares y restaurantes de las playas de
Copacabana e Ipanema reveló que, de los 318 empleados en esos establecimientos,
solamente uno era negro. Los hoteles, restaurantes, bancos y centros comerciales
rara vez contratan a negros, alegando que a sus clientes no les gusta que les atienda
gente de color. Asimismo, la discriminación es explícita en las ofertas
de empleo que publican los diarios, donde la exigencia de “buena apariencia” es en
realidad sinónimo de “no se aceptan negros”. Aún más perverso
es el “Código 4” del Sistema Nacional de Empleo, que identifica el color de
piel del candidato y permite al empleador utilizar la disculpa de que “la vacante
ya fue cubierta”.
Lamentablemente, en los últimos años el odio racial, patente en grandes
ciudades como São Paulo o Río de Janeiro, se ha extendido a judíos,
indígenas, gitanos, homosexuales e incluso a los nordestinos (brasileños
blancos llegados desde el Nordeste en busca de mejores condiciones de vida). Ya no
cabe decir que las manifestaciones de racismo carecen de importancia porque son esporádicas.
Aunque oficialmente están prohibidas, las publicaciones antisemitas y revisionistas
circulan a manos llenas. Internet destila su odio contra negros, judíos y
homosexuales. La profanación de cementerios judíos, las pintadas con
cruces gamadas y términos injuriosos en la vía pública son frecuentes.
Las cosas están yendo demasiado lejos, y, mañana, cualquier grupo puede
tranformarse en objeto de xenofobia, sea cual sea su origen, su color o su credo.
El
prejuicio invisible
Entre
tanto, la población blanca no se da por aludida. En un sondeo reciente realizado
por la Universidad de Brasilia, 35% de los entrevistados admitió, con muchas
dificultades, ser racista, mientras que 65% no lo reconoció de forma alguna.
La invisibilidad engañosa del prejuicio racial hizo que fuese comparado con
el bombardero B-2 Stealth, indetectable incluso por radar.
En respuesta, los líderes de la comunidad negra decidieron en la década
del 80 comenzar a organizarse para enfrentarse a los prejuicios, miedos y resistencias.
Pasando por alto sus divisiones políticas, religiosas o partidarias, crearon
juntos varias ONG para defender los derechos del negro e impulsar estudios realistas
de la situación. Paralelamente, se inició una labor de rescate de los
valores culturales y religiosos de los antepasados africanos, en un intento de reforzar
la identidad negra y consolidar el orgullo por el color y las tradiciones. Publicaciones
de la más alta calidad trataron de crear y valorizar modelos negros para sustituir
el padrón blanco; las líneas editoriales, incluidas las de productos
dirigidos al público infantil, comenzaron a enaltecer a héroes ficticios
y reales del mundo negro. La estética no quedó al margen, ya que se
crearon cosméticos especiales para cada tono de piel y cabellos, acordes con
los distintos tipos de vestuario.
Reacción
gubernamental
Por
su parte, el gobierno brasileño, que antes denunciaba la pobreza, nunca el
racismo, también está comenzando a encarar esta cuestión. Es
justo reconocer que Brasil, además de ser signatario de los principales tratados
internacionales de defensa de los derechos humanos, es pionero en el campo de la
legislación antirracista. La actual Constitución, además de
prohibir toda forma de prejuicio, considera el racismo un “crimen imprescriptible”.
El año pasado, el estado de Río de Janeiro dio otro paso adelante con
la creación del “Disque Racismo e Anti-Semitismo”, una centralita telefónica
concebida por la Secretaría de Seguridad Pública para canalizar las
quejas de las víctimas del racismo.
Pero, por sí solo, el castigo no basta. Es preciso crear en cada persona,
cualquiera que sea su color, la consciencia de las injusticias sociales y provocar
en ella el deseo de actuar para eliminar las desigualdades. |
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Colombia:
segregación y humillación
“¡Pero
si en Colombia no hay negros!”, afirmó recientemente una colombiana radicada
en Nueva York a la etnóloga Luz Rivera cuando ésta daba detalles de
su investigación sobre las comunidades negras e indígenas en su país.
“¿Cómo que no? ¡Pero si representan más del 22% de la
población!”, replicó Rivera. “Si los hay no son colombianos”, insistió
su interlocutora. Luz Rivera trató de explicarle que no sólo los más
de siete millones de negros que hay hoy en su país son tan colombianos como
ella, sino que, además, es muy probable que entre sus ancestros haya al menos
uno. “¡Dios me libre de tener un negro en mi familia!”, le respondió.
Como en otros países de América Latina, el racismo contra negros e
indígenas es una realidad en Colombia. Y, al igual que en los demás
países de la región, las víctimas de ese racismo suelen ser
“invisibles” a los ojos de quienes lo practican.
Los esclavos negros africanos fueron introducidos en territorio colombiano prácticamente
con el arribo de los primeros conquistadores. Desde el comienzo, las comunidades
negras se establecieron primordialmente en la costa septentrional, cerca de Cartagena
de Indias, principal “puerto negrero” de la época, así como en el Oeste
y en el archipiélago de San Andrés y Providencia.
Los “afrocolombianos” –como se los llama oficialmente– también están
presentes en ciudades grandes y medianas como Cartagena, Buenaventura, Cali, Turbo,
Barranquilla o Medellín. Allí, la segregación adquiere visos
de humillación.
“En Cartagena, los únicos negros que pueden entrar a ciertos clubes y restaurantes
son los que sirven. En Bogotá y Cali la mayoría de las empleadas de
servicio son negras, vestidas a menudo con uniformes rosados”, afirma Luz Rivera.
Con el tiempo, la discriminación llevó a muchos a radicarse en zonas
rurales, aisladas, donde hoy viven prácticamente en autarquía, trabajando
en pequeñas fincas, como asalariados de grandes establecimientos agropecuarios
o dedicados a la pesca artesanal de subsistencia.
Su situación, sin embargo, no es mucho mejor. Según el Tercer Informe
de la Organización de Estados Americanos sobre la Situación de los
Derechos Humanos en Colombia (1999) “un número desproporcionado de negros
vive en condiciones de pobreza extrema”. Los afrocolombianos residen en algunas de
las zonas más conflictivas del territorio nacional, reciben el ingreso per
cápita más bajo del país, registran tasas de analfabetismo sumamente
elevadas, altos índices de mortalidad infantil y enfermedades graves como
la malaria, el dengue, infecciones gastrointestinales y respiratorias. Esto se debe
–precisa el informe– a la falta de agua potable, de electricidad y de servicios médicos
en el seno de sus comunidades.
Frente a esa exclusión, muchos grupos establecen mecanismos de cooperación
que se han mantenido desde la esclavitud, cuando los negros fueron forzados a trabajar
en las minas de oro y platino, mientras que los indígenas se dedicaban a la
agricultura sedentaria. Luz Rivero ha estudiado estas relaciones interétnicas
en un pueblo aislado a orillas del río Guayabero, en la Serranía del
Baudó.
“Las tres decenas de familias de negros que viven allí crearon relaciones
de parentesco ritual con las familias indígenas que habitan más adentro
en la selva. Es común que un indígena pida a un negro ser el padrino
de su hijo, sellando así una relación de ‘compadrazgo’ que facilitará
la vida de ambas familias, sometidas por igual a la discriminación.”
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