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Expulsiones masivas en África

Driss El Yazami: el “etnicismo” no es una fatalidad

Cuando la tierra se vuelve inhóspita
Théophile Kouamouo, periodista independiente franco-camerunés.

La xenofobia ha ganado Côte d’Ivoire, un país sin embargo conocido por su hospitalidad. La escasa tierra disponible para la venta, el derecho consuetudinario y la crisis económica fueron los detonantes.
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Una joven burkinabé abandona la región de Tabou en 1999.











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Côte-d’Ivoire




Cifras claves, Côte d’Ivoire

Población (en millones de habitantes) 16
Superficie (en miles de km2) 322
Ingreso nacional (dólares per cápita) 1.654
Esperanza de vida (en años) 48
Adultos alfabetizados (%) 46
Población menor de 15 años (%) 43

Fuentes: Banco Mundial, PNUD. Datos de 1999.




“El xenófobo es aquel que no confía en las virtudes de su propio pueblo.”

Jorge Luis Borges,
écrivain argentin
(1899-1986)





Expulsiones masivas en África

1958 Côte d’Ivoire: : Expulsión de 10.000 nativos de Dahomey (actual Benín).
1969 Ghana: Partida de casi un millón de personas.
1983 Nigeria: : Partida de 1,5 millones de ciudadanos de países de África del oeste.
1985 Nigeria: Expulsión de 700.000 ghaneses, nigerianos y otros…
1985 Côte d’Ivoire: 10.000 ghaneses expulsados.
1993 Sudáfrica: Expulsión de unos 80.000 mozambiqueños.
1994 Sudáfrica: : Expulsión de 90.000 ciudadanos de otros países africanos.
1995 Gabón: Partida forzada de 55.000 extranjeros.
1998 Etiopía: Expulsión de 50.000 eritreos.

Nada es como antes entre Mamadou Ouedraogo y sus amigos de infancia y ex compañeros de fútbol en esta tierra negra y fértil de Asse, pequeño poblado del este de Côte d’Ivoire.
“Ahora desconfío”, dice con nostalgia. Para ese hombre de 37 años, nacido en este país francófono de África occidental, pero de padres emigrados de la vecina Burkina Faso, la ruptura se produjo a comienzos de 2001, cuando una violenta ola de xenofobia se apoderó de los nativos, miembros de la etnia abouré, subgrupo de los akan, que viven en Côte d’Ivoire y en Ghana.
Todo comenzó con un altercado entre un joven abouré y un sereno burkinabé en el mercado de Bonoua, principal ciudad del departamento. Enseguida, el rumor según el cual el “extranjero” había asesinado al “hijo de esta tierra”, desencadenó un viento de locura. Los locales atacaron todos los bienes de aquellos a quienes llaman “alógenos”.
Ousman Sawadogo, anciano jefe de la importante comunidad burkinabé de la región, no lo olvidará fácilmente. “Atacaron el barrio burkinabé, destruyeron y quemaron nuestros negocios, desfondaron nuestras barricas de aceite”, rememora. Traumatizados, varios centenares de extranjeros –principalmente burkinabé y malienses– regresaron a sus países de origen o se mudaron a una región más hospitalaria de Côte d’Ivoire. Los que decidieron quedarse fueron humillados. El rey Bonoua advirtió a los inmigrantes que “debían abandonar el cultivo de la piña”, principal fuente de recursos del departamento. “Varios jóvenes abouré recorrían las plantaciones para verificar si los extranjeros continuaban con esos cultivos. Si así era, plantaban estacas en las que flameaban trapos rojos. Más tarde, regresaban a destruir todo lo que había en las parcelas”, recuerda Boukari, hijo del jefe de la comunidad burkinabé.
Bonoua no es un caso aislado en Côte d’Ivoire. Los conflictos en torno a la propiedad de la tierra, que en el pasado oponían a autóctonos y a habitantes del país llegados de otras regiones –los “alóctonos”–, son hoy la causa más frecuente de enfrentamientos violentos entre nativos y extranjeros. A fines de 1999, más de 20.000 burkinabé abandonaron la región de Tabou, en el sudoeste del país, tras el contencioso entre un inmigrante y un campesino de la región por el título de propiedad de una tierra, que degeneró en un sangriento enfrentamiento.

La necesaria mano de obra
Lo mismo sucedió en Blolequin, en el extremo oeste: a comienzos de 2001, seis personas, entre ellas un gendarme, murieron durante los incidentes. Pero en esa región, la administración protegió y mantuvo a los extranjeros contra la opinión de los representantes locales y a pesar de las protestas de la población.
¿Cómo explicar este brote de xenofobia en “el país de la hospitalidad”, según las palabras del himno nacional? Hasta el fin del período colonial, en 1960, la administración francesa había alentado la llegada de trabajadores del hinterland del Sahel para desarrollar la agricultura. El movimiento continuó bajo el régimen del presidente Félix Houphouet-Boigny, el “padre de la Nación”. “La tierra pertenece a quien la trabaja”, clamaba éste. La ambición de este “presidente-plantador”, llegado a la política a través del sindicalismo agrícola, era antes que nada económica. “Nunca habría sido posible transformar a Côte d’Ivoire en el primer productor de cacao del mundo únicamente con mano de obra nativa”, subraya Jean-Paul Chausse, experto del Banco Mundial.
Hoy, Côte d’Ivoire es uno de los países con mayor número de extranjeros: 26% según cifras oficiales, más de 35% según otras estimaciones.
Para ese país, fiel aliado del bloque occidental, la convivencia etre nativos y “alógenos” fue bien aceptada durante el período de prosperidad que terminó a fines de la Guerra Fría, pero se degradó con la recesión económica.
El éxito de los recién llegados irrita a los “señores de la tierra”: “Dicen que nos hemos vuelto ricos, que tenemos automóviles lujosos y que hemos dejado de respetarlos. Dicen que no quieren vernos más con sus mujeres, y si un extranjero es sorprendido con una abouré, debe pagar una multa de 150.000 francos CFA (unos 250 dólares)”, explica Bakari Sawadogo.
“Antes, los burkinabé no reivindicaban nada y aceptaban trabajar para nosotros”, se queja Niamkey Eloi, un agricultor de Côte d’Ivoire residente en Asse.
Con la crisis económica y el rigor impuesto por las instituciones financieras internacionales, muchos nativos son incapaces de encontrar trabajo en la ciudad, en la administración pública o en el sector privado. Entonces se vuelcan hacia la tierra.“Se produjo así una nueva situación, debido a la escasa oferta de tierras para la venta: la aparición de una competencia por acceder a ella. Hoy, muchos padres sólo legan una o dos hectáreas a sus hijos porque ya han vendido la mayor parte de su patrimonio”, explica Chausse. La extensión de las ciudades y la deforestación amplifican el fenómeno.
En Bonoua, región de los akan, la regla del matriarcado complica la situación. Tradición y modernidad no hacen buenas migas. “Jóvenes que acaban de dejar la escuela y regresan al pueblo natal descubren que las tierras de sus padres están en manos de sus tíos maternos, herederos según el derecho consuetudinario. No lo aceptan, pero no pueden sublevarse contra sus tíos. Transfieren entonces su agresividad contra los extranjeros a quienes les fueron alquiladas esas tierras”, analiza Julie Aka Sonoh, responsable de la subprefectura.

Rencor entre comunidades
En ese contexto social explosivo el sucesor de Houphouet-Boigny, Henri Konan Bedie, derrocado a fines de 1999 por un golpe de estado militar, lanzó el concepto político de “ivoiridad”, para sacar de la carrera electoral a su ex competidor, el economista y ex primer ministro Alassan Ouattara. Éste último nació en Côte d’Ivoire pero estudió en Burkina Faso y trabajó para ese país.
Voluntad de crear una identidad común a las sesenta etnias del país para unos, repliegue nacionalista para otros, la “ivoiridad” abrió la caja de Pandora de los rencores intercomunitarios. En Abidján, el debate político comenzó a girar necesariamente en torno al “extranjero”. Éste fue acusado de ser la quinta columna de la Unión de los Republicanos (RDR) de Ouattara, y se transformó en el chivo expiatorio de la tumultuosa campaña electoral. Laurent Gbagbo, líder del Frente Popular de Côte d’Ivoire (FPI, socialdemócrata) fue elegido presidente en octubre de 2000.
El nuevo jefe del Estado puso la cuestión de la tierra en primera línea de sus preocupaciones. Para desarmar la bomba, la administración decidió aplicar el código de la propiedad rural “consensual” votado unánimemente, en 1998, por la Asamblea Nacional. Según sus disposiciones, los nacionales son propietarios de las tierras; los extranjeros pueden, sin embargo, explotarlas.
Pero entonces surgió otro problema. “En el sud- oeste, el acceso a la tierra es más fácil. Los extranjeros pudieron negociar un acuerdo que se asemeja a la propiedad”, explica Chausse. Según la formulación utilizada en el derecho consuetudinario “la tierra pertenece a los ancestros. Por lo tanto, es posible vender el derecho de acceso, pero no el suelo”.
La ley sobre la propiedad rural, que se inspira en gran parte en los diferentes derechos consuetudinarios, prevé que los extranjeros que hayan adquirido tierras las conserven hasta su muerte; sus hijos podrán después explotarlas pagando un alquiler al Estado.
El presidente burkinabé, Blaise Compaoré, manifestó recientemente su inquietud a propósito de esa ley, que podría según él despojar a sus compatriotas de “sus” tierras. “Esta legislación tiene algunos aspectos buenos y otros peligrosos. El texto tiene la ambición de aclarar las cosas y provocar arbitrajes. Si se aplica con sabiduría, podría resolver muchas cosas. Pero si, por el contrario, se la desvirtúa, podría envenenar las tensiones entre autóctonos y alógenos”, concluye Chausse.

Driss El Yazami*:
el “etnicismo” no es una fatalidad

A comienzos de los años setenta, el número de refugiados en África negra era de unas 700.000 personas; veinte años más tarde, superaba los seis millones1. Actualmente, cerca de uno de cada tres refugiados del planeta es un africano que halló refugio en su propio continente. Y para tener una idea de la magnitud de los desplazamientos forzados y de la desestabilización poblacional que ha sufrido África en los últimos decenios, es preciso añadir unos siete millones de desplazados internos (dentro de sus propios países) y las corrientes, tradicionales o nuevas, de inmigración económica. En este contexto hay que situar las crisis xenófobas que han surgido en más de un país de África negra (ver recuadro). Los vuelcos geopolíticos internos de los Estados y entre Estados son los que originan esos traslados de población y las consecuentes violaciones a los derechos humanos; mucho más que las sequías periódicas que arrojan a los caminos a cientos de miles de personas.
No cabe duda de que la llegada masiva y repentina de cientos de miles de extranjeros a un país vecino africano, que alimenta difícilmente a su población local, puede ser fuente de tensiones y de rechazo. Sin embargo, impresiona la generosidad que muestran esos países de primer asilo. Así, en la década de 1990, Guinea y Côte d’Ivoire recibieron más de un millón de personas que huían de los conflictos internos de Liberia y Sierra Leona. Diez años más tarde, la mayoría de esos refugiados no ha podido regresar a su país ni encontrar una tierra de asilo definitivo.
Esas dos guerras son, en gran medida, emblemáticas. Como ocurre a menudo, presentan una “faceta étnica”, pero la voluntad de controlar recursos económicos es también la fuente del conflicto y de su financiación: por ejemplo, el contrabando de madera en Liberia y el tráfico de diamantes en Sierra Leona gracias a la complicidad activa de empresas internacionales.
En ambos casos, los protagonistas, apoyados por partes extranjeras interesadas, Estados vecinos o alejados, hacen que el conflicto desborde el territorio nacional: los campos de refugiados sirven de puntos de apoyo para nuevas revanchas. El clima de inseguridad que a menudo reina, la imposibilidad de toda perspectiva de instalación definitiva en un país de acogida más rico, el desinterés e incluso la indiferencia de la comunidad internacional, contrariamente a su actitud en Kosovo o Timor Oriental, fomentan el afán de revancha y facilitan el reclutamiento para la reanudación de los conflictos… y de nuevos éxodos.
Más que a una “fatalidad etnicista”, es a esta desestabilización profunda de las poblaciones a lo que hay que atribuir la xenofobia africana. Los Estados, frágiles desde su creación, pues sus territorios nacionales corresponden rara vez a realidades históricas y culturales, los son aún más por la corrupción y su incapacidad de lograr un auténtico desarrollo.
Después de los “conflictos por país interpuesto” del enfrentamiento Este-Oeste, las nuevas crisis, instrumentalizadas por Estados africanos más poderosos, explotan la dimensión étnica y le imprimen una carga de odio que dista mucho de ser espontánea: es en definitiva “la conquista del poder”, por el que “se enfrentan a menudo sin cuartel los grupos, las tendencias y los clanes” 2, la que acciona ese resorte identitario.
Maquillados para aparecer como “guerras tribales”, esos conflictos y su cortejo de violaciones y de odios pueden perdurar sin que la conciencia internacional se sienta indignada ni responsable. El genocidio de Rwanda, que tenía un origen similar, constituye la prueba más cruel de esa situación.

* Secretario general de la Federación Internacional de Derechos Humanos (FIDH).


1. Los refugiados en el mundo, ACNUR, 2000.
2. Géodynamique des migrations internationales, Gildas Simon, PUF, París, 1995.

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