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Luchar contra el silencio
Lilian Thuram, futbolista de la selección francesa.
Tropecé con el racismo por primera vez en Francia. Tenía nueve años. En mi escuela se utilizaba un mote para referirse a los negros. ¿Era eso una forma de racismo? En los niños, era más bien estupidez, pero a mí me afectaba. Venía de Guadalupe, donde numerosas comunidades viven juntas, y allí nunca había sentido ningún tipo de discriminación.
El racismo no es natural. Es pensado. Lo generan adultos que establecen diferencias entre los colores de piel y las culturas. Para eliminarlo, el papel de la escuela es primordial. Ahora bien, todavía se habla en ella de “razas humanas”, cuando en realidad existe una sola y sería más apropiado hablar de diferentes comunidades.
La historia de los pueblos se enseña muy mal: cada país se adueña de ella para demostrar que su comportamiento pasado fue justo. Asimismo, siempre me ha chocado que los negros sólo aparezcan en la historia a propósito de la esclavitud. Jamás se evoca su situación antes de esa página dramática, como si siempre hubieran sido esclavos.
Su verdadera historia, su cultura, muy a menudo son escarnecidas. Se trata de un vacío histórico, de un velo que cubre la memoria de esos pueblos.
Para que un día podamos albergar la esperanza de erradicar el racismo es indispensable un auténtico trabajo de memoria. Algunas naciones deben reconocer sus errores del pasado, en particular frente a la esclavitud que es, a mi juicio, una de las fuentes del racismo. Ha de escribirse la verdad, pero no por afán de venganza, sino a fin de emprender una verdadera reconciliación.
Ahora bien, el combate dista mucho de estar ganado. Cuando en 1996 llegué al fútbol italiano, al principio no sentí ninguna manifestación de racismo ni de xenofobia. Luego la situación se deterioró brutalmente. ¿Por qué ese rechazo del otro? ¿Por qué esa agresividad? He ahí preguntas que permanecen sin respuesta.
Viví una experiencia dolorosa durante un partido en Parma, que entonces era mi club. Algunos hinchas se pusieron a gritar dirigiéndose a dos jugadores negros: “Ibrahim Ba come bananas en la choza de George Weah”. Al término del encuentro, hablé del incidente con otros miembros del club. Sentí una indiferencia que decidí no aceptar. Callarse es la peor actitud. La lucha contra el racismo es también una lucha contra el silencio.
En encuentros regulares con escolares italianos, me empeño en explicar el papel importante de la fusión entre comunidades, que es una fuente de enriquecimiento indispensable. Estoy seguro de que esos jóvenes no están de acuerdo con las manifestaciones racistas que se desencadenan en los estadios.
No basta mencionar lo positivo. Hay que afrontar también lo negativo y, así, proseguir la reflexión. Es preciso combatir el mal inmediatamente para evitar que desemboque en situaciones intolerables. Y si tomo como ejemplo el fútbol, un vector social muy importante, es para eliminar toda forma de racismo en los estadios a fin de impedir que algunas personas utilicen el deporte para transmitir mensajes inadmisibles.
Para mí es una desilusión observar que el racismo persiste. Existe desde hace siglos.Quieren hacernos creer que vivimos en un mundo maravilloso, que acerca a los seres humanos gracias a las nuevas tecnologías. Pero mi conclusión es brutal: espiritualmente, no hemos progresado mucho.
El derecho a la diferencia no existe, ni siquiera para los vecinos más próximos. La mundialización, tal como yo la concibo, presupone el respeto del otro y, por ende, de su diferencia, pues cada uno de nosotros tiene una historia diferente.

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