
Sólo la investigación pública se interesa en las biotecnologías
para ayudar a los pobres. Pero le faltan medios.

Las plantas transgénicas y la malnutrición: dos universos divergentes

El Nerica, un arroz sin modificaciones genéticas. |
Para
unos, sólo las biotecnologías serán capaces de terminar con
la malnutrición. Para otros, lo único que conseguirán el mijo
resistente a la sequía o la batata vacunada contra los virus es agravar la
pobreza. La polémica está planteada.
Cerca del gran río
Níger, en el continente africano, unos hombres esperan con ansiedad a que
llueva para poder sembrar mijo o sorgo, escardar, cosechar, alimentarse y volver
a llenar sus graneros. Al mismo tiempo, en laboratorios japoneses, chinos, filipinos,
europeos y estadounidenses, los investigadores siguen avanzando en la secuenciación
de los 12 cromosomas y 50.000 genes que componen el arroz, padre de todos los cereales
y alimento cotidiano de 3.000 millones de personas. En un plazo de cinco a diez años,
esperan saber lo suficiente sobre este genoma como para poder intervenir no sólo
en la “intimidad génica” del arroz, sino también en la del maíz,
el mijo, el sorgo, la mandioca o la caña de azúcar. Objetivo: hacerlos
“naturalmente” resistentes a la sequía, los suelos salinos, los virus o las
enfermedades.
Estos organismos genéticamente modificados (OGM), ¿pemitirán
a corto plazo asegurar una verdadera “seguridad alimentaria” a los 826 millones de
seres humanos actualmente mal alimentados1? ¿Ayudarán a nutrirse a
los pequeños agricultores de las tierras ásperas y polvorientas de
Níger? La polémica no hace más que comenzar. En su Informe 2001,
el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) se une a los partidarios
del “sí”, subrayando “el potencial único” de los OGM para la alimentación
mundial. Dentro de 50 años, la Tierra tendrá 9.000 millones de habitantes,
es decir, 3.000 millones más que ahora2. Y la mayoría de esos recién
llegados aumentarán la presión ya asfixiante que pesa sobre la tierra,
agotada y escasa, del sur del planeta. La alerta roja ya se encendió en África
subsahariana, donde, al contrario que en India y en China, los índices de
aumento de población siguen siendo explosivos, en tanto que el número
de personas mal nutridas desciende todavía demasiado lentamente. Para los
partidarios de los OGM, sólo un “salto tecnológico” de envergadura
revolucionaria permitiría al planeta alimentar a todos sus hijos.
Semillas
milagrosas
“Eso es una herejía”, replican los del bando del “no”: la malnutrición
no se debe a la subproducción de alimentos. Aquí hay suficiente para
que comamos todos. Sencillamente, los más pobres, sin dinero y sin tierra,
habitantes de Estados desestructurados y devastados por los conflictos, no tienen
acceso a las despensas. Antes de exportar al Tercer Mundo tecnologías de alto
riesgo, cuyo uso todavía no manejamos a la perfección y cuyas patentes
pertenecen, en su mayoría, a un puñado de multinacionales hegemónicas,
reformemos las condiciones de explotación de los suelos, demos a los pobres
acceso al crédito y a los mercados locales, libremos a los pequeños
agricultores de los usureros y enseñémosles a evitar las pérdidas
y a utilizar correctamente las semillas clásicas, afirman.
Los partidarios de la revolución de los OGM pueblan los laboratorios de biogenética,
las multinacionales de semillas, agroquímica y genómica, las fundaciones
estadounidenses y algunas agencias de la ONU. Por su parte, los escépticos
son más bien gente de terreno. Como Kanayo Nwuanzé, doctor en agronomía
y director de la Asociación para el Desarrollo de la Ricicultura en África
Occidental (ADRAO), con sede en Bouaké, Côte d’Ivoire. “¿Los
OGM están pensados para cubrir las necesidades de los pequeños agricultores
o las de las multinacionales? Si logramos negociar con las multinacionales propietarias
de las patentes la puesta a punto de una tecnología que responda a las necesidades
de los pequeños cultivadores y que no esté patentada, entonces sí,
los OGM desempeñarán un papel importante en África. Pero aún
así habría que estudiar cuidadosamente sus repercusiones de manera
que los países de la región se doten de normas de seguridad y de medios
para aplicarlas.”
Los investigadores de la ADRAO ya conocen las semillas milagrosas. Con financiación
internacional, acaban de elaborar un arroz revolucionario, al que han bautizado Nerica.
Sin modificaciones genéticas, el Nerica es fruto de un cruce clásico
de un arroz asiático de alto rendimiento pero muy frágil con una variedad
local adaptada al suelo africano desde hace 35 siglos. Sus posibilidades son inmensas.
Madura en 90 días en lugar de los 120 a 150 habituales, es resistente a los
insectos, rinde tres toneladas por hectárea sin abonos ni riego —en tanto
que las variedades tradicionales producen sólo 1,5 toneladas. En un mundo
ideal, podría mejorar la vida de cientos de miles de pequeños campesinos
“que practican la ricicultura pluvial en parcelas de 20 a 200 m2” y permitiría
a los países de África Occidental reducir drásticamente sus
importaciones de arroz, cuando no exportar.
Nuevas
generaciones
Sin embargo, esta innovación no termina de salir de los laboratorios. El Nerica
tiene cerca de 3.000 variantes, y Kanayo Nwanzé lleva cuatro años tratando
de implicar a los agricultores en la elección de algunas de ellas. Pero en
el verano de 2001, sólo un millar de campesinos de Côte d’Ivoire cultivaban
este “arroz milagroso” en una superficie total de tan sólo una hectárea.
Inercia, falta de comunicación entre los ministerios y los agricultores, ausencia
de organismos competentes de certificación de semillas o de establecimientos
de crédito rural… lo cierto es que no es un “salto tecnológico” lo
que puede mejorar las cosas. Al contrario: “Si se le da a un campesino una semilla
genéticamente modificada, dirá: ‘no gracias, no quiero matarme’”, afirma
el director de ADRAO.
Varios países africanos, asiáticos y sudamericanos cuentan ya con una
legislación que enmarca la producción de OGM. Pero, ¿lograrán
aplicarla? ¿Qué laboratorios y con qué financiación controlarán
la evolución de la biodiversidad amenazada por los posibles intercambios de
genes entre los OGM y las especies salvajes de las que son parientes? ¿Quién
velará para que no se disemine el polen de los OGM, capaz de comunicar a las
malas hierbas sus medios de defensa contra insectos y virus? Los investigadores replican
que sería un error detenerse en la primera generación de OGM, forzosamente
imperfecta. “Pronto aparecerán los de la segunda, tercera, cuarta generación,
que responderán cada vez mejor a las necesidades del Tercer Mundo”, afirma
Jean Claude Prot, que actualmente está disecando el cromosoma 12 del arroz
en el Instituto de Investigación para el Desarrollo (IRD), un organismo público
francés afiliado al International Rice Genome Sequence Project (IRGSP). Teniendo
la biogenética, que permite por ejemplo implantar un gen de un insecto en
una planta, ¿por qué prohibirse los proyectos más locos? Podrían
fabricarse un arroz tan sobrio como un camello (en lugar del que precisa de cuatro
a cinco toneladas de agua para producir un kilo), bananas o papas portadoras de vacunas,
plantas enriquecidas en vitaminas y sales minerales u otras capaces de regenerar
los suelos ácidos devastados por la sobrexplotación.
Es comprensible el entusiasmo de ciertos investigadores o de instituciones filantrópicas
como la Fundación Rockefeller, que ven en lo que ellos llaman la “doble Revolución
Verde”, basada en las biotecnologías, el modo de paliar los errores y tragedias
de la primera Revolución Verde. Es cierto que ésta permitió,
mediante la creación de variedades de trigo y arroz de alto rendimiento en
los años 60, duplicar la producción de alimentos. Pero en ese mismo
momento también la población mundial se duplicaba. Además, esas
semillas, muy ávidas en aditivos (riego, abonos, herbicidas y pesticidas),
beneficiaron sobre todo a los que tenían medios para invertir en ellas. África
y las tierras más pobres de Asia y América Latina quedaron al margen.
Para los beneficiarios, sobre todo China y Viet Nam, el balance no es tampoco tan
brillante: desaparecieron las variedades tradicionales, la salinidad de las tierras
aumentó debido a la irrigación, y se abusó de herbicidas e insecticidas
en detrimento del medio ambiente y de la salud de los agricultores.
Revolución
Verde bis
Para los partidarios de esta futura “doble Revolución Verde”, los OGM podrían
permitir una nueva explosión de los rendimientos, sin aditivos y en zonas
de cultivo de condiciones extremas. Pero, ¿beneficiará a los más
pobres? Hasta ahora, las multinacionales –compañías agroquímicas
reconvertidas al sector de “ciencias de la vida”– dedican la totalidad de sus inversiones
a la agricultura intensiva e industrial. Además, edifican en torno a sus descubrimientos
auténticas murallas de patentes, de costos prohibitivos. Sólo la investigación
pública se interesa por los campesinos insolventes de zonas tropicales. Pero,
falto de medios, el sector público se ve obligado a firmar acuerdos de cooperación
con el privado, con el consiguiente riesgo de pérdida de independencia.
Por su parte, las majors de la biotecnología, acusadas, sobre todo en Europa,
de producir Frankenstein-food, no han tardado en darse cuenta del interés
de contribuir al desarrollo de OGM para el Tercer Mundo. Al término de largas
negociaciones, terminaron por conceder, haciéndose gran publicidad, el uso
gratuito de 70 patentes que permiten crear, tras nueve años de investigación
pública, “arroz dorado”, una variedad transgénica enriquecida con betacaroteno.
Anunciado con demasiada precipitación como un cereal ”milagroso” destinado
a luchar contra la carencia de vitamina A que cada año mata a entre uno y
dos millones de niños, el arroz dorado no estaba ni mucho menos listo para
ser plantado. Un instituto público de investigación, el International
Rice Research Institute (IRRI), con sede en Filipinas, calcula que harán falta
de cinco a 10 años antes de poder repartir semillas gratis a los agricultores
cuyos ingresos no excedan los 10.000 dólares por año, como estipulan
los acuerdos firmados con la industria.
Para las ONG de defensa del medio ambiente y la biodiversidad, como la red RAFI (Rural
Advancement Foundation International), esta “gigantesca operación de relaciones
públicas (…) confirma el dominio del régimen de la propiedad intelectual
sobre los pobres” y “podría herir de muerte a otras soluciones más
eficaces, como la reintroducción de frutas y verduras, más ricas en
vitaminas, que antes estaban disponibles a bajo precio”.
Entonces, ¿lograrán los OGM erradicar la malnutrición? El caso
del arroz dorado radicalizó todavía más el debate. Según
los partidarios del “sí” sería utópico esperar la llegada de
un mundo mejor cuando la tecnología nos permite ya, aquí y ahora, paliar
sus defectos.
Peligros
de los OGM
Entre los enemigos de la “Revolución OGM”, las prioridades son exactamente
las contrarias: primero la equidad, luego la tecnología. De otro modo, según
ellos, lo único que conseguiremos será repetir los errores de la Revolución
Verde. Al no haber un sistema de créditos, las semillas mejoradas y los pesticidas
quedan en manos de los intermediarios y los dominadores. En cambio, los más
pobres tienen que endeudarse y vender su tierra a los más ricos. Los OGM son
peligrosos sin medidas de acompañamiento, aseguran.
Por su parte, Kanayo Nwanzé es más pragmático. Estima que “los
OGM no son una prioridad. Primero hay que mejorar las condiciones de la producción
agrícola y la gestión de los suelos, evitar que se endurezcan después
del barbecho y disminuir la importación de arroz en los países pobres
de África Occidental. Todo ello puede lograrse sin OGM, que tienen el inconveniente
de ser organismos que pueden empobrecer la biodiversidad”.
1. En 1996-98.
De ellos 792 millones viven en los países en desarrollo (34% de la población
del África subsahariana y 35% de la población de Asia) y 34 millones
en países desarrollados. Fuente: Organización de las Naciones Unidas
para la Agricultura y la Alimentación (FAO).
2. Fuente: U.N. World Population Prospects: the 1998 Revision (Nueva York, Naciones
Unidas, 1999).
OGM, le champ des incertitudes (UNESCO-Solagral, 2000). UNESCO, Programa Most,
1, rue Miollis, 75015 París, Francia.
http://www.solagral.org/publications/environnement/
pedago/ogm_unesco_2000/indexbis.htm |