
Detención, en Grecia, de clandestinos de los Balcanes.
* Profesor de Historia de las Ideas en la Universidad de Bolonia, Italia. Autor de
L’Invenzione delle Razze (1998) y La Guerra delle Razze (2001). |
¿Existe
una característica común entre los numerosos conflictos raciales en
el mundo? Alberto Burgio*, uno de los principales especialistas italianos en racismo,
responde.
¿Cuáles
son para usted las fuentes del racismo moderno?
Lo primero que se debe aclarar es que el racismo como ideología es un producto
del mundo moderno. Obviamente, la historia nos ha dado muchos ejemplos de violencia
entre diferentes grupos humanos, pero sólo hace poco que esa violencia fue
justificada apelando a un pensamiento racista. En mi opinión, la modernidad
está caracterizada por fuerzas que son integradoras y universalistas, mientras
que en la práctica —en cuestiones políticas, sociales y militares—,
esa modernidad es discriminatoria. Esta contradicción se ve en parte resuelta
por la ideología racista que excluye a aquellos grupos humanos definidos como
esencialmente diferentes.
¿Según usted, la globalización acentuó o redujo el
racismo?
Es difícil dar una respuesta general, pero tengo la impresión de que
por el momento su efecto principal es el de aumentarlo. La razón es simple:
la globalización es un perfecto ejemplo de modernidad. Se trata de unificar
el mundo, pero sobre bases jerárquicas y excluyentes. Recuerde que, cuando
hablamos de globalización, hablamos sobre todo de unificación de mercados
monetarios, de flujos financieros especulativos, de información y organización
de la producción. Pero no sucede lo mismo con la circulación de la
gente. En cierta forma, esta contradicción entre la libre circulación
del dinero y la segmentación de la humanidad debe ser justificada, y esto
se hace echando mano de supuestas diferencias naturales.
¿Cree usted que las explosiones de racismo que se producen en África,
Asia y Europa responden a las mismas causas?
Ningún ejemplo de racismo es igual a otro ya que sus contextos históricos
siempre son diferentes. No obstante, yo creo que puede decirse de manera general
cómo funciona el racismo, a saber: como una tendencia a considerar natural
todo intento de legitimación del trato discriminatorio a grupos diferentes,
llegando en casos extremos a la destrucción o genocidio de dichos grupos.
Pero si bien podemos hacer este tipo de generalización, seguimos estando obligados
a estudiar cada caso debido a sus orígenes históricos particulares.
Es claro que en Asia y en África existen fenómenos racistas fuertemente
influenciados por la globalización, y por ende son similares a los fenómenos
racistas en Europa y en las Américas. Pero también hay violentos conflictos
étnicos originados en las historias específicas de esos continentes.
Usted ha subrayado el importante papel del factor demográfico, especialmente
en la política europea. ¿Qué quiere decir esto exactamente?
El racismo no puede ser explicado como la simple consecuencia de la presión
demográfica; no es un fenómeno mecánico. Por primera vez en
50 años, los grandes flujos migratorios se han transformado en un real problema
para el mundo. Y si bien las corrientes migratorias que van de Sur a Sur ocupan raramente
los titulares de la prensa, pues son consideradas un aspecto menor del nuevo orden
mundial, el desmembramiento de la ex Yugoslavia atrajo la atención sobre supuestas
masas de refugiados en marcha. Este hecho transformó la demografía
en un punto crítico de las agendas de los gobiernos europeos.
En un trabajo reciente establecí una analogía entre la Europa de nuestros
días y la Europa de los años 1930. Es evidente que estamos nuevamente
frente a una de las características históricas de aquella época,
cuando las ideas de deportación de masa o ingeniería social eran consideradas
normales; cuando tomar a todo un grupo humano y desalojarlo, desterrarlo, enviarlo
a cualquier parte del mundo era considerado una parte fundamental de la geopolítica.
Algunos expertos argumentarían, sin embargo, que contrariamente a aquella
época, los partidos extremistas europeos declinan: el Frente Nacional en Francia,
por ejemplo, ha dejado de ser lo que era.
Cuando se hace una analogía histórica hay que tener en cuenta que la
historia no se repite. No obstante, es necesario preguntarse si existen algunos fenómenos
comunes que puedan ayudar a entender la política contemporánea. Yo
señalo en mi trabajo tres de esos fenómenos que creo fueron muy importantes
en 1930 y siguen teniendo un peso considerable en la actualidad.
Primero, la guerra ha regresado al corazón de Europa a través de los
Balcanes y es una vez más considerada una opción política real
por los gobiernos europeos y occidentales. Segundo, como mencioné antes, la
demografía y la protección de fronteras se han vuelto una parte clave
de las políticas gubernamentales, especialmente para la Unión Europea
desde la instauración de los Acuerdos de Schengen, en 1995. Tercero, el racismo
ha reaparecido como un arma ideológica, y la representación de las
relaciones sociales y políticas en términos étnicos se ha transformado
en un medio ideológico de producir consenso en las sociedades democráticas
occidentales. No sólo en Austria, Suiza y Bélgica, sino también
en Gran Bretaña, Alemania y Francia. En marzo de 2000, más de 60% de
los franceses admitió tener opiniones racistas.
En Italia y otros países hubo un profundo debate sobre cultura nacional
y protección de esa cultura. ¿Cree usted que esto es sólo un
pretexto para esconder prejuicios racistas o la manifestación de una preocupación
general?
Si un italiano como yo se compara con un francés, obviamente podrá
hablar de sus costumbres gastronómicas, su estilo de vida, sus gustos… de
cada cosa que distingue a un italiano de otro individuo, sin necesidad de ser racista.
Pero hay un punto en el cual la conversación se vuelve racista, es cuando
uno asegura que las diferencias son demasiado grandes para ser eliminadas, demasiado
profundas para permitir que la gente conviva de igual a igual.
Tomemos el ejemplo de los musulmanes y los árabes en Italia; se dice que la
cultura de esa gente no sólo es diferente de la nuestra, sino que también
les impide integrarse. Puesta en esos términos, la asimilación a un
país democrático donde todos son iguales ante la ley se vuelve imposible.
La ambigüedad de la actitud racista es que reconoce las características
humanas esenciales cuando se trata de cultura, religión, historia o tradiciones,
pero que trata todo eso como si fueran sólo aspectos naturales. La actitud
racista traduce todo lo que es histórico en natural. En consecuencia, lo vuelve
imposible de cambiar.
¿Cree usted que el futuro estará marcado por la utilización
del racismo a nivel político?
Es difícil hacer predicciones. Si gana la línea dura partidaria de
la globalización –entiéndase por ello la confrontación entre
pobres y ricos–, creo que veremos años de graves conflictos, y entre éstos
se producirá seguramente un violento rechazo del flujo inmigratorio hacia
los países ricos. Esos conflictos también serán recuperados
políticamente por la derecha, quiero decir, por los productores de racismo
espontáneo.
Pero también existe la posibilidad de que los líderes de los países
más ricos y poderosos traten de controlar esas diferencias entre regiones
ricas y pobres del mundo en forma menos violenta y más razonable. Esta opción
es lamentablemente menos probable que la primera; pero, si ocurre, podríamos
ver una progresiva reducción del racismo.
¿Se puede combatir el racismo en cada país, en vez de hacerlo a
nivel global?
Las campañas antiracistas deben estar arraigadas en realidades concretas de
cada país o región; de otra forma sólo terminan vehiculizando
moralinas y retórica que nadie necesita. Las Naciones Unidas y otras organizaciones
internacionales deben seguir intentando que los gobiernos tomen conciencia; también
debe hacerlo la opinión pública mundial. |