Entrada

Sumario

Búsqueda

Suscripción

Contacto

Le Courrier

sommaire

dossier

d'ici...

Opinion

Notre planete

Education

Droits humains

Cultures

Medias

Entretien

Dossier dossier
2. Los excluidos
|
Prejuicios en el paraíso multirracial | Cuando la tierra se vuelve inhóspita | Bienvenidos a la fortaleza de Europa |El racismo mundializadol

Los intocables del Japón

El apartheid oculto en la India

Dr. Gopal Guru, profesor de ciencias políticas de la Universidad de Pune y miembro del Centro de Estudio de las Sociedades en Desarrollo, Nueva Delhi, con Shiraz Sidhva, periodista del Correo de la UNESCO.
photo
Barrenderas en Bombay: una actividad reservada a los parias.







photo
Mujeres dalit se organizan para defender sus derechos en el estado de Bihar.










No hay diferencia entre clases de gente.
Todo lo que hay en el mundo tiene origen divino.

Mahabharata, antiguo relato épico en sánscrito.







“Sólo hay una casta: la Humanidad.”

Pampa, poeta y escritor indio. Siglo IX

En la India, el antiguo sistema de castas sume a millones de personas en una pobreza degradante, en perjuicio de sus derechos más elementales. Cambiar la situación llevará tiempo.

Durante siglos los intocables de Paliyad, una aldea del distrito de Ahmedabad, al oeste de la India, han sabido guardar las distancias. Muchos de ellos son basureros, asean los retretes de las castas superiores o trabajan en el campo, a veces por menos de un puñado de arroz al día.
“Sabemos que tenemos que mantenernos alejados de ellos (personas de casta superior) desde que nacimos”, afirma Rajesh, que va a cumplir 19 años. “En los negocios de té, nos dan tazas diferentes, sucias y estropeadas, y estamos obligados a lavarlas. Hemos de caminar 15 minutos para llevar agua a casa porque no podemos abastecernos en los grifos de la aldea, que utilizan las castas superiores. No nos admiten en los templos y, cuando íbamos a la escuela, mis amigos y yo debíamos sentarnos fuera del aula. Los niños de casta superior ni siquiera nos permitían tocar el balón con que jugaban, por lo que nosotros lo hacíamos con piedras.”

Veinte siglos de discriminación
Más de 160 millones de individuos, la sexta parte de la población de la India, siguen soportando el peso de un sistema de castas existente desde hace 2.000 años y promulgado por la teología hindú, que encierra a las personas en un rol inmutable determinado por su nacimiento. Aunque el término “intocables” fue abolido en 1950 por la Constitución de la India, los dalits (o personas oprimidas, como se les llama actualmente) siguen estando discriminados. Se les niega el acceso a la propiedad de la tierra, trabajan en condiciones degradantes y son atacados sistemáticamente por la policía y los grupos de defensa de las castas superiores, que disfrutan de la protección del Estado.
Aunque la India ha procurado superar las desigualdades adoptando medidas de discriminación positiva —como la fijación de cuotas en la educación, en la administración y en las instancias políticas—, lo cierto es que esos paliativos sólo benefician a unos pocos. La más alta magistratura del país, la de Presidente, meramente decorativa, es desempeñada en la actualidad por un dalit, K.R. Narayanan. Pero los horrores del apartheid oculto de la India persisten y todos los intentos de desafiar este rígido orden social se traducen en actos de violencia o represalias económicas.
El sistema de castas de la India, quizás la jerarquía social más antigua del mundo, entraña una compleja ordenación de los grupos sociales basada en la pureza ritual. Atribuido al legislador Manu, el sistema fue esbozado hace más de 2.000 años en el Dhrama Shastra, piedra angular de la religión hindú.
Según Manu, cada individuo ha nacido en una de las principales varnas, o grandes categorías, y ha de permanecer dentro de ella hasta la muerte, aunque la posición de cada casta puede variar según las diversas regiones del país y con el tiempo. En orden de precedencia, los brahmanes son los sacerdotes y maestros; los kshatriyas, los nobles y guerreros; los vaishyas, los mercaderes y negociantes; y los shudras, los campesinos, obreros y artesanos. Los intocables pertenecen a una quinta categoría al margen del sistema de varnas, porque las labores que se les encomendaban eran demasiado impuras ritualmente como para incluirlos en esa escala.
Es evidente que la discriminación basada en la casta fue una construcción ideológica elaborada por las categorías superiores para crear y mantener su monopolio sobre el capital cultural (conocimiento y educación), el capital social (situación y dominación patriarcal), el político (poder) y el material (riqueza).

Mecanismo de explotación
A menudo, los códigos fueron perniciosos y se violaron las reglas para favorecer a las castas superiores. Por ejemplo, en el norte de la India se obligaba a los intocables a anunciar su llegada con tambores y se estimaba que incluso su sombra ensuciaba. En el Sur, algunos brahmanes decretaron que las castas inferiores debían permanecer a una distancia de 22 metros de ellos a fin de no contaminarlos.
Pero esta discriminación basada en la casta tenía también una dimensión pragmática. Los intocables, sin acceso a la educación ni a los libros de los brahmanes, estaban autorizados a desarrollar sus propias aptitudes, por ejemplo en la agricultura o la obstetricia. Pero únicamente porque beneficiaba a las clases superiores.
La casta se utiliza a menudo como un mecanismo de explotación económica. Aún hoy, no se permite que los dalits crucen la línea invisible de contaminación que separa su parte de la aldea de la que ocupan las castas superiores. Sin embargo, una mujer dalit, cuya mera sombra es impura, puede dar masajes a una mujer de casta superior a la que sirve. A su vez, a los hombres de casta superior no les importa violar a las dalits o tener relaciones con prostitutas de categoría inferior, aunque tocarlas por casualidad en la calle constituya un sacrilegio.
Una de las razones principales de que persista el sistema de castas es que la noción jerárquica de bien social que perpetúa es legitimada por las propias categorías inferiores. Éstas reproducen dicha jerarquía cuando imitan los valores culturales de las castas superiores discriminando a las inferiores a la suya. Los sociólogos sostienen que hay más de 2.000 castas y subcastas que se dividen de acuerdo con criterios laborales, sectarios, regionales y lingüísticos. Incluso los dalits, pese a su condición de parias, se subdividen en otras castas. Esta proliferación favorece la discriminación tanto horizontal como vertical, haciendo que las relaciones sociales sean aún más rígidas.

Una opinión pública insensible
La triste situación de los dalits y el atropello sistemático de sus derechos no causan mayor inquietud en la opinión pública, por lo que el Estado no se siente apremiado a impulsar una transformación social profunda. En vista de ello, una coalición de grupos y activistas dalits ha movido cielo y tierra para que el caso figure en el orden del día de la Conferencia Mundial de las Naciones Unidas sobre el Racismo.
“Las castas constituyen el apartheid oculto de la India”, sostiene Martin Macwan, de 41 años, promotor de la Campaña Nacional sobre Derechos Humanos de los Dalits. Afirma que, al igual que el racismo, la discriminación de casta se basa en el principio de rebajar a otras personas.
Estas exigencias han desencadenado un debate nacional sobre la naturaleza de la discriminación basada en la casta y la posibilidad de que otros países intervengan en un tema que el gobierno indio considera un asunto interno.
El gobierno se ha opuesto a que se incluya el caso de las castas en el orden del día de la Conferencia, argumentando que sistema de castas y racismo no son sinónimos. “Raza y casta son nociones diferentes”, insiste Soli Sorabjee, Procurador General de la India y miembro de la Subcomisión de las Naciones Unidas de Prevención de la Discriminación.
La India, que ha impulsado una vigorosa campaña contra el apartheid, sostiene que ha hecho todo lo posible en aras de la igualdad de las castas inferiores. La quinta parte de los escaños del Parlamento está reservada a los miembros de las castas “registradas” (término oficial para designar a los dalits), y algunos estados son gobernados por partidos poderosos basados en alianzas con castas inferiores.
Sin embargo, las cuotas y la asignación de puestos de trabajo no han consolidado la igualdad, la dignidad ni tampoco la seguridad de las personas humilladas de la India. En las aldeas, el estigma social sigue siendo demasiado fuerte para borrarlo sólo con una ley.
Aproximadamente dos tercios de los dalits son analfabetos y alrededor de la mitad son campesinos sin tierra. Sólo 7% dispone de agua potable, electricidad y retretes. Y también son dalits la mayor parte de los 40 millones de trabajadores forzados existentes (que laboran como esclavos par pagar sus deudas), incluidos 15 millones de niños.
En 1998, grupos de defensa de los derechos humanos financiaron en ocho estados de la India una campaña de denuncia de los abusos que sufren los dalit. En el plano internacional, organizaciones como Human Rights Watch han empezado a interesarse por el problema. Aunque algunos dalits se rebelan y recurren a la lucha armada, estos intentos son sofocados invariablemente por las poderosas milicias privadas de las castas superiores.
Macwan está de acuerdo en que la inclusión de la discriminación de casta en la Conferencia de Durban será sólo una victoria simbólica que no modificará en nada la realidad. Para él, la única solución es cambiar la mentalidad de la gente.


Broken People: Caste Violence against India’s Untouchables, publicado en marzo de 1999 por Human Rights Watch,
www.hrw.org

Los intocables del Japón

“La homogeneidad de la sociedad japonesa es sólo aparente. Sigue estando organizada en castas invisibles, y nosotros, los burakumin, somos la categoría más baja...” Nadamoto Masahisa enseña historia contemporánea en la Universidad de Kyoto, antigua capital imperial del país del sol naciente. Fuera de sus cursos, este catedrático se bate por otra causa: la de los burakumin o eta-hinin (los “muy sucios” en japonés), que la sociedad nipona continúa marginando.
Considerada hasta la segunda mitad del siglo XIX como una minoría de “intocables”, la comunidad japonesa de los burakumin o buraku está integrada por más de dos millones de personas –sobre 126 millones de habitantes– repartidas en cerca de 5.000 localidades. Esos guetos son la consecuencia directa de la condición oficial de parias que los estigmatizó hasta su abolición en 1871, a comienzos de la era Meiji, durante la cual el Japón se industrializó a marcha forzada.
El término barakumin designaba en ese entonces a las personas empleadas principalmente en los mataderos, las curtiembres, los centros de desolladura de animales y las morgues. En resumen, todos aquellos que por su ocupación diaria estaban en contacto con los cadáveres y la sangre, actividad considerada impura según los preceptos del sintoísmo, religión tradicional del archipiélago.
Toda discriminación oficial y legal hacia los buraku ha desaparecido hace tiempo. Las autoridades niponas afirman con razón que esta casta invisible goza ahora de los mismos derechos que los demás ciudadanos japoneses, cuya morfología, lengua y religión comparte.
Pero lo que es cierto en el papel no siempre lo es en la cabeza de la gente. Nadamoto Masahisa impulsa, con otros militantes, campañas para protestar contra la discriminación solapada que siguen practicando los propietarios, los agentes inmobiliarios o los empresarios hacia los burakumin. “Muchos japoneses se lo piensan dos veces antes de alquilar un departamento a un buraku. Si la persona se identifica o se presenta como tal, todo se hace más difícil. Alojar a un buraku puede traer mala suerte.”
En el Japón de hoy, los burakumin sufren además una segregación social. “En los años 60-70 constituyeron el grueso de los jornaleros de la construcción y la industria. Hoy son los primeros en pagar los platos rotos de la crisis”, explica una abogada que lucha contra la discriminación salarial practicada contra los buraku en algunas grandes empresas.
Su concentración geográfica en ciertas regiones (como Kyoto u Osaka), facilita su identificación. Hasta el punto de que muchos de ellos ocultan su origen. Así, Hiromu Nonaka, un político muy influyente del Partido Liberal Demócrata, en el poder, se ha negado siempre a admitir sus vínculos con la comunidad burakumin. Peor aún: todavía ocurre que las familias japonesas burguesas verifiquen ilegalmente los antecedentes de sus futuros yernos o nueras “para evitar que contaminen a la familia”. Recurren a agencias especializadas de genealogistas que escudriñan los antiguos koseki (registros familiares) en los archivos de las prefecturas, muy a menudo con la complicidad de la administración local.

Richard Werly, periodista francés en Japón.

Top